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Nora
No puedo creer lo que estoy haciendo, pero aquí estoy, al volante de un jeep, en mitad del desierto, pisando el acelerador a fondo en dirección al campamento de Kader.
No voy sola, me acompañan otros tres vehículos con diez soldados de élite armados hasta los dientes.
Somos un convoy que, oficialmente, no existe.
No llevamos insignias visibles, banderas ni nada que permita identificar quiénes somos.
Ni siquiera llevamos nuestros uniformes reglamentarios, sino ropa de campaña muy parecida a la que usan los mercenarios.
Los soldados han sido escogidos personalmente por Weber, hombres silenciosos que no hacen preguntas y que se mueven con la eficacia contenida de quienes entienden que las operaciones más delicadas son precisamente aquellas de las que nadie hablará después.
No ha sido fácil.
Abordé a la comandante Weber en su despacho poco después de terminar nuestra conversación, si es que puede llamarse así al interrogatorio encubierto al que me sometió. No pudo disimular su sorpresa, sobre todo cuando cerré la puerta a mi espalda y me senté frente a ella.
Le hablé de Adrien Kader y de su grupo mercenarios, del contrato que habían firmado por mí y de cómo decidió incumplir su palabra y traerme de vuelta a la base.
Weber me escuchó en silencio, con suma atención y sin desviar la mirada de mis ojos, atenta a cualquier cambio en mi gesto.
Cuando terminé, permaneció callada un buen rato mientras mi nerviosismo iba en aumento.
—Lo que no entiendo —dijo después—, son los motivos que pudo tener Kader para liberarla en lugar de entregarla a Ag Alhassan.
Agaché la cabeza y, por primera vez, dudé sobre qué responder.
—Los motivos son… personales —respondí en voz baja.
—Personales… ¿también para usted, o solo para él? —siguió Weber.
¿Qué podía decir?
—Sinceramente, señora, no lo sé.
—Sí lo sabe, capitana. Esa duda es una respuesta. Y eso me lleva a mi siguiente pregunta: ¿cómo puedo estar segura de que no es una agente doble?
—Con todo mi respeto, comandante, pero ¿de verdad cree que le estaría contando todo esto si estuviera aquí para pasar información a un grupo de mercenarios?
Ella sonrió un segundo.
—No, no lo haría. Y bien —continuó—, ¿qué es lo que quiere?
—Van a matarlos —le dije sin más.
La comandante tardó un momento en responder, como si estuviera ordenando las piezas antes de decidir cuál merece ser movida.
—Son mercenarios, capitana.
—Lo sé.
—Y usted misma ha declarado que ese campamento alberga hombres armados vinculados a operaciones ilegales en la región.
—También hay civiles —repliqué—. Heridos y enfermos. Gente que no tiene nada que ver con Ag Alhassan.
Weber me observó entonces con una atención distinta a la de antes, más silenciosa, más analítica.
—No ha respondido a mi pregunta —dijo después—. ¿Qué quiere?, ¿qué propone?
—Sé que llevan mucho tiempo detrás de Ag Alhassan, pero nunca han conseguido dar con él. Yo le estoy diciendo dónde está ahora mismo, o dónde estará muy pronto. Es una oportunidad única de atraparlo, y de paso, salvar la vida de un grupo de civiles.
El silencio que siguió se me hizo eterno, hasta que la comandante suspiró muy despacio y se lleva una mano al bolsillo de la chaqueta.
—Si hacemos esto —dijo al fin—, no habrá registro oficial. No existirá informe, ni autorización, ni un despliegue reconocido. Será una intervención limitada y no autorizada cuya existencia desaparecerá en el momento en que termine.
—Gracias —acerté a decir.
—Ag Alhassan lleva demasiado tiempo siendo un problema para demasiada gente —añadió al instante—. Y además, a veces conviene dejar vivas a determinadas piezas del tablero.
No añadió nada más, pero entendí perfectamente lo que implicaba.
No irían allí únicamente para salvar a Adrien y a sus hombres. Lo harán porque un grupo de mercenarios acorralados puede convertirse en una fuente de información mucho más útil que un montón de cadáveres desperdigados sobre la arena.
Y aun así, cuando Weber volvió a hablar, su voz había perdido parte de su frialdad.
—Además —añadió—, sospecho que si le digo que no, acabará robándome un vehículo igualmente.
Eso consiguió arrancarme una sonrisa mínima, breve, que desapareció casi en el mismo instante en que apareció.
Ahora, el desierto se abre frente a nosotros oscuro y denso.
El motor vibra bajo mis manos mientras avanzo siguiendo las coordenadas, aunque ya no necesito consultaras constantemente. Reconozco el terreno, las formas, las irregularidades mínimas de las dunas.
Y odio darme cuenta de hasta qué punto he aprendido a leer este lugar gracias a él.
Uno de los soldados aparece en el retrovisor durante un instante y hace un gesto corto con la mano.
Contacto visual.
Asiento y seguimos avanzando.
Oímos los disparos mucho antes de que podamos ver el campamento. No son continuos, pero sí lo bastante frecuentes como para confirmar que el combate sigue activo.
Aprieto las manos sobre el volante y acelero.
La tensión cambia dentro de los vehículos de forma inmediata. La radio enmudece, las siluetas que se enderezan y los soldados empiezan a preparar sus armas sin necesidad de recibir órdenes explícitas.
Ya estamos dentro.
Cuando alcanzamos la última elevación antes del campamento, reduzco la velocidad lo justo para asomarme por encima de la línea de arena. Apagamos las luces de los vehículos y nos acercamos muy despacio para que las revoluciones del motor no nos delate.
Se me encoge el estómago cuando distingo el campamento.
El lugar está parcialmente destruido. Hay fuego en varias estructuras, el humo se eleva hacia el cielo oscuro y distingo movimientos dispersos entre las tiendas derrumbadas.
Las ráfagas cruzan el espacio de un lado a otro con una violencia fragmentada, irregular, como si el combate se hubiera roto en múltiples enfrentamientos simultáneos.
Está claro que los hombres de Ag Alhassan han penetrado en el campamento, pero todavía no lo controlan.
—Entraremos por el flanco oeste —ordena uno de los soldados por la radio interna—. Cobertura escalonada. Nada de fuego largo.
Todos damos el ok sin apartar la vista del frente.
—Dadme un segundo —pido. Acto seguido, saco el teléfono satélite que Kader me entregó y marco el número guardado.
—¿Nora? —pregunta cuando descuelga. Oigo disparos a su alrededor.
—Llega la caballería —digo sin más—. No disparéis, entramos.
Cuelgo y hago una señal con la mano fuera de la ventanilla.
El convoy acelera y nuestra irrupción altera el equilibrio de inmediato.
Las primeras ráfagas salen desde nuestros vehículos antes incluso de atravesar el perímetro exterior, obligando a varios hombres de Ag Alhassan a abandonar sus posiciones para buscar cobertura.
Uno de los todoterrenos enemigos gira demasiado tarde hacia nosotros y recibe una descarga corta que atraviesa el parabrisas.
El vehículo derrapa y se estrella contra una estructura baja.
Todo cambia de ritmo a partir de ahí.
Los hombres de Kader reaccionan casi al instante al comprender que cuentan con unos refuerzos inesperados y que no identifican, pero en ese momento, eso es lo de menos.
Veo figuras desplazándose entre las coberturas improvisadas para aprovechar el nuevo ángulo de presión mientras los soldados franceses avanzan con una coordinación brutal, limpia, quirúrgica.
Disparo desde la ventanilla abierta mientras el jeep atraviesa el borde exterior del campamento. El retroceso del arma me golpea el hombro y el olor a pólvora se mezcla con el humo y la arena caliente que entra en el vehículo.
Un hombre cae a pocos metros, otro desaparece detrás de una tienda medio derrumbada.
Y entonces, lo veo.
Adrien está en el centro del campamento, moviéndose entre las estructuras con una velocidad que resulta casi imposible de seguir a ratos.
No sé cuánto tiempo lleva peleando, pero no debe de ser poco, a juzgar por el hecho de que la rabia está apoderándose del control y eso hace que se exponga más al fuego enemigo.
Dispara, avanza y vuelve a moverse antes de que los cuerpos terminen de caer, como si cada segundo perdido aumentara el riesgo de que todo se derrumbe definitivamente.
Durante un instante absurdo, en mitad del caos, me siento aliviada.
Está vivo.
Uno de los hombres de Ag Alhassan intenta alcanzarlo por el lateral aprovechando un ángulo muerto entre dos estructuras caídas.
Levanto el arma sin pensar y disparo.
El impacto lo lanza hacia atrás antes de que consiga apuntar.
Adrien se gira inmediatamente hacia el origen del disparo y nuestras miradas se encuentran a través del humo, del ruido y de la distancia fragmentada del combate.
No hay sorpresa en sus ojos, como si una parte de él hubiera sabido desde el principio que yo terminaría apareciendo aquí.
El jeep frena bruscamente detrás de una cobertura improvisada y salto al suelo con rapidez.
Las balas siguen cruzando el campamento en ráfagas cortas mientras los franceses consolidan posiciones y obligan a los hombres de Ag Alhassan a retroceder hacia el perímetro exterior.
La presión cambia, se rompe, y los mercenarios lo entienden enseguida.
Los asaltantes empiezan a retirarse de forma fragmentada bajo el fuego cruzado hasta que el combate deja de parecer un asalto y empieza a convertirse en una huida.
Durante un instante, no hay disparos ni necesitamos cambiar de cobertura, y entonces, sin necesidad de hablar, de forma tácita, nos acercamos.
Se detiene frente a mí, cubierto de arena y sangre, con la respiración acelerada y el fusil todavía sujeto entre las manos.
—Te dije que no volvieras —dice, con sus ojos grises clavados en los míos.
Lo observo un instante antes de responder.
—Y yo te dije que no me gusta que decidan por mí.
Durante un segundo parece a punto de decir algo más, pero no lo hace, porque a nuestro alrededor hay heridos, fuego y cuerpos sobre la arena, y porque los dos entendemos que esto tampoco es un final.
Solo otra consecuencia más de todo lo que ya no podemos deshacer.
Adrien
Ni siquiera tengo tiempo de guardar el teléfono cuando la llamada se corta. Lanzo una ráfaga rápida con mi fusil de derecha a izquierda mientras intento comprender, en medio del ruido y del caos, que Nora está aquí, y no ha venido sola.
Uno de los hombres cae en un ángulo que no estaba cubierto. Lo miro en el suelo, y cuando levanto la vista, la veo.
Lo más curioso es que su presencia no me parece una interrupción que rompa el ritmo del combate, sino como algo que se integra en él con una naturalidad que resulta casi violenta, como si siempre hubiera estado ahí, como si ese fuera exactamente el lugar en el que debía aparecer.
Nora.
Se mueve entre las coberturas con una precisión militar mil veces ensayada, y durante un par de segundos, lo único que hago es mirarla.
No debería estar aquí, o al menos no así, no ahora. Pero aquí está.
El hombre al que acaba de abatir cae a pocos metros de mi posición, y no tengo tiempo de procesar lo que significa su presencia antes de tener que reaccionar al siguiente movimiento. Giro, disparo y avanzo un paso más.
—¡A tu derecha! —grita Nora.
No necesito comprobarlo.
Me desplazo en la dirección que indica sin cuestionarlo, ajusto el ángulo y encuentro al hombre que intenta cerrarme el paso por ese flanco. Disparo antes de que termine de levantar el arma, y el impacto lo obliga a retroceder lo suficiente como para que el siguiente tiro sea definitivo.
Cada vez que cambio de posición, cada vez que busco una nueva cobertura, soy consciente de dónde está ella sin necesidad de mirarla directamente, como si su presencia se hubiera convertido en un punto fijo dentro de un entorno que no deja de moverse.
Un disparo cercano me obliga a agacharme más de lo previsto, y cuando vuelvo a asomarme, la veo salir de su cobertura con un movimiento que no debería hacer, exponiéndose lo justo para tener una línea limpia de tiro sobre uno de los hombres que se me había escapado por el ángulo muerto.
El impacto es inmediato y letal.
Aprovecho ese segundo y termino el movimiento.
Cuando el cuerpo cae, el espacio se abre de nuevo, y durante un instante breve, apenas perceptible, el ruido del combate parece reducirse a un nivel que me permite mirarla sin interrupciones.
Está aquí.
Ha vuelto.
Y no porque no tenga otra opción, sino porque ha decidido hacerlo.
¿Cómo debo interpretar eso?
Avanzo hacia ella, reduciendo la distancia sin dejar de cubrir los flancos.
—Te dije que no volvieras —digo cuando estoy a su lado.
—Y yo te dije que no me gusta que decidan por mí —responde.
Hay algo en su voz que no estaba antes.
No me está desafiando, pero tampoco está enfadada. Su voz es firme, segura.
Asiento apenas, sin apartar la mirada del entorno. No hay tiempo para más.
Un nuevo disparo rompe el instante y nos obliga a separarnos de nuevo, cada uno hacia su cobertura, retomando su papel dentro de un combate que no se ha detenido en ningún momento.
Pero ya no es el mismo, porque ahora, cada movimiento tiene en cuenta al otro. No como una carga o una distracción, sino como una presencia que altera la forma en que tomo cada decisión, la velocidad a la que actúo, el margen de riesgo que estoy dispuesto a asumir.
Y eso… Eso es exactamente lo que no debería permitirme aquí.
Aun así, cuando avanzo de nuevo hacia el interior del campamento, no hago nada para impedir lo que siento. No intento recuperar la distancia que me separaba de Nora, porque sé, con una claridad que no deja espacio para el autoengaño, que ya no existe.
Y que, pase lo que pase a partir de ahora, voy a pelear de una forma que no se parece en nada a la de antes.