Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 44
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Nora

El cambio no es inmediato. No ocurre en el momento en que cruzo el perímetro, ni cuando los soldados bajan las armas y alguien me coloca una mano firme en el brazo para guiarme hacia el interior; ni siquiera cuando oigo mi nombre pronunciado con ese tono preciso, reglamentario, que reconoce antes el rango que a la persona.

El cambio llega después, poco a poco.

Es como si el cuerpo avanzara y la mente se quedara atrás, retenida en algún punto del desierto que todavía no he terminado de abandonar. O que no quiero abandonar.

Camino entre las estructuras metálicas, las lonas tensadas y las cajas apiladas con un orden que me resulta familiar.

Todo está en su sitio. Todo tiene una función clara.

Las rutas están definidas; las jerarquías, visibles; las decisiones, encajadas en un sistema que no deja espacio para la improvisación.

Y, sin embargo, nada termina de encajar.

—Capitana Vaillant.

Me detengo cuando oigo mi nombre. Un oficial se acerca con paso rápido, acompañado de otro hombre que lee con atención lo que sea que hay en la pantalla de su móvil. Tras saludarme, me observan con una atención absolutamente profesional.

—Necesitamos confirmar su identidad y evaluar su estado —dice el primero.

Asiento, lo esperaba.

Primero me conducen a un barracón prefabricado en el que un grupo de soldados trabaja con la cara pegada a un ordenador. Hay mapas, papeles y metros de cables que serpentean por el suelo.

Me siento a un lado de una mesa, uno de los oficiales al otro y el segundo, el del móvil, se queda de pie a mi lado.

Respondo a sus preguntas con la misma precisión con la que he respondido siempre.

Nombre, rango, unidad, fechas aproximadas de todo lo que ha sucedido.

El secuestro, la estancia en el campamento, la liberación.

Las palabras salen solas, ordenadas, limpias, como si no hubieran pasado semanas desde la última vez que formaron parte de algo real.

Les cuento que durante mi cautiverio me he dedicado a atender a mercenarios heridos y a civiles enfermos, que me han tratado relativamente bien, que no he sido torturada ni maltratada, ni siquiera interrogada, y les recuerdo que, de todos modos, como oficial médico yo no conozco los planes del ejército francés.

Cuando se dan por satisfechos «por el momento», como recalcan dos veces, me avisan de que más tarde me reuniré con el alto mando de la base y, por fin, me conducen a una tienda médica.

El interior está limpio, organizado y brillante. Hay mesas plegables, instrumental esterilizado y luces blancas. El contraste con la penumbra cálida de la cabaña del poblado reconvertida en enfermería y hospital es tan brusco que durante un segundo me obliga a entrecerrar los ojos.

Una mujer se acerca a mí. Lleva una bata blanca sobre el uniforme, guantes y una sonrisa cálida que agradezco.

—Soy la teniente Roche —se presenta—. Encantada de tenerla de vuelta, capitana Vaillant. Si le parece bien, tengo que examinarla. Ya sabe, el protocolo —añade.

Asiento y la sigo hasta detrás de unas cortinas verdes. Los oficiales que me han acompañado se quedan fuera, a una distancia prudencial y discreta.

Una enfermera me ayuda a quitarme la ropa y a ponerme después una bata hospitalaria. Sonríe todo el tiempo mientras espera, y luego se queda a un lado, lista para recibir las indicaciones de la doctora.

Me tumbo en la camilla y dejo que revise mis constantes, que observe los cortes superficiales, la deshidratación leve, la fatiga acumulada. Habla mientras lo hace, comenta los datos en voz alta para que la enfermera los registre.

—Todo es correcto y normal —me dice por fin—. Su estado de salud y sus niveles generales son aceptables, aunque esperaremos a los resultados de los análisis para descartar cualquier infección encubierta. Relájese un poco mientras espera, he pedido que le traigan ropa limpia.

La doctora se despide con una nueva sonrisa y me deja sola tras la cortina. Me acomodo sobre la camilla, que es más cómoda que el camastro en el que llevo semanas durmiendo, e intento relajarme.

Entonces, el ruido empieza a molestarme.

No es especialmente alto. Lo que me molesta es más bien el conjunto de sonidos: voces que se cruzan, pasos rápidos sobre el suelo compactado, órdenes que se dan y se repiten, radios que crepitan con información constante. Un flujo continuo que no se detiene y que, de pronto, me resulta excesivo.

Cierro los ojos un segundo e intento derivar mis pensamientos hacia otro sitio, ignorar los ruidos que me enervan, pero cuando los abro, todo sigue igual. Me siento en la camilla, consciente de que me será imposible descansar ni un segundo, y espero a que me traigan la ropa prometida.

Por fin, una soldado se cuadra marcial ante mí y me entrega un pulcro paquete con un uniforme de campaña, ropa interior nueva y unas botas impecables.

Espera de espaldas mientras me visto y cuando estoy lista, corre la cortina y me encuentro de frente con los oficiales que me habían acompañado. Ya están de pie, listos para moverse.

—Me alegro de que se encuentre bien, capitana Vaillant. Ahora, si es tan amable, necesitamos que redacte un informe preliminar —dice el oficial mientras salimos del hospital de campaña—. Y después, hablaremos con Inteligencia.

Asiento.

Un informe, claro. Un informe en el que tengo que contar todo lo que ha pasado.

Me llevan a otra estructura y entramos en un cubículo cerrado amueblado solo con una mesa, una silla y un ordenador portátil que ya está encendido, esperando. Me siento frente a la pantalla y durante unos segundos me quedo quieta, observando el cursor que parpadea sobre un documento en blanco.

Luego, respiro hondo un par de veces y empiezo a escribir.

Las palabras salen solas, correctas, precisas, estructuradas. No me detengo en explicaciones largas ni en descripciones innecesarias, sino que me limito a consignar lo estrictamente necesario, porque sé que es lo que quieren.

«La captura se produce en una zona rural. Soy trasladada a un campamento irregular. Presencia de civiles. Atención médica a múltiples heridos…»

Detengo el movimiento de mis dedos sobre el teclado.

La pantalla no refleja nada de lo que ha sido aquello.

Es imposible transmitir el calor, el olor, la sangre, el dolor, las decisiones extremas en situaciones desesperadas.

No puedo expresar la mirada de los heridos, de los enfermos, el miedo en los ojos de las mujeres, la ayuda de Amira.

Respiro hondo y continúo.

Es lo que se espera de mí, lo que sé hacer, así que alejo todo de mi mente y sigo escribiendo.

Cuando termino, alguien recoge el informe, lo mete en un sobre y se lo lleva sin decir ni una palabra.

Uno de los oficiales que me acompañan desde el principio me recibe sonriente cuando salgo de la diminuta habitación y lo sigo pasillo adelante hasta otra sala.

Esta vez no hay ordenador, solo una mesa y dos sillas.

El oficial se queda fuera, y yo me siento en una de las sillas. Un rato después, veo que el oficial se lleva la mano a la gorra y se coloca en posición de firme junto a la puerta.

—Comandante —saluda. Yo también me levanto y me pongo firme mientras espero.

—Descanse, teniente —ordena la recién llegada. Luego, entra en la sala y cierra la puerta a su espalda. Se detiene frente a mí, sonríe y me tiende la mano, que yo estrecho después del saludo protocolario.

—Bienvenida, capitana —me dice, todavía con mi mano en la suya—. Soy la comandante Alice Weber, agregada de la OTAN en esta base. Llevamos semanas buscándola por tierra y aire. Me alegro de que se encuentre bien.

—Gracias, comandante.

Por fin, me suelta la mano y se sienta, pero en lugar de hacerlo al otro lado de la mesa, coge la silla y la coloca a mi lado, de modo que, colocadas de frente como estamos, nuestras rodillas casi se tocan.

—Supongo que no ha sido fácil ni agradable —empieza, mirándome a los ojos.

—No —respondo de inmediato—, no lo ha sido en absoluto.

—He leído su informe preliminar. Sé que lo ha hecho deprisa, pero ya habrá tiempo para entrar en detalle. De momento, capitana, lo que me intriga de verdad es cómo ha logrado salir.

Asiento despacio y apoyo las manos sobre mis muslos mientras dejo que piense que estoy ordenando los recuerdos antes de verbalizarlos, aunque en realidad lo que hago es algo mucho más preciso: seleccionar los recuerdos, encajar los datos y construir una versión que pueda sostenerse sin resquebrajarse bajo el peso de lo que no voy a contar.

—Conté con ayuda de dentro —empiezo—. De otra forma, habría sido imposible. Una persona me consiguió un vestido de mujer árabe, me lo puse y salí por la puerta principal a la vez que unos comerciantes que habían llegado unas horas antes al campamento. Nadie me miró ni me habló —añado.

—Tuvo suerte —reflexiona la comandante.

—Mucha suerte, sí —reconozco.

—¿Y después?

—Después, me separé de los hombres y me dirigí hacia los coches.

Había varios jeeps junto a uno de los muros que quedaban fuera del ángulo de vigilancia de los mercenarios que controlaban las garitas elevadas.

El tercero estaba abierto. Me escondí dentro un rato, hasta que estuve segura de que no había nadie cerca.

Entonces, saqué los cables del salpicadero, conecté los del encendido y el jeep arrancó.

—¡Bravo, capitana! —aplaudió la comandante Weber—. Continúe, por favor.

—Simplemente, aceleré y me alejé lo más deprisa que pude. No encendí las luces hasta que calculé que ya no podían verme.

—¿Tenía mapas o un GPS? —me pregunta.

—No, nada.

—¿Alguna referencia o indicación?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabía hacia dónde ir?

—No lo sabía —reconozco—. Lo único que quería era alejarme de allí. Vi la oportunidad y la aproveché.

—Ajá, entiendo. —La cara de la comandante ya no es tan risueña—. Siga, capitana.

Le hablo de las dificultades del camino, de los bancos de arena, de las rocas…