Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 34
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Nora

El calor no desaparece cuando nos detenemos.

Solo cambia de forma. Dentro del jeep era una presencia incómoda y constante que se pegaba a la piel y a la ropa hasta volverse insoportable, pero fuera es distinto, más directo, abrasador, casi doloroso, como si el desierto dejara de filtrarse y se impusiera sin intermediarios, obligándome a sentir cada grado, cada ráfaga de aire caliente que se desliza sobre la arena y que, incluso a la sombra de las palmeras, no llega a convertirse en alivio real.

No me muevo del sitio en el que me ha dejado.

Sigo apoyada en el tronco áspero, con la espalda pegada a la corteza rugosa y la mirada fija en un punto indefinido del horizonte, aunque en realidad no estoy viendo nada, porque toda mi atención sigue concentrada en lo que acaba de pasar, en la distancia que ha decidido no cruzar y en la forma en la que eso, lejos de tranquilizarme, ha abierto una grieta incómoda que no sé cómo gestionar.

Aprieto los brazos contra el torso, no porque tenga frío —aquí no existe esa palabra— sino como una forma instintiva de mantener algo bajo control, aunque no tenga claro qué es exactamente lo que intento contener, si el temblor que todavía me recorre o esa sensación extraña, contradictoria, que se ha instalado en algún punto entre el rechazo y algo que no quiero nombrar.

No voy a pensar en eso.

No aquí.

No ahora.

Me separo del tronco y camino hacia el agua, obligándome a centrarme en lo tangible, en lo que sí importa, en lo que puede marcar la diferencia entre seguir adelante o no hacerlo, y cuando me agacho junto a la pequeña lámina oscura que apenas refleja el cielo, lo primero que percibo es el olor, denso, estancado, con ese matiz agrio que deja claro que no es una fuente fiable, y mucho menos sin tratamiento.

Hundo las manos en el agua, igual de tibia que todo lo que me rodea, y me empapo el cuello, el escote y el pelo. Me mojo también los brazos, y luego observo cómo el aire del desierto me seca la piel casi de inmediato.

Me paso la lengua por los labios y me incorporo despacio, consciente de pronto del tremendo cansancio que se está apoderando de mí.

¿Hace cuánto que no duermo, que no descanso siquiera?

He perdido la cuenta de las horas que llevo despierta, atendiendo enfermos y heridos primero, conduciendo por el desierto más tarde, luchando por mi vida.

Estoy agotada, nada me gustaría más que poder descansar un rato, pero ese es un lujo que, de momento, no puedo permitirme.

Giro despacio la cabeza hasta que lo localizo. Está junto al jeep, de espaldas a mí, revisando las bolsas con esa precisión metódica que ya le he visto otras veces, y durante un instante muy breve, mi mente se pone en marcha.

Calcula la distancia, el tiempo y mis opciones.

Podría intentar huir ahora.

El terreno no es favorable, el calor juega en mi contra y no tengo agua suficiente, pero aun así, la idea aparece, se instala en mi mente e insiste, como si el simple hecho de estar fuera del campamento hubiera reactivado algo que no pienso dejar morir.

Doy un paso y luego otro, pero no en dirección contraria, sino hacia él. Necesito comprobar su nivel de atención. No reacciona, al menos no de forma evidente.

Sigo avanzando, desviándome ligeramente hacia un lateral, fingiendo que observo el entorno, como si no hubiera nada más detrás de ese movimiento, pero sé que lo hay, y también sé que él lo sabe, aunque no se gire.

Aprieto los dientes y doy un paso más.

El calor aprieta, el sol cae a plomo y tengo la garganta seca.

Y entonces, la idea de seguir avanzando empieza a perder sentido frente a la realidad física que se impone con una claridad brutal y me detengo.

No porque él me lo impida, sino porque soy dolorosamente consciente de que jamás lograría sobrevivir sola en el desierto.

La frustración me golpea con una fuerza inesperada, más por lo que implica que por el intento en sí, que se ha escurrido como la arena entre mis dedos, y durante un segundo cierro los ojos y respiro hondo, obligándome a aceptar algo que no quiero admitir.

No es el momento, y quizá no lo sea nunca.

Estoy en sus manos, a merced de un mercenario que me hace sentir…

No quiero pensar en eso, no, no, no.

Me doy la vuelta con un gesto seco y regreso hacia la sombra sin mirarlo, aunque sé que ha registrado cada uno de mis movimientos sin necesidad de girarse.

Por supuesto que lo ha hecho.

Me siento en la arena y apoyo la espalda contra una de las palmeras, manteniendo la distancia suficiente para que no parezca que dependo de su presencia, aunque la realidad sea más incómoda de lo que me gustaría reconocer.

Él es el dueño del agua, de la comida, del jeep… Y la realidad es que, en este momento, salir de aquí sin él no es una opción real.

Aprieto los dedos contra la tela de mis pantalones, sintiendo cómo la rabia vuelve a abrirse paso con fuerza renovada, alimentada ahora no solo por el secuestro y la traición de Kader, sino por algo que me escuece aún más en este momento: mi dependencia de él.

Levanto la vista cuando se acerca. Me mira con la cabeza agachada y los ojos clavados en mí. Es como un depredador, siempre listo para saltar sobre su presa… Solo que en este momento, la presa soy yo.

Me tiende algo de comida sin decir una sola palabra, como si el gesto no tuviera mayor importancia, como si fuera un trámite más dentro de una rutina que solo él parece dominar.

De acuerdo, jugaremos al mismo juego.

Me pongo de pie, lo cojo y me alejo sin darle las gracias.

Elijo otra palmera, un poco alejada del agua estancada, que despide un olor intenso, ácido y muy molesto, y me siento en el suelo.

El cuenco que me ha dado contiene, cómo no, carne de cabra, pero está tan seca y dura que echo de menos el guiso del cocinero del campamento.

No tengo tenedor ni cuchillo, así que me froto las manos contra el pantalón para intentar limpiármelas un poco y como con los dedos.

Mastico despacio, obligándome a tragar aunque el estómago esté cerrado, aunque cada bocado me sepa a polvo, porque sé que necesito energía, sé que aquí no hay margen para el orgullo cuando el cuerpo empieza a fallar. Y yo no puedo permitirme fallar.

Kader come de pie a unos metros de mí. Lo sorprendo mirándome un par de veces, así que levanto un poco el culo para girar el cuerpo y no tenerlo de frente. Ahora, ante mí se extiende un mar inmenso de arena ardiente. El infierno.

El silencio se alarga entre nosotros, y durante un rato me concentro en lo básico, en regular la respiración, en no pensar más allá de la siguiente hora, del siguiente movimiento, del siguiente sorbo de agua. En masticar esa carne de cartón…

Pero no dura mucho. El nudo que tengo en el estómago convierte la comida en bilis y siento que me hierve la sangre de nuevo por todo lo que no me ha contado.

—Si no hay trato —digo al fin, sin mirarlo—, entonces, esto no tiene sentido. Podrías haberme dejado allí —añado—. O dispararme. Habría sido más coherente. —Levanto la vista entonces y lo miro de frente. Encuentro sus ojos de acero, fríos y afilados—. ¿Por qué no lo hiciste?

La pregunta se queda suspendida entre nosotros, más pesada de lo que debería, porque no es solo una cuestión práctica, ni siquiera estratégica, y los dos lo sabemos.

Espero su respuesta mientras me esfuerzo por controlar mi respiración y, de paso, aplacar a mi corazón, que ha decidido cabalgar dentro de mi pecho.

Pero no puedo seguir rumiando en mi mente sobre lo que va a pasar, necesito respuestas, certezas, sean las que sean.

Tengo que encontrar algo sólido a lo que agarrarme, aunque sea para seguir odiándolo como antes.

Pero lo que encuentro en su silencio no es una respuesta, sino algo muy distinto, algo que no esperaba y que no encaja con nada de lo que ha pasado. O sí… Y eso es peor.

Porque no puedo permitirme dudar. Tengo que recordar quién es, qué es, qué hace… No puedo olvidar el secuestro, la cabaña, los guardias, el beso…

Mierda. El recuerdo se cuela como un intruso y me apresuro a echarlo de mi mente, pero aunque se aleja, deja tras de sí una estela demasiado brillante que intento infructuosamente apagar.

Mierda, mierda.

Y, sin embargo, mientras el sol sigue ascendiendo y el calor vuelve a cerrarse a nuestro alrededor como una trampa lenta y constante, la certeza que tenía hace apenas unas horas empieza a resquebrajarse por los bordes, lo suficiente como para que algo incómodo y persistente empiece a filtrarse por las grietas.

No es confianza, ni de lejos, pero tampoco es lo mismo que antes.

No consigo odiarlo, y un resquicio de algo parecido a la confianza se está instalando en un rincón de mi mente.

Y eso es un problema.