Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 38
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Nora

Los sonidos del exterior se filtran a través de la tela de la tienda —una cabra que bala, el murmullo lejano de una voz, el crepitar de algún fuego que se resiste a apagarse— y, por encima de todo, el susurro constante del aire que se cuela por las rendijas, fresco por primera vez en todo el día, que me roza la piel como una caricia.

Sigo inclinada sobre él cuando nos separamos. No me he apartado del todo. No podría, aunque quisiera.

Siento su respiración todavía irregular contra mi cuello, el calor de su cuerpo junto al mío, el latido firme que retumba en su pecho. Durante un instante, no pasa nada.

Y, sin embargo, todo ha cambiado.

No pienso, no quiero pensar. Porque si lo hago, recordaré quién es, qué ha hecho, lo que ha estado a punto de hacer conmigo… y entonces no podré seguir. Y quiero seguir.

Así que no pienso.

Solo lo miro.

La luz tenue que se cuela desde el exterior dibuja líneas suaves sobre su rostro, sobre la sombra de su mandíbula, sobre la línea de sus pómulos poderosos. Su mano sigue en mi cintura, abierta, firme, como si temiera que en cualquier momento fuera a apartarme.

No lo hago.

Al contrario, me inclino de nuevo sobre él, totalmente decidida, con la mente clara, y lo beso despacio, dejándome llevar por la forma en la que responde, por la manera en que su cuerpo, incluso herido, incluso agotado, se adapta al mío con una naturalidad increíble.

No hablamos, no hace falta.

Mis manos suben por su pecho, recorren las cicatrices que había visto antes sin atreverme a tocar, sigo las líneas irregulares con una curiosidad que ya no intento ocultar. Él se tensa apenas bajo mis dedos, pero no se mueve ni me detiene.

Siento su respiración cambiar.

Su mano se desliza un poco más arriba por mi espalda, más firme ahora, más segura, y ese pequeño gesto es suficiente para que todo lo demás pierda peso.

No hay campamento ni mercenarios.

No hay guerra.

No hay mañana.

Solo esto.

El roce de su piel contra la mía, el aire fresco entrando a ráfagas suaves, enfriando lo justo para hacer más intenso el calor que se acumula entre los dos.

Mis dedos encuentran el borde de su ropa, dudan apenas un segundo, y luego tiran de ella despacio. Él me ayuda y en un momento la camiseta está en el suelo, junto al colchón. Lo libero despacio de los pantalones, que arrastro por sus piernas junto con la ropa interior.

Después, me arrodillo a su lado y me desnudo despacio, sin dejar de mirarlo, sintiendo su mirada sobre mi piel.

Todo ocurre con una lentitud extraña, deliberada, como si el mundo entero se hubiera reducido al espacio mínimo que ocupamos sobre ese colchón improvisado.

Me acomodo sobre él con cuidado, midiendo el peso, evitando su brazo herido, las contusiones de su costado, sintiendo cómo su mano buena se apoya en mi cintura para guiarme.

Se me escapa el aire y cierro los ojos un instante. Mis manos siguen sobre su pecho, y siento su erección entre las piernas. Estoy empapada…

Abro los ojos, y él sigue mirándome.

Y en ese momento entiendo que no está en ningún otro sitio, que no está pensando en mañana, ni en el trato, ni en nada más.

Solo en esto.

En mí.

Me inclino hacia él, apoyo las manos a ambos lados de su cuerpo y lo beso de nuevo, más profundo esta vez, sin contenerme, sin buscar excusas ni límites que no existen ya.

El movimiento se vuelve más firme, más seguro.

El aire de la noche vuelve a colarse entre las telas y recorre mi espalda, erizándome la piel, mezclándose con el calor que nace dentro de mi cuerpo y que ya no intento controlar.

No hay palabras.

No las necesitamos.

Solo respiraciones entrecortadas, manos que se buscan, que aprenden, que recorren con una urgencia contenida que crece poco a poco hasta hacerse imposible de ignorar.

Siento cómo su mano se tensa en mi cintura, cómo me acerca más, cómo el control que mantiene en todo lo demás se disuelve aquí, en este espacio mínimo donde no hay estrategia ni cálculo posible.

Soy consciente del momento exacto en el que él deja de contenerse.

Cambia la posición con cuidado y me guía con suavidad hasta que mi espalda encuentra el colchón, las pieles, la tela áspera bajo mis manos.

Se inclina sobre mí y se detiene un segundo.

Sé lo que está haciendo, me está dando la oportunidad de cambiar de opinión, de levantarme y salir de ahí. Me está dejando elegir.

Pero no me aparto. Al contrario, lo atraigo de nuevo hacia mí y entonces, desaparece la distancia.

El mundo.

Todo.

Solo queda el movimiento compartido, la respiración acelerada, la sensación de su cuerpo contra el mío y esa certeza, tan incómoda como inevitable, de que esto ya no tiene vuelta atrás.

Cuando me mira, no queda ni rastro de la fiereza que he visto tantas veces en sus ojos. Al contrario, me mira con ternura, con una dulzura infinita y desbordante. Siento sus manos deslizarse por mi cuerpo poco a poco, como si estuviera pidiéndome permiso.

Respiro hondo y llevo mi mano hasta su rostro. Acaricio su pómulo con la punta de los dedos, después la ceja oscura y la sien. Luego, acerco mi cara a la suya hasta que nuestros labios están a punto de tocarse y respiro su aliento.

―Bésame ―le pido en un susurro.

Adrien sonríe brevemente y se lanza contra mi boca. La pasión y la urgencia de este beso enciende una chispa de calor en mi bajo vientre que poco a poco se extiende al resto de mi cuerpo.

Con su rodilla me separa las piernas y se coloca entre ellas.

Gimo en su boca cuando siento su sexo contra el mío.

Adrien abandona mi boca, respira profundamente y me muerde despacio el labio inferior mientras me muevo de adelante hacia atrás con sus manos en mi cintura.

Siento cómo me arde la piel. La necesidad pronto se convierte en una urgencia desesperante.

Rodeo su cuello con los brazos y hundo mis dedos en su pelo. Él me mira un largo instante.

—Si quieres arrepentirte —me dice con sus ojos grises clavados en los míos—, ahora es el momento.

Lo pienso durante una fracción de segundo. ¿Quiero detenerme?, ¿eso es lo que deseo?

―Sin arrepentimientos ―respondo—. Pase lo que pase después.

Él sonríe de nuevo y nos besamos de nuevo.

Después, se incorpora sobre las manos y estira los brazos.

—Te vas a hacer daño —le digo, preocupada por la herida.

—No me duele nada —me dice antes de besarme brevemente—. Solo quiero verte.

Me recorre la cara con la mirada, el pelo, el cuello, el pecho.

Se incorpora un poco más y lo veo fijarse en mi vientre, en las caderas.

Ahora se pone de rodillas entre mis piernas y me mira…

Un pudor inesperado hace que intente cerrar las piernas, pero su cuerpo me lo impide.

Y entonces, yo también lo miro a él. Está desnudo frente a mí, con sus hombros anchos, los brazos musculosos, el pecho cubierto de cicatrices, el vientre plano, fuerte, las caderas estrechas…

Es como si lo estuviera viendo por primera vez, y comprendo que eso es exactamente lo que él está pensando, que esta es la primera vez que me ve de verdad.

No hay uniformes ni armas, no hay máscaras ni roles. No hay vallas ni contratos. Solo estamos él y yo, Adrien y Nora, y solo somos nosotros, nada más, nadie más.

Vuelve a acercarse a mí y me besa profundamente mientras me acaricia uno de mis pechos, después el otro, y luego va descendiendo por mi abdomen hasta llegar a la unión de mis muslos.

Abro las piernas para que pueda acceder a mi sexo y gimo muy bajo cuando siento su lengua sobre mi clítoris.

Se mueve despacio, con cuidado, jugando a volverme loca.

Y gana, por supuesto

El primer latigazo de placer recorre mi espalda y me arqueo sobre las pieles de cabra. Adrien acelera sus lametones y succiona con fuerza hasta que no puedo más y el orgasmo me recorre de pies a cabeza.

Por fin, regresa a mi boca y me acaricia la cara con los dedos.

—Nora —susurra antes de volver a besarme, esta vez sin contener la pasión.

Mi nombre en su boca, su voz grave cuando me llama, hace que el deseo, todavía latente en mí, se acrecentare con cada roce de su lengua sobre la mía.

Me muerde los labios antes de bajar a mi cuello.

Sus manos se aferran a mis pechos, los acarician y luego, me pellizca los pezones.

Tengo que taparme la boca con la mano para no gemir y que nadie se entere de lo que está pasando aquí dentro.

Adrien se acomoda entre mis piernas, coloca su miembro en mi entrada y se incorpora un poco. Apoya su mano en mi cadera y, tras respirar profundamente y sin dejar de mirarme, se impulsa hacia mi interior, llenándome por completo.

Un pequeño grito se escapa de mi garganta, pero Adrien lo amortigua con un beso. Luego sale despacio y vuelve a embestirme. En ese momento, solo soy capaz de pensar en lo mucho que deseo correrme de nuevo.

Adrien se inclina sobre mí otra vez y empieza a entrar y salir de mi interior con golpes de cadera certeros y más rápidos a cada segundo.

Nuestras respiraciones se aceleran. Le acaricio la espalda, sus músculos, la piel cubierta por las cicatrices.

De pronto, se retira un momento, levanta una de mis piernas y la coloca sobre su hombro antes de volver a hundirse en mi interior.

El cambio de postura resulta aún más placentero y soy incapaz de contenerme por más tiempo.

Me llevo el puño a la boca para acallarme a mí misma y levanto las caderas para favorecer su entrada.

Adrien, consciente de mi situación, acelera sus embestidas.

―Voy a…

No puedo terminar la frase. Comienzo a temblar cuando uno de los orgasmos más placenteros y duraderos que he sentido nunca me recorre de pies a cabeza.

Luego, abro los ojos y lo miro. Veo cómo su rostro se contrae de placer.

Baja mi pierna sin salir de mi interior y pone las manos a ambos lados de mis hombros para dar rienda suelta a su propio placer.

Gruñe entre dientes sin dejar de mirarme hasta que cae sobre mí.

Me sujeta la cara antes de besarme con tanta intensidad que pienso que nuestros labios podrían fundirse. Oh, dios, y no me habría importado.

Cuando finalmente nos detenemos, no me suelta. Yo tampoco me aparto.

Sigo con los ojos cerrados, respirando despacio, intentando entender en qué momento todo se ha torcido tanto como para que esto tenga sentido.

Y, aun así, no quiero moverme. Porque por primera vez desde que empezó todo, no tengo miedo. Y eso, más que nada de lo que ha pasado esta noche, es lo que debería preocuparme.