Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 28
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Nora

Camino por el campamento sin sentir los pies, con la nota todavía ardiéndome en la memoria, cada palabra clavándose con una precisión quirúrgica que no deja espacio para la duda ni para el consuelo, y mientras avanzo entre las tiendas, los hombres, el polvo y el ruido constante, lo único que soy capaz de pensar es en una frase que se repite como un eco sordo, insistente, imposible de ignorar.

Entregue a la doctora según lo pactado.

No hablan de rescate ni de negociación.

Entrega.

Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula, porque hay una parte de mí que todavía intenta encontrar una explicación alternativa, una interpretación menos brutal, algo que encaje con lo que he visto, con lo que he sentido, con lo que… con lo que creía estar empezando a entender.

Pero no la hay.

Lo encuentro donde esperaba encontrarlo, solo, revisando una de las posiciones cercanas al perímetro con una concentración absoluta.

Durante un segundo me quedo quieta, observándolo, mientras la furia se convierte en un volcán en mi interior. Aprieto los puños y me dirijo hacia él lo más deprisa que puedo.

Él levanta la cabeza poco antes de que llegue, como si hubiera sentido mi presencia mucho antes de verme, y durante un instante nuestras miradas se cruzan sin palabras. Lo que ve en mis ojos hace que se enderece por completo y me espere de frente.

No digo nada cuando me sitúo a medio metro de él. Simplemente, levanto la mano y le lanzo una fortísima bofetada que lo obliga a girar la cara.

Frunce el ceño y me mira, pero no se mueve ni hace ademán de devolverme el golpe, así que lo abofeteo de nuevo con todas mis fuerzas.

Cuando me preparo para pegarle de nuevo, mueve por fin la mano y me rodea la muñeca, inmovilizándome, así que le lanzo una patada lo más alta que puedo. Le doy en el muslo.

Me retuerzo para liberarme y seguir luchando cuando Kader decide que es suficiente.

—¡Basta! —grita—. ¡Estate quieta! ¿Qué coño te pasa?

—¿Que qué coño me pasa? —grito yo también mientras sigo intentando soltarme—. ¡Me has vendido! ¡Vas a entregarme a un hombre que me torturará y me matará, y lo sabes! Eres un hijo de puta… —añado entre dientes.

Estoy temblando de pies a cabeza mientras él me mira impasible y sigue reteniéndome con decisión.

—¿Cuándo? —le pregunto.

—Nora… —Su voz suena grave, apagada.

—¿Cuándo? —repito, sin subir la voz, pero sin dejarle margen para esquivarlo—. ¿Cuándo piensas entregarme?

Se le tensa la mandíbula mientras valora si puede soltarme o no. Ojalá lo haga, lo mataré…

—No es tan simple —dice por fin.

Una risa seca, breve, casi sin aire, se me escapa antes de que pueda evitarlo.

—Claro que lo es. Me has vendido.

Doy un paso atrás y, por fin, él me suelta, aunque permanece alerta por si decido atacar de nuevo.

—¿Cuánto valgo? —le pregunto ahora.

En ese momento, algo cambia en su expresión.

—No es una cuestión de…

—Lo es —lo corto—. Siempre lo ha sido, ¿no?

Desde el principio. Curo a tus heridos, me ocupo de los enfermos y después, adiós, doctora Vaillant.

Ag Alhassan la espera. —Siento el pulso acelerado en el cuello y la imperiosa necesidad de golpearlo otra vez, pero consigo controlarme—.

Me secuestrasteis por algo —continúo—. Me trajisteis aquí por algo.

Me mantuvisteis viva por algo. —Cada palabra encaja con la siguiente como una pieza más de un mecanismo que no puedo detener—. Y ahora sé por qué.

Él da un paso hacia mí.

—Te mantuve viva porque eras útil aquí —dice simplemente.

—Claro —murmuro, asintiendo despacio—. Útil. Hasta que deje de serlo.

Otra vez, el silencio es su respuesta.

Aprieto los puños y lo miro con furia.

—¿Ibas a decírmelo?

Él me sostiene la mirada sin apartar los ojos.

—No.

No hay excusas ni rodeos. Casi debería darle las gracias, pero lo que hago es romperme por dentro.

Asiento despacio. La pieza final ya está en su sitio.

—Perfecto, ya está todo claro.

Doy un paso atrás, y luego otro.

El espacio entre nosotros se abre, pero el dolor y la furia es el mismo.

—Nora…

—Capitana Vaillant —le corrijo de inmediato.

Luego, adopto una pose marcial con los hombros hacia atrás y la barbilla levantada antes de seguir hablando—.

Exijo conocer los detalles del trato al que ha llegado, y que se ponga en contacto con mi destacamento para iniciar una negociación por mi liberación.

Mientras tanto —continúo—, permaneceré en la cabaña que me han asignado.

No vuelva a acercarse a mí, no me traiga comida ni me dé órdenes.

No atenderé a los heridos o enfermos, excepto a los civiles, y lo haré en el interior de la cabaña.

Me doy la vuelta antes de que pueda responder y regreso al campamento.

Cada paso es más rápido que el anterior, más firme, más decidido, mientras todo dentro de mí se reorganiza a una velocidad brutal y comienzo a pensar en la única salida posible.

No puedo quedarme; no, sabiendo lo que él ha decidido hacer conmigo. Si lo hago, estoy muerta.

Paso por delante de las tiendas sin mirar atrás. No veo a la gente ni oigo las voces. Solo pienso, pienso…

Y en algún punto entre un paso y el siguiente, la decisión deja de ser una idea y se convierte en algo sólido, irreversible, que se instala en mi cuerpo como una orden que no admite discusión.

No voy a esperar a que me entregue y tampoco voy a negociar. No voy a dejarle decidir cómo termina esto.

Si soy mercancía, no voy a estar aquí cuando vengan a recogerme.

Aprieto el paso y el pulso se me dispara.

La noche empieza a caer, y por primera vez desde que llegué a este lugar, no pienso en sobrevivir aquí dentro.

Pienso en salir. Cueste lo que cueste.

Especialmente si eso significa no volver a verlo nunca más.

No voy a la cabaña. No podría quedarme allí ni un minuto sin sentir que estoy esperando a que vengan a buscarme, a que todo lo que acabo de descubrir se convierta en algo irreversible, tangible, imposible de esquivar.

Sigo caminando y atravieso el campamento sin un rumbo claro al principio, con el pulso desbocado y la respiración demasiado rápida, como si mi propio cuerpo hubiera entendido antes que yo lo que tengo que hacer y estuviera intentando arrastrarme en esa dirección.

Encuentro a Amina en la enfermería, inclinada sobre uno de los heridos, y durante un segundo siento una punzada extraña, algo parecido a la culpa, como si estuviera a punto de traicionarla.

—Amina —la llamo en voz baja.

Ella levanta la cabeza y, en cuanto me ve, sé por su expresión que ha visto en mi cara que algo no va bien.

—¿Qué ocurre? —pregunta cuando se acerca.

No puedo explicárselo, no hay tiempo, y tampoco sabría por dónde empezar.

—Necesito que me ayudes —respondo.

Duda apenas un segundo y luego asiente.

—¿Qué necesitas?

La miro a los ojos, consciente de que esto es lo único que voy a pedirle, porque no puedo arrastrarla conmigo más allá de este punto. Es una petición sencilla, pero puede comprometerla igualmente.

—Un hiyab.

Su ceño se frunce ligeramente.

—¿Para qué?

No respondo de inmediato.

—Es mejor que no lo sepas, pero nadie sabrá nunca que me lo has dado tú. Por favor…

El silencio que sigue es breve, pero denso.

Amina me observa con una mezcla de preocupación y comprensión que me incomoda más de lo que debería, como si en el fondo ella ya supiera que esto iba a pasar en algún momento.

—Es peligroso —dice al fin.

Asiento. No necesito que me lo explique.

—No puedo quedarme —susurro—. Me matarán.

No dice nada más.

Se gira, rebusca entre unas telas dobladas y saca un hiyab oscuro, discreto, de los que usan la mayoría de las mujeres del campamento, y me lo tiende sin preguntas innecesarias y sin intentar convencerme de nada.

—Gracias.

La palabra se queda corta, pero es lo único que tengo.

Me coloco la prenda con unas manos que tiemblan ligeramente al principio, torpes, poco acostumbradas, hasta que consigo ajustarlo lo suficiente como para que cubra el pelo y parte del rostro y que, en la distancia y en la oscuridad, nadie pueda distinguirme de cualquier otra mujer del campamento.

Amina me observa en silencio antes de darme un fuerte abrazo.

—No vuelvas —me dice al oído.

Nos miramos a los ojos un segundo más y asiento.

Luego me doy la vuelta y me marcho sin decir adiós. Creo que me rompería si lo hiciera y no me puedo permitir ni un momento de debilidad.

El campamento cambia cuando cae la noche. Los sonidos se apagan en parte, las sombras se alargan y el movimiento se vuelve más disperso, menos vigilado en apariencia, aunque sé que es una ilusión, que hay ojos en todas partes, que no puedo permitirme un solo error.

Camino despacio, integrándome en el flujo de gente que se mueve de un lado a otro, manteniendo la cabeza ligeramente inclinada, evitando miradas directas e imitando los gestos que he visto tantas veces en las mujeres que viven aquí, en su forma de ocupar el espacio sin llamar la atención.

El portón está más lejos de lo que me gustaría, y también, más expuesto.

Dos de los comerciantes que llegaron esa mañana se están preparando para marcharse. Reconozco sus vehículos. Están revisando y asegurando la carga antes de marcharse, ajenos a todo lo demás, centrados únicamente en su propio trayecto.

Me acerco lo justo para que mi presencia no resulte extraña, pero sin invadir su espacio y, sobre todo, sin correr. No puedo precipitarme, debo mantener una distancia que me permita formar parte del movimiento sin ser el centro de él.

Nadie me detiene ni me mira dos veces.

Espero el momento, y en el instante exacto en el que la atención de los guardias se dispersa un segundo, cuando uno se gira para decirle algo al otro, que está revisando un documento y el ruido del motor que espera oculta cualquier sonido que yo pueda hacer, me muevo.

Cruzo el portón con el pulso latiéndome en los oídos, consciente de cada centímetro de espacio que dejo atrás, de cada paso que me acerca a la libertad.

Como suponía, los guardias ni siquiera levantan la vista cuando ven pasar a una mujer.

Rodeo la hilera de vehículos hasta llegar al último, medio oculto por una estructura semiderruida y lo suficientemente lejos como para que, cuando lo oigan, no tengan tiempo de alcanzarme.

Perfecto.

Abro la puerta, que no está cerrada, me deslizo dentro y cierro con cuidado, conteniendo la respiración un segundo mientras el silencio se impone a mi alrededor, como si todo dependiera de ese instante, de ese pequeño espacio en el que todavía no ha pasado nada.

Miro el volante y libero los cables que hay bajo el panel.

No es complicado. Mis manos actúan casi sin necesidad de que mi cerebro les dé órdenes. Ya lo he hecho antes, aunque nunca para llevarme efectivamente un vehículo. La formación militar incluye prepararnos para situaciones de emergencia y supervivencia, y esta es una de ellas.

Trago saliva y junto los cables, pero no pasa nada.

—Vamos… —mascullo entre dientes.

El pulso descontrolado interfiere en mis movimientos, tengo que tranquilizarme.

Lo intento de nuevo, y de nuevo, nada.

Mierda.

Respiro hondo y pruebo otra vez.

Esta vez, el motor responde con un rugido seco que me parece ensordecedor en medio de la noche.

No espero. Embrago, meto primera y acelero.

Salgo sin luces, sin mirar atrás, sintiendo cómo el vehículo responde de forma irregular al principio, cómo las ruedas levantan polvo y el campamento empieza a quedar atrás mientras avanzo hacia la oscuridad abierta del desierto.

No freno ni enciendo los faros para dificultar que me localicen. Tampoco pienso, solo conduzco, y durante unos segundos eternos, espero el disparo, los gritos, el alarido de la alarma, cualquier cosa que indique que me han descubierto y vienen a por mí, pero no pasa nada.

Y cuando, por fin, me atrevo a mirar el retrovisor… no veo nada.

Solo oscuridad. La silueta lejana del campamento que empieza a desaparecer poco a poco.

Espero un poco más, hasta que sé que estoy lo bastante lejos y soy invisible para ellos.

Entonces, y solo entonces, enciendo las luces.

El haz ilumina el terreno irregular frente a mí, la inmensidad vacía que se extiende en todas direcciones, y durante un segundo, uno muy breve, la realidad se impone con una claridad brutal.

Estoy sola en mitad de la nada.

No tengo un plan ni recursos. Ni siquiera sé exactamente hacia dónde voy.

Pero soy libre.

Aprieto el volante con fuerza y acelero un poco más, como si pudiera dejar atrás no solo el campamento, sino todo lo que ha pasado dentro de él.

Como si pudiera dejarlo a él atrás también.

Aunque, incluso ahora… incluso con kilómetros de distancia entre nosotros… sigo sintiendo su presencia como algo adherido a la piel, imposible de ignorar, imposible de arrancar del todo.

Y eso me asusta tanto como que lo que pueda haber ahí fuera.