21
Nora
Hay días en los que el cansancio no se siente como cansancio, sino como una especie de niebla espesa que se te mete dentro y lo amortigua todo, los pensamientos, las emociones, incluso el dolor, y te permite seguir funcionando sin hacerte demasiadas preguntas, sin pararte a pensar en lo que está pasando. En lo que me está pasando.
Por desgracia, hoy no es uno de esos días. Me he levantado después de una noche agitada y llevo todo el día con los nervios a flor de piel. Cualquier mínimo ruido me sobresalta, me cuesta concentrarme en lo que hago, y cada vez que veo una sombra a mi alrededor, pienso que es él.
La enfermería no da más de sí, está llena de enfermos y heridos, igual que la construcción que alberga el hospital, donde varios hombres se recuperan bajo la única supervisión de uno de los hombres de Kader, cuya misión es avisarme si pasa algo.
Así que corro de un lado a otro revisando vendas, cambiando apósitos, dando instrucciones y moviéndome como si llevara aquí toda la vida y no unas semanas robadas a otra existencia que empieza a parecerme irreal, lejana, casi ajena.
Amina, la intérprete, pasa todo el tiempo que puede conmigo.
Está demostrando ser una magnífica enfermera.
Me trae el material antes incluso de que tenga que pedírselo, y le dedico una mirada breve de agradecimiento que ella devuelve con una sonrisa tímida, cansada pero firme, como si en medio de todo esto hubiéramos conseguido construir algo mejor incluso que la amistad. Confianza.
O algo parecido.
Me inclino sobre el siguiente herido, un hombre con una herida profunda en el costado, mal vendada y peor cuidada, y siento cómo se me tensa la mandíbula antes siquiera de tocarla y confirmar lo que ya sospecho. Está infectada, y no es leve.
No puedo hacer nada por él, la infección se ha apoderado de varios órganos vitales y solo es cuestión de tiempo que todo su cuerpo colapse.
Aprieto los dientes mientras le limpio la herida e intento decidir qué hacer.
Suministrarle antibióticos sería una pérdida de tiempo y de un medicamente escaso y valioso.
No hacerlo sería condenarlo a muerte en pocos, aunque morirá de todas formas.
Lo miro a los ojos y veo el miedo reflejado en ellos.
Lo sabe, sabe que no hay nada que hacer.
Le cojo la mano y se la aprieto un segundo.
No es lo más correcto en esta parte del mundo, pero él no se aparta.
Me dedica una leve sonrisa y asiente. Oh, dios, se me forma un nudo enorme en el estómago que me impide incluso respirar.
Le devuelvo la sonrisa y le inyecto un potente analgésico.
Luego lo conecto a un gotero con un derivado de la morfina y algo que le permitirá respirar sin tanto dolor.
Por fin, dos hombres lo trasladan al hospital, donde podrá descansar hasta que…
—Avisadme antes de que el líquido de la bolsa se acabe, ¿entendido?
Amina traduce mis instrucciones a los camilleros, que asienten y salen de la enfermería.
Sigo apretando la mandíbula, y ahora cierro también los puños.
Estoy furiosa. Siento la rabia hervir en mi interior y la necesidad imperiosa de hacer algo.
Me limpio las manos con un gesto rápido, dejo a Amina al cargo con instrucciones claras y salgo de la enfermería con el pulso acelerado. Todo lo que llevo días acumulando dentro de mí está buscando una grieta por la que salir.
Lo encuentro en esa especie de oficina que tiene, un cuchitril sin apenas luz y lleno de papeles, cajas y todo tipo de cachivaches.
Malik y Rafael, que lo acompañan en ese momento, leen de inmediato en mi cara que no es un buen momento para bromas y toman la decisión más sensata: se marchan.
No me detengo a pensar en cómo voy a decirlo, si siquiera pienso en si debería hacerlo.
—Esto no puede seguir así —escupo sin preámbulos, sin saludar y sin pedir permiso para entrar, interrumpirle y prácticamente asaltarlo.
Kader arquea apenas una ceja.
—Así, ¿cómo? —pregunta con esa calma que me resulta insoportable.
Doy un paso más y acorto la distancia mientras siento cómo el enfado me ordena las ideas mejor que cualquier lógica.
—Trato heridas mortales como si fueran cortes superficiales, dejo a la gente al cuidado de personas que no tienen ni idea de lo que están haciendo, tengo que priorizar, decidir quién vive y quién muere como si yo fuera…
—Cierro los ojos un momento, me llevo las manos a la cabeza y dejo escapar un gruñido grave que me sirve para liberar parte de la tensión.
Sigue un silencio tenso mientras Kader me mira con el ceño fruncido y los brazos en jarras. Tiene los músculos tan tensos que creo que, en ese instante, ni una bala podría atravesarlos.
—Estamos en medio de un conflicto —responde por fin—, no en un hospital de…
—No —lo interrumpo—. Estamos en un sitio donde la gente se muere por falta de atención básica. Y eso sí lo puedes controlar.
Kader se aparta lo justo para que entienda que esto no va con él. Luego, me mira intensamente y da un paso hacia mí. Solo uno, pero es suficiente.
—Estoy controlando lo que importa —dice. Su voz ya no es tan neutra—. La seguridad. Que no entren. Que no nos maten a todos mientras tú decides qué herida es prioritaria.
—¿Y de qué sirve eso si luego se te mueren dentro? —replico, sin bajar la voz.
—Sirve de todo —contesta, un poco más cerca ahora—. Porque sin eso, no habría nadie a quien curar.
Lo sé, claro que lo sé, pero no es suficiente. No puede serlo.
—Deberías ser tú el que eligieras quién vive y quién muere —digo, bajando el tono—.
Tú deberías señalar quién se queda con las medicinas, con las vendas, con los antisépticos, y a quién le inyecto morfina para que muera sin dolor.
—Casi puedo sentir en la mano el roce de la piel áspera del hombre al que acabo de atender—.
Esto no funciona así, necesitas gente formada, organización, medicamentos. Necesitas…
—Te tengo a ti.
La frase me detiene. No por lo que dice, sino por cómo lo dice. Hay algo en sus palabras fuera de lugar, algo que no es solo práctico.
Aprieto los dientes.
—No soy suficiente —replico.
—Ahora mismo, sí.
—No —niego, dando un paso más, invadiendo su espacio sin darme cuenta—. Y lo sabes.
Nos quedamos demasiado cerca.
Demasiado.
Lo noto en la forma en que tengo que levantar la cabeza para sostenerle la mirada, en cómo su respiración se mezcla con la mía, en ese punto exacto en el que el enfado ya no es solo enfado, sino otra cosa que no debería estar ahí, que no tiene sentido en medio de esto, que no tiene ningún derecho a existir.
—Estás pidiendo recursos que no tenemos —dice él, más bajo ahora, pero no con menos intensidad.
—Estoy pidiendo que dejes de asumir que esto es suficiente —respondo—. Que dejes de tomar tus decisiones basándote solo en lo que pasa fuera de esas paredes.
—Y tú estás ignorando que si fallo ahí fuera —añade con voz afilada—, todo esto dejará de existir.
Lo miro a los ojos un largo segundo.
—Ya estás fallando —replico—. Dos ataques en poco tiempo. Gente muriendo por infecciones. ¿Qué clase de control es eso?
El golpe da donde tiene que dar. Lo veo cuando se le tensan los hombros y su mirada cambia lo suficiente para que entienda que he cruzado una línea que no debería haber pisado.
Y, sin embargo, no retrocedo. No puedo. La furia me impide pensar con claridad y, además, estoy convencida de que alguien tiene que decirlo.
Abro la boca para seguir hablando, pero me detengo cuando él levanta la mano y pone un dedo delante de mis labios.
No me toca, pero podría hacerlo si se moviera solo un milímetro.
—Ten cuidado —dice muy despacio.
Sus palabras no son una amenaza abierta, pero tampoco es una advertencia vacía.
—¿O qué? —pregunto, sosteniéndole la mirada, sintiendo cómo el pulso se me acelera, y no solo por la discusión—. ¿Me vas a encerrar? Ya estoy encerrada, ¿recuerdas? —grito en su cara.
—No necesito recordar nada —responde con una calma gélida.
La cercanía se vuelve insoportable.
—Pues hazlo —susurro, sin saber muy bien por qué lo digo. O quizá sí—. Porque parece que tú también lo estás olvidando.
Ahí está lo que no queríamos nombrar. Lo que lleva días creciendo entre nosotros.
No sé cómo ni cuándo, pero su mano se mueve y de pronto la siento en mi brazo, firme, caliente, deteniéndome, anclándome a algo que no es el suelo, ni la lógica, ni nada que pueda justificar.
—No lo estoy olvidando —dice, y su voz ya no tiene nada que ver con la de antes.
La oigo demasiado cerca, grave, profunda…
Sé que debería hacerlo, pero no me aparto. Porque algo dentro de mí, algo que reconocí la otra noche entre el caos y la sangre, algo que se rompió y que no he sido capaz de reparar, tira de mí en dirección contraria a lo que dicta la razón. Tira justo hacia él.
—Entonces, haz algo —murmuro.
Su pulgar se mueve en un gesto mínimo, pero suficiente.
El aire cambia y la distancia desaparece.
No sé quién se acerca primero, si soy yo o si es él. Quizá sea algo que simplemente ocurre porque tiene que ocurrir.
Siento su respiración rozarme la boca.
El calor.
La tensión contenida demasiado tiempo acumulada y que ahora encuentra un punto exacto, peligroso e irreversible por el que escapar.
Un segundo más.
Solo uno.
Y…
Alguien grita su nombre a lo lejos y la realidad vuelve de golpe. La siento como un tirón, como una caída, y me aparto de él. Primero un paso, luego otro.
Siento el corazón desbocado, la respiración desordenada, la piel todavía consciente de cada centímetro de proximidad que acaba de desaparecer.
Él no dice nada.
Yo tampoco.
Porque no hay nada que decir que no lo empeore.
Los dos sabemos exactamente lo que ha estado a punto de pasar, y lo que eso significa.
Me doy la vuelta antes de que el silencio se vuelva insoportable, antes de que cualquiera de los dos haga o diga algo irremediable.
Antes de que ese hilo que todavía nos mantiene en equilibrio termine de romperse.
Y mientras me alejo, con el pulso todavía latiendo desbocado, mi cabeza comienza a ser consciente de una realidad que me retuerce el estómago, porque hay una certeza que se abre paso en mi mente, clara, incómoda, imposible de ignorar.
Esto ya no es solo cuestión de supervivencia.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que una parte de mí empieza a aceptar este lugar, a moverse en él con naturalidad, a encontrar sentido incluso dentro de este caos… a mirarle a él sin recordar quién es.
Aprieto los dientes y acelero el paso en dirección al hospital.
No puedo permitírmelo, no puedo quedarme hasta que esto deje de parecerme una cárcel, o hasta que él deje de ser el enemigo.
Respiro hondo.
Y entonces, lo entiendo.
No se trata de salir de aquí. Se trata de no desaparecer.
Respiro hondo y tomo la única decisión viable: tengo que alejarme de él y de este lugar tanto como sea posible. Tengo que salir de aquí cuanto antes.
Tengo que irme.