Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 49
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Adrien

Los días posteriores al ataque transcurren con una lentitud engañosa. Todo parece en calma a simple vista, cuando en realidad, solo se está acumulando tensión bajo la superficie.

El campamento sigue en pie, pero apenas se parece ya al lugar que era antes.

Hemos tenido que desmontar algunas estructuras para reutilizar los materiales; otras continúan en pie, aunque medio derruidas, abiertas al viento y al polvo.

Hay hombres trabajando desde el amanecer hasta bien entrada la noche para reforzar los perímetros, levantar nuevas lonas, reparar los vehículos y organizar los suministros con una disciplina silenciosa que nace menos de la obediencia que de la necesidad de seguir adelante.

Porque aquí, si no te mueves, estás muerto.

Y en mi caso, además, estar quieto equivale a empezar a pensar, y pensar demasiado puede resultar peligroso.

Camino entre ellos revisando los daños, escuchando informes y tomando decisiones que hace apenas unas semanas me habrían resultado rutinarias.

Sin embargo, ahora noto algo distinto en la forma en que todos me miran.

No es desconfianza exactamente, pero sí una cautela nueva, una conciencia incómoda de que las consecuencias de mis decisiones ya no son algo abstracto.

Han enterrado a siete hombres, y cuatro más siguen heridos. Y todos saben perfectamente por qué Ag Alhassan decidió atacar.

No necesito que nadie lo diga en voz alta.

Malik aparece junto a mí mientras observo cómo dos hombres intentan enderezar uno de los postes de vigilancia destruidos durante el combate. Lleva una carpeta de mapas bajo el brazo y tiene el aspecto cansado de alguien que apenas ha dormido desde el ataque.

—Hemos perdido dos rutas de suministro —me dice sin rodeos—. Los comerciantes empiezan a ponerse nerviosos.

Asiento despacio.

Era previsible.

El ataque no solo buscaba debilitarnos físicamente. También pretendía aislar el campamento, convertirnos en una posición demasiado peligrosa para cualquiera que quisiera hacer negocios con nosotros.

Y en esta parte del mundo, quedarse sin combustible, medicamentos o munición significa empezar una cuenta atrás.

Cojo uno de los mapas que Malik me tiende y lo despliego sobre una mesa improvisada hecha con tablones recuperados de las ruinas.

—¿Y el corredor del norte?

Malik niega con la cabeza.

—Cerrado. Un grupo vinculado a Alhassan está controlando los pasos. —Hace una pausa antes de añadir—: Si intentamos mover convoyes ahora mismo, los perderemos.

Aprieto ligeramente la mandíbula mientras sigo observando el mapa.

Hace unos meses habría respondido de inmediato, habría trazado nuevas rutas, presionado a otros contactos o encontrado alguna solución agresiva para recuperar el terreno.

Ahora, sin embargo, noto una resistencia extraña antes de cada decisión, una conciencia demasiado clara del precio que puede tener cualquier movimiento.

Y eso me irrita más de lo que debería.

—Necesitamos encontrar una nueva fuente de financiación —continúa Malik, observándome con atención—. Y rápido.

Levanto la vista hacia él.

—Lo sé.

El silencio que sigue se llena con el ruido metálico de un generador arrancando al otro lado del campamento. Más allá, varios hombres descargan cajas de munición mientras otros revisan el estado de varios vehículos dañados.

Todo sigue funcionando, pero más despacio, con más esfuerzo, como si el campamento entero hubiera envejecido varios años en una sola noche.

Malik me observa unos segundos más antes de hablar otra vez.

—Los hombres siguen contigo.

La frase llega sin un contexto aparente, pero entiendo perfectamente lo que significa.

—¿Eso crees?

—Creo que sobreviviste cuando otros no lo habrían hecho —responde—. Y que Alhassan esperaba encontrarte muerto aquí cuando amaneciera. Y conseguiste que la mayoría de nosotros sigamos vivos —añade—. Volviste.

Bajo la mirada hacia el mapa otra vez.

No me interesa convertirme en ningún símbolo para ellos, nunca lo he querido, pero sé que Malik tampoco está hablando de lealtad ciega.

A lo que se refiere es a la diferencia entre seguir a alguien por miedo, o hacerlo porque todavía crees que sabe hacia dónde avanzar. Y en este momento, no estoy seguro de seguir sabiendo la respuesta.

El teléfono satélite empieza a vibrar sobre la mesa.

El sonido rompe el ritmo del campamento de una forma extraña, casi ajena a todo lo demás. Durante un segundo, nadie habla. Malik mira el aparato y luego me mira a mí.

Muy poca gente tiene este número.

Cojo el teléfono y observo la pantalla.

Es un número oculto.

Contesto sin apartarme de la mesa.

—¿Sí?

Durante unos segundos solo escucho interferencias leves y el rumor metálico de una conexión distante.

Luego, una voz femenina responde al otro lado.

—Buenos días, señor Kader. Aquí la comandante Weber, supongo que ha oído hablar de mí.

Me aparto unos pasos de Malik antes de responder.

—Así es —respondo simplemente.

—Me alegro de que siga vivo —dice ella.

—Depende del criterio que utilice para definirlo.

Escucho una exhalación breve que podría ser una risa contenida.

—La capitana Vaillant tenía razón con usted —dice después.

Ese nombre produce un efecto inmediato dentro de mí, una tensión breve y precisa que me recorre el cuerpo antes de desaparecer bajo el control automático al que llevo años acostumbrado.

No respondo enseguida.

—¿Qué quiere, comandante?

—Hablar —responde con calma—. Y quizá hacer negocios.

La palabra queda suspendida unos segundos entre nosotros.

Habla de negocios, no de cooperación o ayuda.

Eso ya me dice bastante sobre ella.

Camino despacio hacia una zona más apartada del campamento mientras oigo cómo los hombres continúan trabajando detrás de mí.

—La escucho.

—Ag Alhassan se está moviendo —continúa—. Hemos interceptado información sobre nuevas rutas, nuevos apoyos y posibles acuerdos con otras facciones.

No me sorprende. Después del ataque, lo lógico era desaparecer durante un tiempo, reorganizarse y preparar el siguiente movimiento.

—¿Y?

—Y usted conoce esta zona mejor que cualquiera de mis hombres —continúa—. Conoce a las tribus, las rutas y a los intermediarios. Sabe cómo se mueve Alhassan.

Me detengo.

Ahora entiendo la llamada. No busca solo información.

Es una propuesta.

—No trabajo para la OTAN —respondo.

—No le estoy ofreciendo un uniforme —dice ella con tranquilidad—, sino recursos.

El viento levanta arena alrededor de mis botas mientras permanezco en silencio.

Recursos significa combustible, medicinas, quizá protección indirecta.

Todo lo que necesito ahora mismo para mantener este lugar en pie y seguir adelante.

Y ella lo sabe perfectamente.

—¿Y qué gana usted? —pregunto al fin.

La respuesta tarda apenas un segundo.

—La posibilidad de acabar con Ag Alhassan antes de que esta región termine de incendiarse del todo.

Cierro los ojos un instante y dejo escapar un suspiro. Lo peor es que tiene razón.

Y, aunque no quiera admitirlo, sé exactamente quién está detrás de esta llamada.

Y no es Weber.