32
Nora
El golpe de la puerta del jeep resuena dentro de mi pecho como si hubiera cerrado algo más que un espacio físico, como si con ese gesto hubiera sellado una decisión que todavía no termino de procesar del todo, y durante unos segundos me quedo inmóvil, con la mano todavía apoyada en la manilla y el pulso desbocado, intentando convencerme de que no acabo de cometer el mayor error de mi vida.
Pero sé que lo he hecho, que me he equivocado.
En un segundo vuelvo a sentirme prisionera, y todo lo que acabo de intentar dejar atrás, vuelve a rodearme sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Aprieto la mandíbula y me obligo a no mirar hacia su lado mientras rodea el vehículo, consciente de cada uno de sus movimientos aunque no los vea, como si mi cuerpo los anticipara por pura inercia, y cuando abre la puerta del conductor y se sienta, el espacio se reduce de golpe.
No me mira ni dice ni una sola palabra; simplemente, arranca y el ruido del motor lo invade todo.
Suena distinto al que yo llevaba hace unos minutos, más estable, más contenido, como si el jeep también hubiera entendido que ha cambiado de manos, y durante un instante absurdo me doy cuenta de que incluso eso me irrita, como si hasta la máquina respondiera mejor a él que a mí.
No digo nada. No protesto, no lo insulto ni, por supuesto, le suplico.
No voy a darle ese gusto.
Pero tampoco me relajo. Mantengo el cuerpo tenso, preparado, con la mirada fija en el parabrisas aunque no vea más que oscuridad al principio, y cuando enciende los faros y el terreno aparece ante nosotros, soy plenamente consciente de la dirección que ha tomado.
El amanecer está ante nosotros, y debería quedar detrás…
—No vamos hacia el campamento —le digo.
—No.
Su confirmación es seca, sin matices ni intención de explicarse, y eso no me tranquiliza, al contrario, porque si algo he aprendido en estas semanas es que lo más peligroso no es lo que dice, sino lo que decide no decir. Lo que oculta.
Trago saliva y guardo silencio de nuevo mientras intento ordenar las ideas y acallar mi mente. Solo hay un segundo destino posible.
—Vas a entregarme —digo en voz baja y grave.
Él no responde.
Claro que no.
Ni siquiera me mira.
Intento abrir la puerta del jeep para saltar del vehículo.
Prefiero morir en el desierto que a manos de quien haya pagado por mí, pero no puedo.
Está atrancada. Golpeo la ventanilla con los puños e intento patear el cristal delantero cuando no consigo romperlo, pero todo en ese jeep parece a prueba de balas.
—¡Hijo de puta! —le grito después.
Me vuelvo hacia él y le lanzo un puñetazo a la cara que él esquiva por poco.
Cuando lanzo el segundo, su mano se convierte en una zarpa y atrapa mi brazo con fuerza.
Intento soltarme, pero es imposible, así que me revuelvo en el asiento para intentar utilizar el otro brazo y él estira el suyo para mantenerme a una distancia segura.
—¡Estate quieta! —grita entonces. Al instante, clava el pie en el freno y el coche clava las ruedas en la arena. Los dos salimos despedidos hacia delante mientras yo sigo intentando golpearlo y salir de allí y él, impedírmelo.
Cuando el coche se detiene por completo, me sujeta la otra mano y me obliga a girarme hacia él con un tirón brusco.
—Estate quieta —repite entre dientes.
Lo miro durante un largo minuto con las mandíbulas apretadas. Me va a estallar la cabeza porque no puedo hacer nada para evitar lo que sea que va a pasar.
—Mátame —le pido—. Hazlo. Tienes un arma. Vamos ahí fuera y dispárame en la cabeza. Sabes lo que me harán si me entregas —continúo—. No lo permitas. He cuidado de tus hombres, de la gente del campamento. Me lo debes. No me entregues…
—¿Vas a estarte quieta mientras conduzco? —Su voz es tan fría como sus ojos.
—Déjame bajar —respondo—. Puedes decir que he escapado, o que me has matado, o que he muerto en una de las incursiones. Déjame aquí.
—No.
Siento que una oleada de miedo empieza a recorrer mi cuerpo, dejándome sin fuerzas. No es morir lo que me asusta, sino el tormento que pueden infligirme hasta que llegue ese instante.
El sudor que me corre por la espalda no tiene nada que ver con el calor. De hecho, la noche es fría en el desierto.
—¿Adónde me llevas? —pregunto en voz baja.
Lo oigo soltar el aire y a continuación afloja la presa con la que mantiene mis brazos apresados. Cuando los dedos dejan de apretar, se convierten en piel que acaricia mi piel.
Me aparto al instante y cruzo los brazos por delante de mi pecho. No quiero que me toque, no quiero sentir su calor, su tacto… No quiero nada.
—Lejos de aquí —responde por fin.
Una risa breve se me escapa antes de que pueda evitarlo.
—Eso no significa nada. Lejos puede ser al campamento de Ag Alhassan.
Kader se encoge de hombros y coge de nuevo el volante con las dos manos.
—Podría —dice sin más.
Aprieto los labios y giro la cabeza lo justo para mirarlo de reojo, sin concederle más de lo necesario, analizando cada gesto, cada mínimo cambio en su expresión, buscando algo que me permita adivinar sus intenciones, pero no lo encuentro.
—Podría es una respuesta muy vaga —protesto—. Creo que me debes una explicación.
—No te debo nada, doctora. Solo hiciste lo que tenías que hacer.
La calma con la que lo dice me saca de quicio mucho más que cualquier amenaza.
Giro el cuerpo un poco más hacia él mientras siento cómo me hierve la sangre.
—Eres un hijo de puta.
—Lo sé —acepta con una sonrisa cínica.
Podría matarlo ahora mismo, con mis propias manos…
Aprieto los brazos sobre mi torso y clavo la mirada en el horizonte.
El cielo se está tiñendo de un precioso tono violeta que comienza a dibujar el contorno del desierto, y lo que hasta ahora me parecía terrorífico, de pronto se transforma en un espacio cálido y acogedor.
La arena naranja, la franja violácea bajo el cielo todavía oscuro, las estrellas que se empeñan en quedarse un rato más para ver cómo el sol se adueña del cielo.
La luna, todavía suspendida a un lado, esperando un minuto más antes de desaparecer.
Todo a mi alrededor es magia y belleza. Todo, excepto el hecho de que estoy prisionera dentro de un jeep del que no puedo escapar, en manos de un hombre en el que durante un instante fugaz creí poder confiar y que conduce directamente hacia el hombre que ha pagado por mí.
—Cuéntame en qué consiste el trato, quizá pueda… —empiezo.
—Ya no hay trato —me corta antes de que termine.
Lo miro fijamente.
—No te creo —replico.
—No es un problema de fe.
Me quedo en silencio un segundo, procesando la respuesta con los dientes apretados, buscando la trampa, el matiz, lo que no me está diciendo.
—Entonces, explícame qué coño estás haciendo.
—Conduciendo —responde sin más.
Lo miro, y soy incapaz de distinguir si está jugando conmigo o si esa es, de verdad, la única respuesta que está dispuesto a darme.
—No pienso quedarme contigo —digo—. En cuanto tenga una oportunidad, me largaré.
—No te he pedido que te quedes —contesta lacónico, con la vista fija en el desierto.
—No confío en ti, y no lo haré nunca —continúo.
—Me parece razonable.
Parpadeo.
No es la respuesta que esperaba, porque no es útil.
—Y en cuanto pueda, voy a largarme —insisto, más firme.
—También es razonable.
¿Por qué me está dando la razón? Ya sé que es un idiota, pero esto…
—Entonces, ¿qué quieres? —pregunto por fin.
Kader no responde. Sigue conduciendo como si nada, dando pequeños golpecitos de vez en cuando con los dedos en el volante. Como si estuviera…
—¿Estás cantando?
Sonríe y me mira durante una fracción de segundo.
—Sí, ¿quieres oír la canción? Puedo cantar en voz alta. Es mejor que escuchar cómo chirrían tus dientes.
Me quedo quieta un segundo. No sé si está bromeando o si me está provocando.
Me aprieto los costados con fuerza mientras intento comprender qué está pasando. ¿Se ha vuelto loco de verdad?
—Dime adónde vamos —le pido por enésima vez.
Él vuelve a mirarme.
—¿Qué más da? —responde—. No puedes hacer nada por evitarlo, así que cálmate y cállate.
Desde luego, sé que en ese momento sería perfectamente capaz de matarlo y, además, disfrutaría haciéndolo.