Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 48
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Nora

Antes de que el campamento empiece a llenarse otra vez de órdenes, motores y voces, acompaño a Adrien hacia lo que queda de su cabaña. Han pasado casi cinco horas desde que Ag Alhassan se marchó, y hasta ahora no ha parado de ir de un lado a otro y de ocuparse de los suyos.

Parte de la estructura sigue en pie, sostenida de forma casi milagrosa por dos postes torcidos y un lateral de tela ennegrecida por el humo. El resto es una mezcla caótica de madera rota, mantas cubiertas de arena y restos dispersos que el combate ha dejado atrás sin ningún cuidado.

Adrien aparta con el pie una tabla caída y entra primero.

Yo lo sigo en silencio.

Dentro hace más calor del que esperaba. El aire está cargado de humo y polvo, aunque todavía permanece algo reconocible bajo toda la destrucción: el rincón donde dormía, una caja metálica abollada junto a la pared y parte del colchón cubierto por arena.

—He visto sitios peores —dice él mientras observa a su alrededor.

Lo miro de reojo.

—Mientes fatal.

La comisura de su boca se mueve apenas un instante. No llega a ser una sonrisa, pero se le parece mucho.

Dejo en el suelo la mochila médica improvisada que he conseguido montar recuperando material de la enfermería. Algunas vendas, alcohol, gasas y un par de botellas de agua. También tengo puntos de sutura, un antiséptico y unos cuantos blíster de antibióticos.

No es mucho, pero bastará.

—Siéntate —le digo.

Adrien permanece inmóvil unos segundos, observándome con esa expresión suya que nunca termina de revelar del todo lo que piensa. Luego, sin discutir, se deja caer sobre el colchón medio destrozado y apoya la espalda contra uno de los postes.

El simple hecho de que no proteste ya resulta extraño.

Me arrodillo frente a él y empiezo a revisarle el brazo. La sangre ha atravesado la tela durante el combate y la herida presenta un aspecto terrible. Nada irreversible todavía, pero sí lo bastante grave como para que piense que lleva muchas horas ignorando el dolor.

—Te dije que necesitabas descansar —le digo.

—Y yo te dije que no era el mejor momento.

—Eres agotador —protesto.

—Me lo dicen mucho.

Respiro hondo mientras retiro con cuidado las vendas adheridas a la piel. Adrien contiene una mueca cuando le limpio la herida, aunque sigue sin apartar el brazo ni intenta detenerme.

Trabajo en silencio durante unos minutos.

Afuera se oyen voces lejanas y los motores de los jeeps franceses reorganizando el perímetro del campamento.

La comandante Weber ha decidido mantener a sus hombres fuera de las estructuras principales durante la noche por si Ag Alhassan regresa antes del amanecer.

No creo que lo haga, pero después de todo lo vivido, empiezo a entender que en este lugar nadie puede permitirse confiar demasiado en sus propias certezas.

Termino de vendarle el brazo y después me ocupo del resto.

Le limpio un corte junto a las costillas, desinfecto las heridas superficiales de las manos y paso una tela húmeda por la sangre seca que todavía le mancha el cuello y parte del pecho.

Adrien permanece quieto todo el tiempo.

Solo cuando deslizo la tela húmeda sobre una contusión especialmente fea bajo las costillas noto cómo el músculo se contrae bajo mi mano.

—Eso duele —murmuro.

—Muy perspicaz —contesta en un susurro.

Levanto la vista hacia él.

—No sé cómo sigues en pie.

—Costumbre —responde, y se encoge de hombros, un gesto que también le duele.

La respuesta me irrita más de lo que debería, porque debajo de esa aparente indiferencia hay algo que empiezo a reconocer muy bien: una forma casi violenta de ignorarse a sí mismo.

Abro la mochila y saco una camisa limpia que he encontrado entre las pocas pertenencias salvables del campamento. La tela está arrugada y huele ligeramente a humo, pero sigue siendo mejor que la ropa ensangrentada que lleva puesta.

—Levanta el brazo.

Adrien obedece despacio mientras le ayudo a colocársela, intentando no tirar demasiado de la herida reciente. Mis dedos rozan su piel varias veces durante el proceso y noto cómo su respiración cambia apenas un instante cada vez que ocurre.

O quizá sea la mía.

Cuando termino, me aparto un poco para observar el resultado.

Sigue teniendo aspecto de haber sobrevivido a una guerra. Porque, literalmente, acaba de hacerlo.

—Mucho mejor —digo.

—Ahora parezco un hombre respetable —bromea.

No puedo evitar una risa breve.

—No te hagas ilusiones, eso no tiene arreglo.

La luz empieza a desaparecer del todo fuera de la cabaña y el cansancio cae sobre mí de golpe, pesado y denso, como si el cuerpo hubiera estado esperando exactamente este momento para recordar todo lo que lleva acumulando durante días.

Recojo el material usado y aprovecho el agua que queda para limpiarme también. Me lavo las manos, la cara, el cuello y parte de los brazos, retirando capas de polvo, sangre seca y arena que parecen haberse quedado pegadas a mi piel para siempre.

Cuando termino, el silencio dentro de la cabaña es absoluto.

Levanto la cabeza y lo miro. Adrien se ha tumbado sobre el colchón. Tiene un brazo bajo la cabeza y el otro descansa sobre el abdomen vendado. La respiración es profunda y regular, tranquila por primera vez desde que lo conozco.

Se ha quedado dormido.

La imagen atrae irremediablemente. Nunca lo había visto así, sin tensión, sin esa rigidez constante que parece sostenerlo incluso cuando está quieto.

Ahora, solo es un hombre agotado, y parece… humano.

Me acerco despacio y me tumbo a su lado sobre el colchón estrecho, procurando no moverlo demasiado.

Ni siquiera abre los ojos, pero en cuanto mi cuerpo toca el suyo, reacciona de forma instintiva. Su brazo rodea mi cintura con una naturalidad que me desarma y tira suavemente de mí hasta pegarme contra su pecho.

El movimiento es lento, torpe por el cansancio, y completamente inconsciente.

Siento el calor de su cuerpo envolviéndome mientras deja escapar un suspiro profundo junto a mi pelo, como si algo dentro de él se relajara por fin al comprobar que sigo ahí.

No dice nada, y yo tampoco.

Afuera, el campamento continúa respirando entre ruinas, humo y hombres armados, pero dentro de esa cabaña medio destruida, durante unos minutos, el mundo deja de exigirnos nada.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me despierto.

Adrien se ha movido durante la noche, pero su mano continúa sobre mi cadera como si fuera un ancla.

La siento cálida y relajada. Sin abrir los ojos, paso mi mano por sus dedos largos, fuertes, ásperos, y los acaricio despacio.

Él reacciona casi al instante, desliza la mano desde mi cadera hasta mi cintura y, de ahí, a mi pecho.

Cubre mi seno con la palma y la aprieta con cuidado.

Ese pequeño gesto funciona como un interruptor en mi interior, y algo se enciende y empieza a funcionar a toda máquina.

Siento un pellizco en la boca del estómago y una urgencia inesperada entre las piernas. ¿Qué me está pasando? ¿Qué hace conmigo este hombre?

Doy media vuelta entre sus brazos y me coloco de frente a él.

Ha abierto los ojos y me mira con una mezcla inexplicable de ternura y pasión.

No hablamos, no con palabras, pero nuestras manos comienzan a comunicarse en el cuerpo del otro.

Me cuelo por debajo de sus camisetas y le acaricio la espalda.

No evito las cicatrices, al contrario; las recorro despacio para memorizarlas, para identificarlas y reconocerlas incluso sin verlas.

Sus manos también se pasean por mi cuerpo. Las siento en la espalda, en el pelo, en la cara, apretándome las nalgas. Me acerca a él y me besa despacio, con una suavidad que contrasta tanto con lo que sé de él que me desconcierta durante un instante.

Sin embargo, el beso que comienza siendo delicado, casi contenido, poco a poco se transforma en algo más profundo, más intenso, hasta hacerme olvidar el ruido del mundo y dejarme atrapada únicamente en el calor de su boca y en la presión creciente que nace bajo mi piel.

Siento el cuerpo tenso, despierto, lleno de una necesidad nueva que me recorre y me deja vulnerable de una forma que jamás había experimentado.

Lo deseo. No solo sus manos o sus besos, sino todo él.

Quiero esa sensación completa de pertenecer a algo durante unos minutos, de dejar de estar sola dentro de mí misma.

Adrien desciende lentamente por mi cuello y mi pecho, demorándose en cada roce como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sus labios recorren mi piel mientras me quita la poca ropa que llevo, solo una camiseta y mis bragas.

Alterna besos suaves con pequeños mordiscos que me hacen estremecer.

Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro cuando siento cómo sus manos se deslizan por mi cintura y mis caderas.

El aire de la mañana se cuela por las rendijas de la tienda y enfría mi piel justo antes de que él vuelva a besarla, creando un contraste delicioso que me hace arquearme hacia él para evitar que se aleje.

—Adrien… —murmuro, incapaz de contener el temblor de mi voz.

Él levanta apenas la cabeza y me mira de esa forma suya, intensa y silenciosa, como si estuviera pendiente de cada respiración.

—Dime si quieres que pare.

Niego enseguida.

No quiero que se detenga.

Ni ahora, ni nunca.

Vuelve a besarme, con más intensidad ahora, y siento cómo el deseo sigue creciendo entre nosotros hasta convertirse en algo casi insoportable. Mis manos se pierden en su espalda, en la tensión de sus músculos, en el calor de una piel marcada.

Cuando nuestras bocas vuelven a encontrarse, soy yo quien toma el control.

Lo empujo suavemente hasta hacerlo recostarse sobre el colchón y me acomodo sobre él, sintiendo su respiración acelerarse bajo mi cuerpo. Adrien me observa en silencio, sin apartar los ojos de mí, y esa quietud suya, esa forma de dejarme decidir, me excita todavía más.