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Nora
El hospital funciona como una máquina perfecta.
Aquí todo está controlado, medido, ordenado hasta el último detalle: los pasillos despejados, las luces blancas que no parpadean, los pasos amortiguados sobre el suelo pulido y ese murmullo constante de voces que nunca llega a convertirse en ruido.
Es un hospital de campaña, pero muy mejorado respecto al de mi anterior destino.
Todo está exactamente donde debería estar y, aun así, tengo la sensación constante de moverme dentro de un lugar al que ya no pertenezco del todo.
Camino entre las camas con la bata impecable, el uniforme limpio debajo, los guantes ajustados y el pelo recogido en una coleta tirante mientras el hospital continúa funcionando con la precisión habitual.
Las puertas batientes se abren y se cierran sin descanso, los monitores emiten señales constantes y el personal sanitario se desplaza de un lado a otro entre camas y biombos, con esa eficacia casi mecánica que nace de la costumbre y de los protocolos aprendidos hasta convertirlos en reflejos.
Yo también funciono así.
Reviso constantes, consulto historiales clínicos y doy instrucciones breves a los enfermeros que trabajan conmigo mientras avanzo de un paciente a otro sin detenerme más de lo necesario.
Desde fuera, todo parece normal. Mi voz suena firme, mis movimientos son precisos y cada decisión encaja dentro de lo esperable.
Soy eficiente y rigurosa. Soy exactamente la oficial médica que esperan encontrar aquí.
Y, sin embargo, hay algo que no termina de asentarse dentro de mí.
Lo noto en pequeños detalles que antes jamás me habrían llamado la atención, en esa forma extraña en la que mi concentración se desplaza hacia cosas distintas, en la sensación persistente de estar actuando dentro de un sistema que conozco a la perfección, pero que ya no siento completamente mío.
Un paciente se queja en voz baja mientras le reviso un corte superficial en el antebrazo. La herida está limpia, sin signos de infección, controlada desde hace horas. No reviste gravedad alguna y, objetivamente, apenas requiere más que una cura sencilla y unas instrucciones básicas.
No es nada urgente ni complejo, nada que pueda convertirse en un problema real dentro de un hospital como este.
Y, aun así, mientras limpio la zona con movimientos automáticos, mi mente reconstruye otra escena distinta sobre la que tengo delante, como si ambas realidades se superpusieran durante un instante.
La luz deja de ser blanca y estable. Se vuelve cálida, irregular, amarillenta, filtrada a través de una lámpara de aceite que oscila suavemente con el viento.
El olor cambia también.
Desaparece el antiséptico y en su lugar regresan el polvo, la sangre seca y el calor espeso de una habitación sin ventilación en mitad del desierto.
Parpadeo una vez.
La imagen se desvanece enseguida, pero deja algo detrás, una especie de eco físico difícil de ignorar.
—Capitana —dice el enfermero que trabaja conmigo—, ¿cerramos con puntos o dejamos que cicatrice sola?
Levanto la vista hacia él. Tiene el material preparado en las manos y espera una respuesta rápida.
La herida no requiere sutura, lo sé sin necesidad de mirarla otra vez. Sin embargo, durante un segundo demasiado largo para alguien como yo, dudo.
No porque ignore cuál sería la opción estándar, sino porque la respuesta que me surge de forma instintiva ya no coincide exactamente con ella.
—Sutura —digo por fin.
El enfermero asiente y comienza a preparar el instrumental sin cuestionarme, aunque percibo un cambio mínimo en su expresión, apenas una vacilación silenciosa que no llega a convertirse en pregunta.
No es la decisión habitual para algo así. Aquí hay antibióticos, revisiones, seguimiento y recursos suficientes para corregir cualquier complicación antes de que llegue a ser grave. Aquí siempre existe margen, pero mi cuerpo ya no reacciona como si pudiera confiar plenamente en ese margen.
Mientras me coloco frente al paciente y observo cómo el enfermero comienza a cerrar la herida, recuerdo otras mucho peores, abiertas bajo una luz insuficiente, piel desgarrada que empezaba a retraerse antes siquiera de poder limpiarla, infecciones avanzando demasiado deprisa en lugares donde no existía una segunda oportunidad si te equivocabas en la primera decisión.
Allí, esperar podía costar una vida, y hay algo dentro de mí que todavía sigue funcionando con esa lógica.
El enfermero termina el procedimiento con precisión y el paciente me da las gracias. Yo asiento automáticamente antes de pasar a la siguiente cama, luego a otra, y otra más.
La mañana avanza sin interrupciones aparentes. El hospital continúa respirando con normalidad a mi alrededor y, desde fuera, todo parece exactamente igual que antes de mi secuestro.
Pero no lo es.
Lo noto en cómo evalúo cada caso, en la velocidad con la que mi mente anticipa complicaciones improbables, en esa necesidad casi física de actuar antes de que las cosas empeoren aunque aquí, objetivamente, rara vez llegan a hacerlo.
Ahora todo me parece más inmediato, más definitivo. Como si el margen de error se hubiera reducido incluso en un entorno diseñado precisamente para minimizarlo.
A media mañana hago una pausa breve y entro en la sala de descanso. Me apoyo contra la encimera con un vaso de agua entre las manos mientras observo la claridad excesiva que entra por los ventanales y rebota sobre las superficies blancas del hospital.
Cierro los ojos apenas un instante y el hospital desaparece, o más bien se fragmenta en imágenes mucho más intensas que llegan sin orden ni permiso: el sonido del viento golpeando la tela de una tienda durante la noche, la arena pegándose a la piel sudada, el calor atrapado dentro de una habitación demasiado pequeña, el silencio denso del desierto extendiéndose como algo casi físico.
Pero no es solo el desierto.
Es él.
Adrien inclinado sobre un mapa improvisado bajo la luz tenue de una lámpara.
Adrien limpiándose la sangre de los nudillos sin siquiera mirarse las heridas.
Adrien señalando constelaciones en mitad de la noche mientras el mundo entero parecía reducirse a un círculo de fuego y arena.
Abro los ojos de golpe.
El hospital vuelve inmediatamente a ocupar todo el espacio, sólido, ordenado y perfectamente reconocible, pero no consigue borrar del todo lo anterior.
Un médico entra en la sala y se sirve café mientras me dedica una sonrisa cansada.
—¿Cómo llevas la adaptación? —pregunta con naturalidad.
La pregunta es sencilla y, sin embargo, la respuesta se queda atrapada dentro de mí.
Podría decir que bien, afirmar que todo ha vuelto a la normalidad, que estoy otra vez en mi sitio, haciendo exactamente aquello para lo que me formaron, y en parte sería verdad, pero no del todo.
—Bien —respondo finalmente.
El médico asiente, satisfecho con la respuesta, y no insiste.
Nadie lo hace nunca, porque desde fuera sigo siendo la misma persona. La misma oficial, la misma médica, la misma mujer.
Solo yo sé que no es cierto.
Dejo el vaso vacío sobre la encimera y regreso al pasillo mientras el hospital continúa funcionando a mi alrededor con una perfección casi impersonal. Atiendo a otro paciente, reviso otra analítica y doy nuevas instrucciones sin cometer un solo error.
Todo continúa.
Y, aun así, en algún punto indefinible entre una decisión médica y la siguiente, entre un gesto aprendido y una reacción que ya no nace únicamente del entrenamiento, comprendo algo que ya no puedo seguir ignorando.
El cambio no está en este lugar, está en mí.
Y por mucho que el mundo al que he regresado siga siendo correcto, seguro y reconocible, ya no basta para contener todo lo que me traje de vuelta del desierto.
Cuando termino la ronda, me quito la bata y salgo del hospital.
Necesito comer algo y descansar un rato.
El sol me ciega durante unos segundos. Cuando mis ojos se adaptan a la claridad brutal, una figura comienza a tomar forma a unos metros de mí.
Un hombre con uniforme de campaña que avanza hacia mí.
Reconozco esos hombros, los brazos, la piel curtida por el sol.
Luego, reconozco la voz.
—Buenos días, capitana Vaillant. ¿Todo bien?
Sonrío.
—Todo bien, señor Kader. Todo bien.