Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 42
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Nora

Ni siquiera lo pienso. Siento su cuerpo pegado al mío, su calor, tan diferente al del desierto. Es un calor agradable, como el de los rayos del sol a través de la ventana una mañana de invierno; un calor al que deseas acercarte, y eso hago sin poder evitarlo.

Mi mano sobre su pecho percibe los latidos de su corazón y su respiración profunda, serena, pero que se contiene al subir y al bajar, una muestra más del absoluto control que Adrien intenta mantener en todo momento.

Se gira hacia mí y no único que puedo ver son sus labios. Carnosos, grandes, abiertos para mí.

Mantiene un brazo por detrás de mis hombros, y alarga el otro para cogerme por la cintura y acercarme a él. No me opongo. Al contrario.

Hay un instante mínimo en el que él se detiene antes de tocarme, como si necesitara asegurarse de que no está cruzando una línea que hasta ahora solo ha bordeado, y esa duda, esa contención que no encaja con nada de lo que sé de él, es lo que termina de desarmarme.

Y en ese momento, por primera vez desde que empezó todo, no soy yo la que reacciona.

Soy la que decide.

No dejo que termine ese movimiento contenido, no espero. Básicamente, porque no puedo. No sé si es efecto de la proximidad de su cuerpo, del recuerdo de lo que pasó la noche pasada o efecto del universo. Lo único que sé es que necesito tocarlo de verdad, besarle.

Comérmelo.

Me incorporo lo justo para acortar la distancia que él todavía respeta y soy yo quien busca su boca, quien elimina ese margen absurdo que ha dejado entre los dos como si fuera necesario.

No lo es. No aquí ni ahora.

Mis labios encuentran los suyos y lo beso decidida.

Capturo su labio inferior con los míos y tiro de él.

Cuando abre un poco la boca, me lanzo hambrienta en busca de su lengua.

Durante un segundo se queda completamente inmóvil, sorprendido por un gesto que no esperaba, por un movimiento que no ha provocado él.

Pero no retrocede, aunque tampoco toma la iniciativa. Simplemente responde sin guiar.

Deslizo una mano por su pecho y siento el calor de su piel bajo la tela, la tensión contenida en cada músculo, la respiración que se descompasa en el mismo instante en que mi boca se abre contra la suya y dejo de pensar en cualquier otra cosa que no sea esto.

El desierto, el jeep, el peligro, el destino… todo desaparece.

Solo quedamos él y yo, su boca y la mía.

Siento su aliento, sus labios, su lengua. Ocupo su boca, le muerdo los labios, respiro dentro de él, y tengo la certeza de que, en este momento, nada más tiene sentido, nada más importa.

En ese momento, la camiseta se convierte en un obstáculo.

Mi piel exige el contacto de la suya. Primero, cuelo la mano por debajo de la tela y le acaricio el abdomen, pero no es suficiente, así que me incorporo un poco, la cojo por el bajo y tiro de ella hasta que la saco por la cabeza de Adrien, que sonríe divertido.

Vuelvo a sus labios deprisa y llevo una de mis manos a su cuello. Le acaricio con fuerza, meto los dedos entre su pelo y luego bajo de nuevo para aferrarme a sus hombros.

Casi sin darme cuenta, me he colocado sobre él.

Separo las piernas, las sitúo a ambos lados de sus caderas y me enderezo sobre las rodillas.

Desde arriba es magnífico. Veo sus ojos de acero, su pelo oscuro, la piel del rostro oscurecida por el sol y la barba, su cuello poderoso y unos hombros sobre los que podría cargar el mundo.

Le acaricio el pecho con la palma de las manos y bajo hasta su ombligo.

Mantiene las manos pegadas a su cuerpo, a la espera.

Se las cojo y las coloco en mis caderas.

Él se aferra a mi culo con rapidez y esta vez soy yo la que sonríe.

Saco mi camiseta de la cinturilla del pantalón y la subo hasta sacarla por la cabeza.

Adrien me acaricia la espalda, los costados, la cintura, me rodea el ombligo y pasa la punta de los dedos por el límite que marca el sujetador.

Jadeo y me inclino sobre él.

—Te comería —susurro sobre su boca.

—No te cortes —responde él, que me agarra el culo con fuerza y levanta las caderas para rozarse contra mi entrepierna.

La pequeña fogata que ha encendido tiñe nuestra piel de naranja y dibuja sombras sinuosas en nuestros cuerpos.

Me muevo hacia atrás y libero con rapidez el cinturón, el botón y la cremallera de sus pantalones.

Luego, levanto las caderas lo suficiente para poder quitárselos.

Él mueve las piernas para terminar de deshacerse de la ropa.

El bóxer no puede ocultar su enorme erección, que no hace más que aumentar mi propia excitación. Saber lo que puedo tener, lo que voy a tener, me pone a cien.

Adrien me suelta los pantalones y me pongo de pie sobre él para quitármelos. Bajo al instante, me siento sobre su pubis y me lanzo de nuevo a por su boca. No quiero estar en otro sitio, no quiero comer ni beber nada más, solo quiero que mis labios toquen los suyos, es suficiente con eso.

Sigue sin tomar la iniciativa, pero participa con entusiasmo del juego.

Siento sus manos en mi espalda, suben despacio desde mis nalgas, dibujando un camino que termina en el cierre del sujetador.

Se entretiene lo justo para soltarlo y luego sigue hasta los hombros, donde desliza las tiras por los brazos hasta tener mis pechos a su alcance.

—Yo también quiero comer —jadea.

—Adelante —lo invito.

No tarda ni un segundo en incorporarse lo justo para que su boca alcance uno de mis pezones.

El placer me sacude como un latigazo eléctrico.

Echo la cabeza hacia atrás y gimo con fuerza.

Hoy no necesito contenerme, no hay nadie en cientos de kilómetros a la redonda, así que jadeo y gruño cuando siento su lengua en mi pecho, sus dientes, los labios.

Luego pasa al otro pecho y repite la operación.

Me va a volver loca… Y me encanta.

Busco la goma de los bóxer, la cojo con fuerza y tiro de ellos hacia abajo todo lo que puedo sin separarme de su boca. Es suficiente. Su erección se pega a mi piel, la siento en el muslo, entre las piernas…

—No puedo… —gimo.

—Yo tampoco —responde él.

Coje la braguita con una mano, enrolla la tela entre los dedos y tira con fuerza.

La prenda cae junto a la hoguera, destrozada, pero lo único que me importa es que por fin voy a conseguir lo que quiero.

Me levanto un poco sobre las piernas y me coloco justo sobre su pene.

Luego bajo despacio, sin dejar de mirarlo, dibujando pequeños círculos con las caderas para sentirlo por completo. Es maravilloso.

Cuando vuelvo a sentarme sobre su pubis, con su pene dentro de mí, un escalofrío me recorre de pies a cabeza.

Subo y bajo despacio, con mis manos apoyadas en sus hombros, las suyas en mi trasero para ayudarme en el movimiento. Me muevo hacia delante para sentirlo a fondo, vuelvo a subir y bajo una vez más mientras el placer aumenta cada segundo que pasa.

Adrien estira la mano hasta mi nuca y me empuja despacio hacia su boca. Acudo a la cita gustosa, feliz, y encuentro de nuevo su lengua mientras me sigo moviendo.

Cuando el placer es verdaderamente intenso, enderezo el torso y me concentro en mi sexo y en el suyo.

—Ya estoy…

Adrien, atento, empieza a moverse deprisa debajo de mí. Echo la espalda hacia atrás y apoyo las manos en sus muslos para sentirlo al fondo de mí.

Esto es…

No puedo más. Grito, gimo y jadeo mientras me corro con fuerza. El universo se traslada a mi interior, las estrellas brillan y estallan dentro de mi cuerpo, y el aire cálido del desierto es una caricia más, millones de manos recorriendo cada centímetro de mi piel.

Siento que él también se estremece dentro de mí, me acompaña en el orgasmo, me sujeta con fuerza por la cintura, me clava los dedos en la carne y me mira con los ojos brillantes. No aparto la mirada, me pierdo en su mar gris y nado en su mar.

Cuando todo termina, con él todavía en mi interior, me inclino sobre Adrien y termino donde habíamos empezado, con su boca y la mía fundidas en un beso sin fin.

En este instante, en medio de la nada, bajo un cielo inabarcable, ya no hay peligro ni huida, no hay decisiones impuestas.

Solo estamos él y yo.

Y me asusta reconocer que, en realidad, no quiero estar en ningún otro sitio, porque eso lo cambia todo.