Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 31
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Adrien

El rastro es demasiado evidente como para suponerme un problema. Supongo que no era su intención, pero no ha tenido alternativa, porque la huida que ha emprendido no responde a una estrategia sino a un impulso.

Las marcas en la arena lo dicen todo si sabes leerlas: cambios bruscos de dirección que no obedecen a ningún criterio lógico, aceleraciones mal medidas que se corrigen demasiado tarde, zonas donde el peso del vehículo se ha vencido hacia un lado más de lo que debería porque quien lo conduce no ha sabido anticipar el terreno, y pequeños errores acumulados que, por separado, no significan nada, pero juntos dibujan un patrón claro nada halagüeño para Nora, porque está actuando sin pensar, y eso, aquí, marca la diferencia entre la vida y la muerte.

Reduzco la velocidad lo justo para observar sin perder tiempo, dejando que la mirada recorra el terreno con la atención que da la experiencia, y mientras avanzo reconstruyo no solo por dónde ha pasado, sino por qué lo ha hecho así, en qué momentos ha dudado, cuándo ha forzado el vehículo más allá de lo que sabe controlar y cuánto le queda antes de que ese margen, ya de por sí escaso, se agote por completo.

No va a llegar lejos.

No en estas condiciones, sin agua suficiente y sin una dirección clara.

Aprieto la mandíbula apenas un instante al ser consciente de que conclusión es que, si no la encuentro en un plazo razonable de tiempo, Nora se enfrentará a problemas muy serios, y ese punto está más cerca de lo que cree.

Amanece cuando acelero de nuevo, manteniendo un ritmo constante que me permita acortar distancia sin forzar el motor ni delatar mi posición antes de tiempo, y es entonces cuando la veo, no a ella, sino la luz de sus faros, una línea inestable en mitad de la oscuridad que sube y baja con el terreno y que confirma lo que ya sospechaba: no tiene ni idea de dónde está ni hacia dónde se dirige, porque en esa dirección va directa a uno de los campamentos de Ibrahim Ag Alhassan.

Apago mis luces y trazo una aproximación oblicua, evitando colocarme directamente detrás y reduciendo el ángulo hasta que la distancia deja de ser una variable relevante y pasa a ser simplemente un trámite, y cuando ya no queda nada que observar ni que ajustar y estoy tan cerca que le será imposible evitarme o esconderse, enciendo los faros.

El efecto es inmediato.

El jeep de Nora da un latigazo seco, como si hubiera recibido un golpe invisible, y durante ese instante en el que pierde el control, acelera.

No duda ni calcula, solo reacciona.

La veo forzar el vehículo más allá de lo razonable, derrapando en una zona donde la arena es más blanda, corrigiendo tarde, demasiado tarde, mientras el jeep pierde tracción y la trayectoria se vuelve errática, inestable, peligrosamente cerca de un vuelco que no sabría corregir si llega a producirse.

Acelero entonces, aunque no pretendo alcanzarla, sino cortarle el paso.

Cierro el ángulo y me coloco en paralelo el tiempo suficiente como para obligarla a decidir entre seguir forzando hasta romper el coche o frenar.

Como suponía, no se detiene. Otro error.

El jeep se hunde ligeramente en una zona irregular, rebota, pierde alineación y durante un segundo el mundo se inclina demasiado hacia un lado.

Ahí está el punto de ruptura.

Clavo el volante, me cruzo delante de su trayectoria y entonces sí… frena en seco.

El coche derrapa hacia un lateral, gira bruscamente y se detiene con un golpe seco que hace vibrar toda la estructura, como si hubiera estado a punto de deshacerse y se hubiera contenido en el último instante.

Me detengo a unos metros, lo suficiente para no invadir su espacio y, al mismo tiempo, para que entienda que huir ya no es una opción.

Luego apago el motor y el silencio que queda después es denso, casi físico, roto únicamente por el leve crujido del metal al enfriarse y el viento desplazando la arena en capas finas que apenas se perciben.

La puerta del jeep se abre de golpe y Nora baja con un movimiento rápido, tenso, demasiado cargado de energía como para ser completamente controlado, y en cuanto se gira hacia mí, lo que encuentro en su mirada no deja lugar a interpretaciones.

Es pura rabia.

—¡Quítate de en medio —grita, y da media vuelta para volver a subir al jeep.

—Se acabó —le digo.

En ese momento, Nora se detiene solo un segundo.

—No —me escupe—, no se ha acabado en absoluto.

En ese momento, salta hacia delante e intenta golpearme con el puño. Lo esquivo por poco, y le sujeto del brazo antes de que vuelva a intentarlo.

—Suéltame —me exige rabiosa mientras se revuelve.

Me lanza el otro brazo para intentar zafarse y me empuja con todas sus fuerzas. Tengo claro que no está dispuesta a ceder ni un centímetro.

—¡Suéltame, joder!

—No.

Me limito a observarla mientras ella se mantiene rígida, como si todo en su cuerpo estuviera preparado para reaccionar antes incluso de saber a qué.

—¿Qué vas a hacer? —me grita entonces—. ¿Vas a llevarme de vuelta al campamento y a encerrarme en algún sitio o me vas a entregar directamente?

Comprendo que no espere otra cosa, que no contemple otra posibilidad. En su lugar, yo haría lo mismo.

—Sube al coche —le ordeno sin más.

La risa que se le escapa es breve, seca, casi sin aire.

—Ni de coña. —Da un paso atrás, aumentando una distancia que aquí no significa nada, pero que necesita mantener para sostener algo más importante que el espacio—. No voy a volver contigo —añade, y esta vez hay algo más que rabia en su voz—. No voy a ir a ningún sitio contigo —insiste.

Asiento despacio, sin moverme.

—Entonces, quédate —replico.

Se queda quieta, desconcertada apenas un instante, lo suficiente para que la duda se filtre a su cara antes de que pueda controlarla.

—¿Qué?

—Que te quedes —repito, señalando con un gesto leve la oscuridad que se extiende detrás de ella, esa extensión uniforme que hace unos minutos representaba una salida y que ahora empieza a mostrar su verdadera naturaleza—.

Sigue conduciendo. A ver cuánto aguantas.

Pronto será de día, el sol te ayudará a orientarte antes de matarte.

No hay amenaza en mis palabras, no hace falta, porque lo que hay ahí fuera no necesita que yo lo explique.

Nora traga saliva en un movimiento apenas perceptible y durante un segundo su mirada se desvía hacia el jeep, hacia el horizonte, hacia ese espacio abierto que empieza a dejar de ser una idea para convertirse en un problema real.

—No necesito tu ayuda —dice al final, aunque su voz ya no suena igual. Le falta convicción.

—No —respondo con la misma calma—. Necesitas agua. Y combustible —añado—, y un mapa.

El silencio que sigue es más largo, más denso.

Nora no responde, así que doy un paso atrás, rompiendo la línea directa entre nosotros. No es una retirada, solo quiero demostrarle que hablo en serio cuando digo que la decisión es suya y solo suya. Me iré si me lo pide.

—Sigue —añado—. O sube.

No la miro ahora, y tampoco insisto. No voy a imponerle nada, solo quiero que entienda exactamente dónde está y qué implica cada opción, sin adornos, sin dramatismo, sin necesidad de dejar claro lo evidente.

Comprendo que no confíe en mí, tiene motivos, pero veo en su mirada que está empezando a confiar menos en lo que hay ahí fuera, y eso, de momento, es suficiente.

No le explico nada ni desmiento lo que cree. No corrijo la idea de que he venido a por ella para entregarla.

Todavía no es el momento, estoy seguro de que, diga lo que diga, no me creerá.

Y hace bien.

Nora no se mueve durante unos larguísimos segundos. Mantiene la mirada fija en mí, como si intentara leer lo que estoy pensando. Eso sí, la rabia sigue intacta en sus ojos.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —me pregunta cuando por fin se decide a hablar.

Frunzo el ceño.

—Sea lo que sea, no puedes hacer nada para evitarlo, ¿no crees?

—Claro que puedo —responde irónica—. Podría matarte.

Me echo a reír. La carcajada se me escapa sin que pueda controlarla, y en ese momento, Nora se agacha, coge un puñado de arena y me la lanza a la cara.

Su puño vuela después en dirección a mi estómago.

El golpe es duro y fuerte, me deja sin aliento durante un segundo, pero no es suficiente para noquearme.

Antes de que pueda volver a pegarme, me aparto, estiro una pierna y la cruzo por detrás de las suyas.

Nora cae al suelo de culo.

La miro un instante en silencio.

—Sube —le digo después, una vez más—. Me estoy cansando de jueguecitos, sabes que podría reducirte sin esfuerzo y meterte en el coche maniatada, así que será mejor que lo hagas por voluntad propia, ¿no crees?

Se levanta del suelo, se sacude el pantalón y se dirige hacia mi jeep.

—Esto no significa que hayas ganado —dice con la voz baja pero firme. No respondo, y ella se detiene a mi altura—. Si subo —añade—, no es porque confíe en ti.

—No te lo he pedido.

Sus labios se tensan apenas un segundo.

—Tengo una serie de condiciones —añade.

Una nueva carcajada está a punto de escapar de mi boca, pero la contengo a tiempo.

—¿En serio crees que estás en situación de poner condiciones? Sube —repito.

Durante un instante parece que va a decir algo más, pero se contiene.

Aprieta la mandíbula, se gira y abre la puerta.

Antes de subir, se detiene un segundo con la mano apoyada en el marco, como si necesitara asegurarse de que no está cometiendo un error irreversible. Luego, entra, cierra con un golpe seco y clava la vista en el horizonte.

Sé que lo que voy a hacer está mal, muy mal, pero no tengo otra opción.