Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 33
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Adrien

El jeep arde por dentro y por fuera. Ni siquiera es mediodía, pero el aire se vuelve casi irrespirable en el interior del vehículo mucho antes de que el sol alcance su punto más alto, filtrándose primero como una incomodidad leve que se adhiere a la piel y que ha terminado por convertirse en una sensación casi física y muy desagradable.

El aire acondicionado funciona a su máxima potencia, pero solo sirve para remover el aire caliente que se nos pega a la piel.

Hace mucho que comprendí que no hay forma de mantener a raya al desierto cuando decide imponerse, pero no digo nada y sigo conduciendo.

Mantengo una velocidad constante, evitando zonas de arena suelta, corrigiendo con precisión cada irregularidad del terreno mientras dejo que las horas pasen en silencio.

A mi lado, Nora no se ha relajado en ningún momento, y no necesito mirarla para saberlo, me basta con percibir cómo su cuerpo sigue en estado de alerta.

Sé que su silencio no es enfado, y tampoco se trata de que no sepa qué decir.

Se está conteniendo, concentra su atención en lo que para ella es importante, está preparada para reaccionar ante cualquier situación.

Y me vigila.

El combustible aguanta, el agua también, y los víveres son suficientes para varios días, pero no voy a forzar la marcha cuando no es necesario, porque el error aquí no suele ser inmediato, sino acumulativo, y cuando aparece, ya no hay margen para corregirlo.

Una irregularidad en el paisaje que rompe la monotonía del terreno me indica que estamos llegando al oasis.

Es un pequeño espacio que, aunque apenas cuenta con unas pocas palmeras y una lámina de agua escasa y casi siempre sucia, es suficiente para que podamos detenernos, descansar, reorganizarnos y esperar a que el calor deje de ser un factor crítico.

Reduzco la velocidad hasta que el jeep se detiene bajo la sombra irregular de las palmeras y apago el motor. Durante un instante, ninguno de los dos se mueve, como si el simple hecho de detenernos hubiera alterado el equilibrio precario que manteníamos en movimiento.

—Baja —le pido, aunque sé que ella se lo va a tomar como una orden.

Abro la puerta y salgo sin esperar a ver si me sigue, consciente de que lo hará, y no porque confíe en mí, sino porque quedarse dentro no mejora su situación en nada. El calor en el exterior me golpea y me sacude con una fuerza a la que no he conseguido acostumbrarme.

Oigo la puerta y sé que Nora también ha bajado.

Me acerco a la parte trasera, saco una cantimplora y algo de comida de una de las bolsas y rodeo en coche en dirección a la sombra.

Me giro y veo que ella ya está fuera, observando el entorno con esa mezcla de cautela y cálculo que no ha desaparecido en ningún momento.

Le tiendo el agua, pero no la coge de inmediato. Primero mira la cantimplora, y sé que lo que está pensando.

—No está envenenada —digo por fin—. Y tampoco te voy a pedir nada a cambio, tranquila.

—Estoy tranquila —gruñe mientras me arranca la cantimplora de la mano.

Luego bebe despacio y sin pasarse, lo justo para hidratarse.

Es lógico, no sabe cuánta agua he traido ni cuánto tiempo vamos a viajar, así que ha preferido ser conservadora.

La militar que lleva dentro la obliga a no actuar por impulso, a pensar y calibrar cada detalle, cada posibilidad.

Estoy seguro de que eso le ha servido para salvar la vida más de una vez.

Se apoya en una de las palmeras, sin perderme de vista en ningún momento.

Me devuelve la cantimplora y se da media vuelta, dándome la espalda. La veo caminar despacio hacia las palmeras y el pequeño charco oscuro. Se detiene junto a un tronco grueso y áspero y me mira con el ceño fruncido.

—Dímelo claro —dice a continuación—, ¿vas a entregarme?

—Vaya —respondo—, no te andas con rodeos.

—Quiero saber lo que me espera. Prefiero decidir mi propio final. ¿Vas a entregarme? —repite.

La observo un instante antes de responder, y no porque dude, sino porque sé que la respuesta, por sí sola, no va a resolver nada.

—No —digo por fin.

Me mira en silencio, pero sé que mi respuesta no la ha aliviado.

De hecho, estoy convencido de que sigue dudando, y no le falta razón.

Veo sus hombros en tensión, el cuello rígido, los puños apretados a los lados de su cuerpo.

Ha flexionado ligeramente las rodillas, lista para atacar o salir corriendo.

Luego, se relaja mínimamente. Es lista, sabe que no puede ganar en ninguno de los dos escenarios.

—¿Seguro? —insiste—. No entiendo…

No termina la frase, pero no hace falta.

Podría responder de muchas formas. Elijo la más simple.

—Ya no hay trato.

Su mirada no cambia, pero algo se endurece en ella, como si esa afirmación no fuera suficiente.

—Eso ya lo has dicho antes, cuando me cazaste, y aún así, me has metido en un jeep y me llevas en dirección contraria a la base francesa.

Asiento apenas.

—Lo que dije antes es igual de cierto que lo que te he dicho ahora.

El aire entre nosotros se vuelve más denso. Me sostiene la mirada sin pestañear, con el ceño todavía fruncido. Casi puedo oír cómo su cerebro funciona a toda velocidad.

—¿Por qué has cambiado de opinión? —me pregunta después.

En lugar de responder, doy un paso hacia ella despacio, sin brusquedad, pero en cuanto lo hago, percibo cómo su cuerpo reacciona antes que su mente, tensándose, evaluando, conteniendo, hasta que retrocede un paso, luego otro, manteniendo la mirada fija en mí.

Al parecer, no es suficiente, porque sigue retrocediendo hasta que su espalda encuentra el tronco de la palmera, y cuando ya no tiene más margen, yo doy un paso más hasta que me detengo a escasos centímetros, lo bastante cerca como para sentir su respiración, lo bastante lejos como para que la distancia siga siendo segura para ella.

Un solo movimiento eliminaría la distancia.

La idea me tienta, pero…

—¿De verdad quieres saberlo? —pregunto en voz baja, pero sin apartar la mirada.

—Sí —responde sin dudar.

La observo mientras pienso qué decir, consciente de que cualquier respuesta directa alteraría algo que todavía no estoy dispuesto a definir.

—No te serviría de nada —digo finalmente.

El cambio en su expresión es mínimo, pero suficiente.

—Eso no es una respuesta —protesta.

—Es la única que vas a tener, así que relájate. Debería bastarte con eso —añado—. No voy a entregarte.

—No puedes obligarme a… —Sus palabras se pierden en el cielo abrasador del desierto. Desde donde estoy puedo ver su piel brillante, sus ojos esmeralda, sus pestañas oscuras, la gota de sudor que se desliza hacia su cuello.

El silencio que sigue se carga de todo lo que no decimos, de lo que evitamos, de lo que todavía no tiene forma, y durante un instante en el que todo parece reducirse a esa distancia mínima entre nosotros, la posibilidad de cerrar el espacio deja de ser abstracta y se convierte en algo tangible, inmediato, algo que podría ocurrir sin esfuerzo si dejo de contenerme.

Pero no lo hago.

Apoyo la mano en el tronco, a su lado, sin tocarla, marcando el espacio sin invadirlo del todo.

—No —digo, sin elevar la voz—, pero tampoco podrías evitarlo.

No es una amenaza, pero tampoco es una frase inocente.

Sé que ella lo entiende, lo veo en cómo se le acelera la respiración apenas un segundo, en cómo mantiene sus ojos en los míos a pesar de todo.

—Entonces, no lo hagas.

La respuesta llega firme, sin temblor, sin retroceso, y aunque no puede moverse, atrapada entre el tronco y mi cuerpo, no se acobarda, no cede ni rompe esa línea que ha decidido mantener.

La miro un instante más y luego doy un paso atrás.

Ma alejo, pero queda claro que no es una retirada. Quiero que quede claro que el límite sigue estando donde yo decida colocarlo. Cuando me alejo del todo, el espacio vuelve a existir, aunque ya no es el mismo.

—Vamos a comer —digo mientras le doy la espalda y regreso hacia el jeep—. Nos iremos cuando baje el sol.

Nora no se mueve, se queda exactamente donde está, con la misma tensión, la misma desconfianza, la misma mirada retadora.

Suspiro y busco la carne seca en la bolsa de lona.

Esta mujer es imposible, pero no puedo hacer nada. De hecho, ni siquiera sé por qué hago lo que estoy haciendo ni por qué me preocupa tan poco la posibilidad de morir por mi decisión.