25
Nora
No recuerdo la última vez que vi a tanta gente reír al mismo tiempo, no de esa forma tan abierta y despreocupada que es imposible no contagiarse. En un lugar como este, cada carcajada es casi un desafío, la afirmación de que seguimos aquí, vivos a pesar de todo lo demás.
El fuego ilumina nuestros rostros con destellos irregulares, dibujando sombras que se mueven al ritmo de la música, y esa mezcla de percusión y cuerdas, imperfecta y vibrante, se cuela bajo la piel con una facilidad desconcertante, obligando al cuerpo a responder incluso cuando la cabeza todavía intenta entender qué está pasando.
Al principio me quedo al margen, observando, como hago siempre, analizando sin darme cuenta cada gesto, cada movimiento, cada posible amenaza, pero eso dura muy poco, porque Amina me agarra de la mano y me arrastra al centro del círculo antes de que pueda negarme o pensar en una excusa razonable para quedarme fuera.
Intento seguir el ritmo. Fracaso y vuelvo a intentarlo, pero me equivoco otra vez. Hace tanto tiempo que no bailo…
Y de pronto, en algún punto entre un movimiento torpe y otro, dejo de preocuparme por hacerlo bien, dejo de medir, de controlar, de intentar anticiparme, y simplemente me dejo llevar por lo que ocurre a mi alrededor, por la risa de las otras mujeres, por el calor del fuego y por esa sensación extraña y ligera que se abre paso en mi pecho.
Me río. Me río mucho, a carcajadas, hasta que me quedo sin aire y tengo que parar para cogerlo a bocanadas para poder seguir riéndome.
Es maravilloso…
Cuando la música cambia y el ritmo se ralentiza, vuelvo hacia donde estaba sentada con la respiración acelerada y el pulso aún desordenado.
Kader no se ha movido. Sigue donde estaba, observando, pero hay algo distinto en su mirada que me hace ser consciente de su atención de una forma nueva, más directa, como si me estuviera viendo de verdad y no solo vigilándome.
Acepto el té que me ofrecen y doy un sorbo. El calor desciende lentamente mientras intento ordenar lo que llevo dentro, esa mezcla de ligereza y alerta, de bienestar y conciencia constante de que nada de esto debería estar ocurriendo en un lugar como este.
Cuando nos levantamos para irnos, me sorprende no querer hacerlo, no me apetece abandonar ese pequeño paréntesis en el que todo ha parecido… posible, de alguna manera extraña y provisional.
El camino de vuelta es más silencioso, pero no en el mismo sentido que antes; hay algo más suelto en el aire, como si la tensión habitual se hubiera relajado un poco.
Sigo sonriendo sin darme cuenta, y no me molesto en ocultarlo.
—No ha estado mal —dice él al cabo de unos metros—. El bailecito, digo —añade después.
Me sorprendo al darme cuenta de que no se está burlando ni está siendo irónico. Lo dice en serio.
Lo miro de reojo, todavía con esa inercia ligera recorriéndome el cuerpo.
—¿Qué no ha estado mal?
—Para alguien que claramente no sabía lo que estaba haciendo —matiza. Detecto un matiz en su voz, una sombra de algo que podría ser diversión, que me descoloca y no puedo evitar soltar una pequeña risa.
—He sobrevivido —afirmo.
—Por poco —se burla él.
—Bailo mejor que tú, eso seguro.
—Seguro, porque yo no bailo.
Seguimos caminando mientras el ruido de la fiesta queda atrás y el campamento militar empieza a imponerse de nuevo, más oscuro, más cercano a lo que realmente es este lugar, y aun así, algo de ese ambiente se queda conmigo, en la piel, en la respiración.
Soy consciente de que he bajado la guardia durante unos minutos y me he sentido muy bien.
—Me encantaría llevarte a cenar —dice de pronto.
Me detengo, sorprendida. No tanto por las palabras, sino por la naturalidad con la que las pronuncia, como si ese tipo de propuesta perteneciera a una realidad distinta que, por un instante, ha decidido imponerse sobre esta.
—¿Ah, sí?
—A un sitio de verdad —continúa, acercándose apenas un paso, lo suficiente para que tenga que levantar la mirada para sostener la suya—. Sin polvo, sin armas, sin violencia.
Durante un segundo, la imagen se forma en mi cabeza sin que pueda evitarlo, una escena imposible en la que todo esto deja de existir, en la que no hay perímetros, ni amenazas, ni decisiones que implican vida o muerte, solo algo simple, cotidiano, casi banal.
Y es precisamente eso lo que lo vuelve inaceptable.
—Eso nunca va a pasar.
No tengo intención de herirle, pero mis palabras suenan más duras de lo que realmente pretendo. Ya no hay remedio. No es algo que dependa de la voluntad de ninguno de los dos. Simplemente, es imposible.
El cambio en él no es inmediato en forma de reacción visible, no hay un gesto brusco ni una palabra cortante, pero algo se reajusta en su expresión y la tensión que tan bien conozco se instala en sus hombros, en la mandíbula, en la forma en que sostiene mi mirada un segundo más de lo necesario antes de apartarla.
De pronto, me siento muy incómoda.
No responde. Se limita a girarse y empieza a alejarse con pasos firmes y medidos.
Yo me quedo donde estoy, sin moverme, observándolo mientras se distancia con una sensación extraña abriéndose paso en el pecho, algo que no encaja del todo con la certeza de que he hecho lo correcto, de que era necesario decirlo, de que no podía permitirme alimentar una idea que no tiene ningún recorrido.
Debería dejarlo ir.
Debería darme la vuelta y seguir mi camino, llegar a mi cabaña y cerrar la puerta a todo y a todos.
Debería…
Entonces, se detiene como si algo lo hubiera frenado en seco y se gira.
Hay algo en la forma en que vuelve hacia mí que elimina cualquier posibilidad de interpretar esto como una reacción impulsiva o irreflexiva; no hay prisa, pero tampoco hay calma, solo una determinación tensa que se percibe incluso antes de que elimine la distancia que nos separa.
No tengo tiempo de reaccionar.
Sus manos me encuentran antes de que pueda decidir qué hacer, me sujeta con fuerza y tira de mí hacia él en un gesto que no busca hacer daño, pero que tampoco deja espacio para la duda, y el impacto de nuestros cuerpos elimina de golpe cualquier resto de distancia que hubiera entre nosotros.
Y cuando me besa, lo hace sin darme la oportunidad de prepararme o de apartarme, como si todo lo que hemos contenido hasta ahora encontrara de pronto una vía directa, inevitable, por la que salir.
Debería apartarme, lo sé.
La idea aparece, clara, lógica, perfectamente formulada, pero no se traduce en movimiento, porque en cuanto su boca encuentra la mía, algo en mí responde antes de que la razón pueda imponerse, antes de que pueda reconstruir las barreras que acabo de levantar con palabras y pueda recordarme por qué esto no puede ocurrir.
Mis manos suben por su espalda casi sin darme cuenta, aferrándose a él con una fuerza que no había previsto, como si necesitara anclarme a algo que no entiendo del todo.
Siento cómo las suyas recorren mi cintura, mi espalda, suben despacio hasta mi nuca, sus dedos se cuelan entre mi pelo, sujetándome con una intensidad que me devora.
Me besa con urgencia, con fuerza. Separo los labios y su lengua se cuela en mi boca como el mercenario que es, sin pedir permiso, invasor y exigente. Y yo lo acojo, mis labios y mi lengua responden a su demanda, se rinden.
Mi cuerpo, pegado al suyo, también se rinde. Me aferro a sus brazos, a su espalda, a su cintura. Quisiera colarme en él, desaparecer entre sus manos, deshacerme dentro de su boca.
Pero entonces, todo termina. Sus labios desaparecen y siento el frío de la noche de nuevo en la cara. Su cuerpo se aleja y deja a mi piel huérfana de calor. Mis manos se quedan vacías de pronto.
Pone sus manos sobre mis hombros y me aleja de él todo lo que le dan los brazos. Respira agitado, igual que yo, pero algo en su mirada me dice que no debo intentar acercarme.
Él sostiene mi mirada apenas un segundo.
Solo uno.
—Esto tampoco va a volver a pasar nunca.
Lo dice en un tono bajo, contenido, sin elevar la voz, como si fuera una decisión ya tomada, algo que no necesita defensa ni explicación porque, sencillamente, es así.
Y entonces se aparta definitivamente, se da la vuelta y se va.
No se detiene ni mira atrás.
Y yo me quedo donde estoy, con el pulso todavía acelerado y la respiración desordenada.