Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 35
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Adrien

Entiendo la actitud de Nora, juro que la entiendo, pero no hay nada que yo pueda hacer para que algo de todo lo que está pasando, cambie. Decido al menos respetar su espacio y dejarla comer a solas. Doy media vuelta para regresar junto al jeep y entonces, lo veo.

Polvo.

No es una nube grande, ni una pared levantándose en el horizonte como ocurre cuando el viento decide mover el desierto de sitio, sino una línea baja, irregular, demasiado compacta para ser natural, que avanza desde el este con una persistencia y una velocidad que no pertenece al paisaje.

Durante unos segundos mantengo la vista fija en ese punto, sin moverme, dejando que la información llegue completa antes de convertirla en una conclusión, porque aquí una mala lectura puede matarte con más rapidez que una bala.

Suelto el aire que guardo en los pulmones y acepto lo inevitable.

La verdad es que no me sorprende en absoluto.

Ag Alhassan no podía dejarlo pasar. Un trato incumplido es mucho más que eso cuando quien lo rompe ha firmado su supervivencia sobre una red de acuerdos, amenazas y equilibrios precarios; es una grieta pública, una invitación para que otros se pregunten si pueden exigir, discutir o desafiar.

Si no responde, perderá autoridad. Si pierde autoridad, perderá hombres.

Y si pierde hombres, alguien terminará enterrándolo en una zanja antes de que acabe la estación seca.

Así funciona este mundo.

Lo sé.

Ag Alhassan viene a exigir que se cumpla el trato o a cobrarse mi vida como castigo. Y la de Nora.

Durante una fracción de segundo, miro hacia ella.

Sigue sentada a la sombra de una palmera, con el cuenco entre las manos y la espalda rígida, demasiado lejos de mí para que pueda fingir que esa distancia es casual.

No ha dejado de vigilarme desde que nos detuvimos, pero ahora no me mira a mí, sino al agua oscura del oasis.

Parece perdida en sus pensamientos, sean los que sean.

—Levántate —digo de pronto.

Ella gira la cabeza despacio, y lo que ve en mi cara basta para que no responda de inmediato con una réplica.

—¿Qué pasa?

Señalo el horizonte y sus ojos siguen la dirección de mi mano, se estrechan contra la luz y tardan unos segundos más que los míos en encontrar la línea de polvo.

Cuando lo hace, se pone en pie.

—¿Quiénes son?

—No puedo estar seguro, pero apostaría a que se trata de Ag Alhassan.

Se gira de nuevo hacia la franja de polvo y luego me mira con el ceño fruncido.

—Son muchos —dice sin más.

—Sí.

No hay gritos ni lamentos, nada de drama ni adornos.

Nora no se queda paralizada, y eso me dice algo de ella que ya sabía, pero que en este momento necesito confirmar: puede estar furiosa, traicionada, agotada, pero sigue siendo una militar, y cuando el peligro deja de ser una idea y se convierte en un hecho, su cuerpo recuerda antes que su orgullo y se pone en marcha.

—¿Eres capaz de calcular cuántos? —me pregunta.

Vuelvo a mirar la nube de polvo.

—Tres vehículos —respondo—. Puede que cuatro.

—¿Cuánto tiempo tenemos? Porque se dirigen hacia aquí, ¿no?

Calculo la distancia, el terreno, y la velocidad probable a la que avanzan. Son muchas variables, pero mi experiencia vale tanto como cualquier fórmula matemática.

—Menos de diez minutos si vienen directos. Algo más si rodean el oasis.

Ella aprieta la mandíbula.

—¿Van a rodearlo?

—No, si creen que pueden sorprendernos. Si sospechan que los hemos visto, se dividirán para abarcar el máximo espacio posible y dificultar la defensa y la huida.

La veo procesar la información con rapidez, reconstruyendo la escena antes de que ocurra, y durante un segundo puedo leer el cambio en su expresión, la transición entre la mujer que hace unos minutos me habría apuñalado con cualquier objeto a mano y la capitana que entiende que estar de pie discutiendo bajo una palmera no sirve de nada cuando se acercan un montón hombres armados.

—¿Cuál es el plan? —pregunta.

No dice «tu plan». Dice «el plan». Esto es una grata sorpresa.

—Vamos a intentar movernos ahora. Utilizaremos el jeep como cobertura, salimos por el lado oeste del oasis y usamos las palmeras para romper la primera línea de tiro. Si conseguimos ganar terreno antes de que entren en un alcance cómodo para las balas, podemos perderlos en las dunas.

—¿Y si no?

Me giro hacia el vehículo.

—Entonces, al menos intentaremos retrasarlos lo suficiente, dividirlos e intentar que no nos rodeen.

No pregunto si sabe conducir en estas condiciones. Ya la he visto hacerlo, y aunque no lo hizo bien, tampoco se mató, que aquí cuenta como una forma aceptable de competencia.

Saco el fusil del compartimento trasero y reviso el cargador. Luego cojo dos más y los dejo sobre el asiento. Ella se acerca al otro lado para ver lo que hago.

—Puedo conducir —dice.

La miro apenas un segundo.

—Lo sé. De acuerdo.

No hay tiempo para decir más, y, por una vez, tampoco parece necesitarlo.

Nos movemos deprisa, con una precisión urgente, condicionada por el calor y, sobre todo, por esa línea de polvo que sigue avanzando al fondo y que siento como una cuenta atrás.

Nora se pone al volante, ajusta el asiento con un tirón brusco, coloca la mano sobre la palanca de cambios y me mira cuando está lista.

—Dime por dónde.

Rodeo el capó y subo al lado del acompañante con el fusil apoyado entre las piernas.

—Cuando arranques, no vayas recta hacia el oeste. Ya pueden vernos, así que les haremos creer que dudamos. Luego, gira al sur en cuanto lleguemos a aquella depresión.

Señalo una zona donde la arena cae ligeramente antes de levantarse en una serie de dunas bajas.

Ella sigue mi gesto, asiente y arranca.

El motor responde con un rugido que, en otras circunstancias, habría intentado evitar. Ahora ya no importa. Saben que estamos aquí y vienen a por nosotros.

Nora acelera con decisión y avanza con una destreza que no demostró durante la noche, quizá porque ahora no conduce para huir de mí, sino para seguir con vida. El jeep salta sobre una irregularidad del terreno, cae con violencia y ella corrige sin que tenga que decirle nada.

Bien.

Miro por el retrovisor lateral y compruebo que la nube de polvo se está abriendo.

Son al menos tres vehículos y, como temía, se están separando para intentar rodearnos.

—Más rápido —digo.

—Estoy yendo rápido.

—No lo suficiente.

Aprieta los dientes, pero obedece. El jeep gana velocidad y la sombra del oasis queda atrás, reducida a una mancha absurda en mitad de un paisaje demasiado grande.

Durante unos segundos parece que podemos conseguirlo, que la distancia todavía juega a nuestro favor, que la primera ráfaga no llegará hasta que hayamos alcanzado el terreno más irregular que nos favorecerá.

Pero entonces, los disparos empiezan a levantar arena a nuestra derecha.

No nos han alcanzado.

Todavía.

—Agáchate un poco —le ordeno.

—Estoy conduciendo.

—Echa el culo hacia delante y baja el cuerpo —insisto casi en un grito.

Me dedica una mirada furiosa de medio segundo, pero se inclina lo necesario para que yo medio cuerpo por la ventanilla, apoye el fusil contra el marco y dispare hacia el vehículo que viene más adelantado.

Sé que es difícil acertar a esa distancia y a esa velocidad, pero quiero obligarlos a mantener la distancia, a corregir la trayectoria y a perder la línea limpia de tiro.

Funciona a medias.

El primer todoterreno se desvía, pero el segundo aprovecha el hueco y acelera.

—A la izquierda —digo—. Ahora.

Nora gira sin preguntar. Demasiado brusco, pero útil. El jeep derrapa, la parte trasera se desplaza y por un instante el mundo parece inclinarse bajo nosotros, pero ella recupera el control con una maldición entre dientes y nos mete en la depresión que le había señalado.

Las balas pasan por encima durante un par de segundos.

Pocos, pero suficientes.

—¿Tienes un arma? —pregunta sin apartar la vista del terreno.

—En la guantera.

La abre con una mano mientras sostiene el volante con la otra, encuentra la pistola y la deja sobre su muslo sin dejar de conducir.

El vehículo perseguidor aparece por encima de la depresión a toda velocidad. Levanto el fusil, apunto al frontal y disparo una ráfaga corta. El parabrisas se agrieta, el conductor pierde la línea y el todoterreno se cruza lo justo para obligar al tercero a frenar.

—Sigue —digo.

—Eso intento.

La voz de Nora suena tensa, pero no rota. Hay miedo, claro que lo hay; cualquiera que diga no sentir miedo bajo el fuego es un mentiroso o un idiota. Pero se aguanta y lo convierte en su aliado, en decisión y acción.

De pronto, un golpe metálico y seco me indica que nos ha alcanzado un impacto. El jeep vibra bajo nosotros como si hubiera recibido un puñetazo.

—¿Nos han dado?

—Sí.

—¿Dónde?

Miro el panel, el retrovisor, el comportamiento del vehículo.

—No lo sé todavía. Sigue.

Otro impacto. Esos hijos de puta tienen buena puntería.

Esta vez, el cristal trasero estalla en una lluvia de fragmentos que se cuela en el interior con un sonido brutal.

Nora se encoge por instinto, pero no suelta el volante.

Siento un corte superficial en la mejilla, nada importante.

Disparo otra ráfaga hacia la parte trasera, pero el jeep se mueve tanto que es imposible acertar.

Al menos, he conseguido que se abran un poco.

—Necesito que conduzcas más estable, no puedo apuntar —le pido.

—Y yo necesito que dejen de dispararme —gruñe con los dientes apretados.

—Haz tu parte y yo haré la mía.

—Qué tranquilizador.

A pesar de todo, casi sonrío.

El terreno cambia de pronto. La depresión termina y delante aparece una zona de dunas bajas cruzadas por franjas de piedra. Mala para correr. Buena para ganar terreno en una persecución si eres capaz de utilizarla a tu favor. Nora no la conoce, pero aprende rápido.

—No subas por el centro —grito por encima del rugido del motor—. Bordea la cresta. Si subes hasta arriba, nos verán enteros y seremos un blanco fácil.