Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 44 #2
79%

44 #2

—Ya, ya —me interrumpe. Cambia de postura en la silla e inclina el cuerpo hacia mí. Su mirada me taladra—. Disculpe, pero me gustaría que pasara directamente al momento en el que se encuentra con la persona que la traido. ¿Quién es?

Respiro hondo y pienso a toda velocidad. Puedo decir la verdad. De hecho, es lo que debería hacer, pero no soy capaz.

—Uno de los hombres del campamento —digo por fin.

—¿Uno de los mercenarios? —insiste ella.

—No me consta —miento de nuevo.

—¿Lo conocía? —sigue.

—He conocido a mucha gente durante estas semanas, comandante, mercenarios, civiles y comerciantes. Es un campamento pequeño y he tratado a heridos y enfermos desde que llegué. De hecho —añado—, ese era su objetivo cuando me secuestraron, necesitaban un médico.

—¿Quién la retenía? —pregunta de pronto.

Levanto la mirada y sostengo la suya apenas un segundo más de lo cortés entre militares.

—Un grupo armado local —respondo.

No es mentira, pero tampoco es toda la verdad.

Es una forma de contenerla.

—¿No hizo una identificación concreta?

Niego despacio, manteniendo la voz estable.

—No, comandante. Lo siento.

Alice Weber no aparta los ojos de mí, y durante un instante tengo la sensación de que busca algo más que información, como si tratara de medir la consistencia de lo que digo más allá de las palabras, pero no encuentra nada que la obligue a insistir.

O decide no hacerlo de momento.

—¿Había un líder?

La pregunta llega con la misma neutralidad que las anteriores, pero en ese momento soy plenamente consciente de que lo que diga ahora no es solo un dato, sino una decisión.

Podría dar su nombre.

Podría describirlo con precisión, incluso facilitarles el camino.

Y, sin embargo, lo único que hago es dejar que pase el tiempo antes de responder.

—No lo sé.

La frase sale sin esfuerzo, me concentro en controlar la tensión para resultar creíble.

Asiente y sonríe. No ha tomado ni una sola nota desde que ha llegado, así que supongo que en la sala hay un dispositivo de grabación que lo está recogiendo todo.

El interrogatorio continúa durante varios minutos más, centrado ahora en aspectos que puedo detallar sin reservas: número aproximado de hombres, armamento, disposición del campamento, rutas posibles.

Respondo con precisión, sin omitir nada relevante, porque ahí no hay nada que proteger ni que distorsionar.

Cuando termino, la comandante Weber apoya la espalda en el respaldo de la silla y me mira en silencio durante un largo rato.

Tiene una sonrisilla en la boca que no sé si debe tranquilizarme o inquietarme, porque aunque su aspecto general es sosegado, no olvido en ningún momento que es un alto mando del servicio de Inteligencia de la OTAN.

Por fin, se palmea los muslos y se pone de pie. Yo la imito al instante y me cuadro ante ella.

—Relájese, capitana. Descanse y deje que la cuidemos, se lo ha ganado —me dice sin dejar de sonreír—. Estaremos en contacto. Ha hecho un buen trabajo —añade antes de salir.

Asiento, aunque no respondo, porque no tengo claro a qué se refiere exactamente.

Salgo de la sala y el aire del exterior me envuelve de nuevo, cargado de actividad, de voces que se cruzan, de órdenes que se repiten con una cadencia constante que debería resultarme familiar y, sin embargo, empieza a resultarme excesiva, como si mi percepción de la realidad y de mi propia vida se hubiera reajustado a otra escala y ahora todo sonara demasiado alto, demasiado inmediato, demasiado estructurado.

El oficial que me ha escoltado hasta el barracón ya no está en la puerta cuando salgo, así que camino sin rumbo definido durante unos minutos, atravesando espacios que reconozco perfectamente en su función, aunque no en la forma en que me afectan.

Paso junto a un grupo de soldados que revisan sus equipos con una meticulosidad que no deja espacio para el error, veo un vehículo con el motor al aire mientras un mecánico lo revisa, paracaidistas charlando ociosos alrededor de una radio que escupe música pop a todo volumen.

Todo está en su sitio.

Todo funciona.

Y, sin embargo, mientras avanzo empiezo a notar una distancia difícil de explicar, no con el entorno, sino conmigo misma dentro de él, como si hubiera una ligera desalineación entre lo que soy aquí y lo que acabo de dejar atrás.

Me detengo, pero me doy cuenta de que no soy consciente de haberlo hecho.

Apoyo una mano en una de las estructuras metálicas cercanas y dejo que el frío del material contraste con el calor que todavía llevo en la piel, mientras observo el movimiento a mi alrededor y comprendo que no me siento parte de todo esto.

No es rechazo ni incomodidad. Es… No sé cómo explicarlo. Es como si todo lo que soy en mi interior, todas mis certezas y seguridades, se hubieran desplazado dentro de mí y no terminaran de encontrar su lugar.

Es… Es la sensación incómoda de que no encajo en este lugar.

Pateo el suelo y golpeo la estructura metálica con la palma de la mano.

¿Qué me ha pasado? ¿Qué me ha hecho ese puto Kader?

Tengo que sacármelo de la cabeza.

«Recuerda que te secuestró», me digo a mí misma. «No olvides que es un asesino, un mercenario», insisto.

Pero nada es capaz de convencer a lo que sea que tengo dentro.

Mierda.

Cierro los ojos un segundo para intentar contener lo que está empezando a moverse debajo de mi piel y en ese instante, sin que lo busque, aparece una imagen concreta, definida y absurdamente nítida.

Él.

Pero no en una forma que pueda explicarse con facilidad. No como el hombre que me secuestró y me retuvo, ni siquiera como el que me ha traído hasta aquí.

Lo que veo, lo que siento, no se deja reducir a una categoría que pueda nombrarse, y eso es precisamente lo que lo vuelve tan incómodo, porque no sé cómo llamarlo exactamente.

Abro los ojos y los sonidos regresan con la misma intensidad que antes, pero ya no los percibo igual.

Es como si algo en mí hubiera cambiado lo suficiente como para que ese entorno, que debería significar seguridad, orden y control, deje de ser un punto de llegada y se convierta en otra forma de incertidumbre.

Me aparto de la estructura y continúo caminando, esta vez con un destino más claro, aunque no tenga que ver con un lugar concreto, sino con la necesidad de seguir moviéndome.

Escapar, salir de allí, no ha sido un final.

Por más que me empeñe en negarlo, ha sido un comienzo.

Y sé exactamente lo que tengo que hacer ahora.

Doy media vuelta y corro al encuentro de la comandante Weber.