24
Adrien
Intento actuar como si nada, con total naturalidad, dentro de lo que en mí eso significa.
Entro en la enfermería y me dirijo directamente al espacio privado del fondo.
Dejo las bandejas sobre la mesa y retiro los papeles que hay dispersos antes de disponer los cubiertos y el agua.
Luego, abro el biombo para aislar el rincón y espero.
Nora tarda unos veinte minutos en llegar. La salsa de la carne se ha espesado al enfriarse y se ha formado una película de gelatina naranja, pero ya nos hemos acostumbrado.
La veo lavarse las manos en una palangana que hay en el suelo. Luego, se suelta la coleta, se ordena el pelo con las manos y lo vuelve a atar con el pasador. Por fin, se sienta frente a mí y coge la cuchara.
—Gracias —dice, como cada noche.
—Encantado —respondo, igual que siempre.
Y de nuevo, un día más, comemos en silencio. Sin embargo, tengo la sensación de que este es el primero que compartimos. La veo relajada, respira despacio y tranquila, y la arruga que suele cruzar su frente de arriba abajo ha desaparecido.
Y una novedad más: no evita mi mirada.
Pero tampoco la busca.
—He visto a la niña cuando he entrado —digo cuando casi he terminado—, pensé que se iría esta mañana.
—Empeoró durante un rato —responde—, le subió la fiebre y he preferido dejarla una noche más en observación. Le hemos instalado un catre a su madre junto a ella, y me avisará si pasa algo. Espero que aguante… —añade.
Asiento y seguimos comiendo de nuevo en silencio. Cuando termina, deja el cuenco a un lado y se limpia las manos.
—Necesito aire —dice al cabo de unos segundos, levantándose—. Tengo la cabeza embotada.
—Si no te molesta, te acompañaré. Podemos dar un paseo por el perímetro.
Antes de salir, Nora reparte instrucciones entre los pseudo enfermeros que harán guardia esta noche y comprueba el estado de la niña y de su madre.
Cuando cruzamos el umbral, el cambio es inmediato.
La noche ha enfriado el aire, amortigua los sonidos y, por primera vez en días, el campamento parece tranquilo, como si todo se hubiera reducido a un nivel manejable, aunque sé que es una ilusión, una pausa breve entre dos momentos de tensión.
Caminamos sin rumbo claro, bordeando las estructuras y las cabañas, evitando las zonas más transitadas sin necesidad de decirlo, como si ambos entendiéramos que esto —lo que sea que es esto— requiere un espacio aparte.
Durante un rato, no hablamos. No hace falta.
—¿Siempre ha sido así? —pregunta de pronto.
La miro de reojo.
—Así ¿cómo?
—Esto —responde, abarcando con un gesto el campamento, la oscuridad, el perímetro—. ¿Siempre has vivido así?
Niego levemente.
—No.
Podría dejarlo ahí, sería lo lógico, pero ella no aparta la mirada, sino que espera con sus ojos verdes brillando por efecto de los focos y clavados en mí.
Espera paciente, sin presionar, sin pedir, pero sin darme una salida fácil, lo que me obliga a seguir.
—Antes era un militar, igual que tú.
—¿Francés? —pregunta.
Asiento.
—Fuerzas especiales.
No hay orgullo en la afirmación, tampoco arrepentimiento. Simplemente es un dato.
Seguimos caminando unos pasos antes de que vuelva a hablar.
—¿Y qué pasó?
Vaya, no se corta, lanza las preguntas directamente, sin rodeos.
Podría ignorarla y desviar el tema, sería sencillo y seguro que ella no insiste, pero no lo hago.
—Alguien cometió un error —digo, manteniendo la mirada al frente—. Uno grande. Lo bastante como para arrastrarnos a todos por delante si salía a la luz. Así que decidió buscar una cabeza de turco, un chivo expiatorio, y que una sola persona afrontase el delito. Y me tocó.
—¿Un superior?
Asiento.
—Intentó cubrirse las espaldas.
—Y tú estabas en medio —termina por mí.
—Estaba en el sitio equivocado —corrijo—. Y tenía información comprometida para él.
Nora guarda silencio. Supongo que está procesando lo que le he contado, pero no interviene ni me interrumpe, y eso hace que continúe sin sentir que estoy siendo interrogado.
—Vendió material militar en el mercado negro. Armas, fusiles, munición… Luego, manipuló los informes para cambiar los nombres de los registros y escribió el mío. Nunca nos habíamos llevado bien —añado con una sonrisa triste—. Lo hizo también que parecía culpable.
—Te inculpó —afirma de nuevo.
—Así es.
—¿Y no te defendiste? —sigue ella.
La miro entonces.
—¿De verdad crees que habría servido de algo?
Sostiene mi mirada un segundo y luego niega muy despacio.
—No.
—Yo tampoco.
—Me fui antes de que vinieran a detenerme —añado—. Antes de que la versión oficial estuviera cerrada del todo.
—¿Huir fue la única opción?
—Fue la única que garantizaba seguir vivo. El teniente no me habría permitido hablar, se habría asegurado de acabar conmigo cuanto antes, incluso en el traslado a la prisión militar. Si me quedaba, estaba muerto.
No lo digo con dramatismo, son solo hechos.
—Y entonces, viniste aquí.
—No directamente.
Desvío la mirada un instante, buscando unos recuerdos que intento mantener alejados de mi mente desde hace mucho tiempo. No es agradable recordarlo, pero no me siento incómodo haciéndolo y compartiéndolos con ella.
—África es grande —empiezo—. Y hay mucha gente que necesita hombres con experiencia y pocos escrúpulos.
—¿Y tú cumplías ambos requisitos?
—Lo suficiente. —Miro su rostro serio, pero sé que no me está juzgando. Simplemente, escucha—. Empecé como escolta —continúo—. Luego vinieron otros trabajos, otros contactos. —Me encojo levemente de hombros—. El resto… podría decirse que vino solo.
No es una historia heroica ni tiene un final feliz, pero no he intentado maquillar la realidad. Eso es justo lo que pasó, lo que me ha traído hasta aquí.
Caminamos unos pasos más, en silencio. Ella mira de vez en cuando al cielo y la veo seguir las constelaciones, los mares de estrellas, la Vía Láctea sobre nuestras cabezas.
—Está tan cerca… —susurra, no sé si para mí o para ella.
En ese momento oímos un murmullo que pronto se convierte en música. Lejana al principio, pero lo bastante clara como para romper la línea de pensamiento en la que estábamos.
Nos detenemos e intercambiamos una mirada breve, pero suficiente.
Nos acercamos al origen de la música, que nos lleva hacia el campamento civil.
De pronto, la noche se repliega ante el resplandor irregular de una hoguera que ilumina un espacio abierto, donde varias decenas de personas se agrupan formando un círculo imperfecto, moviéndose al ritmo de una música alegre y aguda que interpretan tres hombres con unos instrumentos rústicos y ajados.
Sus manos golpean, rasgan y marcan el ritmo al mismo tiempo, y la gente ríe, canta, baila.
Amina nos ve casi al instante. Se separa del grupo y se acerca con una sonrisa abierta, diferente a la que muestra en la enfermería, más suelta, más viva.
—Venid —nos anima, haciéndonos un gesto con la mano. Tiene el rostro sonrosado y varios pequeños mechones de pelo han escapado del hiyab que siempre lleva perfectamente colocado—. Tenéis que verlo, es precioso.
Nora duda apenas un segundo y luego asiente.
—¿Qué celebráis? —pregunta mientras nos acercamos.
—Un niño —responde Amina—. Ha nacido hoy. Está sano y es precioso —repite.
Lo dice como si fuera un milagro, y comprendo que, en cierto modo, lo es.
Nos conduce hasta la tienda en la que una mujer descansa sobre un colchón en el suelo, cubierto de mantas coloridas y sábanas limpias. La mujer sonríe mientras sostiene en sus brazos un bebé de piel oscura y pelo negrísimo que duerme plácidamente.
Nora se acerca y, cuando Amina la presenta, la madre le tiende al bebé. Nora lo examina con rapidez y eficacia y se lo devuelve a la madre. Luego le hace unas cuantas preguntas a través de la intérprete y, por fin, sonríe y se despide con las manos juntas y la cabeza inclinada.
—Es precioso y está sano —confirma cuando salimos—, y la madre también está bien. La naturaleza humana es asombrosa —añade con una sonrisa.
Nos acercamos a la fiesta y nos ofrecen té y dulces.
Aceptamos y nos sentamos en uno de los extremos del círculo, lo bastante cerca para formar parte, pero lo bastante lejos para no interferir ni molestar, y durante un rato nos limitamos a mirar, a dejarnos arrastrar por la energía que generan la música, las risas y los bailes.
Poco a poco, veo cómo Nora se relaja. Sus hombros pierden tensión y su mirada deja de analizarlo todo, de estar en guardia. Para mi sorpresa, yo también estoy relajado, y me gusta la sensación. No recuerdo la última vez que me sentí así.
Entonces cambia la música, el ritmo se vuelve más marcado, más vivo, y varias mujeres salen al centro, moviéndose con los brazos en alto mientras forman un círculo alrededor de la hoguera.
Amina se vuelve hacia Nora y la agarra la mano.
—Ven.
—¡No! —dice, sorprendida.
Pero a pesare de la respuesta, se deja arrastrar.
La veo dudar un segundo cuando entra en el círculo, desubicada, fuera de ritmo, intentando entender qué hacer con su cuerpo en un espacio donde no entiende las reglas claras y debe actuar por instinto.
Y luego… ríe, pero no la risa contenida que le conozco. No. Lanza una carcajada limpia y sincera, espontánea y casi diría que feliz.
Imita los movimientos con torpeza al principio; observa, corrige, vuelve a intentarlo y poco a poco se adapta, encuentra un ritmo propio, imperfecto, pero suficiente.
Y algo en esa imagen… algo en verla así, sin la tensión constante, sin el control férreo, sin esa necesidad de sostenerlo todo… La vuelve distinta.
Más cercana, más humana.
Y, contra todo lo que debería, más difícil de olvidar, a pesar de mis firmes propósitos.
Me quedo observándola más tiempo del que sería prudente, consciente de que ese momento, esa versión de ella, no pertenece a este lugar, que es una anomalía, una grieta en todo lo demás.
Pero también sé que es real.
Y eso la hace más peligrosa que cualquier otra cosa a la que haya tenido que enfrentarme hasta ahora.