Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 35 #2
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No responde, pero corrige la trayectoria y hace exactamente lo que le he dicho.

Bien.

Muy bien.

Los perseguidores se separan. Uno intenta flanquearnos por la derecha mientras otro se mantiene detrás.

El tercero ha perdido distancia; quizá alguno de los disparos acertó, aunque también es posible que se mantenga detrás por prudencia o por estrategia.

En cualquier caso, no importa. Dos vehículos son suficientes para ponernos en serios problemas.

—Cuando te diga, frena.

—¿Qué? —grita ella.

—Frena.

—¿Estás loco?

—Todavía no. —La miro apenas un instante, lo justo para que vea que hablo en serio—. Cuando te diga. ¿Lista?

Nora inspira, exhala y asiente con rigidez mientras sigue conduciendo a toda velocidad.

El todoterreno de la derecha acelera para cerrarnos el paso. Si sigue así, nos obligará a desplazarnos hacia la zona de piedra y reventaremos una rueda antes de poder corregir la trayectoria. Espero un segundo, dos.

El ángulo se cierra. El conductor cree que nos tiene.

—Ahora —grito.

Nora pisa el freno con fuerza.

El jeep se clava en la arena, el cinturón me golpea el pecho y el todoterreno que intentaba cortarnos el paso cruza por delante de nosotros a demasiada velocidad. Ya estoy apuntando antes de que termine de pasar. Disparo a la rueda trasera una ráfaga rápida y veo cómo la goma revienta.

El vehículo pierde estabilidad, derrapa y vuelca sobre el costado con violencia, levantando una nube de arena y metal.

Nora no se queda mirando ni espera nuevas instrucciones, sino que vuelve a acelerar, y esa decisión nos salva la vida, porque el otro vehículo se nos está echando encima.

Los disparos vuelven a golpearnos. Uno atraviesa el lateral del jeep y noto el impacto en el asiento, a centímetros de mi pierna. Nora se mantiene baja, con los hombros tensos y los dientes apretados, pero sigue conduciendo. Con los saltos del jeep, su arma se ha caído al suelo.

—Dame la pistola —me pide con urgencia.

—Conduce.

—Dame la pistola —repite casi gritando.

No hay tiempo para discutir. La cojo del suelo, libero el seguro y se la pongo en la mano libre.

—Dispara solo si tienes una línea clara —le digo—, no nos sobra la munición.

—Ya lo sé.

Y lo sabe.

No como mis hombres, que disparan prácticamente sin apuntar. Ella es una militar y entiende que disparar no es hacer simplemente lanzar balas, sino decidir cuándo merece la pena gastar una.

El vehículo de atrás se acerca demasiado por el lado izquierdo. Nora espera más de lo que pensé que se atrevería a esperar, y cuando lo tiene a la altura, dispara dos veces por la ventanilla abierta.

No le acierta al conductor, pero el copiloto se agacha y la línea de tiro queda lo suficientemente despejada.

—Derecha —digo.

Ella gira.

El jeep entra en una zona de arena más profunda y el motor protesta. Durante un segundo, perdemos velocidad. El perseguidor no. Se nos echa encima y comprendo demasiado tarde que he calculado mal la densidad del terreno.

—Saca el coche de aquí —grito.

—Estoy intentándolo.

El motor ruge, las ruedas patinan y la parte trasera se hunde un poco más. El otro todoterreno abre su trayectoria para colocarse en paralelo, y en ese instante comprendo que, si no hago algo de inmediato, van a colocarse delante y nos obligarán a detenernos.

Me muevo con rapidez y abro la puerta.

—¿Qué haces? —grita Nora.

No respondo.

Salto.

El impacto contra la arena me arranca el aire de los pulmones y ruedo sobre el costado antes de recuperar la posición. El jeep sigue avanzando a duras penas unos metros más, liberado de mi peso. Nora grita mi nombre, o eso creo, pero el sonido es devorado por el motor y los disparos.

Me levanto con el fusil en las manos.

El todoterreno enemigo corrige la dirección y se dirige hacia mí.

Perfecto.

Eso quería.

Disparo al frontal. La primera bala hace que el cristal estalle en mil pedazos.

El segundo obliga al conductor a girar. El tercero alcanza a uno de los hombres que intenta sacar medio cuerpo por la ventanilla para usar su arma.

No cae, pero desaparece dentro del vehículo y, lo más importante, no llega a disparar.

El todoterreno viene hacia mí demasiado rápido.

Espero… Espero…

Quiero que sigan creyendo que van a atropellarme hasta que ya no puedan corregir la trayectoria sin exponerse.

Entonces, corro hacia el lateral, me dejo caer detrás de una franja de piedra y disparo a corta distancia contra la rueda delantera, que revienta con un tremendo estruendo.

El vehículo no vuelca, pero se hunde de morro y gira sobre sí mismo, levantando arena y humo. Oigo los gritos de los ocupantes antes de volver a moverme.

Tengo tres segundos, quizá menos.

Me incorporo y busco a Nora.

El jeep se ha detenido a unos treinta metros.

No ha huido.

Durante un instante, ese hecho pesa más que el ruido, más que el calor, más que la sangre que empieza a resbalarme por el brazo sin que sepa exactamente de dónde viene.

No ha huido.

La veo bajar del coche.

—¡No salgas! —grito.

Por supuesto, no me obedece.

Corre hacia la parte trasera, abre el compartimento y saca una de las cantimploras, no sé por qué, hasta que veo que no busca agua, sino la bolsa con los cargadores.

La coge, se agacha detrás del jeep y me cubre con disparos imprecisos pero útiles, lo bastante cerca de los enemigos como para obligarlos a protegerse.

Me está dando tiempo.

Cruzo la distancia agachado, con el fusil apretado contra el cuerpo, sintiendo cómo las balas levantan arena a mi alrededor. Cuando llego al jeep, Nora me agarra del chaleco y tira de mí hacia la cobertura con una fuerza que no debería tener después de todo lo que lleva encima.

—¿Estás herido? —pregunta.

—No importa.

—Sí importa. Responde, ¿estás herido?

La miro.

Sé que no hay tiempo para eso, pero, aun así, durante medio segundo, lo hay.

Porque no me está mirando como al hombre que la secuestró y viene a devolverla a una jaula.

Tampoco como a alguien en quien confía, todavía no.

Pero no se ha ido, y eso está revolucionando algo dentro de mí que no tengo tiempo de analizar ahora mismo.

—Conduce —le pido.

—¿Puedes subir? —me pregunta.

—Conduce —repito—. Tenemos que salir pitando de aquí.

No discute.

Sube al asiento del conductor mientras yo entro por el otro lado, dejando un rastro oscuro sobre la puerta. El motor responde al segundo intento. Los hombres de Ag Alhassan siguen vivos, al menos algunos, pero han perdido movilidad, y eso nos da el margen que necesitamos.

Nora acelera antes de que cierre del todo la puerta.

El jeep salta, derrapa, recupera la tracción y se lanza hacia el sur, lejos del oasis, lejos del polvo y de una persecución que no ha terminado, solo se ha interrumpido por el momento.

Detrás de nosotros quedan unos hombres que retomarán la caza en cuanto puedan.

No hemos ganado, solo hemos conseguido un poco de tiempo.

Nora no me mira mientras conduce, pero su respiración sigue agitada y sus manos están firmes sobre el volante.

—Has esperado —le digo.

Ella tarda un segundo en responder.

—No sabía hacia dónde ir —contesta, con la vista fija al frente.

—Claro.

La sangre me resbala por el antebrazo y cae sobre el asiento en gotas lentas, oscuras.

Los dos sabemos que podría haber seguido conduciendo, y los dos somos conscientes de que no lo ha hecho.

Ninguno de los dos está dispuesto a reconocerlo, pero algo ha cambiado en el preciso instante en que ella decidió no dejarme atrás.