Terror en Cabo Rojo Chapter 3
4%
Terror en Cabo Rojo

Terror en Cabo Rojo

Por Blake Drake

© inepub.com

Chapter 3

Para Guille

Prólogo

DESAPARECE PERIODISTA EN CABO ROJO

***

Distéfano corría desde hacía tanto que el dolor había dejado de parecerle una advertencia y se había convertido en una forma de orientación. Tres noches antes había cenado solo en la posada de Lena, rodeado de fotocopias y notas, convencido de que estaba a punto de desmontar una leyenda.

Ese era el tipo de historias que lo mantenían trabajando después de que los periódicos dejaron de pagar viajes y las editoriales empezaron a pedirle libros con títulos más sencillos.

No creía en maldiciones. Creía en archivos incompletos, familias que mentían y pueblos que convertían accidentes en relatos porque un relato se recordaba mejor que una estadística.

Cabo Rojo parecía perfecto. Una mujer asesinada en 1927.

Un marido muerto durante una tormenta. Desapariciones en 1957 y 1987.

Un excéntrico llamado Casius Shed que compró una casa frente al mar y pasó décadas reuniendo documentos.

Distéfano esperaba encontrar una cadena de coincidencias.

En cambio encontró el cuaderno. Y después la grabación.

La primera vez que escuchó aquella voz pensó que Casius había falsificado la cinta.

La segunda ya no estuvo tan seguro. La pierna derecha ardía.

Los pulmones le raspaban el pecho. Cada rama que le azotaba la cara confirmaba, al menos, que todavía avanzaba.

No sabía hacia dónde. Había perdido el sendero cerca del río y después la noción de dirección.

Cabo Rojo podía estar detrás de él o a varios kilómetros hacia el sur.

El automóvil había quedado demasiado lejos.

El teléfono, sin señal desde el atardecer, continuaba en la posada porque había salido convencido de que solo iba a comprobar una coordenada.

Había cometido errores más estúpidos en su vida.

Ninguno le había parecido definitivo hasta aquella noche.

Tropezó con una raíz y se sostuvo de un tronco húmedo.

Permaneció inclinado, respirando por la boca, tratando de distinguir entre el ruido de su propia sangre y el sonido del bosque.

No oyó nada. Eso era lo peor. A principios de enero, incluso de madrugada, aquel monte estaba lleno de insectos.

Durante los días anteriores había maldecido a los grillos, a las chicharras nocturnas y al zumbido de los mosquitos en la habitación de Lena.

Ahora habría dado cualquier cosa por escuchar uno.

El silencio no era ausencia de ruido. Era una presencia.

Distéfano levantó la cabeza. Entre los árboles, muy lejos todavía, apareció el resplandor.

Rojo. No lo iluminaba todo a su alrededor.

No proyectaba sombras. Los troncos seguían negros y la maleza conservaba su oscuridad, como si la luz existiera únicamente para quien la miraba.

—No —dijo.

El resplandor se contrajo y volvió a expandirse.

Distéfano echó a correr. Llegó al río sin recordar los últimos minutos.

Reconoció el remanso por una roca partida que había fotografiado dos días antes y siguió la corriente hacia el oeste.

Allí debía de estar el viejo camino de servicio.

Casius lo había dibujado en uno de sus mapas.

El dolor de la pierna empeoró. La venda improvisada estaba empapada y el pantalón se le pegaba a la piel. No quiso mirar la herida.

Encontró el automóvil abandonado al final de una senda.

Era un sedán de otra época, oxidado hasta los ejes, con una parte del techo hundida y las ruedas comidas por la tierra.

Tiró de una puerta. El metal cedió con un gemido.

Pensó en esconderse dentro. Solo un segundo.

Si aquello podía seguirlo entre kilómetros de bosque, una carrocería podrida no iba a salvarlo.

Siguió adelante. Quince minutos después comprendió que ya no tenía fuerza para correr.

Vio un pino enorme, de raíces levantadas, y se dejó caer junto al tronco.

La respiración le llegaba a tirones. Se quitó la cámara de debajo de la chaqueta.

La sostuvo entre las manos. Había pasado tres semanas persiguiendo una historia que, hasta cuarenta y ocho horas antes, le parecía una combinación extraordinaria de superstición rural, fraude familiar y coincidencias meteorológicas.

Ahora la cámara contenía más de lo que sabía explicar.

Fotografías de la Casa de los Ingleses. El cementerio.

Las páginas del cuaderno de Casius Shed.

La genealogía de los Branier. Tres tormentas separadas por treinta años.

Y las grabaciones. Sobre todo, las grabaciones.

Distéfano miró hacia el bosque. El resplandor no se veía.

Arrancó hojas y barro con las manos y abrió un hueco entre dos raíces.

Guardó la cámara allí, la cubrió y colocó encima un recibo doblado en cuatro, sujeto bajo una piedra blanca.

Era una señal pobre, casi ridícula, pero no tenía otra.

Alguien tenía que encontrarla. Alguien tenía que saber que no había decidido desaparecer.

Se recostó contra el árbol y cerró los ojos.

Por primera vez desde que empezó a correr, pensó en su mujer. Había muerto seis años antes y él todavía conservaba la costumbre absurda de imaginar qué habría dicho ella frente a determinadas decisiones. Sobre Cabo Rojo habría sido breve. Te dije que no fueras. Distéfano sonrió sin ganas.

—Sí —murmuró—. Tenías razón.

El silencio regresó. Abrió los ojos. La luz estaba mucho más cerca.

No había oído acercarse nada. No se movía como un cuerpo.

Surgía entre los troncos, desaparecía detrás de uno y aparecía al otro lado sin que el espacio intermedio pareciera importarle.

Distéfano buscó algo con lo que defenderse.

Encontró una rama gruesa y la sostuvo frente a él.

—No te acerques.

La luz se detuvo. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después oyó una voz.

—Sevren.

La rama cayó de sus manos. La había escuchado antes. No en persona. En una cinta magnetofónica restaurada que Casius había fechado en 1987. Una voz de mujer, débil bajo el ruido blanco, repitiendo tres palabras que Distéfano se había negado a considerar auténticas. Vuelve a casa.

—Vera —dijo.

La luz se comprimió. Por un instante creyó distinguir un rostro dentro del rojo: pómulos estrechos, cabello oscuro, una boca que parecía demasiado inmóvil. La voz volvió a hablar.

—No soy Vera.

Distéfano sintió que algo cedía dentro de él, no en el cuerpo sino en la parte de la mente que todavía buscaba una explicación razonable.

Intentó ponerse de pie. La pierna no respondió.

El aire cambió. El frío del bosque desapareció y una oleada de calor le recorrió la cara.

Olió metal. Después carne. La luz avanzó.

Distéfano cerró los ojos. Lo último que pensó fue que la cámara estaba enterrada. Lo segundo fue que tal vez eso bastara.

Después todo fue rojo.