Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 26
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Adrien

El problema no es lo que pasó. El problema es que no tendría que haber pasado.

Y que, aun así, ha ocurrido de un modo que no deja margen para reinterpretarlo, reducirlo a un error puntual, un momento de debilidad o una reacción espontánea que se pueda dejar atrás, como tantas otras cosas que no tienen importancia.

Porque esto sí la tiene, y eso es precisamente lo que lo convierte en un problema.

Aprieto la mandíbula mientras recorro el perímetro por enésima vez desde que ha amanecido, repasando mentalmente cada punto débil, cada turno, cada posible fallo que pueda justificar la inquietud que llevo encima, pero no encuentro nada que explique lo que me está pasando, nada que encaje con la forma en que mi cabeza insiste en desviarse hacia el mismo lugar, hacia la misma imagen, hacia la misma sensación incómoda y angustiosa.

—He dicho que ese flanco no debe quedar descubierto —gruño, deteniéndome frente a uno de los hombres que acaba de dejar su puesto antes de tiempo.

—Tenía que mear —se defiende—, solo han sido dos minutos.

—Dos minutos sobran para que se nos metan hasta la cocina —lo corto tajante—. No muevas el culo de tu puesto, y si hace falta, te meas encima.

Sigo adelante sin esperar respuesta mientras siento cómo la tensión se acumula en mi estómago.

Me detengo frente a otro grupo de hombres que charla despreocupadamente junto a la valla perimetral.

—¡A vuestros puestos! —les grito—. Si os vuelvo a pillar con la guardia baja ordenaré que os arresten.

Me acerco a observar al grupo que entrena a las órdenes de Moha. Uno de los hombres es incapaz de seguir el ritmo que le marcan. Me acerco a él y le hablo en voz baja.

—Si no vales para esto, limpia las letrinas —le digo.

No puedo tolerar los errores, por mínimos que sean. He sido demasiado blando, demasiado magnánimo, y ahora las guardias se han relajado y los hombres no tienen la formación suficiente para el trabajo. Necesito recuperar el control, y hoy es un buen día para empezar a hacerlo.

Sigo adelante con los puños apretados y el estómago ardiendo, pero no me detengo, no puedo hacerlo, porque en cuanto dejo de centrarme en esto… todo vuelve.

La sensación de su cuerpo contra el mío, la forma salvaje en la que ella que respondió…

No.

Aprieto los dientes con fuerza y sigo caminando, pero el movimiento no sirve para calmarme, y eso me irrita aún más.

Si no me concentro, perderé eficacia y control, y no me lo puedo permitir.

Un golpe seco contra una caja de suministros detiene ese hilo de pensamientos antes de que siga avanzando. La miro y, sin pensarlo, lanzo una patada con todas mis fuerzas contra la caja, que se desplaza varios centímetros sobre la tierra, levantando polvo.

—¿Problemas? —pregunta Malik a unos metros de mí.

Lo ignoro. No tengo ganas ni obligación de dar explicaciones.

Salgo del recinto y cojo uno de los jeeps de la entrada. Los hombres de guardia no me preguntan a dónde voy ni para qué necesito el vehículo. Soy el comandante, saben que no pueden ni deben cuestionarme. Además, supongo que mi actitud les deja claro que no estoy para tonterías.

Arranco, hago rugir el motor y me alejo del campamento sin mirar atrás.

Por supuesto, sé que no debería hacerlo, que salir solo es una estupidez, es peligroso y no aporta nada a la seguridad del campamento, más bien al contrario.

Pero no se trata de eso.

Necesito silencio y espacio. Necesito que nadie me mire, me hable ni me pida nada. Necesito estar solo.

El terreno cambia bajo las ruedas a medida que me alejo, la arena se vuelve más irregular y las dunas se elevan y caen como un mar detenido. Acelero y dejo que el cuerpo absorba el impacto de cada desnivel, cada salto y cada vibración que sube por el volante hasta los brazos.

No pienso.

No quiero pensar.

Otro salto sobre la arena, más alto esta vez. Las ruedas pierden contacto un segundo demasiado largo y el jeep cae con violencia, inclinándose lo suficiente como para que, por un instante, la posibilidad de volcar deje de ser teórica.

Corrijo tarde y el vehículo derrapa, se inclina y se estabiliza en el último segundo.

El golpe seco contra el asiento me recorre el costado herido y noto el impacto como una punzada breve, limpia, que podría complicarse si no reduzco.

No reduzco.

Acelero de nuevo.

Pero esto tampoco sirve, ni siquiera esto consigue silenciar lo que llevo dentro.

Cuando regreso al campamento, el motor suena distinto y el polvo se levanta tras de mí en una nube densa que tarda en asentarse.

—Algo le pasa —les digo a los guardias cuando bajo del jeep, ignorando el tirón de mi costado—. Que lo revisen.

Vuelvo a entrar en el recinto, y mientras avanzo soy dolorosamente consciente de que nada ha cambiado, de que todo lo que intentaba dejar atrás sigue exactamente donde estaba.

—¿Qué coño haces? —Malik aparece a mi lado antes de que dé dos pasos—. ¿Te has vuelto idiota?

—Estoy bien.

—No te he preguntado eso.

Lo miro.

—Nadie te ha dado permiso para preguntar —le lanzo.

Nos miramos en silencio un buen rato, sin mover ni un músculo, uno frente a otro.

—Estás perdiendo la perspectiva —dice al final, bajando el tono.

—¿Te parece poco mantener esto en pie? —pregunto con los brazos abiertos para abarcar lo que nos rodea.

—Se irá a la mierda si sigues comportándote así.

No respondo, porque no hay nada que decir que no confirme lo evidente.

Lo dejo ahí y sigo caminando.

Lo malo es que, aunque mi cuerpo se mueva, mi atención vuelve una y otra vez al mismo punto, a la misma zona del campamento, a ese espacio donde sé que está, donde no debería mirar y, aun así, miro.

No me acerco ni entro, pero me esfuerzo por comprobar que sigue ahí, que está trabajando, que nada ha cambiado en apariencia.

Eso debería ser suficiente, pero no lo es, porque no se trata de eso, sino de una necesidad que no encaja en ningún esquema lógico, que no responde a nada útil, que no aporta nada más que una distracción constante que no puedo permitirme y un aguijonazo de ansiedad que a duras penas soy capaz de controlar.

Y aun así, no dejo de hacerlo.

Me encierro en mi alojamiento y me esfuerzo en mantenerme alejado de la ventana este; desde allí puede verse la entrada del hospital, y la vería a ella… y no quiero verla.

Me concentro en el trabajo. Suministros, encargos, nuevos objetivos…

Horas después, cuando la noche empieza a asentarse de nuevo sobre el campamento, Malik vuelve a buscarme. Entra, deja la puerta entornada y avanza hasta situarse frente a mí.

—Han insistido —suelta sin rodeos.

Sé a qué se refiere antes de que termine.

—¿Cuándo?

—Mañana —responde.

Aprieto la mandíbula.

—No.

—No es una sugerencia.

—No pueden obligarnos.

Intento zanjar la cuestión, pero Malik me sostiene la mirada y no se rinde

—La secuestramos por algo, ¿recuerdas?

—Ahora es útil aquí, no vamos a entregarla.

—Te lo dije el otro día, buscaremos otro médico. Puede que incluso hay alguno dispuesto a venir voluntariamente por una buena cantidad de dinero.

—He dicho que no.

El silencio se tensa entre los dos.

—No es tu decisión —dice al final.

Lo miro.

—Lo es.

—Estás cruzando una línea.

—Está cruzada, Malik. Déjame en paz.

No hace falta especificar cuál, los dos lo sabemos.

Malik exhala despacio, abre la boca para hablar pero se lo piensa mejor y vuelve a cerrarla.

—Esto no va a acabar bien —suspira poco después.

—Claro que no —respondo irónico—. ¿Acaso creías que lo que hacemos, a lo que nos dedicamos, va a terminar bien? No, amigo; no lo hará.

Se queda unos segundos más. Luego, niega levemente con la cabeza y se gira para marcharse.

Cuando abre la puerta del todo, la veo. Rasha está apoyada contra la pared exterior de la cabaña, medio en sombra. Doy por hecho que lleva ahí el tiempo suficiente como para haber oído nuestra conversación.

Al saberse descubierta, en lugar de alejarse rápidamente, espera a que Malik salga y da un paso adelante, aunque no termina de entrar, sino que se queda en el umbral. No es tan osada como quiere aparentar.

—Interesante conversación —dice con una sonrisa—. No sabía que la doctora fuera tan importante.

—No es algo que te incumba, ni a ti, ni a nadie más, así que procura mantener la boca cerrada —le respondo.

Ella amplía la sonrisa y da un paso adelante.

—Tranquilo, jefe. ¿Sabes cuál es la mejor forma para sellar unos labios? —pregunta mientras se acerca un poco más—. Con otros labios —termina en voz baja.

Doy dos pasos hacia ella, la cojo por los hombros, la obligo a girarse y la empujo hacia la puerta. Ella sale con un traspiés y se vuelve para mirarme con odio, pero yo cierro la puerta y la dejo fuera.

Ojalá fuera tan fácil hacer lo mismo con el resto de mis problemas.