Chapter 4
El calor de aquel enero entró en Cabo Rojo el día de Reyes y no volvió a salir. A las once de la mañana la brea de los postes se ablandaba y olía, y las mujeres del pueblo habían dejado de barrer las veredas porque el polvo volvía antes de que terminaran.
Vera Branier tenía veintiséis años y llevaba siete casada. Estaba en la galería de la casa granate, sentada en una silla de paja, pintando la fachada de su propia casa por cuarta vez.
No pintaba bien y lo sabía. Tenía un ojo honesto para las proporciones y una mano que no le obedecía, de manera que sus cuadros parecían hechos por dos personas: alguien que medía y alguien que se apuraba.
En los cuatro lienzos había resuelto el techo de cualquier modo y había vuelto, una y otra vez, sobre las cuatro ventanas del piso alto.
Eran las ventanas del cuarto de su marido. Las pintaba porque no podía mirarlas de frente demasiado tiempo sin que a él le pareciera una falta de respeto.
Maximiliam Branier tenía sesenta y seis años, hablaba cuatro idiomas y había comprado a la familia de Vera, en 1920, con la misma cortesía con la que compraba tierra: sin discutir el precio, para que nadie pudiera decir después que había regateado.
La madre de Vera había llorado de agradecimiento. Su padre había estrenado zapatos.
Esa mañana Maximiliam llevaba dos días sin bajar.
La puerta del cuarto grande estaba cerrada con llave desde el domingo.
Por debajo salía un olor que Vera había aprendido a no nombrar delante de las niñas: humedad, animal, y algo dulce por debajo, como fruta olvidada dentro de una lata.
Dos veces por día ella dejaba una bandeja en el suelo del pasillo y golpeaba una vez.
A veces la bandeja seguía ahí a la noche.
Dentro se oía arrastrar hierro. Vera había dejado de preguntar por eso en 1924, la única vez que Maximiliam le explicó algo.
Le había dicho que el mundo era una casa con las paredes finas y que la mayoría de la gente vivía toda la vida sin apoyar la oreja.
Se lo había dicho contento, con las manos manchadas de tinta, como se le habla a una hija inteligente.
Esa noche ella se había quedado despierta calculando cuánto costaba un pasaje de tren para tres personas.
Eliana tenía seis años y ya sabía leer. Mat. cuatro, y no hablaba con nadie que no fuera su hermana. Estaban en el fondo del patio, debajo del laurel, jugando a algo que consistía en enterrar cosas y volver a buscarlas al día siguiente.
El viernes anterior Vera había encontrado, en el estante del sótano donde su marido guardaba los frascos, dos etiquetas nuevas. Escritas con su letra prolija de escribiente.
ELIANA. MAT.
No había gritado. No había llorado. Se había quedado un rato largo con el farol en la mano, mirando los frascos vacíos, y después había subido, había lavado los platos y había ido a ver al hijo de los Sarría, que tenía un bote y deudas.
El arreglo era simple: el sábado a la madrugada, tres personas hasta el puerto de San Blas. Doce pesos. Vera tenía nueve y el reloj de su madre.
Faltaban dos días.
A media tarde vino la mujer del almacén, Perpetua, con la excusa de devolver un molde. Se quedó de pie en el escalón, sin entrar, mirando la casa como se mira un animal grande que duerme.
—¿Está arriba? —preguntó.
—Está trabajando.
Perpetua asintió despacio.
—Mi marido dice que se oye desde el camino.
—Es hierro. Está armando algo.
—Eso dice mi marido.
Se quedaron calladas. En el pueblo había cuatro maneras de decir que alguien estaba loco y todas empezaban con un silencio como ese.
—Si necesita, mande a las nenas a casa —dijo Perpetua, y lo dijo rápido, como si soltara algo caliente.
Vera le agradeció. Perpetua se fue por el medio de la calle, no por la vereda de la casa.
Esa fue toda la ayuda que recibió Vera Branier, y noventa años después el pueblo seguía ofreciéndola de la misma manera: a media voz, desde el escalón, sin entrar.
***
Esa noche no hubo tormenta. Eso fue lo que después nadie supo explicar: que la primera vez el cielo estuvo limpio.
Vera acostó a las niñas a las nueve. A las diez bajó al sótano con el farol y se guardó en el delantal los nueve pesos, el reloj de su madre y un cuchillo de cocina que no servía para nada más que para darle algo que apretar.
A las once oyó la llave del cuarto grande.
Maximiliam bajó la escalera con una calma que ella conocía: la de los días en que había terminado algo.
Estaba en camisa, con las mangas subidas y los antebrazos manchados hasta el codo.
Olía a hierro y a ese dulzor de lata. Llevaba el hacha de partir leña tomada del mango con las dos manos, como se lleva una herramienta y no como se lleva un arma.
Se detuvo en el último escalón y la miró con algo parecido al alivio.
—Va a doler poco —dijo—. Es la parte fácil.
Vera no preguntó qué era la parte fácil.
Entendió, con una claridad que después le hubiera gustado no tener, que él no estaba enojado, no estaba borracho y no la odiaba; que llevaba dos días trabajando, que ella era una pieza, y que las etiquetas del sótano no eran una amenaza sino un plan con fechas.
Corrió hacia la puerta de la calle.
Llevaba cuatro pasos de ventaja y los perdió en la alfombra del recibidor, que se le enredó en el pie derecho. Alcanzó el picaporte. Lo hizo girar. El aire de enero le llegó a la cara, tibio, con olor a mar, y del otro lado estaba la calle vacía y la casa de Perpetua con la luz apagada.
Entonces él habló desde el fondo del recibidor, sin apurarse, con esa voz baja de hombre educado que en veinte años no había levantado una sola vez.
—Vuelve a casa.
Vera Branier volvió. No entendió por qué y no tuvo tiempo de averiguarlo: le pareció que las piernas se le adelantaban a la decisión, que el picaporte se le salía de la mano, que la casa la tomaba de los hombros.
Dio dos pasos hacia dentro, y el último pensamiento entero que alcanzó a tener fue para las nenas, arriba, y para el bote de los Sarría, que iba a esperar hasta las cinco y después se iba a ir.
El primer golpe le entró en el hombro.
El segundo no lo sintió como golpe. Lo sintió como un cambio de temperatura. Después el techo del recibidor le quedó arriba, muy lejos, y después empezó el frío. En la boca tenía un gusto que reconoció de la infancia, de cuando se guardaba monedas en la boca para tener las manos libres.
Lo último que oyó fue el agua de la pileta de la cocina. Él se estaba lavando las manos, con orden, como si volviera del trabajo.
Arriba, Eliana no se movió de la cama. Tenía seis años y una idea muy exacta de lo que significaba el silencio de un padre.
El hacha quedó en el escalón y él no volvió a tocarla.
Subió al cuarto grande, dejó la puerta abierta por primera vez en dos días y terminó lo que tenía empezado: el círculo de hierro clavado al piso, la sal en las juntas de las tablas, los frascos, el nombre de ella escrito en un papel y guardado en una caja ovalada con tres círculos grabados en la tapa, junto con un mechón de pelo cortado del cuerpo del recibidor.
Eso fue lo que hizo Maximiliam Branier con la primera víctima de su ritual: le guardó el nombre en una caja y le sacó la voz.
Dos noches después, en la playa, algo que tenía la cara de su mujer se le acercó y le habló con la única voz que sabía usar, que no era la de ella.
El informe de 1927 dice que murió alcanzado por un rayo con el cielo despejado.
Nadie corrigió nunca ese informe. En Cabo Rojo, corregir informes tampoco era costumbre.