Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 29
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Adrien

Uno de los guardias me avisa por radio de que había pasado algo en la zona de los vehículos. Malik y yo nos dirigimos hacia el puesto y salimos al aparcamiento de arena. En efecto, hay un espacio que debería estar ocupado y no lo está.

—Falta uno —dice Malik a mi espalda, confirmando lo que ya sé antes de que tenga que señalarlo—. El último de la fila.

Asiento despacio, sin apartar la vista del hueco.

No pregunto quién lo ha sacado, no hace falta.

El tipo de error que implicaría que uno de los nuestros se lleve un vehículo sin avisar no es compatible con la forma en que funciona este sitio.

Aquí nadie se mueve ni actúa sin que yo lo sepa, nadie cruza el perímetro sin que alguien lo registre y, por supuesto, no se lleva un coche sin pedir antes permiso.

Salvo que no quiera ser visto y sepa cómo robarlo, porque las llaves siguen en poder del guardia.

Me giro sin decir nada y empiezo a caminar en dirección a su cabaña, con Malik siguiéndome a un paso de distancia, en silencio, como si entendiera que este no es un momento para preguntas.

El campamento está tranquilo. Las luces dispersas, el murmullo bajo de las conversaciones, el sonido lejano de un generador… Todo sigue en su sitio, pero yo sé que no es así.

Empujo la puerta de la cabaña sin llamar.

Como suponía, está vacía.

Veo el catre deshecho, una manta mal doblada, el vaso de metal sobre la mesa con un resto de agua. No hay signos de lucha, ni de prisas, no hay nada roto, nada fuera de lugar.

Se ha ido porque así lo ha decidido.

Cierro la puerta despacio, como si ese gesto pudiera contener algo que ya no está allí.

—¿La doctora se ha largado? —pregunta Malik, aunque sabe la respuesta.

No contesto.

Me quedo quieto un segundo más, dejando que la imagen se fije, que todos los detalles se coloquen en su sitio y que cada pieza encaje donde tiene que encajar sin necesidad de forzarla.

Los guardias me han dicho que han visto salir a dos comerciantes y a una mujer árabe, y juran que Vaillant no ha cruzado la puerta. No, claro que no. Al menos, no como ellos la conocen.

Pienso en el hiyab y en lo útil que resulta cuando se quiere pasar desapercibido en un lugar como este. Y pienso en Amina, pero al instante decido dejarla al margen. La haya ayudado o no, hablar con ella la colocaría en una situación muy difícil con los suyos.

Salgo de la cabaña sin decir nada y vuelvo sobre mis pasos. No necesito correr, ella ya está fuera, y fuera solo está el desierto.

—Podemos alcanzarla —dice Malik cuando se coloca a mi lado—. No puede haber ido muy lejos. Sabemos por dónde ha salido y podemos seguir el rastro, el viento está tranquilo esta noche.

Lo sé, pero también sé que Nora no es simplemente una doctora, es una militar entrenada capaz de mantener la calma en situaciones adversas y de pensar con lógica en cualquier circunstancia.

Lo sé con la misma claridad con la que sé que no ha elegido una dirección al azar.

No se deja llevar por el instinto. Responde al cálculo.

Eso la hace más difícil de encontrar, pero más fácil de entender. Y si la entiendo, daré con ella.

—¿Quieres que avise a los puestos? —pregunta Malik—. Podemos cerrar el perímetro exterior, enviar dos coches…

Niego sin mirarlo.

—No.

El silencio que sigue es breve, pero lo suficientemente denso como para que note cómo Malik gira la cabeza hacia mí.

—Entonces… —empieza.

No termina la frase. No hace falta.

Seguimos caminando hasta mi cabaña y entro sin invitarlo, sabiendo que va a seguirme igualmente. Cierro la puerta y voy directamente a la mesa, donde el mensaje sigue donde lo dejé.

Lo cojo entre los dedos y lo sostengo un instante sin leerlo, porque no necesito hacerlo. Cada palabra está fijada en mi cabeza con total precisión. Exigen la entrega de la rehén sin negociación, y lanza una amenaza en absoluto velada

—La encontramos, la entregamos y se acabó —dice Malik a mi espalda—. Nadie tiene que saber que se ha escapado y, de esa forma, nadie pierde nada.

Nadie pierde nada.

La frase se queda suspendida en el aire con un peso que no es el que él cree.

Durante unos segundos, no digo nada, solo observo el papel.

Es el tipo de acuerdo que he cumplido siempre sin cuestionarlo, porque funciona, porque mantiene el equilibrio, porque es lo que permite que todo esto siga en pie.

Y porque es lo que soy. O lo que he sido hasta ahora.

Doblo la hoja con cuidado, como si fuera a guardarla, pero en

lugar de eso, la rompo.

Los fragmentos no hacen ruido cuando caen sobre la mesa.

Malik no se mueve.

—¿Qué haces? —pregunta al final.

—Ese trato ya no existe —le confirmo—. Escribiré un mensaje inmediatamente comunicándole mi decisión, le devolveré el anticipo y añadiré una cantidad igual por las molestias. Ag Alhassan solo quiere dinero, se conformará.

—Sabes que no lo hará. Quiere a la militar para presionar al gobierno francés, el dinero le importa una mierda, al menos en este caso. No puedes hacer eso —insiste, dando un paso adelante—. No con ese hombre. Sabes lo que implica.

Sí, soy consciente de lo que puede desencadenar esto.

—Lo sé —le confirmo.

—Entonces, ¿qué estás haciendo? —su tono suena desesperado.

Sostengo su mirada un segundo más, lo suficiente para que entienda que no voy a añadir nada, que esto no es una discusión ni una decisión abierta a negociación.

—No vamos a entregarla —digo para zanjar la discusión.

Malik aprieta la mandíbula, y por primera vez desde que lo conozco, es incapaz de disimular que no está de acuerdo conmigo.

—Esto nos coloca en una posición muy complicada y peligrosa —añade.

Mientras él va de un lado a otro de la estancia, conecto el ordenador a la señal por satélite y le escribo a Ag Alhassan un escueto mensaje que envío de inmediato.

—Está hecho —anuncio.

Malik se tensa y se pasa la mano por la cabeza. Va hasta la ventana, vuelve, rodea la mesa y se detiene frente a mí. Su mirada se ha oscurecido.

—Entonces —dice por fin—, habrá que prepararse.

Asiento.

—Gracias —respondo.

Eso sí es algo que podemos controlar.

Me levanto y cojo el arma de la mesa. Compruebo el cargador por pura inercia mientras mi cabeza ya está en otra parte, en otro punto, en una línea que se extiende más allá del perímetro del campamento.

No miro a Malik cuando hablo, sigo preparando lo que necesito.

—Voy a salir.

—Sabía que dirías eso. ¿Quieres que vaya contigo?

—No.

Camino hacia la puerta y la abro, dejando que el aire de la noche entre de golpe, seco, cargado de polvo.

—Jeje —dice Malik antes de que salga. Me detengo y me giro para mirarlo—, ten cuidado.

—Ocúpate de las defesas, Ibrahim vendrá.

—Lo haré, pierde cuidado.

Salgo de la cabaña y cierro detrás de mí.

El campamento sigue en su sitio, como si no hubiera pasado nada, como si no fuera a pasar algo quizá peor.

Las luces, las sombras, la falsa sensación de estabilidad.

Cruzo el espacio hasta el primer jeep sin mirar a nadie y sin vacilar. Arranco el motor y dejo que el sonido rompa el silencio de la noche. No necesito que me digan por dónde se ha marchado, no necesito rastros visibles.

Sé cómo piensa, sé cómo se mueve, sé lo que yo habría hecho en su lugar.

Y, por primera vez desde que la traje aquí, eso no es una ventaja, es un problema.

Acelero sin encender las luces, dejando que la oscuridad se abra delante de mí mientras el campamento queda atrás y el terreno se vuelve irregular bajo las ruedas, inestable, impredecible, exactamente como todo lo demás ahora.

No sé cuánto tiempo ha pasado.

No sé qué distancia ha podido cubrir.

No sé si voy a encontrarla.

Pero hay una cosa que sí tengo clara.

No voy a dejar que esto termine así.