30
Nora
Durante los primeros minutos, no pienso.
Y no porque no tenga nada en lo que pensar, sino porque el propio cuerpo se encarga de aplastarlo todo bajo una sola necesidad: avanzar, alejarme, no reducir la velocidad ni mirar demasiado el retrovisor por miedo a ver unas luces detrás de mí, una silueta conocida al volante de otro vehículo, la confirmación de que me han descubierto y de que todo esto no ha sido más que un simulacro breve de libertad antes de volver a caer en sus redes.
Por eso conduzco con las dos manos crispadas sobre el volante, con los hombros tensos y la vista fija en el haz de luz que rebota sobre la arena y los matorrales secos, sin atreverme todavía a aceptar que he salido, que el portón ha quedado atrás, que el campamento ya no está a mi espalda imponiéndome sus límites, sus rutinas, sus vigilancias constantes y, por supuesto, a su jefe.
Libre.
La palabra aparece sola, pero no llega a asentarse del todo.
Se queda flotando unos segundos en mi cabeza, extraña, provisional, demasiado ligera para lo que realmente significa, y enseguida se mezcla con el rugido irregular del motor, con el traqueteo del jeep sobre el terreno y con la adrenalina que no me permite pensar con claridad, pero sí mantener el pie hundido en el acelerador como si la distancia pudiera resolver por sí sola todo lo demás.
La noche me envuelve por completo en cuanto dejo atrás los últimos signos del campamento, porque más allá de ese perímetro artificial no hay nada. Solo está el desierto, abierto e inmenso, extendiéndose más allá de donde alcanza la vista y haciendo que me sienta realmente pequeña e insignificante.
Sigo avanzando, aunque no sé hacia dónde.
Eso no me detiene al principio.
No debería hacerlo, me digo, porque cualquier dirección es mejor que quedarme, cualquier kilómetro de más entre él y yo es un paso en la buena dirección, porque no voy a dejar que me entregue como si fuera un paquete, una moneda de cambio, una pieza más dentro de una cadena de favores y deudas ajenas.
Aprieto los dientes.
La rabia me mantiene erguida cuando el miedo intenta colarse por debajo.
Porque sigo enfadada. Más que eso, sigo furiosa.
Con Kader, por supuesto, pero también conmigo, con la forma en que empecé a bajar la guardia, con la facilidad con la que permití que ciertas cosas dejaran de parecerme impensables.
El beso. La cena. La conversación junto al fuego.
La forma en que, durante unos minutos, me olvidé de que seguía siendo su rehén y empecé a mirarlo como si fuera algo más que el hombre que había decidido secuestrarme.
Eso es lo que no me perdono.
Que no me engañó con palabras bonitas, ni con promesas, ni con una máscara amable que luego se revelara falsa.
Lo hizo peor: me dejó ver lo bastante como para que yo misma construyera algo que no estaba ahí, una posibilidad, una versión de él que quizá existía en parte, pero que no cambiaba lo esencial.
Debía entregarme «según lo pactado».
La frase vuelve una y otra vez, y dejo que me atraviese de nuevo porque la necesito, porque es el único antídoto real contra la parte de mí que todavía intenta buscar explicaciones, matices, excusas que encajen mejor con lo que sentí a su lado.
No las hay.
No puede haberlas.
El jeep da un bandazo al pasar sobre un tramo de arena más blanda y tengo que corregir con rapidez, tensando los brazos hasta notar cómo protestan los músculos de los hombros.
El vehículo derrapa apenas un segundo antes de recuperar la trazada, pero ese segundo es suficiente para recordarme que voy demasiado rápido para un terreno que no conozco y que una sola decisión torpe, un volantazo mal dado o una duna peor calculada bastarían para matarme sin necesidad de que nadie me persiga.
Me cuesta levantar el pie del acelerador, pero me obligo a ir un poco más despacio. La cuestión es que reducir la velocidad significa empezar a ver lo que me rodea con más claridad, y lo que me rodea no me gusta en absoluto.
No hay referencias, carretera ni señales, solo franjas de arena oscura, manchas de piedra, arbustos bajos y esa sensación cada vez más incómoda de que podría estar girando en círculos sin saberlo, de que la dirección que he elegido en un impulso de pura necesidad no me conduce a ninguna parte concreta, solo lejos de otra que me resultaba intolerable.
Miro el salpicadero y compruebo los niveles de combustible y de agua, y por primera vez noto una presión fría y limpia en el estómago que no tiene nada que ver con Kader, con la traición o el enfado, sino con algo mucho más simple y peligroso: la aritmética de la supervivencia.
No sé cuánto combustible lleva el coche, y no tengo ni idea de la distancia que he recorrido. No sé a cuántos kilómetros está el asentamiento más cercano, ni si al llegar seré recibida como una mujer en apuros o como una intrusa de la que conviene librarse.
Tampoco sé quién controla esta zona del desierto, ni cuántos hombres de Ag Alhassan, o de cualquier otro señor de la guerra, pueden estar moviéndose por las rutas que yo ni siquiera veo.
Aprieto más el volante, molesta por el modo en que mi propia cabeza empieza a enumerar cada agujero del plan con una lucidez irritante.
No porque tenga razón —que la tiene—, sino porque me obliga a enfrentarme a una verdad que preferiría posponer un poco más: he huido sin un destino claro, sin apoyo, sin agua suficiente y sin ninguna garantía de que lo que me espera fuera del campamento sea mejor que lo que he dejado atrás.
No significa que me haya equivocado, me niego a pensarlo, pero tampoco significa que esto sea sencillo.
Las luces del jeep recortan una elevación de arena más alta que las anteriores y giro demasiado tarde, así que la rueda delantera derecha sube más de la cuenta, el vehículo se inclina con violencia y durante un instante absoluto, breve y monstruoso, siento con total claridad que voy a volcar.
El tiempo se ralentiza.
Suelto un juramento entre dientes, corrijo por instinto, tiro del volante hacia el lado contrario y noto cómo el jeep patina, se desliza, se inclina un poco más y luego, por fin, golpea el suelo con una sacudida brutal que me lanza contra el respaldo y me deja sin aire durante un segundo.
Freno y espero.
El motor sigue encendido, vibrando como si también él necesitara unos segundos para convencerse de que seguimos en pie.
Yo también necesito un momento.
Me quedo inmóvil, con las manos aferradas al volante y la respiración demasiado rápida, mirando al frente sin ver realmente nada, mientras el miedo llega por fin de una forma distinta a la que esperaba.
No entro en pánico, no me paralizo. Simplemente, tomo conciencia de la fragilidad de todo esto, de lo absurdo que sería morir sola en mitad de la nada por no haber querido aceptar que un plan desesperado sigue siendo un mal plan aunque la desesperación lo haga parecer inevitable.
Respiro una vez, y otra.
Luego aparto una mano del volante y me obligo a revisar el resto del interior del coche.
Encuentro una cantimplora a medio llenar, una manta polvorienta, una cuerda, dos cargadores que no me sirven de nada porque no llevo arma, y una linterna de mano que quizá tenga batería o quizá no. No es mucho, pero es algo.
Bebo un sorbo mínimo de la cantimplora y vuelvo a cerrar el tapón con cuidado.
Sigue sin haber nada a mi alrededor, ni luces lejanas, ni señales de vida, ni una sola referencia fiable.
Estoy sola, y la libertad se parece cada vez menos a esa palabra limpia y orgullosa que apareció en mi cabeza al principio y cada vez más a algo más sucio, más precario, una extensión vacía en la que cualquier error se cobra rápido y sin testigos.
Apoyo la frente un instante sobre el volante y cierro los ojos.
No pienso en volver, ni siquiera me permito formularlo, pero sí aparece otro pensamiento, más pequeño y traicionero, que intento expulsar nada más nacer y que, aun así, deja su rastro.
En el campamento, al menos, conocía las reglas.
Abro los ojos de golpe y levanto la cabeza, furiosa conmigo misma. Me niego a convertir un cautiverio en un refugio porque el desierto sea peor de lo que esperaba. No voy a darle la razón en nada solo porque el exterior sea hostil, ni voy a permitir que mi miedo confunda las cosas hasta ese punto.
Sigo enfadada y me siento traicionada, y sé que, si me hubiera quedado, tarde o temprano habría acabado en manos de otro hombre dispuesto a convertirme en herramienta o en trofeo, y eso basta.
Cojo el volante con decisión, me pongo en marcha otra vez con más cuidado y dejo que el jeep avance despacio al principio, tanteando el terreno, corrigiendo la dirección con prudencia.
La noche se hace más profunda, y el cansancio empieza a filtrarse por debajo de la adrenalina.
Además, a medida que sigo avanzando sin saber muy bien hacia dónde, se instala una verdad que no quiero mirar de frente pero que ya no puedo ignorar: no estoy segura de ser capaz de sobrevivir aquí.
Voy desarmada, no tengo mapas, un teléfono ni más agua que lo que queda en la cantimplora.
De hecho, ni siquiera sabría volver si me lo propusiera.
Aprieto el volante, fijo la vista en la línea de luz que se abre delante de mí y sigo conduciendo, porque detenerme aquí sería peor, y todavía prefiero este miedo al otro. De momento, la rabia sigue siendo combustible suficiente.
Lo que he empezado a entender es que huir no era el final de nada.
Era solo el principio.