Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 22
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Adrien

Todo el mundo en el campamento está tenso.

La capitana Vaillant (no puedo ni quiero pensar en ella utilizando su nombre de pila) tiene razón: dos ataques en pocos días es demasiado.

O bien existe una especie de alianza que nos ha convertido en el objetivo, o hay quien piensa que somos un blanco fácil, y aunque hayamos repelido los dos asaltos, hemos tenido demasiadas bajas. Esto no puede volver a suceder.

Recorro el perímetro por tercera vez desde el amanecer, repasando turnos, posiciones, líneas de visión, rutas de acceso y retirada…

Todo lo necesario para mantener el control y la seguridad.

Pero mientras me esfuerzo por concentrarme, hay una parte de mi atención —pequeña, constante, inaceptable— que se desplaza una y otra vez hacia el mismo punto.

La enfermería.

Ella.

Hay decisiones que no se formulan en voz alta, que ni siquiera llegan a tomar la forma precisa de un pensamiento completo porque nacen en un lugar anterior a todo eso, en una zona donde lo único que importa es la supervivencia del sistema, y se imponen sin negociación, como una corrección automática que entra en funcionamiento antes de que cualquier debilidad tenga tiempo de filtrarse.

Tengo que poner distancia.

No necesito repetirlo para saber que es la única opción viable.

Aprieto la mandíbula y obligo a mi mente a volver a lo inmediato, a lo tangible, a lo que sí puedo medir, ajustar y corregir sin margen de error.

El flanco este ya está reforzado; he duplicado las guardias, reducido los relevos hasta el límite de lo humanamente sostenible y reorganizado los turnos para evitar huecos que puedan convertirse en una grieta por la que llegue el siguiente ataque.

Malik ha ejecutado cada orden sin cuestionarla, como siempre, y eso, en cualquier otra situación, sería suficiente.

Debería serlo ahora también, pero no lo es. Porque el problema no está en el perímetro.

Lo sé.

Lo supe en el momento en que la tuve delante, demasiado cerca, diciendo lo que nadie más se atreve a decirme, cruzando líneas que no se cruzan si quieres seguir en pie, si entiendes cómo funciona este lugar, si no has olvidado que todo se sostiene sobre una estructura frágil que no admite grietas.

Y aun así, no retrocedió.

Y yo tampoco.

Exhalo despacio y me detengo junto a una de las torres improvisadas para dejar que la mirada se pierda en el horizonte árido como si ahí fuera a encontrar algo que me permita ordenar todo lo que se mueve en mi interior.

No fue nada, me repito una y otra vez.

Estrés, la tensión acumulada por los dos ataques en tan poco tiempo. El cuerpo reaccionó antes que la cabeza, es lógico.

Lo que no es lógico es lo que vino después, esa fracción de segundo en la que no había ruido, ni órdenes, ni disparos, ni nada que justificara el que estuviéramos tan cerca el uno del otro.

Me paso la mano por la cara. El cansancio acumulado en los últimos días me está pasando factura, pero no me puedo permitir detenerme ahora.

—¿Otra ronda? —pregunta Malik cuando paso a su lado.

—Sí —respondo sin detenerme.

Lo siento caminar detrás de mí en silencio. Malik es un tipo listo, sabe cuándo hablar y, lo que es más importante, cuándo callar.

Sigo caminando, cambiando de dirección de forma deliberada esta vez para alejarme de la zona donde sé que terminaría si me dejo llevar por la inercia.

No voy a ir a la enfermería. Ni siquiera le voy a llevar la cena.

Doy dos pasos en dirección contraria.

Tres.

Mantengo el ritmo, fijo la atención en un grupo de hombres que revisa armamento, en una discusión menor que puedo resolver en segundos, en cualquier cosa que me mantenga concentrado.

Funciona…

Durante un momento.

Luego la veo.

No a ella, solo el edificio.

Veo el movimiento constante de gente entrando y saliendo, la actividad que no se detiene porque no puede hacerlo, porque allí dentro las reglas son otras y eso también forma parte de lo que tengo que proteger.

Estoy a punto de dar un paso en esa dirección cuando una presencia inesperada me detiene.

—Hola, jefe. Cuánto tiempo sin verte.

Rasha se desliza hasta colocarse frente a mí y me obliga a detenerme si quiero evitar chocar contra ella.

Lleva una camiseta caqui demasiado ceñida teniendo en cuenta dónde estamos y el pañuelo suelto, mal colocado.

Me mira desafiante, con una sonrisa ladeada y las manos en las caderas, justo encima de las dos pistolas que carga.

—He estado ocupado —respondo.

—Siempre lo estás.

Da un paso adelante y se coloca demasiado cerca. Luego, posa en mi pecho su mano abierta, firme. Me muevo hacia atrás para eludir el contacto, pero ella estira el brazo y lo mantiene.

—Deberías descansar —añade, bajando la voz—. O dejar que alguien haga algo por ti.

No hay lugar para la ambigüedad. Rasha es así, directa, sin tapujos ni recovecos.

Durante un segundo, pienso que eso sería lo más fácil, una simple respuesta física sin consecuencias. Bastaría con inclinarme y aceptar. Sería suficiente con no pensar.

Mi mano se cierra sobre su muñeca y la retiro de mi pecho sin brusquedad, pero con firmeza. No quiero dejar espacio a las malas interpretaciones.

—No es el momento.

Ella sonríe apenas, como si la negativa no fuera definitiva y el juego siguiera abierto.

—Nunca lo es contigo —murmura, pero no se aparta.

Mantiene sus ojos clavados en los míos unos segundos más, el tiempo suficiente para que, al levantar la mirada por encima de su hombro, distinga movimiento en la entrada de la enfermería.

Una silueta.

Nora, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

No sé cuánto ha visto ni cómo lo ha interpretado, pero poco o nada puedo hacer.

Lo que me sorprende es lo que ocurre en mí, porque el contacto de Rasha, que debería resultar irrelevante, funcional, incluso útil en su simplicidad, se vuelve de pronto inadecuado, fuera de lugar.

Desde que llegó al campamento, Rasha intenta seducirme y yo la rechazo con más o menos tacto, pero nunca ha conseguido lo que quiere.

Le suelto la muñeca y la rodeo para seguir adelante.

—Tengo cosas que hacer.

Me aparto antes de que pueda acercarse de nuevo y continúo caminando sin mirar atrás. Mis pasos han cambiado de rumbo, ya no voy hacia donde debería ir, sino hacia donde ya sé que voy a terminar de todos modos.

Me detengo un instante cuando la veo abandonar el umbral y entrar de nuevo en el edificio.

Podría volver a mi ronda. De hecho, debería hacerlo, pero no lo hago, porque en algún punto entre esa decisión que acabo de tomar y el instante en que me quedo quieto frente a la puerta, algo cambia lo suficiente como para que ya no sea una cuestión de lógica. La razón no tiene nada que hacer aquí.

Cuando entro, el cambio es inmediato. El ruido se reorganiza a mi alrededor, las conversaciones bajan un segundo, las miradas se elevan lo justo para registrar mi presencia antes de volver a lo suyo, porque aquí dentro yo no soy el centro, no ocurre fuera, en el resto del campamento.

Aquí, el centro es ella.

Nora (acabo de darme cuenta de que la llamo así en mi cabeza) está de espaldas, inclinada sobre uno de los heridos. Habla en voz baja con una de las mujeres que ha reunido y le indica algo que no alcanzo a oír pero que se ejecuta sin duda, con una precisión sorprendente.

Se mueve como si perteneciera a este lugar, como si siempre hubiera sido así.

Eso es lo que más me incomoda, y lo que hace más difícil apartar la mirada.

Me quedo donde estoy más tiempo del necesario, observando detalles que no tienen ninguna utilidad práctica, como la forma en que aparta un mechón de pelo con el dorso de la mano, la manera en que sostiene la mirada de alguien que está a punto de echarse a llorar hasta que se recompone, o la naturalidad con la que organiza el caos sin necesidad de lanzar órdenes ni imponerse.

Su control allí dentro es absoluto.

En ese momento levanta la cabeza y me ve.

No hay sorpresa, ni rechazo, ni nada que pueda interpretarse como indiferencia, aunque mantiene esa distancia consciente que se produce cuando dos personas saben exactamente lo que ha estado a punto de ocurrir y deciden, sin necesidad de palabras, que no puede repetirse.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta en un tono neutro mientras se dirige a su espacio privado, un par de metros cuadrados detrás de un biombo en el que ha instalado un catre y una mesa pequeña que tiene llena de papeles. La sigo a un par de metros de distancia.

—Comprobar que todo sigue en pie —respondo detrás de ella con media sonrisa que pretende ser cordial. Reconozco que me falta práctica.

Asiente y me mira fijamente, supongo que intentando averiguar si oculto algo detrás de mis palabras. Luego, busca algo entre los papeles de la mesa.

—Sigue en pie —dice por fin—. De momento —añade. Luego me mira y levanta las cejas un instante. ¿Se está burlando de mí?

—Amina dice que los hombres hablan de tu amiguita —me suelta—, y no bien.

—No es mi amiguita —la corrijo.

—No es de mi incumbencia lo que sea, solo te digo que a unos hombres no les gusta y a otros les gusta demasiado, y eso puede ser un problema. No me gustaría tener que atenderla si un día deciden apedrearla, ya lo vi en Afganistán por menos que esto.

Aprieto los labios pero no digo nada. Sé que tiene razón.

—Además —añade a continuación—, no creo que tenga que esforzarse para llamar tu atención, no tiene demasiada competencia por aquí.

La miro un instante.

—Estás tú —le recuerdo.

—Yo no cuento —protesta—. Yo soy… yo.

No voy a discutir, no merece la pena.

—Hablaré con Rasha —digo después.

—Pídele que sea discreta cuando entre en tu cabaña —suelta.

Me giro hacia ella y la miro curioso y divertido. ¿Está celosa? Eso es nuevo… y prometedor.

Doy un par de pasos hasta el límite del biombo y miro a mi alrededor.

Veo a la gente que espera sentada en el suelo, los que hacen fila frente a las mujeres del campamento para las curas sencillas y, al fondo, los enfermos y heridos que esperan ser trasladados al hospital.

El trajín es constante, pero siempre ordenado.

Me giro de nuevo y me detengo frente a ella. En ese momento, la distancia ya no existe.

Otra vez.

—No deberías forzarte tanto —digo, y en cuanto las palabras salen de mi boca, sé que no es lo que tenía que decir.

No es mi papel, y menos, aquí.

—No me estoy forzando —responde—. Estoy haciendo mi trabajo. Para eso me trajisteis, ¿no?

Me lanza la respuesta a bocajarro. Y tiene razón, aunque no del todo. El resto del motivo todavía tengo que solucionarlo. Si es que puedo…

La miro un segundo más de lo necesario.

—¿Puedo hacer algo? —pregunto a continuación.

—No —admite—. Y no voy a pedirte más personal, porque no quiero que secuestréis a nadie más. Nos vendrá bien todo el material que consigas, pero no lo admitiré si llega manchado de sangre, ya sabes a qué me refiero.

Frunzo el ceño un momento. Está disparando con balas.

—También compramos cosas, ¿sabes? —me defiendo—. No somo ladrones.

—No siempre —me corrige.

No puedo evitar sonreír, y soy consciente del esfuerzo que Nora está haciendo por mantenerse seria.

—Estoy intentando que no tengas que curar a más gente.

—Algo es algo… —suelta, y mueve con rapidez la cabeza para quitarse un mechón de pelo de la cara.

Doy otro paso, cerrando una distancia que ya no tiene sentido mantener.

—Tienes tendencia a olvidar dónde estás —digo, más bajo.

—Y tú, a justificarlo todo con esa excusa. Pero ese no es mi problema —añade con un bufido—. Tu campamento, tus normas, pero no me pidas explicaciones de lo que hago cuando yo no te las pido a ti.

No se aparta ni retrocede.

Mi mano se mueve casi por inercia e intento detenerla, imponer un límite que vuelva a colocar las cosas en su sitio, pero mis dedos se cierran alrededor de su muñeca con firmeza, sin violencia, con la única intención de sentir su contacto, nada más.

Debería soltarla en ese momento, pero no lo hago.

Siento el pulso bajo su piel.

Rápido.

Sostenido.

El mío no es distinto.

—Esto es un error —digo.

Pero no hablo de la enfermería, ni de las defensas, ni del material sanitario, ni de las horas que pasa allí metida.

Ella lo entiende.

Lo veo en cómo se le corta la respiración apenas un segundo, en cómo sigue ahí, sin apartarse.

—Lo sé —murmura. No hay duda en su voz.

Sigue quieta, mirándome.

No retiro la mano ni aflojo la presión de los dedos, y la distancia deja de tener sentido.

Inclino la cabeza apenas unos centímetros, un gesto mínimo, pero suficiente.

Esta vez no hay interrupciones.

No hay voces.

No hay nada que rompa el momento desde fuera.

Solo, el espacio reducido entre nosotros y la decisión que hemos tomado.

Podría soltarla, apartarme. Podría recuperar el control en el único punto en el que todavía depende de mí, pero no lo hago.

Todo lo demás —si es un error, si es impulso, si es algo que debería detener— deja de importar en el mismo instante en que decido no hacerlo.