Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 36
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Nora

El jeep no va a aguantar mucho más.

Lo sé por el sonido que hace, antes incluso de mirar el salpicadero y buscar una alerta iluminada.

Esa vibración irregular que se transmite desde el motor hasta el volante y me sube por los brazos es un signo claro de un fallo inminente, además de los pequeños tirones que hace cuando intento mantener una velocidad constante.

Adrien, sentado a mi lado con la espalda recta y la mandíbula apretada, deja de mirar hacia atrás para concentrarse en escuchar el coche.

No dice nada, pero no hace falta.

Está perdiendo sangre. No es una hemorragia intensa, pero sí lo suficiente para que el vendaje improvisado que se ha apretado contra el brazo esté empapado desde hace un buen rato y la sangre haya vuelto a deslizarse por su piel hacia la mano y, desde allí, caiga con un goteo irregular hacia sus piernas.

Lo miro de reojo cada pocos segundos, aunque intento no hacerlo de forma evidente, porque sé que si se da cuenta me dirá que mire al frente, que conduzca, que no pierda tiempo en algo que no importa ahora mismo.

Pero importa, claro que importa.

—Tenemos que parar —digo.

—Todavía no.

—El coche está tocado y tú también —le hago ver.

—Sigue —me ordena tajante—. Este no es un buen lugar para quedarnos.

Su voz suena igual que siempre, baja, firme, insoportablemente controlada, pero ahora hay algo debajo, una aspereza mínima que no estaba antes y que me confirma que el dolor empieza a abrirse paso por encima de su voluntad.

Aprieto los dedos alrededor del volante y sigo conduciendo en la dirección que él me ha señalado, porque discutir con él mientras el terreno se vuelve cada vez más irregular no sirve de nada y porque, por mucho que me irrite admitirlo, en este momento sabe mejor que yo hacia dónde vamos.

El sol empieza a bajar cuando la línea del terreno cambia y aparece, a lo lejos, un pequeño grupo de tiendas y cercados bajos, apenas unas sombras claras sobre la arena y la piedra, con algunas cabras moviéndose alrededor y un humo fino elevándose desde un punto en el centro de lo que parece un poblado de pastores.

—Allí —dice Kader, señalando con la barbilla en dirección a las tiendas.

Frunzo el ceño un momento y lo miro.

—¿Los conoces? —le pregunto.

—Al jefe, sí. Son pastores. Gente sencilla que no busca problemas.

No dice nada más, por supuesto. Me enfurece esa costumbre suya de racionar la información.

Reduzco la velocidad al acercarnos. Antes de entrar en el poblado veo cómo varias personas se giran hacia nosotros, hombres con túnicas claras, niños que han dejado de jugar y mujeres que se apartan hacia las tiendas sin correr, pero con una rapidez que revela costumbre.

No hay gritos ni armas levantadas, al menos no a simple vista, aunque percibo el cambio inmediato en el ambiente, esa tensión silenciosa que aparece cuando un vehículo agujereado por las balas llega al final de la tarde con dos desconocidos dentro.

Adrien baja primero del coche.

Lo hace demasiado deprisa para alguien que está herido, y durante un segundo veo cómo se le tensa el rostro antes de recuperar la expresión habitual. Yo apago el motor y salgo después, con el cuerpo entumecido por las horas de conducción y la garganta seca.

Un hombre mayor se acerca desde la sombra de una tienda. Es alto, delgado, con la piel curtida por el sol y una barba blanca que le cae sobre el pecho. Camina despacio, pero todo el mundo se mueve a su alrededor para dejarlo pasar.

Adrien lo espera de pie, y cuando el anciano está frente a él, se inclina levemente y lo saluda en árabe.

No entiendo las palabras, pero sí el tono. Le habla con respeto y reconocimiento. Kader continúa muy serio, despacio, y se gira de vez en cuando para señalarnos al coche y a mí, que espero junto a la puerta del jeep, que arde por el sol y el calor del motor.

El anciano lo escucha sin interrumpirlo, mira después el vehículo, luego a mí, y finalmente vuelve a fijarse en la sangre que mancha el brazo de Kader. Dice algo breve y Kader responde. El anciano asiente una sola vez.

—Ven —me pide por fin.

Como siempre, sin explicaciones ni un simple por favor.

Tampoco yo pierdo tiempo fingiendo que tengo otra opción.

Dos muchachos se acercan al jeep y se montan.

Un segundo después, el motor arranca de nuevo y veo que lo conducen hacia la parte de atrás del poblado.

Los sigo que con la mirada hasta que se detienen detrás de unas estructuras bajas hechas con ramas, telas y pieles, donde queda oculto entre un cercado y una acumulación de sacos.

Dos hombres arrastran con rapidez una lona gruesa y la extienden por encima.

En menos de dos minutos, el vehículo desaparece de la vista, como si nunca hubiera llegado hasta allí.

Reconozco que ha sido impresionante, pero no es nuevo para mí. La gente que vive en un territorio en permanente conflicto como El Sahel piensa deprisa y actúa con más rapidez aún cuando se trata de salvar la vida. Puro instinto de supervivencia.

El jefe, flanqueado por dos hombres y un buen puñado de chiquillos, nos conduce hasta una tienda amplia y baja, sostenida por postes de madera oscura y cubierta por telas gruesas que dejan pasar una luz tenue, dorada, llena de polvo.

Dentro huele a lana, a humo, a leche agria y a tierra caliente.

Hay alfombras gastadas en el suelo, un par de mantas dobladas y unos recipientes de agua junto a la entrada.

El anciano dice algo más, esta vez mirándome a mí.

Adrien traduce sin mirarlo.

—Dice que aquí nadie nos ha visto llegar hasta aquí, no hay señal de que nos sigan, y que podemos estar tranquilos.

Lo de estar tranquilos parece una broma, pero luego pienso que al menos no tenemos a tres vehículos y una tropa de hombres armados pegados a nuestros talones, disparando e intentando hacernos volcar. De acuerdo, puedo estar tranquila.

Sonrío e inclino la cabeza en señal de agradecimiento. Luego le toco levemente el brazo a Kader para que me escuche.

—Dile que necesito agua limpia, vendas si tienen, una aguja, hilo, alcohol si hay, y luz.

Adrien repite mis palabras en árabe. El anciano me observa un momento y luego da varias órdenes rápidas.

En pocos minutos entran dos mujeres. Una de ellas, de rostro ancho y manos fuertes, deja un cuenco de agua hervida todavía caliente, telas limpias y una pequeña lámpara de aceite. La otra trae una caja de metal con agujas, unas tijeras y un frasco sin etiqueta que huele a alcohol en cuanto lo abro.

No es lo ideal, pero servirá.

—Siéntate —le digo a Adrien. Él se queda de pie y yo lo miro—. No voy a discutir esto contigo. Siéntate y quítate la camisa. Te ayudaré si no puedes.

Durante un segundo creo que va a responder algo, pero el anciano, que sigue en la entrada, dice una frase corta en tono seco. Kader lo mira y parece a punto de replicar, pero finalmente se sienta sobre una de las mantas. El anciano dice algo más y se marcha.

Me dan ganas de reír, pero no lo hago.

Espero hasta que se quita la camisa torpemente (por supuesto, no acepta mi ayuda) y se sienta.

Lo miro un segundo quizá demasiado largo. Su cuerpo es… impresionante. No solo por la perfección de sus hombros, de su pecho, de su espalda, de… todo. También porque su piel y su carne es un mapa de cicatrices. Las hay circulares, alargadas, cortas, sinuosas…

Tengo que contener un suspiro y la necesidad de alargar la mano y seguir las líneas rugosas que resumen su vida con la yema de mis dedos.

Si es consciente de lo que me está pasando, no da muestra de ello. Se mantiene quieto en la silla, esperando.

Por fin, me arrodillo frente a él y le retiro el vendaje improvisado con cuidado.

La tela se ha pegado a la sangre seca y tengo que humedecerla antes de despegarla del todo.

No es una herida limpia. Una bala le ha rozado el brazo por la parte externa, abriendo la piel en un surco profundo e irregular.

Distingo pequeños restos de polvo y fibras adheridas.

—No es grave —dice.

—Cállate.

Sus ojos bajan hasta mí.

—¿Esa es tu valoración médica?

—Es mi valoración personal.

Algo se mueve en su boca, apenas un gesto, demasiado pequeño para llamarlo sonrisa.

Yo no sonrío.

Le limpio la herida despacio, con más cuidado del que me gustaría que notara, aunque sé que lo nota todo. Adrien no se queja, ni siquiera cuando vierto alcohol sobre la zona abierta y la carne se contrae bajo mis dedos. Solo cierra la mano izquierda sobre la manta y respira por la nariz.

—Necesitas puntos —le digo en voz baja, sin mirarlo—, y no tengo anestesia.

—Hazlo.

—Eso pensaba hacer, solo te estaba advirtiendo.

La aguja no es quirúrgica, el hilo tampoco, pero lo esterilizo lo mejor que puedo antes de empezar.

Trabajo en silencio, inclinada sobre su brazo, concentrándome en unir los bordes irregulares y en cerrar la herida sin tensar demasiado la piel para evitar desgarros mientras intento no pensar en la proximidad de su cuerpo ni en el modo en que su calor se mezcla con el de la tienda.

Fuera, el poblado sigue funcionando con una normalidad casi ofensiva. Se oyen las cabras, pasos, voces de niños, el sonido metálico de algún recipiente, risas. Dentro, solo existe la lámpara, su brazo bajo mis manos y la respiración contenida de los dos.

—No deberías haber saltado del jeep —murmuro.

—Funcionó, ¿no? Eso es lo que cuenta. Lo tenía todo calculado.

—Esa no es una respuesta —protesto.

—Es la única que importa —se defiende.

Levanto la vista hacia él.

—No. Importa también que podrías haberte matado.

Me arrepiento en cuanto lo digo.

Y no porque sea mentira, sino porque, sin darme cuenta, se me ha escapado algo que llevo pensando desde que Kader saltó del jeep.

Podía haber muerto.

Me mira durante un segundo largo y yo bajo la vista antes de que ese silencio se convierta en algo más incómodo aún.

—Bueno, no he muerto —dice.

—Ya lo veo.