Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 47
84%

47

Adrien

La presencia de los soldados franceses no hace que el combate se detenga, pero sirve para cambiar ostensiblemente el reparto de fuerzas.

Lo que hasta hace unos minutos era un intercambio constante de disparos en un entorno táctico, se ha convertido en algo más irregular y espaciado, más fragmentado.

El polvo lo invade todo, levantándose en capas finas con cada impacto, con cada desplazamiento, mezclándose con el humo de las telas quemadas y con ese olor metálico que deja la sangre cuando empieza a secarse bajo el sol.

Avanzo entre las estructuras que aún se mantienen en pie, aunque ya no cumplen su función original, y las utilizo como cobertura sin detenerme a pensar en lo que eran antes de convertirse en esto.

A mi izquierda, uno de mis hombres cae sin emitir un sonido, y durante una fracción de segundo mi mente intenta reconocerlo, asociar un nombre a ese cuerpo que deja de moverse, pero descarto la idea antes de que llegue a completarse.

No es el momento. No lo será hasta que todo esto termine, si es que llega a hacerlo.

Nora se mueve a mi derecha.

No necesito verla de forma constante para saber dónde está; su presencia se ha integrado en el entorno de una forma que no debería ser posible, como si llevara más tiempo aquí del que realmente ha pasado y hubiera encontrado el ritmo del combate sin necesidad de adaptarse a él.

Un disparo impacta contra la estructura que hay frente a nosotros y levanta una nube de polvo que me obliga a cerrar los ojos un instante.

Cuando vuelvo a abrirlos, uno de los hombres de Ag Alhassan está avanzando por el lateral, aprovechando un ángulo muerto que no debería existir, un espacio que hace unos minutos estaba cubierto.

Nora lo ve antes.

El disparo lo detiene a medio paso, lo suficiente para romper su impulso y obligarlo a perder ese segundo que necesitaba para colocarse en una posición ventajosa.

Yo termino el movimiento sin tener que desplazarme apenas, y cuando el cuerpo cae, el espacio vuelve a cerrarse como si nunca hubiera existido esa apertura.

No nos miramos ni decimos nada. Simplemente, seguimos.

El sonido de un motor irrumpe entonces con fuerza entre los disparos dispersos.

Giro hacia el origen y veo a un todoterreno atravesar una de las estructuras caídas.

Avanza a gran velocidad, con dos hombres en la parte trasera intentando mantener una línea de fuego mientras el vehículo reduce distancia y se acerca a nosotros.

No están buscando una posición de ataque, están intentando romper la nuestra.

—Atrás —digo.

Nora ya se está moviendo antes de que termine de hablar.

Nos replegamos unos metros, lo justo para obligarlos a avanzar un poco más y pierdan la ventaja de la velocidad en cuanto el terreno deje de estar despejado y empiece a jugar en su contra.

El vehículo se acerca demasiado rápido, levantando arena a su paso, y durante unos segundos, el ángulo no me permite un disparo claro.

Ajusto y espero.

El momento llega cuando el conductor se ve obligado a corregir la trayectoria para evitar un obstáculo metálico de buen tamaño. Disparo, y aunque el impacto no consigue reventar la rueda, al menos altera la estabilidad del vehículo lo suficiente.

Nora no necesita más.

Dispara en el instante exacto en el que uno de los hombres pierde el equilibrio en la parte trasera. El cuerpo cae fuera. El segundo intenta reaccionar, pero ya está expuesto, no tiene tiempo.

El siguiente disparo lo lanza hacia atrás, muerto, antes de que pueda responder.

Vuelvo a disparar, y esta vez la rueda sí cede.

El todoterreno pierde el control, gira sobre sí mismo y termina por detenerse contra una de las torres de vigilancia con un golpe seco que resuena como un trueno.

El motor sigue en marcha, pero los hombres no.

Durante un instante, el combate parece contenerse y yo aprovecho para respirar. Y mientras, compruebo cómo está todo a mi alrededor. Sobre todo, ella.

—¿Estás bien? —pregunto sin girarme.

—Sí —responde sin más.

Es suficiente.

Pero la calma dura poco.

Un disparo más lejano nos sobresalta y hace que nos agachemos por instinto.

Levanto la vista y lo veo.

No necesito reconocer los detalles de su rostro. Lo identifico por la forma en que los demás se posicionan a su alrededor, por la manera en que el espacio se organiza en función de su presencia.

Ag Alhassan.

Permanece de pie junto a una estructura parcialmente intacta, con dos hombres cubriéndolo sin invadir su espacio, observando el campo con una calma que no tiene nada de pasiva. No parece apresurado, ni especialmente preocupado por el resultado inmediato del combate.

Está evaluando la situación, midiendo nuestras fuerzas, confirmando las suyas.

Nuestros ojos no llegan a cruzarse, pero no hace falta.

Sé por qué está aquí. Y él sabe lo que significa que yo siga en pie.

Avanzo un paso con decisión, y esta vez, Nora no me sigue. Se mantiene en su posición, cubriendo el flanco.

Es lo correcto.

Los hombres que rodean a Ag Alhassan reaccionan antes de que pueda reducir la distancia de forma efectiva, abriendo fuego con una coordinación que me obliga a replantearme el avance.

Me cubro y respondo, pero el intercambio no es favorable desde este ángulo, y forzar la posición solo nos dejaría expuestos sin una ganancia real.

Una bala impacta cerca y el rebote me alcanza en el brazo, lo que me hace perder el ángulo durante un segundo.

Y ese segundo es suficiente. Cuando vuelvo a asomarme, él ya no está en el mismo punto. Se ha retirado.

Disparo hacia la posición que ocupaba, más para marcar mi presencia que con una intención real de alcanzarlo, pero no hay una respuesta directa.

Solo el sonido de los motores. Primero uno. Luego otro.

La retirada se organiza con la misma eficacia con la que habían atacado, sin precipitación, sin caos, como si lo que necesitaban ya hubiera ocurrido y no hubiera motivo para prolongar el enfrentamiento más de lo necesario.

El combate se disuelve poco a poco. No ha habido un final claro, ha sido más bien una pérdida progresiva de intensidad que deja tras de sí un silencio incompleto, roto por algún disparo aislado, por el sonido de las estructuras que terminan de ceder y los gritos de los supervivientes.

Me incorporo despacio y, ahora sí, el cuerpo empieza a pasarme factura.

Cada impacto, cada movimiento forzado, cada decisión tomada al límite se acumula de golpe en una sensación pesada y dolorosa que ya no puedo ignorar.

A mi alrededor, los hombres se mueven entre el caos, los muertos y los heridos. Los que pueden, ayudan a los otros. Algunos son incapaces de moverse y, simplemente, esperan inmóviles, con la mirada perdida, cubiertos de polvo y de sangre.

Miro hacia el punto por el que se han retirado. Sé que esto no ha terminado.

El ataque de Ag Alhassan es su respuesta a mi afrenta, pero estoy seguro de que no se va a dar por satisfecho. No puedo estar seguro de si ha visto a Nora, pero si lo ha hecho, si piensa que todavía sigue aquí, volverá.

Bueno, sé que volverá aunque no la haya visto, porque él no es de los que deja las cosas a medias.

Estoy convencido de que, sin la oportuna presencia de los franceses, Ag Alhassan habría ordenado seguir disparando hasta que no quedara ni uno de mis hombres de pie y se asegurara de que yo también estaba muerto.

Bajo la vista hacia la arena marcada por las huellas, la sangre y restos que ya no tienen forma ni función.

El campamento no volverá a ser lo que era, y yo tampoco.

Lo que ha ocurrido es culpa mía, y sé que la confianza de mis hombres se tambalea, si es que todavía les queda algo.

Y mientras el silencio termina de imponerse sobre lo que queda del campamento, lo único que tengo claro es que esto no se ha resuelto ni ha terminado.

Nora se acerca y se detiene a mi lado. No dice nada al principio y yo tampoco, porque durante unos segundos, el espacio entre nosotros queda suspendido en una especie de silencio extraño, cargado de humo, de polvo y de todo lo que todavía no hemos tenido tiempo de procesar.

A nuestro alrededor, el campamento intenta recomponerse.

Hay hombres arrastrando cuerpos fuera de las zonas de paso, otros improvisando torniquetes y vendajes con jirones de tela empapados de sangre, vehículos destrozados que siguen soltando humo.

El combate ha terminado, pero el lugar sigue vibrando con la inercia de la violencia, como si aún no hubiera entendido que puede detenerse.

Nora gira ligeramente la cabeza y observa el campamento destruido antes de volver a mirarme.

—Tienes mala cara —me dice por fin.

Suelto una respiración breve que podría parecerse a una risa si todavía me quedaran fuerzas para eso.

—Tú también.

Ella baja la vista hacia mi brazo y entonces noto la sangre deslizándose otra vez bajo el vendaje. El rebote de la bala ha vuelto a abrir parte de la herida y la manga empieza a pegarse a la piel.

—Déjame ver eso —me ordena.

No se me ocurre replicar. Me apoyo un momento contra uno de los postes medio derrumbados mientras ella se acerca un poco más y aparta con cuidado la tela manchada.

Sus dedos se mueven con rapidez, precisos incluso ahora, incluso aquí, y durante un instante mi atención deja de estar en el campamento y se concentra únicamente en el contacto de sus manos.

—No parece grave —murmura—, pero si no lo curamos bien, terminará siéndolo.

—Queda mucho por hacer —replico—. No tengo tiempo ahora para…

Levanta la vista hacia mí y durante una fracción de segundo aparece algo muy parecido al cansancio detrás de su mirada que pretende parecer enfadada.

—Bueno —dice, dando un paso atrás—, ya tendrás tiempo cuando te mueras por una infección estúpida.

La frase debería sonar irónica, pero no lo hace.

Detrás de nosotros, uno de los soldados franceses pasa corriendo y grita una orden en dirección al perímetro este. Nora gira apenas la cabeza por reflejo, siguiendo el movimiento, y entonces parece recordar de golpe dónde estamos realmente.

—Supongo que te preguntarás por qué he vuelto acompañada por diez soldados de élite —dice.

—La verdad es que sí, pero no he tenido tiempo de preguntártelo —reconozco con una ironía que no parece hacerle demasiada gracia.

Lo que me cuenta a continuación me deja atónito. Nora me habla de una comandante del servicio de Inteligencia que ha accedido a organizar esta incursión secreta para ayudar a un grupo de mercenarios a cambio de… ¿De qué?

Eso es lo único que no me queda claro

—Weber querrá hablar contigo —termina en voz más baja.

Tardo apenas un segundo en comprender lo que realmente significa todo lo que me ha contado.

Los franceses no han llegado por casualidad. Han venido porque ella lo ha decidido.

La observo en silencio, intentando encajar esa idea con todo lo demás, y algo cambia dentro de mí al comprender hasta dónde ha estado dispuesta a llegar.

—Has convencido a la OTAN para ayudar a un grupo de mercenarios —digo al final.

Nora sostiene mi mirada sin apartarse.

—No exactamente.

—Entonces, explícamelo —le pido.

Una ráfaga de viento atraviesa el campamento y levanta arena entre nosotros. Ella se incorpora despacio, todavía demasiado cerca.

—Ahora no.

La respuesta debería irritarme, pero no lo hace, porque reconozco perfectamente ese tono. Es el mismo que utilizo yo cuando una decisión ya está tomada y no pienso discutirla en mitad del caos.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habla. Solo permanecemos ahí, rodeados de destrucción, de humo y de hombres que intentan sobrevivir a lo que queda del día.

Entonces, Nora levanta una mano y me limpia con el pulgar una línea de sangre seca que tengo junto a la mandíbula.

El gesto es pequeño, casi invisible, pero consigue atravesar todas las defensas que todavía me quedaban.

—Sigues aquí —dice muy bajo.

La miro un instante.

—Tú también.

Y, por primera vez desde que empezó todo esto, tengo la sensación incómoda y definitiva de que el problema ya no es únicamente la guerra que Ag Alhassan acaba de declarar.

El verdadero problema es que Nora ha vuelto, y no estoy seguro de querer que vuelva a marcharse nunca más.