41
Adrien
El desierto cambia cuando el sol termina de levantarse.
No es un cambio inmediato, ni violento, ni siquiera perceptible durante los primeros minutos, pero hay un punto en el que la luz se convierte en una presencia que lo ocupa todo, que aplana las sombras, endurece las formas y elimina cualquier referencia.
Conduzco sin hablar, y no porque no tenga nada que decir, sino porque estoy seguro de que cualquier cosa que diga servirá como detonante para una discusión, y no tengo ganas de discutir sobre algo que no va a cambiar. He tomado la única decisión posible y es lo que voy a hacer.
A mi lado, Nora tampoco dice nada.
No hace falta mirarla para saber que sigue en tensión, que su silencio solo es una forma de mantener el control en un entorno que le es ajeno y hostil, aunque haya aprendido a moverse en él con más soltura de la que esperaba.
El jeep responde bien. A pesar de los impactos y del desgaste, el motor mantiene un ritmo estable, y eso me permite centrar la atención en el terreno, en la línea que vamos trazando y en la distancia que nos separa de nuestro destino.
No es el camino más corto, pero sí el más seguro. O, al menos, el que ofrece más margen de maniobra si algo se tuerce.
Porque siempre hay algo que se tuerce.
—¿Cuánto falta? —pregunta entonces.
Miro el horizonte, calculo mentalmente la ruta y ajusto el tiempo en función del ritmo que llevamos.
—Si no paramos —digo finalmente—, unas cinco horas.
Nora asiente, aunque no parece del todo satisfecha con la respuesta.
—¿Y si paramos? —pregunta a continuación.
—Tardaremos más.
Sé que no ha sonado amigable ni educado, pero es lo que hay. El desierto no es una autopista en la que es sencillo calcular el tiempo y anticiparse a los acontecimiento. Este mar de arena es una constante incógnita.
Durante unos minutos volvemos al silencio, aunque noto su mirada sin necesidad de girarme.
—¿Siempre haces esto? —pregunta al cabo de un rato.
—¿Qué?
—Decidir por los demás.
Sonrío de medio lado.
—No siempre.
—¿Y cuándo decides que sí?
—Cuando no hay tiempo para discutir.
La oigo bufar y protestar, y cuando estoy a punto de añadir algo, el motor comienza a vibrar con tanta fuerza que me sacude las manos sobre el volante. Bajo un poco la velocidad y busco la senda más llana.
—¿Qué pasa? —pregunta Nora cuando lo nota.
No hay alarma en su voz, pero sí atención.
—Se está calentando —respondo sin rodeos—. Mierda…
Miro el indicador, aunque no me hace falta. Es evidente lo que pasa.
El calor exterior, el esfuerzo que llevo días exigiéndole al motos, los impactos… El margen que tenía el vehículo empieza a agotarse.
—¿Aguantará?
—Un rato —digo, y no añado nada más—, pero…
Ni siquiera tengo opción de terminar la frase. En ese momento, el jeep da un tirón leve, y luego otro.
Reduzco más la velocidad y empiezo a buscar una zona donde detenernos sin quedar completamente expuestos, aunque la palabra «cobertura» tiene poco sentido cuando el terreno es una extensión abierta que no ofrece nada más que variaciones mínimas en la altura.
Por suerte, el sol empieza a caer, lo que significa que el calor pronto nos dará un respiro.
Poco a poco, la luz cambia lo suficiente como para que el relieve vuelva a aparecer, para que las sombras regresen y con ellas una sensación engañosa de refugio.
Detengo el jeep y apago el motor, que lanza un último temblor que confirma lo que ya sabía: no vamos a poder seguir, al menos de momento. Con suerte, cuando se enfríe, podremos avanzar hasta nuestro destino. La opción mala es caminar, pero prefiero no pensar en eso de momento.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve.
Por fin, respiro hondo y salgo.
El aire es más fresco de lo que esperaba, pero sigue cargado, denso.
Abro el capó y dejo que el calor acumulado se libere en una bocanada casi visible. No intento arreglar nada. No hay nada que arreglar aquí, no sin herramientas ni tiempo. Además, me abrasaría la piel solo con intentar tocar el metal y el plástico recalentado.
—Vamos a tener que esperar —digo al cabo de un momento.
Nora ya está fuera. Mira el horizonte, luego el jeep, luego a mí.
—¿Cuánto tiempo?
—No tengo ni idea. El motor reventará si lo forzamos. Tenemos que esperar a que se enfríe y rezar para que vuelva a arrancar después.
—Nunca habría dicho que eres de los que rezas —responde.
La miro un momento y doy un paso hacia ella.
—Eso es porque, en realidad, no sabes nada de mí.
Levanta las cejas una fracción de segundo y luego se gira hacia el coche.
Abre la parte trasera y comienza a moverse con la misma eficacia que le he visto otras veces, revisando las bolsas, sacando lo imprescindible, organizando el espacio como si esa acción, por sí sola, bastara para recuperar cierto control sobre la situación.
No tenemos leña ni ramas, ni nada que arda de forma convencional, pero dentro de poco vamos a necesitar un fuego. En el desierto, todo es extremo, sobre todo la velocidad a la que suceden las cosas. La noche cae como el telón de un teatro al terminar la función, silenciosa, rápida e inexorable.
Saco una de las mantas viejas que llevo al fondo del maletero, rasgo un trozo y lo empapo con un poco de combustible. Luego coloco la tela entre dos piedras planas, protegiéndolo del viento, y prendo una llama mínima que no ilumina más allá de un círculo reducido, pero que es suficiente.
Cuando la noche ya es un hecho, el cielo se abre, y con él, el desierto deja de ser una extensión hostil para convertirse en algo más amplio, más difícil de abarcar, donde nuestras escalas dejan de tener sentido.
Nada está cerca ni lejos, porque lo que antes veíamos, ahora es invisible, y lo que estaba oculto aparece ante nuestros ojos con una fuerza abrumadora.
Extiendo otra manta y me tumbo. La arena todavía conserva el calor del día, una calidez residual que se filtra a través de la tela y se pega a la espalda.
Nora permanece sentada al principio, con las rodillas recogidas y el cuerpo todavía en tensión, como si no terminara de permitirse ese descanso que el entorno, por primera vez en mucho tiempo, no le niega.
Levanto una mano y señalo al cielo con el dedo índice extendido.
—¿Ves esa línea? —digo—. No es una constelación como tal, pero aquí la usan para orientarse.
Marca el eje este-oeste con bastante precisión si sabes leerla bien.
—Nora levanta la mirada hacia el cielo y busca el punto que estoy señalando, pero no dice nada—.
Más arriba —continúo, desplazando ligeramente el dedo—, ¿lo ves?
Eso sí es una constelación. No la ves igual desde Europa. Aquí aparece más baja, más abierta.
Sigo hablando sin pensar demasiado en lo que estoy diciendo. Simplemente, dejo que las palabras ocupen el espacio que antes estaba lleno de tensión, como si el cielo ofreciera una salida más sencilla que cualquier otra conversación.
Al cabo de unos minutos, Nora se mueve.
No se acerca de golpe, ni rompe la distancia de forma evidente. Lo hace poco a poco, ajustando la posición, primero apoyando una mano en la manta, luego estirando las piernas, hasta que finalmente se tumba a mi lado, paralela, sin tocarme.
Sigue la dirección de mi mano cuando señalo otra estrella.
—Esa no es una estrella —digo—. Es un planeta.
—¿Cómo lo sabes?
—No parpadea.
La noto girar ligeramente la cabeza para comprobarlo.
—No lo había pensado.
—Casi nadie lo hace.
El silencio que sigue es distinto a todos los anteriores.
No es pesado ni incómodo, porque los dos tenemos la mente perdida en el firmamento.
Siento cómo mis músculos se relajan y la tensión disminuye poco a poco.
Sigo hablando de las estrellas. Señalo las constelaciones zodiacales y la Vía Láctea, que ilumina la noche como una autopista celeste.
Casi sin darme cuenta, Nora se acerca un poco más, y luego, un poco más.
Hasta que su cabeza termina apoyándose en mi hombro con naturalidad, como si todo lo que ha pasado hoy, lo que nos hemos dicho, los reproches, las acusaciones, no tuvieran importancia.
Es como si la noche permitiera cosas que la luz no admite.
Sin una palabra, muy despacio, paso el brazo por su espalda y la acerco lo justo para que el contacto deje de ser accidental y se convierta en algo sostenido y real.
Siento su respiración cambiar y cómo se acomoda contra mi cuerpo. De pronto, su mano está sobre mi pecho y ahora soy yo el que contiene la respiración un segundo.
—Esa —digo en cuanto puedo seguir hablando, señalando de nuevo al cielo—. Esa es vital para sobrevivir en el desierto. Si la pierdes de vista, puedes desorientarte, y eso aquí es la muerte.
No sé si me escucha o si simplemente sigue el movimiento de mi mano, pero no importa, porque durante un instante que no intento medir, el desierto deja de ser una amenaza, el tiempo deja de ser una cuenta atrás, y todo lo que existe a mi alrededor se reduce a ese espacio mínimo entre nosotros y a la luz lejana de algo que no podemos alcanzar.
Y, por primera vez desde que todo empezó, no hay nada que necesite cambiar.
Me giro hacia ella, me coloco de costado y la miro a los ojos. Los suyos brillan. Tiene los labios separados y veo cómo su pecho sube y baja acelerado. Tengo un brazo por debajo de sus hombros, paso el otro por encima de su cintura y la acerco a mí.
Solo quiero una cosa en este momento: su boca. Nada más. Mi universo ahora mismo se reduce a sus labios, su lengua, su saliva, el calor de sus besos. Así que me acerco despacio, suplicante, y la beso.
Y entonces, ella me devora.