40
Nora
Me despierto con la sensación de que algo no encaja, una ausencia concreta que no consigo identificar durante los primeros segundos, mientras la mente se abre paso lentamente desde el sueño hacia la vigilia y el cuerpo sigue anclado en el calor residual de la noche.
No es un sonido lo que me alerta, ni un movimiento brusco, ni siquiera la luz que empieza a filtrarse por las rendijas de la tienda. Lo que pasa es que falta algo.
Abro los ojos del todo y tardo apenas un instante en entenderlo.
Él no está.
El espacio a mi lado conserva todavía el calor de su cuerpo, una huella clara sobre las pieles que se enfría con rapidez, como si el tiempo hubiera empezado a correr en el momento exacto en el que se ha levantado.
Paso la mano por la tela, sin pensar, y el gesto me resulta absurdo en cuanto lo hago.
No hay rastro de él dentro de la tienda.
Me incorporo despacio, dejando que la sábana resbale por mi cuerpo, y durante un segundo permanezco sentada, escuchando.
Afuera, el poblado ya está despierto. Se oyen pasos, voces bajas, el sonido seco de algún recipiente golpeando contra otro, el balido de las cabras.
Todo sigue su curso con una normalidad que resulta casi ofensiva después de lo que hemos dejado atrás.
Me visto sin prisa, aunque el pulso empieza a acelerarse por debajo de la calma aparente que intento mantener. No hay motivo para inquietarse. Podría haber salido a hablar con el jefe, a revisar el jeep, a…
A cualquier cosa.
Aun así, la sensación no desaparece. ¿Se ha ido?
Salgo de la tienda y la luz de la mañana me obliga a entrecerrar los ojos un segundo. El aire es fresco todavía, pero ya se percibe el cambio, esa promesa de calor que terminará por imponerse en unas pocas horas.
Lo encuentro enseguida, y siento como si un enorme peso que no sabía que cargaba, desapareciera.
Está junto una pequeña hoguera, hablando con el anciano. Los dos están inclinados sobre algo que no alcanzo a ver desde donde estoy. No se giran cuando aparezco, pero sé que ha notado mi presencia en el mismo instante en que he salido, igual que yo noto la suya incluso cuando no lo veo.
Camino hacia ellos sin apresurarme.
Cuando estoy lo bastante cerca, distingo el trozo de tela extendido sobre la arena. Es un mapa rudimentario, trazado con líneas simples y referencias que me cuesta entender.
Adrien levanta la cabeza entonces y nuestras miradas se cruzan durante un segundo. Como suponía, no hay sorpresa en la suya, pero siento de pronto la sensación incómoda de que algo ha cambiado… de nuevo.
—Ya estás despierta —dice sin más.
Asiento sin responder y bajo la mirada al mapa. Sigo el recorrido con los ojos, deteniéndome en los puntos que el anciano ha señalado con trazos más marcados, y no necesito que nadie me explique demasiado para entender lo esencial.
Ruta. Distancia. Puntos de agua.
El dedo del jefe señala un punto y me mira. Doy por hecho que es nuestro destino.
Levanto la vista despacio.
—¿Nos vamos? —pregunto.
Adrien asiente una sola vez.
—Sí, en cuanto estemos listos.
No hay más información, ni hay contexto, así que no me queda más remedio que seguir preguntando. Veo que Kader ha vuelto, el hombre de acción, pragmático y, sobre todo, parco en palabras
—¿Adónde? —insisto.
Su mirada no se aparta de la mía cuando responde.
—A un destacamento francés.
Sus palabras luchan por colarse en mi cerebro e instalarse en el lugar correcto. Comprendo lo que eso significa, o al menos creo entenderlo, pero quedan muchos interrogantes en el aire.
Asiento despacio.
—Claro —digo sin más. No es el momento de preguntar nada más.
El anciano recoge el mapa con movimientos tranquilos, como si la conversación hubiera terminado para él en el mismo instante en que la ruta ha quedado clara. Dice algo en árabe que no entiendo, pero a lo que Adrien responde con un gesto breve de cabeza.
Los preparativos son rápidos. En pocos minutos, el jeep vuelve a estar listo, como si nunca hubiera sido escondido, como si todo lo ocurrido desde que llegamos no hubiera dejado rastro.
Un hombre llena el depósito de combustible y le entrega a Adrien un bidón que él coloca en la parte de atrás.
Una mujer cubierta de pies a cabeza deja en el suelo frente a nosotros una bolsa con alimentos, y la que viene detrás acarrea un par de garrafas de agua.
Sé que en un lugar como ese, lo que acaban de entregarnos equivale a una fortuna, así que se lo agradezco con una sonrisa sincera mientras me llevo la mano al corazón.
No espero a que Adrien me diga lo que tengo que hacer para ponerme en marcha. Reviso las bolsas, aseguro el agua y ajusto el equipo con movimientos automáticos. Es más fácil centrarme en eso que en lo que implica realmente lo que estamos haciendo y lo que va a pasar después.
Espero junto al jeep mientras Adrien se despide del jefe y de su familia. Los veo darse un fuerte apretón de manos que sostienen durante varios segundos, hasta que por fin los dos se llevan una mano al pecho y se inclinan levemente ante el otro.
Subo al asiento del copiloto antes de que llegue y no digo nada cuando él se coloca al volante.
Tarda unos segundos en arrancar. El motor permanece en silencio, igual que nosotros, mientras a nuestro alrededor, el poblado continúa con su rutina.
El jefe permanece de pie a unos metros, observándonos con esa calma que parece ajena a todo lo demás.
Inclino la cabeza hacia él en señal de reconocimiento y gratitud y él responde con un asentimiento profundo.
Por fin, Adrien arranca.
El sonido del motor rompe el equilibrio y, con él, cualquier posibilidad de alargar ese momento más de lo necesario. El jeep avanza despacio al principio, sorteando las tiendas, los cercados, las figuras que se apartan para dejarnos pasar.
No me giro, no quiero ver cómo desaparece el lugar que, durante unas horas, ha sido lo más parecido a un refugio desde que todo empezó.
Adrien conduce sin hablar, así que yo tampoco lo hago.
El jeep sigue avanzando, y mientras el desierto se despliega ante nosotros con esa extensión interminable que ya no resulta nueva, pero tampoco menos hostil, la sensación que se instala en mi interior no tiene nada que ver con el alivio que debería acompañar a la idea de llegar a un lugar seguro, sino con una incomodidad persistente que se abre paso poco a poco, como si algo dentro de mí se negara a aceptar que esto, tal y como él lo ha planteado, es el final lógico de todo.
—Así que esto es todo —digo al fin, sin apartar la vista del horizonte.
Adrien no responde de inmediato. Mantiene las manos firmes sobre el volante, atento al terreno, como si la respuesta fuera tan complicada que necesitara escoger con cuidado las palabras.
—Es lo que hay que hacer —dice finalmente.
Y lo dice así, sin más, con total naturalidad, unas pocas palabras que encierran una decisión que, en realidad, no le corresponde solo a él.
—Claro —murmuro, y dejo que pasen unos segundos antes de girar la cabeza lo justo para mirarlo de perfil—. Tú decides, ¿no? Como siempre. —No elevo la voz, pero tampoco suavizo el tono—. Me llevas, me dejas allí… y ya está.
Él asiente apenas, sin apartar la vista del frente.
—Sí.
Suelto una risa breve, sin humor, y vuelvo a mirar hacia delante, aunque ya no consigo quedarme callada.
—¿En qué momento has pensado que puedes tomar esa decisión por mí?
No reduce la velocidad, no cambia de dirección ni da ninguna señal de que la conversación esté alterando en lo más mínimo su forma de actuar, y, sin embargo, sé que me está escuchando con la misma atención con la que analiza el terreno.
—No se trata de decidir por ti —responde al cabo de unos segundos—. Se trata de sacarte de aquí.
—Y eso también lo decides tú —replico, girándome un poco más hacia él, sintiendo cómo la tensión se acumula bajo la superficie de cada palabra—. Otra vez.
El silencio que sigue es breve, pero denso, cargado de todo lo que no estamos diciendo.
—Si no quieres ir —añade entonces—, no te llevaré, no hay problema, pero no me hago responsable de lo que te pase.
Termino de volverme hacia él en el asiento y lo miro buscando en su expresión el matiz que convierta esa frase en algo menos simple de lo que parece, pero no lo encuentro, y esa ausencia de matices me desconcierta tanto como me enfada.
—Sabes perfectamente que no es eso —replico—, porque en realidad no tengo muchas opciones.
—Siempre hay opciones.
—No me vengas con eso.
La respuesta sale más rápida de lo que pretendía, impulsada por una frustración que no tiene que ver solo con la situación, sino con la forma en la que él la plantea, como si todo pudiera reducirse a una línea recta que no admite desvíos.
Respiro hondo antes de continuar, obligándome a ordenar lo que quiero decir.
—Podrías haber hablado conmigo —añado, esta vez con un tono más contenido—. Podrías haberme dicho lo que pensabas hacer antes de decidirlo todo sin consultarme.
Adrien tarda un momento en responder, el tiempo justo para esquivar una irregularidad del terreno antes de volver a estabilizar el vehículo.
—No había nada que negociar.
—Claro que lo había —replico, sin apartar la mirada—. Era mi decisión también.
El jeep sigue avanzando, imperturbable, como si el mundo fuera tan simple como él pretende.
—Tu decisión debería ser seguir viva —dice finalmente—. Cualquier otra cosa sería un suicidio. ¿Quieres suicidarte? —me pregunta, mirándome de reojo.
Durante un segundo, no sé qué responder, y no porque no tenga argumentos, sino porque la seguridad con la que lo dice deja muy poco margen para discutirlo sin entrar en un terreno que no quiero pisar.
—¿Y qué vas a hacer tú? —pregunto al cabo de un momento.
Esta vez sí tarda más en responder.
—Volver a mi campamento.
Abro mucho los ojos y la boca.
—¡Claro! Eres tú el que quiere suicidarse, no yo.
—No puedo abandonar a mis hombres —replica con total naturalidad.
Aprieto los dedos contra la tela de mis pantalones mientras siento cómo algo se tensa dentro de mí.
—Van a ir a por ti —insisto—. Lo sabes.
—Sí.
—¿Y aun así vas a volver?
—Sí —repite.
Me sacan de quicio sus monosílabos y lo expreso con un largo bufido que no parece afectarle lo más mínimo.
—Es una estupidez —digo, sin poder evitarlo.
—Puede.
—No —niego con la cabeza—. Lo es. —El jeep sigue avanzando sobre la arena, inclinándose de vez en cuando a un lado y a otro, pero firme y seguro—. No tienes por qué hacerlo —añado, esta vez más bajo, sin la dureza de antes—. Podrías no volver.
Lo oigo respirar profundamente.
—Tengo que hacerlo —responde sin mirarme.
No lo dice como una obligación impuesta. Es, simplemente, una decisión.
Cierro los ojos un segundo antes de volver a abrirlos y fijar la vista en el horizonte, que vibra bajo el calor.
Todo parece igual, pero no lo es. Nada lo es.
—No me gusta —digo al final—. Es un suicidio —añado, utilizando sus propias palabras
Adrien no responde, pero tampoco hace falta, porque el jeep no cambia de dirección, sigue avanzando hacia ese punto que para mí significa salir de todo esto… y para él, volver a entrar.
Soy consciente de pronto de que lo que realmente me incomoda no es la decisión que ha tomado por mí, sino la que ha tomado para sí mismo.
Y el hecho de que, en esa, no haya dejado espacio para nadie más.