Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 23
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Nora

Hay recuerdos que no se quedan en la memoria, sino en el cuerpo, como si encontraran la forma de instalarse en la piel y en la respiración, en los gestos más pequeños, en esos movimientos automáticos que repites sin pensar y que, de pronto, dejan de ser naturales porque algo los ha contaminado.

El beso no regresa a mi cabeza como una imagen clara, no es una escena que pueda reconstruir de principio a fin, analizar, diseccionar y archivar con la falsa sensación de control que da entender algo.

Vuelve en forma de calor, como una especie de presión. Recuerdo la sensación que me invadió en ese instante preciso en el que dejé de resistirme.

Kader se ha marchado. De hecho, se fue poco después de separar sus labios de los míos, sin apenas decir una palabra, aunque no se lo puedo recriminar, porque yo tampoco fui capaz de hablar.

Estoy inclinada sobre una de las camillas, limpiando con cuidado la herida abierta del antebrazo de uno de los hombres de Kader, concentrada en retirar el tejido muerto sin profundizar más de lo necesario, midiendo cada movimiento con la precisión que exige no empeorar lo que ya está mal, cuando noto cómo se me tensan los dedos sin motivo aparente y tengo que obligarme a reducir la presión, a respirar más despacio, a recordar dónde estoy y qué estoy haciendo antes de cometer un error.

—Tranquila —murmuro para mí.

Amina está a mi lado. Sujeta el instrumental con esa eficacia silenciosa que ha desarrollado en muy poco tiempo, anticipándose a cada gesto con una naturalidad que no se aprende en libros, sino en la urgencia, en la repetición, en la necesidad de no fallar, y me pasa la gasa antes siquiera de que tenga que pedírsela.

Asiento apenas, sin apartar la vista de la herida.

Recupero la calma y continúo.

Eso es lo único que importa.

Continuar.

Encadenar un gesto con el siguiente, una decisión con otra, mantener la mente ocupada en una secuencia lógica que no deje espacio para nada más, porque en cuanto aparece una grieta, por pequeña que sea, el recuerdo se cuela con una claridad que resulta casi violenta.

No debería haber pasado.

La idea no llega como una conclusión razonada, sino como una reacción automática, repetida, insistente, como si mi propia cabeza se empeñara en recordarme algo que ya sé, algo que no necesita ser formulado porque es evidente desde cualquier punto de vista mínimamente racional.

No debería haber pasado.

No con él.

No aquí.

No así.

Aprieto la mandíbula mientras termino de vendar la herida y hago un gesto para indicarle que puede irse. El hombre se incorpora con dificultad, murmura algo que interpreto como un agradecimiento y se apoya en otro para salir.

No me entretengo ni un segundo, no puedo permitirme detenerme.

—El siguiente —indico, manteniendo el tono firme y funcional.

Durante un segundo no entra nadie, y ese suspiro de tiempo es suficiente para que la memoria se despliegue sin resistencia, completa esta vez, sin fragmentos, sin cortes.

Siento su mano cerrándose sobre mi muñeca, la presión justa, firme, consciente.

Mi pulso se acelera bajo su piel y decido, sin ser consciente de ello, no apartarme. No quería hacerlo. Siento su aliento sobre mis labios…

Cierro los ojos con fuerza para cortar el avance del recuerdo antes de que termine de ocuparlo todo y vuelvo a abrirlos de inmediato, obligándome a regresar al aquí y ahora con una determinación que roza la brusquedad.

No. No voy a recrearlo, y tampoco voy a analizarlo. No voy a permitir que ocupe más espacio en mi mente del estrictamente inevitable.

—Nora.

La voz de Amina me alcanza desde un punto que no sé exactamente dónde está porque, durante un segundo, no he estado del todo aquí.

—¿Sí? —respondo.

—La niña —dice, señalando hacia el fondo—. Tiene fiebre otra vez.

Asiento y me dirijo hacia allí sin dudarlo, casi agradeciendo la interrupción y la posibilidad de concentrarme en algo que sí tiene sentido.

La niña está tumbada en un catre pegado al suelo. Está demasiado quieta, y noto la piel caliente cuando la toco. Le tomo el pulso, ajusto la dosis del gotero y le acerco un poco de agua a los labios agrietados.

—Tranquila —le digo en voz baja—. Te vas a poner bien.

No sé si entiende mis palabras, pero me mira con atención y sonríe. Con eso me basta.

Mientras preparo la medicación, noto cómo mi mente intenta volver a lo mismo, como si hubiera encontrado una grieta y quisiera insistir, avanzar por ahí, pero esta vez la detengo antes de que gane terreno y pueda tomar forma.

No puedo permitirme sentir nada que no sea útil, y eso incluye lo que ocurrió.

Sobre todo eso.

Porque no fue solo físico, y eso es lo que lo hace peligroso.

Lo físico se gestiona, se ignora, se reduce. Somos química, hormonas, proteínas, conexiones neuronales que necesitan dopamina, serotonina, oxitocina… Eso puede tratarse, sé cómo hacerlo, pero si lo que siento, lo que me sucede, excede lo físico, estoy perdida, y no me lo puedo permitir.

Termino con la niña y me quedo a su lado mientras su respiración se estabiliza poco a poco. Luego, me levanto y sigo.

El tiempo se diluye sin que pueda medirlo con precisión hasta que soy consciente de que está empezando a anochecer, y en algún punto, no sé exactamente cuándo, empiezo a ser consciente de algo que no quiero nombrar, pero que se instala igualmente, como una expectativa silenciosa que no he decidido tener.

Sin darme cuenta, pienso en la bandeja con la cena que cada noche me trae Kader.

Aprieto los labios mientras limpio el instrumental con más fuerza de la necesaria, molesta conmigo misma por haber llegado hasta ahí sin darme cuenta, por haber permitido que algo tan simple como una rutina se convierta en un punto de referencia, en una espera que no debería existir.

No significa nada. Me obligo a pensarlo con claridad, con lógica. No significa nada.

—Deberías sentarte un momento.

La voz de Amina vuelve a interrumpir el hilo de mis pensamientos.

—Estoy bien —respondo aliviada, sin levantar la vista.

No es del todo cierto, pero tampoco es relevante. Aquí nadie está bien y, aun así, seguimos. Ella no insiste, y lo agradezco.

Entonces, algo ocurre a mi alrededor. Los murmullos se detienen y todas las cabezas giran en el mismo sentido. Solo hay una persona que provoque ese efecto. ¡

Levanto la cabeza y lo veo. Está en la entrada, sosteniendo la bandeja con los dos cuencos de guiso de cabra, los vasos de agua y el pan, como cada día, como si nada hubiera cambiado, como si lo que ha ocurrido hace solo un rato no hubiera alterado nada en absoluto.

Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve.

Me mira con calma desde la puerta, hasta que da un paso adelante y yo trago saliva y bajo la vista antes de que ese silencio y esa mirada se vuelva demasiado evidente y alguien más entienda lo que está pasando.

Pero incluso mientras aparto la mirada y me obligo a centrarme de nuevo en lo que tengo delante, en lo que sí importa, sé que le estaba esperando.

Y que, por mucho que intente negarlo, eso ya ha cambiado algo que no sé cómo deshacer.