Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 36 #2
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Termino la sutura y cubro la herida con una tela limpia.

Luego le reviso el costado, la mejilla y el hombro.

Tiene contusiones, cortes pequeños y un golpe feo bajo las costillas, pero nada que parezca grave.

Se queja cuando le palpo el costado, y aunque no creo que haya nada roto, decido colocarle una venda de contención.

Aun así, el cuerpo le está pasando factura. Lo veo en la rigidez con la que se mueve, en la palidez bajo el bronceado, en el cansancio que intenta ocultar con una disciplina que conozco demasiado bien.

—Tienes que descansar —le digo.

—Luego —protesta.

—Ahora.

—Nora…

—Capitana Vaillant —lo corrijo, aunque las palabras salen con menos filo del que pretendía.

Él no responde, solo me mira. Y quizá por eso, el silencio pesa más que si hubiera seguido discutiendo.

Me aparto para recoger el material, y en ese instante oímos el rugido de varios motores.

El sonido llega primero como una vibración grave bajo la tierra, y luego como un rumor mecánico que se acerca demasiado deprisa. Me quedo inmóvil, con la venda todavía en la mano.

Kader se levanta al instante, demasiado rápido, y lo paga con un potente latigazo de dolor, a juzgar por su gesto.

—Siéntate —susurro, pero ya tiene el arma en la mano. Yo lo imito al instante y cojo mi arma, que llevo a la espalda, sujeta en los riñones con el cinturón.

El anciano entra en la tienda antes de que lleguemos a la salida. Su expresión ha cambiado. No parece asustado, pero sí está mucho más serio. Habla con Kader en voz baja, con frases cortas y firmes.

—¿Qué dice? —pregunto.

Kader no aparta los ojos de él.

—Que no salgamos. Que no nos movamos. Que ellos se ocupan.

—¿Y vas a hacerle caso?

Me mira apenas un segundo.

—Sí.

El anciano se vuelve hacia mí entonces, me señala el fondo de la tienda y luego la lámpara. Entiendo lo suficiente. Apago la llama con los dedos humedecidos y la tienda queda sumida en una penumbra caliente, atravesada solo por un hilo de luz que entra por una rendija lateral.

Kader me agarra del brazo y me guía hacia el fondo.

—Agáchate.

—No me des órdenes.

—Agáchate, Nora.

Lo hago, pero no porque me lo diga él, sino porque los motores ya están dentro del poblado.

Se detienen cerca, demasiado cerca.

Durante unos segundos no ocurre nada, y ese vacío, esa incertidumbre, es casi peor que el ruido.

Luego oigo con claridad unas voces masculinas, puertas metálicas que se cierran y pasos de botas sobre la arena.

Me acerco con cuidado a la rendija entre dos telas y Kader me tira hacia atrás antes de que pueda asomarme del todo.

—Desde ahí no —susurra.

Me señala otro punto, más bajo, donde la tela se separa apenas lo suficiente para ver sin que nos vean.

Me inclino.

Fuera, bajo la luz moribunda del atardecer, hay dos todoterrenos cubiertos de polvo y varios hombres armados.

No sé si son los mismos de antes, no puedo distinguirlo con seguridad.

El jefe del poblado está frente a ellos, tranquilo, con las manos visibles y la cabeza ligeramente inclinada, pero no en señal de sumisión, sino como una forma de cortesía antigua que combina la dignidad y el respeto.

Uno de los hombres habla en tono alto. No entiendo las palabras, pero sí la intención.

Está exigiendo algo.

El anciano responde despacio, sin moverse.

No mira hacia nuestra tienda ni una sola vez.

Adrien está detrás de mí, muy cerca, inmóvil. Puedo sentir su respiración junto a mi oído, controlada, casi imperceptible. Tiene el arma en la mano, igual que yo, pero no la levanta. Podríamos disparar desde nuestro escondrijo, pero el riesgo de que mueran inocentes es demasiado grande.

Si esto sale mal, moriremos aquí.

El hombre armado avanza un paso hacia el anciano. Otro registra con la mirada las tiendas mientras un tercero se acerca a la zona donde han escondido el jeep.

Se me detiene el corazón.

Kader también lo ve. Noto cómo cambia su respiración y su cuerpo se tensa, preparado para actuar aunque sepa que eso sería condenarnos, y no solo a nosotros, porque buen seguro muchos de los habitantes del poblado caerían en el fuego cruzado.

El hombre se detiene junto al cercado y mira a su alrededor. Durante un segundo larguísimo no hace nada. Luego, escupe al suelo y vuelve junto a los demás.

No lo ha visto.

La conversación continúa. El tono del mercenario sube, pero el del anciano, no.

Se mantiene exactamente igual, como una piedra en mitad de una corriente.

Finalmente, una de las mujeres aparece con una bandeja baja.

Distingo una tetera, varios vasitos y un paquete envuelto en tela.

Quizá carne seca, o tabaco, aunque quizá sea algo de más valor.

En cualquier caso, un regalo.

El hombre armado lo acepta sin dejar de mirar al anciano.

Luego dice algo más, ahora con un tono que suena a advertencia, y levanta una mano con el dedo índice extendido para enfatizar sus palabras.

El jefe responde con la misma serenidad que mantiene desde el principio.

Un niño empieza a llorar en algún lugar y alguien lo hace callar enseguida.

Nosotros seguimos sin movernos dentro de nuestra tienda, casi sin respirar, atentos a lo que sucede a solo unos metros de donde estamos.

Por fin, los hombres retroceden.

Uno a uno y sin prisa, suben a los vehículos y los motores vuelven a rugir.

No se marchan de inmediato, y esos segundos, con los coches encendidos y las ruedas quietas, son casi insoportables.

Luego, uno de ellos se mueve y el otro lo sigue, y el sonido empieza a alejarse poco a poco hasta convertirse en un rumor lejano.

No puedo moverme. Tardo varios segundos en darme cuenta de que sigo agarrando la tela de la tienda con tanta fuerza que me duelen los dedos.

Kader tampoco se mueve.

Cuando por fin lo hace, no se aparta del todo. Solo baja el arma y suelta el aire despacio.

—Parece que se han ido —susurro.

—Por ahora.

Soy consciente de que el peligro no ha pasado, que solo hemos conseguido una tregua, un poco más de tiempo robado a un destino que parece inevitable.

Después de la adrenalina y la tensión, me empiezan a temblar las piernas, pero no de miedo exactamente, sino por ese golpe retardado que llega cuando el cuerpo entiende que ha estado a punto de morir.

Me aparto de la rendija y me dejo caer sobre la manta.

Kader sigue de pie, observando la entrada. Yo lo miro a él.

—Tu brazo está sangrando otra vez —digo.

Él baja la vista, como si el detalle no tuviera importancia.

Me levanto, cojo una venda limpia y vuelvo a acercarme. Esta vez no le pido permiso. Le sujeto el brazo, reviso el vendaje y decido retirarlo. La herida se ha abierto por culpa de la tensión y de los movimientos bruscos.

—Si sigues así, no voy a poder cerrar bien la herida, puede infectarse y, además, te quedará una cicatriz horrible.

—Lo tendré en cuenta —responde con sorna.

—No, no lo harás.

La frase suena demasiado íntima.

Él me mira mientras yo finjo estar concentrada en la herida.

Fuera, el anciano dice algo en voz baja y alguien responde. La vida del poblado empieza a recomponerse con una lentitud cautelosa, como si todos supieran que el peligro se ha marchado solo lo suficiente para permitirles respirar, pero no para olvidarlo.

Busco una nueva venda y le cojo el brazo.

—Nos han protegido —digo después.

—Sí.

—Podrían haberlos matado.

—Así es, y ellos lo saben.

Levanto la vista entonces.

—¿Por qué lo han hecho?

Kader no responde enseguida. Cuando lo hace, su voz suena más baja de lo habitual.

—Porque una vez, yo hice lo mismo por ellos.

Lo miro durante un segundo.

No sé qué esperaba pero, desde luego, no eso.

Y lo peor es que encaja.

Encaja con lo que he visto de él y con lo que no quiero aceptar, con el hombre capaz de ejecutar a alguien a sangre fría y el mismo hombre por quien un poblado entero acaba de arriesgarse sin pedir explicaciones ni esperar nada a cambio.

No digo nada, no puedo.

Solo termino de vendarle el brazo despacio, más de lo necesario, mientras afuera la noche cae sobre el desierto y dentro de la tienda el silencio deja de ser una pausa entre enemigos para convertirse en algo mucho más difícil de comprender y justificar.

Porque no sé qué somos ahora.

Y empiezo a temer que él tampoco.