37
Adrien
La noche llega al poblado con una lentitud que no existe en el campamento del que vengo.
Aquí, el cielo ha cambiado de color paulatinamente y las estrellas han ido ocupando su sitio con orden.
En el campamento, con la caída del sol comenzaban las guardias arrancaban los generadores y se oía por todos los rincones el sonido de las armas al cargarse.
Allí olía a humo y a gasolina. En el poblado el aire es fresco, huele a tierra, a animales y a los guisos de las mujeres.
El jefe de la aldea nos ha invitado a cenar con su familia. Por muy cansados que estemos y por mucho que me duela el brazo, no podemos negarnos, así que los dos sonreímos y aceptamos.
Cenamos fuera, frente a la tienda del jefe, que no se diferencia en nada del resto, sentados sobre alfombras gastadas alrededor de una bandeja común, bajo un cielo tan limpio que las estrellas parecen suspendidas a una altura imposible.
El jefe se sienta a mi derecha, su hijo mayor enfrente, dos mujeres junto a Nora y varios niños alrededor, demasiado curiosos para mantenerse lejos y demasiado bien educados para acercarse más de la cuenta sin pedir permiso antes.
Sus madres los mantienen a raya con una sola mirada o un movimiento rápido de la mano.
Nora apenas habla, y no porque no quiera, sino porque el idioma la excluye de la conversación.
La veo escuchar, observar, seguir los gestos de las manos, las risas contenidas, los silencios respetuosos, intentando recomponer una conversación de la que apenas entiende fragmentos sueltos.
Está agotada, se le nota en los hombros y en la forma en que sostiene el cuenco con las dos manos, pero no pierde detalle. Nunca lo hace.
El anciano me pregunta por los hombres de Ag Alhassan, por la dirección desde la que llegaron cuando nos atacaron, y si creo que volverán antes.
Le respondo con sinceridad, no puedo insultar su inteligencia, pero omito algunos detalles que no tienen relevancia para el caso. Por ejemplo, el motivo del ataque.
Nora me mira de reojo cuando se lo traduzco, pero dice nada.
Estaba a punto de decirme algo cuando una de las mujeres, la más joven, la que ha traído agua hervida antes, la mira directamente y le dedica una amplia sonrisa.
Lleva un rato observándola con una mezcla de timidez y decisión.
Tiene una niña sentada sobre las rodillas, una criatura delgada, de ojos enormes, que aprieta entre las manos un trozo de pan plano como si fuera un tesoro.
Al final, la mujer se inclina hacia Nora y dice en un francés torpe, aprendido a medias:
—¿Usted… doctora de verdad?
Nora levanta la vista, sorprendida, y durante un segundo parece no comprender que la pregunta va dirigida a ella. Es la primera vez que alguien le habla a ella directamente desde que hemos llegado.
—Sí —responde despacio, con una suavidad que no recordaba—. Soy médica.
La mujer sonríe, mira a la niña y le aparta un mechón de la frente.
—Yo quiero… ella también. Doctora. —Busca las palabras con esfuerzo, frunciendo el ceño—. Para que gente no muera por cosas pequeñas.
Nora alarga la mano y acaricia la cabeza de la niña, que se ríe contenta.
—Ojalá lo consiga —dice al fin, y esta vez su voz sale más baja—. De verdad que lo espero.
La mujer no lo entiende todo, pero sí lo importante, y asiente con una sonrisa tímida antes de ofrecerle un poco más de comida que Nora acepta.
Yo aparto la mirada, porque hay cosas que no conviene mirar demasiado si uno pretende seguir siendo quien era.
Cuando regresamos a la tienda, el cansancio parece haberse instalado entre nosotros como un tercer cuerpo.
No hablamos mientras entramos. Fuera quedan las voces, el humo, las cabras, los niños y la vida sencilla de una gente que acaba de jugarse la vida por nosotros con una naturalidad que no tiene nada de simple.
Dentro, en cambio, solo hay penumbra, olor a lana y una cama que ni siquiera merece del todo ese nombre: un colchón bajo, cubierto con pieles de cabra sorprendentemente suaves y una tela blanca extendida encima a modo de sábana.
Nora lo mira y luego me mira a mí. Y por primera vez en horas, casi parece a punto de reírse.
Me doy media vuelta, me quito el cinturón con la pistola y lo dejo junto a la entrada. Después miro el suelo, las alfombras y una manta doblada en un rincón.
—Dormiré ahí, me colocaré junto a la entrada.
Nora suelta aire por la nariz, cansada, impaciente, y se pasa una mano por la cara antes de responder.
—No seas ridículo. Estás herido, has perdido sangre y mañana probablemente tendremos que volver a correr, disparar o hacer alguna otra estupidez suicida de las tuyas. Somos adultos, Kader. Podemos compartir un colchón sin convertirlo en un drama.
La miro.
—Habla por ti.
Ella alza una ceja.
—¿Perdona?
Me siento con cuidado en el borde del colchón, procurando que el brazo no proteste más de la cuenta.
—Solo digo que espero que sepas respetar ciertos límites —le digo muy serio.
Durante un segundo se queda mirándome como si no pudiera creer que haya dicho eso. Luego, coge una de las pieles dobladas y me la lanza a la cara.
—Eres insoportable —bufa, pero noto la diversión debajo de sus palabras.
—Y tú tienes tendencia a la violencia.
—Solo contigo.
—Eso no sirve como defensa.
Espero hasta que se tumba de espaldas a mí, rígida como una tabla, dejando entre nosotros la máxima distancia posible teniendo en cuenta las escasas dimensiones del colchón.
Su esfuerzo resulta casi cómico, pero me cuido de decir nada.
Me tumbo después, con cuidado, controlando el gesto para evitar que se me abran más puntos.
No lo consigo del todo y se me escapa un gruñido.
Nora no se gira, pero lo oye.
—¿Te duele?
—No.
—Mientes fatal.
—Miento bien. Tú tienes el oído demasiado fino.
—Soy médica.
—Eso explica muchas cosas, pero no todas.
Nora se mueve apenas sobre el colchón.
—La niña de antes… —dice al cabo de un rato.
—Samira.
—¿La conoces?
—Conozco a su abuelo. A su madre la vi nacer.
Se gira entonces, despacio, hasta quedar de lado, mirándome en la oscuridad.
—Eso suena extraño viniendo de ti.
—¿Que conozca niños?
—Que hables como si tuvieras una vida anterior.
No respondo enseguida. La tienda está casi a oscuras, pero entra una línea de luz azulada por una abertura mal cerrada que alcanza parte de su rostro. Tiene polvo en la sien, el pelo revuelto, los ojos cansados. Parece menos furiosa que hace unas horas, aunque no menos alerta.
—Todo el mundo tiene una vida anterior —digo al fin.
—No todo el mundo actúa como si hubiera enterrado la suya y luego se hubiera sentado encima para que nadie la encontrara.
Eso sí me arranca una sonrisa breve.
—Bonita imagen.
—Soy muy gráfica cuando estoy agotada.
—También cuando estás furiosa.
—Entonces debo de ser brillantísima contigo.
Esta vez se me escapa una carcajada breve, y siento cómo parte de la tensión se desvanece como por arte de magia.
Durante un rato hablamos de cosas que no importan precisamente porque no importan.
Ella me cuenta que una vez, durante unas maniobras en Estados Unidos, se perdió con una compañera durante tres horas porque ninguna de las dos quiso admitir que había interpretado mal el mapa, y que cuando por fin regresaron al campamento fingieron haber hecho una ruta de reconocimiento no autorizada.
Yo le cuento que Rafael casi provocó una estampida de cabras en un mercado porque creyó que una de ellas estaba robándole comida de la mochila, y que desde entonces los hombres del campamento lo llaman «el terror del rebaño» cuando quieren hacerlo enfadar.
Nora se ríe, y el sonido de su risa, en la oscuridad de la tienda, después del polvo, la sangre, los disparos y las mentiras, tiene algo tan inesperado y gratificante que durante un instante me quedo en silencio.
—¿Qué? —dice cuando se da cuenta de que me he callado.
—Nada.
—¿Cómo que nada? —replica, como siempre
—Pues eso, nada. Es sencillo.
—No me mientas —dice después.
Me giro apenas para mirarla mejor y el brazo me da un latigazo de dolor que no consigo contener. Se me escapa un quejido breve, más irritado que fuerte, pero suficiente para que Nora se incorpore al instante.
—Lo sabía.
—No es nada.
—Ya estamos —bufa—. Cállate.
Se arrodilla a mi lado antes de que pueda impedírselo, inclina la cabeza y busca el borde del vendaje con los dedos, moviéndose con la seguridad de quien sabe exactamente lo que hace.
—Te he dicho que no te movieras tanto —me reprende en voz baja.
—No me he movido tanto.
—Respirar demasiado fuerte también cuenta, en tu caso.
Subo la mirada hacia su cara. Está concentrada en el vendaje, el pelo le cae sobre un lado de la cara y aprieta la boca por la preocupación que no quiere reconocer. Podría dejarla hacer. Debería dejarla hacer, estarme quieto.
Pero no lo hago.
Estiro el brazo sano y le rodeo la cintura con la fuerza justa para detenerla.
Nora se queda inmóvil. Sus dedos siguen apoyados sobre el vendaje, pero ya no se mueven.
—Adrien…
Mi nombre sale bajo, casi una advertencia. Es la primera vez que me llama por mi nombre.
No la suelto.
La atraigo hacia mí despacio, dándole tiempo de apartarse, de empujarme, de romper el contacto con cualquiera de esas formas tajantes que conoce tan bien.
No lo hace, y su respiración cambia.
La mía también.
La distancia entre nosotros se reduce hasta que ya no queda espacio para fingir que esto es otra cosa, y cuando levanta la mirada, veo en sus ojos todo lo que no quiere decir, la rabia que sigue ahí, la desconfianza, el cansancio, el miedo, y debajo de todo eso, algo que no debería estar y que, aun así, ha sobrevivido al día entero.
—No deberíamos —susurra.
Tiene razón.
Por supuesto que la tiene.
Pero hay veces en que tener razón no sirve de nada.
La beso, pero no como en el campamento, no con esa violencia de choque que tuvo el otro beso, ni con la necesidad furiosa de demostrar algo que los dos negábamos al mismo tiempo.
Esta vez, el contacto empieza más despacio, más contenido, como si incluso mi cuerpo entendiera que cualquier brusquedad rompería algo que no sé si podríamos recomponer después.
Nora no responde durante el primer segundo.
Luego, sus dedos dejan mi vendaje y suben hasta mi hombro, pero no para empujarme, sino para sujetarse, y ese gesto mínimo me atraviesa con más fuerza que cualquier rendición abierta.
La acerco un poco más.
Ella deja escapar un suspiro contra mi boca, una exhalación breve, temblorosa, y entonces me devuelve el beso.
Siento el cansancio, el deseo, la rabia acumulada, el miedo al día siguiente y una necesidad que ninguno de los dos sabe dónde colocar.
La siento inclinarse hacia mí, todavía con cuidado por mi brazo, todavía midiendo incluso cuando se permite perder un poco el control, y esa mezcla imposible de entrega y resistencia me obliga a contenerme más de lo que me creía capaz.
Porque la quiero.
No en el sentido limpio de la palabra, no de la manera fácil.
La quiero cerca, viva, enfadada, respirando contra mí, mirándome como si pudiera destrozarme y salvarme en la misma fracción de segundo.
Y eso, en mi mundo, es una forma de peligro para la que no tengo defensa.
Cuando nos separamos, no la suelto del todo.
Ella tampoco se aparta.
Se queda ahí, inclinada sobre mí, con la frente casi rozando la mía y la respiración desordenada, como si ambos supiéramos que hablar sería un error y callar, también.
—Esto no arregla nada —dice al fin.
Su voz suena ronca, rota.
—Lo sé.
—Sigo sin confiar en ti —continúa.
—Lo sé.
—Y sigo queriendo irme.
La miro.
—También lo sé.
Sus ojos se cierran un instante, como si mi falta de resistencia la agotara más que cualquier discusión.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo?
No respondo enseguida, porque cualquier respuesta completa sería demasiado cierta y demasiado peligrosa para decirla en voz alta dentro de una tienda que quizá tengamos que abandonar antes del amanecer.
Así que hago lo único que puedo hacer.
Le acaricio la cintura con el pulgar, apenas un movimiento, y sostengo su mirada.
—Sobrevivir esta noche.
Durante un largo instante, Nora no dice nada.
Luego, baja la cabeza, apoya la frente contra mi hombro sano y se queda ahí, inmóvil, respirando despacio, como si esa fuera la única tregua que está dispuesta a concedernos.
Yo cierro los ojos y me concentro en su presencia a mi lado, porque sé que mañana volverá todo lo demás: Ag Alhassan, el contrato roto, el campamento, la huida, las decisiones que pueden matarnos.
Pero esta noche, al menos durante unos minutos, no hay nada que resolver.
Solo el peso de Nora contra mí, el sonido lejano del poblado mientras sus habitantes se preparan para dormir y la certeza incómoda, imposible de esquivar, de que he cruzado demasiadas líneas para fingir que todavía sé cómo volver atrás.