43
Adrien
Por segunda vez en dos días, me despierto con Nora entre mis brazos.
Podría acostumbrarme a esto. En realidad, creo que ya lo he hecho.
Cuando abro los ojos todavía no ha amanecido, y me resulta tan natural encontrarla pegada a mi cuerpo, con la cabeza en mi hombro, la mano sobre el vientre y su pierna sobre mi hombro, que tengo la sensación de que llevo años despertándome del mismo modo.
Me gusta la sensación, y aunque sé que es peligroso, me permito vivir la fantasía unos minutos más.
Hace horas que la hoguera se extinguió. Sus bragas fueron un pobre combustible, y la temperatura no bajó tanto como para necesitar alimentar las llamas. Saqué la última manta del coche y nos cubrí con ella. Hacía tiempo que no dormía tan bien, tranquilo, casi en paz.
Pero esta tregua, como todas las treguas, está a punto de terminar.
La atraigo hacia mí hasta pegarla por completo a mi cuerpo y la beso en la cabeza. Nora gruñe por lo bajo y yo sonrío. Me da la sensación de que es de las que tiene mal despertar.
Sin embargo, cuando abre los ojos y me mira, sonríe y levanta la cara para que la bese en los labios.
—Buenos días —susurro.
—Mmmmmm —responde ella antes de acurrucarse de nuevo.
—Tenemos que seguir —le digo—. Haré café.
Me separo de ella a regañadientes y, por fin, me pongo de pie. Estiro los músculos mientras contemplo el amanecer, apenas una franja anaranjada en el horizonte.
Cuando la miro de nuevo, está sonriendo. Y no mira el amanecer.
—Gracias por el espectáculo —me dice.
No puedo evitar que se me escape una carcajada.
Me agacho, la beso rápidamente y me dirijo al jeep en busca de ropa limpia. La que llevábamos ayer está llena de arena, alguna prenda incluso semi enterrada por efecto del viento nocturno.
Saco el hornillo, preparo la cafetera y la pongo al fuego. Le ofrezco un poco de agua, que ella acepta, y cojo la bolsa con los alimentos que nos dieron en la aldea. Hay dátiles, carne seca, pan plano y un queso muy graso envuelto en una tela de saco.
Lo pongo todo con cuidado sobre la manta y voy a buscar la cafetera, que ya burbujea.
Nora se ha vestido e intenta peinarse, pero el viento le ha revuelto el pelo, que rodea su cara en ondas alborotadas y rebeldes. Está preciosa.
—Déjatelo así —le digo.
Ella sonríe, pero no ceja hasta que no consigue reunir la melena corta en la nuca y anudarla con una goma. Así también está preciosa, pero tampoco se lo digo.
Comemos en un silencio cómodo. Luego, apuramos el café, lo recogemos todo y vamos juntos al jeep. Es la hora de la verdad.
—¿Arrancará? —me pregunta.
—No tengo ni idea —respondo con sinceridad.
Abro el capó y reviso el interior. Una vez frío, no veo nada rajado, roto o fuera de su sitio.
Al menos en apariencia, todo está bien. Por último, lleno el depósito con uno de los bidones de combustible.
Según mis cálculos, podré regresar a mi campamento por los pelos con lo que me queda, así que tendré que ser conservador en la conducción para no gastar más de lo necesario si no quiero quedarme tirado en mitad del desierto.
Subimos al jeep y giro la llave.
Cuando el motor arranca, los dos dejamos escapar el aire que estábamos conteniendo sin darnos cuenta y nos miramos un segundo.
Pero ya no hay sonrisas. Somos, de nuevo, Kader y la capitana Vaillant.
En efecto, las treguas siempre duran muy poco.
Apenas hablamos durante el trayecto. Aunque hemos salido cuando el sol estaba muy bajo, el calor pronto convierte el jeep en un horno.
Las rendijas del aire acondicionado escupen aire tibio que solo sirve para recalentar más el interior, así que pronto los dos tenemos la piel brillante por el sudor y la ropa empapada.
Los dos nos mantenemos alerta, Nora a la presencia de otros vehículos y yo, al camino.
Estoy siguiendo una senda de comerciantes poco transitada, pero que aparece en los mapas y, de vez en cuando, nos cruzamos con pequeñas caravanas de dromedarios y con furgonetas que traquetean sobre la arena y las piedras del desierto.
Aunque sea un poco más arriesgado que cruzar el desierto, al menos por esta vía encontramos un par de lugares en los que detenernos y descansar a la sombra.
Las personas con las que nos cruzamos apenas nos prestan atención.
Los jeeps militares con demasiado comunes en esta zona del mundo, y lo que los civiles quieren siempre es pasar lo más desapercibidos posible, así que apenas nos miran y, por supuesto, en ningún momento nos hablan.
Eso me tranquiliza, porque sé que tampoco hablarán con los hombres de Ag Alhassan en caso de que se encuentren con ellos.
Nora cada vez habla menos. De hecho, llega un momento en el que apenas me mira y a duras penas responde a mis comentarios. El navegador del salpicadero es muy claro. Apenas nos separan cien kilómetros del destacamento francés. A la velocidad que llevamos, no más de una hora y media.
—Deberías estar contenta —le digo después de veinte kilómetros de silencio.
—Lo estoy —responde ella un buen rato después.
Podría bromear, intentar quitarle hierro al asunto, pero lo cierto es que yo me siento igual. Hace ya un buen rato que se me ha abierto un agujero en el pecho que se agranda conforme avanzamos. Sin embargo, no hay nada que ella o yo podamos hacer, no queda más remedio que seguir y decirnos adiós.
Sé que estamos llegando al destacamento mucho antes de que la base sea visible. La línea del terreno cambia de forma casi imperceptible, una interrupción mínima en la continuidad del desierto.
—Allí —le digo.
Nora entrecierra los ojos y apoya una mano en el salpicadero para inclinarse hacia delante. Sigue la dirección de mi dedo, pero solo es capaz de distinguir la vibración del aire caliente sobre la arena.
—No hay nada —dice.
—Estamos llegando —insisto.
Unos minutos más tarde, las primeras formas empiezan a tomar consistencia: estructuras bajas, líneas rectas que no pertenecen al paisaje, una antena, la sombra de un perímetro vallado.
No es un gran despliegue, pero es suficiente.
Aunque pueda parecer lo contrario, esta parte del Sahel no es la más conflictiva.
Nora no dice nada cuando por fin lo ve. Se queda quieta, con la mirada fija en ese punto que crece lentamente a medida que nos acercamos. Hay algo en la forma en que su cuerpo se tensa que no tiene nada que ver con el peligro.
Reduzco la velocidad de forma progresiva. No quiero que nos identifiquen como una amenaza. Levanto una mano fuera de la ventanilla cuando sé que ya estamos dentro de su radio de observación para dejar claro que no hay intención de ataque.
No han pasado ni cinco minutos cuando el primer vehículo sale de detrás de una estructura camuflada y se coloca a nuestra izquierda. Se mueve con rapidez, pero sin brusquedad, situándose en paralelo pero a una distancia de seguridad. Veo las armas y las miradas de los soldados. Nos están evaluando.
Todo en orden.
Todo controlado.
Nora respira más hondo de lo que lo ha hecho en las últimas horas, pero no se relaja. Ni siquiera cuando uno de los soldados levanta la mano para darnos el alto y nos ordena que nos detengamos.
Freno y a apago el motor delante de la garita.
Durante un instante, ninguno de los dos se mueve.
—Ya está —le digo sin mirarla. No estoy constatando nada, ni siquiera lo evidente. Simplemente, es el anuncio del punto final—. Siento todo lo que ha pasado. Todo lo malo —añado deprisa.
Nora no responde.
Antes de que se mueva, saco un teléfono pequeño y negro del bolsillo interior de la chaqueta. No es un móvil normal, lleva una antena plegada.
Ella lo coge y me mira.
—Por si vuelves a perderte en el desierto —le digo—. Solo tiene un número grabado.
Ella asiente, guarda el teléfono y abre la puerta antes de que nadie se acerque y baja del jeep con un movimiento firme, controlado. Los soldados se aproximan enseguida, con las armas bajas pero listas, y uno de ellos se dirige a ella en francés.
Nora responde con la misma precisión con la que lo ha hecho todo desde el principio. Su voz es clara, segura, sin rastro del caos que hemos dejado atrás. Da su nombre y su rango, lo justo para encajar de nuevo en el mundo al que pertenece.
O al que debería pertenecer.
Yo me quedo dentro del jeep observando lo que ocurre. Quizá debería bajar, pero no hay lugar para mí ahí fuera. Sin embargo, sé que debo hacerlo.
Salgo despacio, sin movimientos bruscos, y cierro la puerta con suavidad. No avanzo hacia ellos, me quedo donde estoy, dejando que la distancia marque la diferencia entre su mundo y el mío.
Uno de los soldados me mira, y luego otro.
La tensión cambia de dirección, como una corriente que encuentra un nuevo punto de referencia.
No dicen nada, pero no hace falta.
Nora se gira entonces y nuestras miradas se cruzan a unos metros de distancia que, en realidad, son mucho más que eso. No hay nadie entre nosotros, pero el espacio se ha llenado de todo lo que no encaja, de todo lo que no puede decirse aquí, en este lugar, delante de estas personas.
—Estoy bien —dice.
No sé si me lo dice a mí o a ellos.
Asiento.
—Lo sé.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Podría acercarme y decir algo más, pero no lo hago, porque cualquier paso en esa dirección podría provocar que el precario castillo de naipes que hemos construido se viniera abajo.
—Gracias —añade ella al cabo de unos segundos.
La palabra es sencilla, demasiado, y no responde a nada de lo que ha pasado. Y, sin embargo, es lo único que puede decir aquí.
—No me debes nada —contesto, porque es verdad.
Uno de los soldados interviene entonces y se dirige a Nora con algo más de urgencia. Le hacen preguntas y le señalan el interior del perímetro. Le están pidiendo que entre.
Ella asiente, pero no se mueve.
Me mira una vez más, como si esperara algo.
No sé el qué, no tengo nada que darle.
—Entra —la insto—. Es lo que querías.
No es una acusación, es simplemente la realidad.
Nora me sostiene la mirada un segundo y luego asiente despacio, como si aceptara algo que no tiene del todo claro.
Por fin, se gira y da un paso. Luego otro.
Los soldados la rodean, y esa imagen me hace ser consciente de que ella pertenece a este mundo, uno que funciona con normas distintas, con unos límites claros, con una lógica que no admite ambigüedades.
Sin embargo, antes de cruzar el perímetro, se detiene.
—No vuelvas —me dice—. Prométemelo
No sé si es una orden, una advertencia o si simplemente intenta protegerme.
En cualquier caso, no importa.
La miro y, durante un instante, todo lo demás desaparece. Luego, le doy la única respuesta posible:
—No puedo prometerte eso —respondo—. Sabes que no puedo, y sabes porqué
Nora asiente, pero no sé si lo hace porque lo entiende o porque no quiere seguir hablando.
Esta vez, sí se marcha. Cruza el límite del destacamento y desaparece.
El movimiento a mi alrededor cambia de inmediato. Los soldados ya no me miran igual. Uno de ellos da un paso hacia mí, con la intención clara de cerrar la situación.
Levanto las manos con las palmas hacia delante para que comprendan que no soy una amenaza y abro despacio la puerta del jeep.
—No hay problema —digo en francés—. Solo la he traido.
El soldado me observa, me evalúa y luego asiente.
—Márchese —me ordena.
Asiento en silencio y subo al jeep.
Arranco, giro y acelero en dirección contraria al destacamento.
No miro atrás, no es necesario. Sé exactamente lo que veré en el retrovisor.
Y lo que he dejado allí.
El motor responde con un sonido limpio, estable, como si nada de lo ocurrido en los últimos días hubiera dejado marca en él.
Pero yo sí la llevo.
Mientras la base francesa se reduce en el retrovisor hasta desaparecer por completo, me esfuerzo por hacer que mi mente vuelva a lo inmediato, a lo que viene ahora, a lo que sé que va a ocurrir inevitablemente.
Ag Alhassan no ha terminado.
Ni conmigo, ni con mis hombres. Quiere todo lo que tengo, y no tendrá piedad.
Aprieto el volante y el desierto vuelve a abrirse ante mí, inmenso, indiferente.
Pero sé que no puedo detenerme.
Ni volver atrás.