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Adrien
Me sorprendo cuando distingo el campamento a lo lejos, porque apenas he sido consciente del viaje de vuelta.
Tengo la sensación de que el tiempo ha cambiado de ritmo desde que la dejé en la base francesa, como si cada kilómetro se hubiera comprimido sobre sí mismo hasta convertirse en una sucesión más densa y corta, donde lo único importante es seguir avanzando sin concederle demasiado espacio a todo lo demás.
Reconozco la silueta irregular de las torres de vigilancia y la disposición desordenada de las tiendas. Giro a la izquierda en busca de la entrada principal y durante un momento puedo ver el otro lado del campamento.
Algo me alerta al instante, una alteración mínima en el paisaje que alguien sin experiencia probablemente no percibiría jamás.
El desierto tiene una forma concreta de respirar, una cadencia silenciosa que aprendes a reconocer después de suficiente tiempo sobreviviendo en él, y ahora mismo, esa cadencia está rota.
Reduzco ligeramente la velocidad hasta casi detenerme y observo con atención.
El jeep vibra bajo mis manos con esa irregularidad constante que lleva acompañándome desde hace horas, y aprovecho esos segundos para dejar que la mirada recorra el terreno.
Mierda…
Lo que me había parecido una nube de arena es, en realidad, humo.
Son hombres, un ejército. Dentro del campamento.
Aprieto la mandíbula mientras dejo que la conclusión termine de asentarse por completo.
Han llegado.
Siempre he sabido que lo harían, desde luego.
Ag Alhassan no podía dejar pasar algo así.
Lo que para cualquiera sería una decisión personal, aquí equivale a una declaración de guerra, una fractura visible dentro de un equilibrio construido sobre el miedo y la obediencia.
Si no respondiera, otros empezarían a preguntarse cuánto margen tenían para desafiarlo también.
Y Ag Alhassan jamás permitiría algo así.
Piso el acelerador a fondo. No tiene sentido quedarme aquí, intentando evaluar la situación como si todavía existiera margen para planificar nada. Si ya han entrado en el campamento, lo último que necesitan mis hombres es que yo permanezca aquí fuera, observando cómo consolidan posiciones.
El jeep salta sobre una irregularidad del terreno y cae con violencia. El golpe me sacude los hombros y hace protestar al motor, pero no reduzco la velocidad. Sigo avanzando mientras las primeras estructuras empiezan a definirse con claridad.
Y entonces llega el sonido.
No es el estruendo caótico de una batalla descontrolada, ni una lluvia constante de disparos sin dirección. Lo que escucho son ráfagas cortas, disparos aislados, respuestas medidas que se cruzan unas con otras sin superponerse del todo.
Eso significa que todavía resisten.
También significa que los hombres de Ag Alhassan no han venido únicamente a arrasar. Pretenden tomar el control del campamento.
Freno de golpe a pocos metros del perímetro exterior y dejo que el jeep derrape ligeramente antes de detenerse por completo.
Durante un instante, el silencio relativo del interior del coche contrasta de forma brutal con el combate que se desarrolla fuera, y aprovecho esos segundos mínimos para orientarme, identificar direcciones y calcular distancias.
Cojo el fusil, los cargadores y la pistola y salgo del vehículo. El calor me golpea con fuerza, aunque apenas lo percibo. Mi atención ya está en otra parte.
La torre del flanco este está parcialmente destruida.
Una de las tiendas ha colapsado y ahora sirve como cobertura improvisada.
En el centro del campamento, donde normalmente habría un tránsito constante, solo queda un vacío extraño.
Avanzo agachado, utilizando las estructuras que conozco de memoria para moverme entre ellas sin necesidad de pensar demasiado.
A mi derecha, dos de mis hombres responden al fuego desde una posición que no podrán sostener mucho más tiempo.
Más allá, alguien grita una orden que se interrumpe bruscamente bajo una ráfaga.
No hay tiempo para reorganizar nada.
Solo para entrar.
Uno de los todoterrenos de Ag Alhassan está atravesado junto a una tienda derrumbada, con el motor todavía en marcha y una puerta abierta de par en par. Eso significa que el asalto sigue activo, que todavía no han conseguido penetrar por completo.
Aprieto el paso y veo los rostros de mis hombres cuando me reconocen. Alivio, esperanza, incluso alegría.
No doy órdenes, no hace falta. Cada uno aquí sabe exactamente lo que tiene que hacer o está demasiado ocupado intentando seguir vivo como para escucharme.
Cuando alcanzo el primer punto de contacto, no me detengo a evaluar la situación.
Simplemente, disparo.
El hombre al que apunto cae hacia atrás sin ser siquiera consciente de dónde ha llegado el disparo.
No pierdo el tiempo comprobando si está muerto, lo importante es que no volverá a disparar contra nosotros.
Sigo avanzando, y otro aparece por mi izquierda, emergiendo de detrás de una de las cabañas con el arma todavía levantándose hacia mí.
Apunto hacia él y efectúo dos disparos secos que atraviesan el espacio entre nosotros. El cuerpo se desploma sobre la arena, golpeando el suelo con un sonido húmedo que apenas registro antes de moverme otra vez.
Un disparo impacta contra el poste de madera junto a mí y levanta una lluvia de astillas que me roza la cara. Giro sobre mí mismo, localizo el origen del fuego y respondo casi sin ajustar la postura. El retroceso del arma me sacude el brazo herido con violencia, pero no aflojo la presión.
El hombre se cubre y disparo otra vez.
No espero a ver si cae.
Me desplazo hacia un lateral en busca de un ángulo más limpio, y veo los cuerpos sin vida de dos de mis hombres.
Todo lo que está ocurriendo, y lo que ocurra a partir de ahora, es una consecuencia directa de mi decisión de no entregar la Nora. Incumplir la palabra está costando vidas, y no sé si podré vivir con eso. Pero tampoco podría vivir si la hubiera entregado.
Si lo pienso fríamente, desde el momento en el que la traje al campamento y ella comenzó a ocuparse de los heridos con una dignidad asombrosa, se coló dentro de mí.
Cuando me desafiaba, me insultaba e intentaba matarme, yo me acercaba más a ella sin saberlo ni poder evitarlo.
Y cuando escapó, lo único que pensaba era que podía morir ahí fuera.
Cada disparo que devuelvo, cada cuerpo que cae, cada metro que avanzo dentro del campamento es la consecuencia directa de haberla sacado de aquí. Ya no existe separación entre la decisión y lo que implica, pero volvería a hacerlo otra vez.
Oigo un grito desde la zona central.
Me giro al instante y veo a Malik.
Está cubierto tras una estructura baja, con el arma apoyada sobre el borde y la mirada fija hacia la parte central del campamento.
Me muevo hacia él, y cuando llego a su posición, se gira lo justo para reconocerme y no dispararme.
—Llegas tarde —dice con una media sonrisa agotada que no tiene nada de humor.
—Ya estoy aquí —respondo mientras me coloco a su lado.
Asiente apenas.
—Estamos jodidos —dice. Luego señala con la barbilla hacia el interior—. Han entrado por el este, y han dejado claro desde el principio que no han venido a negociar.
No necesito que lo diga, lo veo perfectamente.
—¿Cuántos?
Malik suelta una respiración breve antes de responder.
—Ni idea, pero suficientes para complicarnos bastante la vida.
Asomo lo justo para evaluar la situación y distingo a dos hombres avanzando entre las tiendas, utilizando los restos de una estructura caída como cobertura móvil.
Están intentando abrir una brecha para llegar al centro.
Disparo antes incluso de que Malik termine de ajustar la mira.
El primero cae inmediatamente, pero el segundo se repliega detrás de una lona derrumbada.
Durante un instante breve, el espacio que queda entre ráfagas me permite escuchar mi propia respiración. Me concentro, aprieto el fusil con fuerza y vuelvo a incorporarme.
No hay tiempo para detenerse, ni para analizar qué demonios ha cambiado dentro de mí.
Solo para seguir avanzando.
Y, aun así, mientras vuelvo a moverme hacia el siguiente punto de contacto, soy plenamente consciente de algo que ya no puedo ignorar por mucho que lo intente.
No soy el mismo, no peleo igual. Nunca he escuchado mi respiración durante un combate, solo los disparos y los movimientos del enemigo para adelantarme a ellos.
Y en un lugar como este, eso es probablemente lo más peligroso que puede pasarle a un hombre.