27
Nora
Hay días en los que el cuerpo funciona por pura inercia, como si alguien hubiera desconectado la parte de mí que siente y hubiera dejado encendida solo la que actúa, y entonces todo resulta más fácil, porque no hay espacio para pensar demasiado, para cuestionar ni para recordar.
Hoy no es uno de esos días. Hoy, todo está demasiado presente.
El beso, mi respuesta…
Su despedida
Aprieto los labios mientras termino de vendar el brazo de un hombre y hago un nudo firme antes de apartarme y darle una indicación rápida a Amina para que le indique que no debe quitárselo antes de tiempo.
Ella asiente con esa eficacia silenciosa que ha ido desarrollando en las últimas semanas, y durante un segundo me aferro a eso, a lo que sí funciona, a lo que puedo controlar.
Pero no dura demasiado, porque en cuanto tengo un segundo libre, en cuanto dejo de moverme, vuelve el recuerdo y el calor, la certeza incómoda de que no fue unilateral, no fue solo él.
Respiro hondo y me obligo a girarme hacia la siguiente persona que espera en la cola.
—Doctora.
La voz me llega desde atrás, suave, ligeramente forzada.
Me giro y encuentro a Rasha apoyada en la entrada, con el peso cargado sobre una pierna y una mueca de dolor.
—¿Qué te ha pasado? —pregunto, acercándome.
—Nada grave, espero —responde, dejando que su brazo caiga sobre mis hombros con una familiaridad que no me gusta—. He pisado mal y me he torcido el pie.
Asiento y la ayudo a llegar hasta una de las sillas libres. Me agacho frente a ella y le retiro la bota con cuidado, observando la articulación mientras palpo con los dedos.
No hay inflamación ni distensión. No hay nada.
Levanto la vista y la sorprendo mirándome con una sonrisa.
—Eres muy buena en lo que haces —dice, como si eso fuera lo importante.
—No tienes nada —respondo, sin devolverle la sonrisa—. Habrá sido solo un mal apoyo.
—Me lo imaginaba.
Vuelvo a mirarla, esta vez con más atención.
—Entonces, ¿para qué has venido?
Rasha se encoge de hombros con una naturalidad ensayada y se inclina ligeramente hacia mí, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Quería verte —dice sin disimulos.
Se toma su tiempo antes de continuar, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—Adrien habla mucho de ti.
—¿Quién? —pregunto innecesariamente.
—Kader —puntualiza—. Se llama Adrien, ¿no lo sabías? Yo lo llamo así.
Siento algo moverse dentro de mí y me esfuerzo en ignorarlo
—No creo que sea cierto —respondo, volviendo a colocarle la bota.
—Más de lo que imaginas.
Hay algo en su tono que no encaja con una simple observación. El tono no es de una persona celosa, y tampoco me está acusando de nada. Entonces, ¿qué quiere?
—Tiene buen ojo —añade—. Siempre lo ha tenido.
Levanto la cabeza.
—¿Siempre? —Intento sonar despreocupada, pero no sé si lo consigo.
—Sí —dice, como si fuera evidente—. Para elegir a quién tener cerca. Tenemos algo especial —continúa ante mi silencio, apoyando la espalda en la silla—. Él y yo.
Bajo la mirada un segundo, lo justo para darme un margen mínimo para componer la cara de póker antes de volver a levantarla.
—Me alegro por vosotros —respondo.
Rasha sonríe.
—Es un hombre extraordinario —continúa—. Difícil, complicado. Pero cuando decide algo, no cambia de opinión.
No estoy entendiendo nada y mi paciencia tiene un límite. Hay mucha gente esperando.
—¿Y eso a qué viene? —pregunto, manteniendo el tono neutro.
Rasha se inclina un poco más hacia mí, como si estuviéramos compartiendo un secreto.
—A que es una pena que no vayas a quedarte más tiempo.
El mundo se detiene un segundo.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —responde con una ligereza fingida—.
Solo que estás haciendo un trabajo increíble aquí.
—Se levanta antes de que pueda insistir, apoyándose con teatralidad en la pierna que supuestamente le dolía—.
Pero ya sabes cómo funciona esto —añade—.
Para Adrien, lo primero es lo primero. —Se detiene un segundo y me mira—.
Y por encima de todo está el trabajo y su palabra.
No dice nada más. No hace falta.
Se da la vuelta y sale de la enfermería con la misma naturalidad con la que ha entrado, dejando tras de sí una sensación incómoda que soy incapaz de procesar.
Durante unos segundos, me quedo inmóvil. Luego, sin decirle nada a Amina ni dar explicaciones, me limpio las manos con un gesto automático y salgo.
No quiero detenerme a pensar, porque si lo hago, puede que me eche atrás, y necesito saber de qué coño está hablando Rasha.
El camino hasta el despacho de Kader se me hace más largo de lo habitual, como si corriera a cámara lenta.
La puerta está entreabierta, pero no hay nadie dentro.
Me detengo en el umbral un segundo y valoro la posibilidad de dar la vuelta y regresar más tarde, pero me quedo y entro.
El espacio es exactamente como lo recuerdo: pequeño, desordenado, funcional. Hay papeles apilados sin orden aparente, cajas abiertas, mapas desplegados, restos de una actividad constante.
Cierro la puerta sin hacer ruido y me acerco a la mesa.
No debería estar haciendo esto, lo sé, pero no me detengo.
Empiezo por lo más visible, los documentos que están encima, y los reviso con rapidez, sin detenerme demasiado en nada que no tenga que ver conmigo, buscando algo que no sé exactamente qué es, pero que sé que reconoceré en cuanto lo vea.
Un mapa, una lista de nombres, cifras…
Nada.
Abro un cajón y luego otro. Hay papeles doblados y notas sueltas.
Hasta que encuentro una carpeta con información sobre mí. Veo mi expediente militar, mi foto, un resumen de mi vida civil y un papel doblado por la mitad.
Lo abro y comienzo a leer. Es una copia de un email recibido hace pocas semanas, cuando yo ya estaba allí.
El plazo ha vencido.
Entregue a la doctora según lo pactado.
No me obligue a interpretar su silencio como una ruptura del acuerdo.
Sabe lo que eso implicaría.
La firma hace que me estremezca. Ibrahim Ag Alhassan, uno de los señores de la guerra más sanguinarios de la zona. Conozco ese nombre, uno de los objetivos del destacamento francés es precisamente localizarlo y detenerlo, o al menos, neutralizar su actividad.
Ag Alhassan me reclama a mí.
Miro la mano en la que sostengo el dosier. No es información que hayan recopilado cuando ya estaba aquí. Vinieron a por mí, el objetivo del asalto a la base era yo. Me secuestraron por encargo, y ahora me van a entregar al comprados.
Recuerdo lo que Rasha me ha dicho: lo más importante para Kader es el trabajo y su palabra. Él dio su palabra, y va a cumplirla. Solo sigo viva porque le soy útil, pero ahora debe entregarme si no quiere tener problemas. Y, desde luego, no los quiere.
Trago saliva.
El papel tiembla ligeramente entre mis dedos antes de que lo deje sobre la mesa exactamente donde estaba, con un cuidado casi absurdo, como si eso pudiera deshacer lo que acabo de ver.
Doy un paso atrás, luego otro. Y entonces me doy cuenta de que el problema no es solo lo que esto significa. Es lo que yo había empezado a creer.
Cierro los ojos un segundo, solo uno, pero es suficiente.
Porque cuando los abro, ya no soy la misma que ha entrado en esta habitación.