Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 51
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Adrien

No nos quedamos frente al hospital. Durante unos segundos, después de ese saludo que los dos utilizamos como si fuera una barrera mínima contra todo lo que no podemos permitirnos mostrar en mitad de la base, permanecemos uno frente al otro bajo un sol abrasador, rodeados de soldados que entran y salen, de enfermeros que empujan camillas vacías y de oficiales que cruzan el patio a toda prisa.

Nora me sostiene la mirada lo suficiente para que yo sepa que también lo ha notado, que también entiende hasta qué punto este lugar nos obliga a medir gestos que en el desierto habrían ocurrido sin testigos, sin consecuencias y sin necesidad de explicación.

Luego aparta la vista hacia un lateral de la base.

—Ven —me dice.

Caminamos juntos hacia la zona menos transitada del perímetro, bordeando los barracones y dejando atrás el flujo principal de la base.

A nuestra izquierda queda el hospital; a la derecha, una línea de contenedores, generadores y depósitos de agua rompe la regularidad del terreno.

El ruido no desaparece, pero se vuelve más bajo, más distante, amortiguado por la distancia y por el zumbido grave de las máquinas.

Nora camina a mi lado sin acercarse demasiado.

La separación entre nuestros brazos es mínima, apenas unos centímetros, pero en este lugar, esos centímetros importan más de lo que deberían.

En el desierto, la distancia se medía de otra manera: por el alcance de un arma, por la sombra disponible, por los litros de agua que quedaban en una garrafa.

Aquí se mide también por las miradas, los informes, las interpretaciones y las preguntas que nadie formula en voz alta hasta que ya han hecho daño.

Llegamos a una zona algo más apartada, junto a una valla metálica desde la que se ve el terreno exterior que se extiende más allá de los focos y los puestos de vigilancia. Ella se detiene allí, apoyando una mano en la alambrada sin mirarme todavía.

—Weber te ha llamado —dice.

—Sí —le confirmo. Luego, apoyo mi mano en la valla, cerca de la suya, pero sin tocarla.

—Y has venido.

—Eso parece.

Nora gira la cabeza lo justo para mirarme de perfil.

—No estás aquí solo por mí.

No es una pregunta.

Y precisamente por eso no intento convertirla en una respuesta sencilla.

—No —reconozco—. Weber me ofrece algo que necesito.

Ella asiente despacio, como si esa confirmación no la sorprendiera, aunque tampoco parezca dejarla tranquila.

—Recursos.

—Combustible, medicamentos, munición, acceso a rutas que ahora mismo están cerradas y cierta protección indirecta frente a Ag Alhassan —digo, mirando hacia el exterior de la base—. No es poco.

—No lo es.

—Pero tampoco es gratis.

Nora baja la vista hacia su mano, todavía apoyada en la valla.

—Quiere que la ayudes a encontrarlo.

—Quiere que la ayude a entender cómo se mueve. Encontrarlo será la parte fácil si consigue reunir las piezas adecuadas. Lo difícil será acercarse a él sin incendiar media región.

El silencio que sigue se instala entre nosotros con una densidad tranquila. No hay sorpresa en ella. Lo sabe.

—Fui yo quien le habló Weber de ti —dice al fin.

La miro y sonrío un momento.

—Lo sé.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—¿Lo sabes?

—Ella no me conoce. Tú sí. Algunas de las cosas que dijo durante la llamada no aparecen en un informe militar.

Nora sostiene mi mirada durante unos segundos, y por primera vez desde que hemos empezado a caminar, parece dudar; no de lo que ha hecho, sino de cómo explicarlo sin que parezca otra cosa.

—Es cierto, le dije que conocías el terreno mejor que nadie, que sabías cómo moverte entre facciones, jefes locales, rutas de suministro y acuerdos que ellos ni siquiera saben que existen.

Le dije que si quería acercarse a Ag Alhassan sin provocar un desastre mayor, necesitaba a alguien que entendiera este lugar desde dentro.

—Alguien como yo.

—Sí.

La respuesta es limpia, no se disculpa ni trata de adornarlo.

—También le dije que eres peligroso —añade—, que no trabajas por lealtad institucional, que no vas a aceptar órdenes como si fueras uno de sus hombres, y que intentar tratarte como un subordinado sería la forma más rápida de perder cualquier posibilidad de colaboración.

No puedo evitar que la sonrisa se ensanche.

—Eso suena bastante exacto.

—Lo es.

—¿Le dijiste algo más?

Nora tarda un poco en responder.

—Le dije que, si aceptabas, no sería a cambio del perdón de tus delitos, entre los que se incluye mi secuestro.

La miro con más atención.

—¿Y por qué sería?

—Por utilidad —responde—. Porque Ag Alhassan te ha colocado en una posición que amenaza a tus hombres, a tus suministros y a la estructura que todavía intentas mantener en pie.

Porque Weber puede darte algo que necesitas y tú puedes darle algo que ella no tiene.

Y porque, aunque no quieras admitirlo, sabes que si Ag Alhassan sigue incrementando su influencia en la zona y su poder, esto no va a terminar nunca.

—Has pensado mucho en esto —digo después de unos segundos.

—Sí.

—¿Por mí?

Su mirada cambia apenas un instante. No se suaviza exactamente, pero algo en ella deja de estar protegido del todo.

—Por muchas razones.

—Eso no contesta a mi pregunta.

—Es la respuesta que vas a tener.

Casi sonrío.

—Empiezas a hablar como yo.

—No me insultes.

Esta vez sí sonríe un poco, apenas una curva breve en la boca que desaparece enseguida cuando el ruido de unos pasos cercanos nos recuerda dónde estamos. Dos soldados pasan a cierta distancia, nos miran menos de un segundo y siguen caminando hacia los vehículos estacionados junto al perímetro.

Nora retira la mano de la valla y la distancia entre nosotros vuelve a hacerse visible.

—No puedo permitirme… —dice en voz baja.

No necesito que explique a qué se refiere.

—Lo sé.

—No, no sé si lo sabes de verdad. En el desierto podíamos fingir que solo existía lo inmediato, sobrevivir, movernos, decidir sobre la marcha.

Aquí no. Aquí hay rangos, rumores, superiores que observan, compañeros que interpretan lo que les da la gana, gente que necesita reducirlo todo a algo que pueda entender.

Y si alguien nos ve aquí y decide contarlo de la forma equivocada, no serás tú quien tenga que responder dentro de la cadena de mando.

La frase no suena acusatoria, pero eso no la hace menos cierta. Nora no está dramatizando.

—Si trasciende que tú y yo… —Se interrumpe, como si incluso escoger el verbo adecuado fuera una trampa—. Si se convierte en algo visible, puedo tener problemas.

—Lo entiendo.

—Y no quiero tener que justificarme.

La miro.

—No deberías tener que hacerlo.

—Pero me vería obligada.

La respuesta queda entre nosotros con una fuerza que ninguno de los dos intenta rebajar.

El viento mueve algunos mechones que se han soltado de su coleta, y tengo que contener el impulso absurdo de apartárselos de la cara. En otro lugar lo habría hecho. Aquí no. Aquí incluso eso sería demasiado.

—No quiero ser una mancha en tu expediente —digo al fin.

Nora baja la mirada hacia nuestras manos, que han quedado demasiado cerca sin que ninguno de los dos se haya movido de forma consciente.

—No eres eso —protesta.

—Podría serlo. A no ser que me convierta en alguien respetable —añado.

Nora levanta la vista con una lentitud deliberada, y durante un segundo la tensión cambia de forma, como si por fin encontrara un espacio donde respirar sin perder gravedad.

—Eso sí que sería una operación de alto riesgo.

—Weber parece experta en operaciones complicadas.

—Weber no hace milagros.

—No necesito milagros. Solo combustible, suministros y una razón aceptable para entrar en esta base sin que la mitad de tus compañeros piense que deberían esposarme.

Nora me mira durante unos segundos y esta vez la sonrisa que aparece en su boca es pequeña, cansada, pero real.

—Eso último quizá sea demasiado pedir.

—Estoy dispuesto a empezar por lo demás.

El silencio vuelve, aunque ya no pesa igual.

No nos tocamos, no podemos, pero la mano de Nora sigue a escasos centímetros de la mía, apoyada de nuevo sobre la valla, y cuando muevo los dedos lo suficiente para rozar los suyos, el contacto resulta tan leve que cualquiera que nos viera desde lejos podría pensar que ha sido accidental.

No lo es.

Nora no se aparta, pero tampoco me mira. Solo deja que ese roce mínimo permanezca un segundo más antes de retirar despacio la mano.

—Tienes que hablar con Weber —dice.

—Lo sé, por eso he venido. Me está esperando.

—No hables como un mercenario.

—Entonces, ¿como qué?

Nora mira hacia el desierto, hacia la línea por la que empieza a ponerse el sol, como si allí pudiera encontrar una respuesta.

—Como alguien necesario —dice finalmente—. Alguien útil. Alguien que puede ayudar a cerrar esto.

—Eso no suena respetable.

—Es un comienzo.

La observo de perfil mientras vuelve a cruzarse de brazos, recuperando poco a poco la compostura, la distancia, esa forma de colocarse dentro del mundo que tanto le ha costado sostener desde que regresó.

Podría acercarme. Podría romper esta distancia ridícula, pero no lo hago.

No porque no quiera, sino porque por una vez comprendo que no todas las decisiones pueden tomarse como si el mundo fuera a desaparecer en los próximos cinco minutos.

—Entonces, empezaré por ahí —digo.

Nora asiente despacio.

Detrás de nosotros, la base continúa funcionando con su precisión habitual, indiferente a lo que acaba de suceder entre los dos. Se oyen motores, pasos sobre la grava, voces lejanas y una radio que crepita antes de apagarse.

Ella inspira hondo y se separa de la valla.

—Tengo que volver al hospital.

—Y yo a fingir que sé comportarme en una instalación militar.

—No hagas promesas imposibles. Weber detesta a los mentirosos.

—De acuerdo —respondo—, e intentaré no disparar a nadie antes de cenar.

—Eso sería un gran avance.

Nos miramos, y esta vez su sonrisa dura un poco más. Luego empezamos a caminar de regreso hacia la zona más concurrida de la base, uno junto al otro, manteniendo esa distancia prudente que ahora los dos entendemos.

Mientras caminamos bajo las luces blancas del perímetro, entre el ruido ordenado de un mundo que intenta absorbernos sin saber exactamente qué hacer con nosotros, entiendo que lo que acaba de ocurrir no ha sido una renuncia ni una despedida.

Ha sido una forma de quedarse, sin decirlo todavía.