48 #2
Me inclino para besarlo de nuevo mientras mis dedos recorren lentamente su pecho y su abdomen. Siento cómo el cuerpo de Adrien reacciona bajo mis caricias, cómo la tensión va acumulándose en él a medida que descubro cada rincón de su piel con una mezcla de curiosidad y deseo que no intento ocultar.
—No sabes lo mucho que te deseo —susurra contra mi boca.
Sonrío antes de volver a besarlo, lenta, profundamente, disfrutando de la forma en que sus manos se aferran a mi cintura.
Después, todo ocurre despacio, sin prisas, sin necesidad de palabras.
Nos movemos juntos bajo la luz tenue del amanecer que se filtra a través de las rendijas de la cabaña y de los agujeros de bala de las puertas y ventanas, envueltos por el sonido del viento y por el calor compartido de nuestros cuerpos.
Siento cómo Adrien me abraza con una mezcla extraña de fuerza y cuidado, como si incluso en medio del deseo siguiera preocupado por no romper algo que considera valioso.
Y quizá lo hace.
Quizá los dos somos plenamente conscientes de que esto va mucho más allá del deseo.
Ese pensamiento me espolea y hace que me mueva más deprisa sobre él.
Lo siento tan adentro que parece formar parte de mí, como si en este momento solo fuéramos uno.
Adrien me acaricia los pechos, me pellizca los pezones y por fin se aferra de nuevo a mis caderas para acompañarme en el clímax.
Cuando por fin me estremezco entre sus brazos, incapaz de contener el placer que me atraviesa, Adrien entierra el rostro en mi cuello y deja escapar un gemido ronco que me hace temblar todavía más.
Durante unos segundos, no existe nada fuera de nosotros.
Ni el desierto, ni la guerra, ni el miedo.
Solo el calor de su cuerpo, el latido desbocado de su corazón contra el mío y esa sensación peligrosa y absoluta de haber encontrado algo que no quiero perder.
Me dejo caer sobre su cuerpo y él, sin salir de mi interior, me gira para colocarme sobre el colchón. Luego, apoya la frente contra la mía mientras recuperamos el aliento poco a poco.
Sus dedos me apartan un mechón de pelo húmedo de la cara y recorren mi mejilla con suavidad.
—Estás preciosa —murmura.
Siento una sonrisa feliz curvándome los labios antes de atraerlo de nuevo hacia mí para besarlo otra vez, lentamente, mientras mis dedos se pierden en su pelo y el campamento comienza a despertar a nuestro alrededor.
Los dos sabemos que no podemos quedarnos eternamente en la cama, desnudos y abrazados. La vida sigue ahí fuera, y hay gente que nos espera. Además, tengo hambre, y a juzgar por el gruñido de sus tripas, él también.
Nos vestimos despacio, sin apenas hablar, mirándonos de vez en cuando y sonriendo cada vez con menos naturalidad. Es como si la ropa nos convirtiera a cada uno en lo que somos, él, un mercenario, y yo, una oficial del ejército francés.
Cuando por fin salimos de la cabaña, el escenario que nos rodea es aún más desolador que cuando nos acostamos.
La luz del sol nos muestra con total crudeza las consecuencias de lo que sucedió ayer.
Lo que me sacude no es únicamente el humo que todavía asciende desde algunas estructuras medio consumidas, ni el olor metálico de la sangre seca mezclándose con la arena y el polvo, sino algo más difícil de definir, una sensación densa que parece haberse quedado suspendida sobre todo lo que nos rodea, como si todos los que se mueven por el campamento supieran que nada volverá a ser lo mismo.
La actividad ha regresado, pero lo hace de una manera extraña, contenida, cautelosa.
Los hombres avanzan entre los restos con pasos más lentos de lo habitual, hablan en voz baja y evitan mirar demasiado tiempo hacia ciertos puntos del campamento, como si todos compartieran el mismo acuerdo silencioso de no detenerse en lo que ocurrió durante la noche.
Caminamos juntos entre las estructuras dañadas sin dirigirnos a ningún lugar concreto.
Pasamos junto a cajas abiertas, armas abandonadas sobre mantas cubiertas de arena y vehículos que todavía conservan las marcas recientes de los disparos.
Más allá, varios hombres improvisan una zona para los heridos utilizando telas tensadas entre postes medio quemados.
No aparto la mirada porque quiera ignorarlo, sino porque sé perfectamente lo que ocurre cuando permites que ciertas imágenes entren demasiado dentro de ti, y ahora mismo necesito mantener cierta distancia, aunque empiezo a sospechar que ya no sé muy bien cómo hacerlo.
Tres soldados franceses avanzan hacia mí desde la zona vallada. Han pasado la noche en el exterior, de guardia permanente. Los observo avanzar entre las estructuras derruidas mientras escucho los motores de los vehículos junto al perímetro exterior.
Es curioso pero, mientras los miro, no siento el alivio que debería sentir. No hay esa sensación de regreso y pertenencia que imaginaba encontrar al ver los uniformes franceses, escuchar voces conocidas o volver a seguir los procedimientos familiares.
Lo que noto es otra cosa, una especie de desajuste silencioso que se instala entre el entorno y mi forma de habitarlo, como si todo siguiera estando en su sitio y, aun así, yo ya no encajara del todo dentro.
—Capitana Vaillant.
Los tres soldados se cuadran frente a mí. Yo les devuelvo el saludo mientras observo a Adrien con el rabillo del ojo. Se ha quedado a un lado y me observa en silencio. Luego, mueve levemente la cabeza, la media vuelta y se aleja en dirección al campamento civil.
El oficial parado frente a mí tiene arena pegada a las botas y parece cansado, pero aun así mantiene intacta esa rigidez profesional que nos caracteriza a todos los militares.
—Buenos días, sargento —lo saludo
—Tengo órdenes de sacarla de aquí cuanto antes, capitana.
No lo plantea como una sugerencia, sino como una decisión ya tomada. Doy por hecho que la comandante Weber está detrás.
—Hay heridos que necesitan atención urgente —replico.
Los soldados echan un vistazo rápido a su alrededor antes de volver a centrarse en mí.
—La base está avisada y hay un equipo médico de camino —responde al instante. Eso debería alegrarme, pero no lo hace, porque significa que yo no soy necesaria allí.
El oficial se gira levemente y señala con el brazo hacia el portón del campamento. Veo los vehículos estacionados junto al perímetro, listos para partir. Debería echar a andar ahora mismo, sería lo lógico, lo correcto, lo esperado, pero no me muevo, porque antes de hacerlo, necesito comprobar algo.
O quizá, despedirme, no estoy segura.
Giro ligeramente la cabeza y busco a Adrien. No tardo mucho en localizarlo, sé dónde está incluso antes de verlo. Permanece a unos metros, apartado del flujo constante de soldados y mercenarios que empiezan a reorganizar el campamento.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve.
El ruido del campamento se incrementa a nuestro alrededor, pero entre nosotros se abre una pausa extraña, un espacio suspendido que no termina de obedecer al resto del mundo.
Podría acercarme y decir muchas cosas. Podría preguntarle si estará bien, insistir en que deje que alguien le revise ese brazo antes de que termine por infectarse.
Podría incluso darle las gracias, pero cuando intento ordenar cualquiera de esas frases dentro de mi cabeza, todas me parecen insuficientes, porque ninguna explica realmente lo que ha pasado entre nosotros.
Ni lo que sigue pasando.
Doy un paso hacia él, solo uno. Lo suficiente para reducir una distancia que hace tiempo que dejó de ser física.
Adrien levanta la vista y nuestras miradas se encuentran con una claridad que resulta casi incómoda después de todo lo demás.
Como si lo hubiéramos acordado, los dos comenzamos a andar el uno hacia el otro hasta detenernos a apenas un metro de distancia. Lo suficiente para sentirnos; bastante para mantener las apariencias.
—Tienes que irte —dice por fin.
La frase no suena como una orden, ni siquiera como una petición. Es, simplemente, algo que los dos hemos sabido desde el principio que ocurriría.
Asiento despacio, y no porque quiera hacerlo, sino porque sé que tiene razón.
El ruido del campamento vuelve a filtrarse entre nosotros poco a poco.
Podría decirle que venga conmigo. Podría intentarlo, pero sé perfectamente que sería inútil. Adrien no pertenece a ese mundo ordenado que acaba de desplegarse detrás de mí.
Y quizá yo tampoco tanto como creía.
—Cuídate —murmuro al final.
La frase me parece ridícula en cuanto sale de mi boca, demasiado pequeña y simple para contener todo lo que realmente quiero decir.
Adrien tarda unos segundos en responder. Me observa como si estuviera valorando decir algo que no termina de decidirse a verbalizar.
Luego asiente brevemente.
—Tú también.
Nada más.
No hay promesas ni explicaciones y, sin embargo, tampoco existe una sensación real de final.
Retrocedo un paso y luego otro.
La distancia entre nosotros vuelve a crecer lentamente, aunque ya no la siento como antes. No es simplemente una separación física, sino algo más complejo, más profundo, como si parte de mí siguiera quieta en el mismo lugar en el que él permanece inmóvil bajo la luz dura de la mañana.
Por fin, me doy la vuelta y camino hacia los vehículos franceses.
Mi cuerpo vuelve a moverse solo, obedece a procedimientos conocidos mientras recupera automatismos que durante semanas parecían haber desaparecido. Un soldado me abre la puerta de uno de los todoterrenos y subo sin mirar atrás.
La puerta se cierra con un golpe seco que suena a definitivo.
El motor arranca, el jeep se pone en marcha y el campamento empieza a quedarse atrás poco a poco mientras las ruedas levantan una nueva nube de arena.
Entonces sí. Me giro y veo que Adrien sigue exactamente donde estaba, no se ha movido ni un centímetro. Simplemente permanece allí, quieto entre las estructuras destruidas y el polvo suspendido en el aire, observando cómo me marcho sin hacer nada para impedirlo.
La distancia aumenta y el desierto vuelve a abrirse entre nosotros. Y mientras el campamento desaparece lentamente a mi espalda, comprendo algo que ya no puedo seguir negándome.
Esto no ha terminado. Y esta vez, no porque haya algo pendiente entre nosotros, sino porque lo que ha ocurrido jamás podría encajar dentro de un final sencillo.