39
Adrien
Me despierto antes de que el primer rastro de luz alcance el horizonte, en ese punto exacto en el que la noche empieza a retirarse pero el día todavía no ha tomado forma, y durante unos segundos permanezco inmóvil, sin abrir del todo los ojos, dejando que el silencio del poblado y los sonidos lejanos terminen de asentarse a mi alrededor.
Entonces la noto.
Nora sigue entre mis brazos.
No se ha separado en ningún momento. Al contrario, durante la noche se ha acomodado contra mí con una naturalidad que no encaja con nada de lo que somos cuando estamos despiertos, como si el cansancio hubiera desactivado todas las barreras que levanta de día y la hubiera dejado simplemente… estar.
Tiene la cabeza apoyada en mi hombro y el cuerpo encaja contra mi pecho, cálida, relajada. Una de sus manos descansa sobre mi abdomen, abierta, sin tensión, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que sigo ahí.
No llevamos nada.
Ni uniforme, ni armas, ni nada que oculte lo que somos fuera de todo lo demás.
La observo en silencio, dejando que la penumbra me devuelva poco a poco los detalles: el pelo desordenado sobre la tela blanca, la respiración profunda, la suavidad con la que su cuerpo se abandona al descanso.
No hay dureza en su rostro, ni esa vigilancia constante que la define; solo una calma extraña que la hace parecer distinta, más cercana a lo que podría haber sido en otro lugar, en otra vida.
Más real.
Hay algo en esa imagen que me desconcierta, pero no puedo dejar de mirarla. No quiero arriesgarme a apartar la mirada y que, al volver, haya desaparecido.
Con cuidado, deslizo la sábana sobre su cuerpo y la cubro despacio para protegerla del aire frío que empieza a colarse por las rendijas de la tienda. El gesto es automático, casi instintivo, pero en el momento en que mis dedos rozan su hombro siento cómo su respiración cambia apenas un segundo.
No se despierta, pero se acerca un poco más.
Ese movimiento mínimo, inconsciente, me obliga a detenerme un instante, como si algo dentro de mí no quisiera romper ese equilibrio frágil en el que, por unas horas, todo ha dejado de ser una amenaza.
Me inclino y dejo un beso leve en su sien.
Cuando me aparto, la sensación permanece un segundo en el aire, incómoda, difícil de clasificar, pero no le doy tiempo a crecer.
Tengo que ponerme en marcha; por mucho que quiera, no puedo olvidar que seguimos en peligro.
Me levanto despacio, controlando el peso para intentar evitar que el movimiento del colchón la despierte, y dejo que la distancia vuelva a colocarse entre nosotros.
Me visto en silencio, recuperando pieza a pieza lo que soy fuera de esta tienda, hasta que no queda rastro de la noche.
Cuando salgo, el aire de la mañana me recibe con una frescura inesperada.
El cielo empieza a aclararse, una línea tenue en el horizonte que anuncia el día, El poblado despierta poco a poco, sin apenas ruido.
La gente se mueve de un lado a otro todavía somnolienta, estirándose la ropa y mirando al horizonte para intentar adivinar lo que les deparará el nuevo día.
Encuentro al jefe sentado junto a un pequeño fuego, con una taza de té entre las manos.
No parece sorprendido de verme.
Levanta la vista, asiente apenas y señala el lugar frente a él.
Le agradezco la invitación con un gesto de la cabeza, me acerco y me siento.
Una mujer deja otra taza y un cuenco con fruta a mi lado.
—Gracias —digo en árabe.
El anciano responde con un leve gesto de cabeza y durante unos segundos compartimos el silencio, observando cómo el día empieza a imponerse sobre la noche con una lentitud engañosa.
Bebo un sorbo, y el calor del té me devuelve al presente de golpe, como si necesitara recordar dónde estoy antes de pensar en lo que viene después.
—Volverán —dice el jefe cuando decide romper el silencio.
No es una pregunta ni una duda, ni siquiera una advertencia.
Es un hecho.
—Sí —respondo sin rodeos. Dejo que la mirada se pierda un instante en el horizonte mientras añado, con la misma calma—: Quizá no hoy, pero no tardarán. No lo van a dejar así, y cuando comprueben que no estamos en el resto de los lugares lógicos, volverán.
El anciano deja la taza a un lado y se inclina ligeramente hacia delante, apoyando los codos en las rodillas con una serenidad que no tiene nada de pasiva.
—Entonces, debes marcharte antes.
Asiento despacio.
No hay nada que discutir.
Luego, se levanta sin prisa, entra en una de las tiendas cercanas y regresa con un trozo de tela doblada que despliega sobre la arena entre nosotros. Es un mapa sencillo, bastante rudimentario, pero contiene los datos imprescindibles para sobrevivir en el desierto.
Sigo el recorrido con la mirada mientras su dedo señala varios puntos concretos y se detiene en las zonas clave, marcando referencias que no aparecen dibujadas pero que él conoce de memoria.
—Aquí —dice—, encontrarás agua. Poca, pero suficiente. —Sigue moviendo su dedo oscuro y calloso sobre la tela—. Aquí el terreno es muy duro. Malo para los coches. —Otra pausa—. Y aquí… están los franceses.
Levanto la vista.
—¿Estás seguro?
El anciano asiente sin dudar.
—Sí.
Miro de nuevo el mapa, reconstruyendo mentalmente la ruta, calculando las distancias entre los puntos, el combustible que necesitaremos, el tiempo, los márgenes de error… No es un camino fácil, pero es viable, y en este momento, eso es todo lo que importa.
Suelto el aire y hablo sin apartar la vista del mapa.
—Tengo que llevarla hasta allí.
Los dos sabemos que esa es la única decisión lógica que puedo tomar en este momento.
El anciano me observa con el ceño fruncido. Las profundas arrugas de su rostro hablan por él de la dureza de la vida en el desierto.
—Tienes que hacer —corrobora—. Cuanto antes. Los dos estáis en peligro. Todos lo estamos —añade.
No hace falta que diga nada más, porque los dos sabemos que está en lo cierto.
Sigo el trazado una vez más, fijando cada referencia en la memoria.
—¿Qué harás después? —me pregunta ahora.
—Volver —respondo sin levantar la mirada.
No necesito ver su reacción para saber que lo entiende.
—¿A tu campamento?
—Sí.
Sigue un silencio incómodo, pesado, mientras el jefe analiza mis palabras.
—Te estarán esperando —me advierte. Como si no lo supiera…
—Lo sé. Y si no me están esperando ya, no tardarán en venir, y lo harán con todo lo que tienen. No puedo abandonar a los míos a su suerte —añado—. Lo que pase será solo culpa mía.
No hay nada heroico en esa respuesta. Es, simplemente, la consecuencia de todo lo demás.
El anciano asiente, como si con eso bastara para cerrar la conversación.
—Entonces, come —dice—. Y vete pronto.
Obedezco sin discutir, aunque el estómago no me pide nada. Como despacio, sin prisa, aunque siento la urgencia en las tripas. Pero no puedo precipitarme. En mi mundo, eso es sinónimo de fracaso y de muerte. Necesito actuar con calma, y para eso necesito tener la mente clara.
Cuando levanto la vista, el sol ya ha empezado a dibujar sombras largas sobre la arena.
Miro hacia la tienda.
Sé que Nora sigue dentro, dormida, ajena a lo que acabo de decidir por los dos.
Tengo que llevarla hasta ese punto y dejarla con los suyos. Es la única forma de sacarla de esto y ponerla a salvo.
Aprieto la taza un instante antes de dejarla en el suelo y mis dedos se quedan huérfanos de calor.
El día ha empezado, y esta vez, no hay margen para dudar.