Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 20
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Adrien

El desierto es sorprendente. Un segundo estás moviéndote entre las sombras de la noche y, un instante después, el sol se apodera del cielo y las sombras retroceden. Lo malo de este amanecer es que la línea pálida que rompe la oscuridad, deja al descubierto lo que la noche ha intentado ocultar.

Y hoy hay mucho que ocultar.

Nadie ha dormido esta noche. Civiles y soldados (me niego a llamarnos a nosotros mismos mercenarios) nos hemos esforzado por atender a los heridos, recoger a los muertos y reconstruir lo destruido.

Dos cabañas del perímetro exterior han ardido hasta los cimientos, y hay varios muros derruidos por efecto de las granadas.

Además, hay que eliminar la sangre del suelo arenoso.

Las mujeres se afanan en rastrillar las zonas más oscuras mientras los hombres esperan detrás con nuevos sacos de gravilla y arena limpia.

Ella tampoco ha dormido. La capitana Vaillant apenas tardó cinco minutos en reponerse y empezar a atender a los heridos. Es una mujer tan asombrosa como el desierto, más si cabe, y tenerla entre mis brazos, sentirla vulnerable durante unos minutos ha sido…

No soy capaz de definirlo, al menos, no todavía.

Camino entre los restos despacio, repasando cada punto de acceso, cada tramo de valla y, sobre todo cada ángulo muerto para que deje de serlo, porque eso es lo que han utilizado los milicianos para entrar, los dos únicos ángulos muertos del perímetro.

Que conocieran esta debilidad defensiva tuvo lógica cuando entre los heridos apareció Michel Aperon, un tipo violento e insubordinado al que expulsé del campamento hace casi un año.

Al parecer, no tardó en unirse a otro grupo armado, justo al que custodiaba el combustible que nos llevamos.

Su intención era recuperarlo y, a la vez, lanzar el mensaje de que no es buena idea meterse con ellos, pero les ha salido el tiro por la culata, literalmente.

Lo que nosotros no podemos permitir es que sigan atacando nuestro campamento, porque quizá un día no seamos capaces de repeler la agresión.

Malik se acerca por detrás sin hacer ruido, como siempre.

—Cinco —dice, sin preámbulos.

Asiento.

Cinco de los nuestros han caído. Más de los que estoy dispuesto a aceptar.

—¿Y ellos?

—Ocho. Puede que alguno de los que salieron corriendo no haya conseguido llegar muy lejos.

Han caído más asaltantes, pero eso no compensa nuestras bajas.

Compruebo una vez más el perímetro, reconstruyendo mentalmente cada segundo del ataque, cada decisión, cada retraso, cada error, porque los ha habido, aunque nadie los señale y nadie más parezca dispuesto a hacerlo.

Yo sí.

Porque es lo único que mantiene esto en pie.

—Refuerza el flanco este —ordeno al fin—. Quiero doble guardia hasta nuevo aviso. Y revisa los turnos. No pueden entrar así otra vez.

Malik asiente sin discutir. Nunca lo hace cuando le hablo en este tono.

—Lo haré.

Se queda un segundo más, como si fuera a añadir algo, pero no lo hace.

No hace falta. Los dos sabemos que esto no ha terminado.

Cuando se aleja, el ruido del campamento empieza a imponerse poco a poco, aunque todo el mundo parece hablar más bajo y moverse con una extraña contención.

Supongo que esta será la forma extraña que tiene la gente de volver a la vida después de algo así, porque no es la primera vez que lo veo.

Después de una batalla, los supervivientes se mueven despacio, hablan poco y en voz baja y buscan cualquier excusa para refugiarse en su tienda, su cabaña o su barracón.

La mente necesita tiempo para entender y aceptar la nueva realidad, no basta con respirar y seguir andando, hay que procesar lo sucedido, llorar a los muertos y luego, seguir adelante.

Cambio de dirección sin pensarlo demasiado, siguiendo un impulso que no tiene nada que ver con la logística ni con la seguridad. Cruzo la zona central hasta que la enfermería aparece al fondo, más llena que nunca, más viva y más frágil al mismo tiempo.

Me quedo unos segundos fuera, observando.

La doctora se mueve entre los heridos con una precisión que no tiene nada de improvisada, como si este caos fuera, de alguna manera retorcida, un terreno conocido para ella.

Ha reunido a varias mujeres del campamento y las ha colocado donde hacen falta.

Les habla en un tono firme, claro, sin elevar la voz, pero sin dejar espacio a la duda, y ellas, cuando Salma traduce las instrucciones, responden dudando al principio, pero al instante se ponen en marcha, como si en esas indicaciones hubieran encontrado algo a lo que aferrarse.

No debería sorprenderme y, sin embargo, lo hace. Porque no es solo lo que hace, es cómo lo hace.

La veo inclinarse sobre uno de los heridos, limpiar una herida con una delicadeza que contrasta de forma brutal con la violencia que la ha causado, y durante un instante, la imagen de la noche anterior se superpone sin permiso.

Su cuerpo contra el mío, su respiración descompasada, el hecho de que no se apartara inmediatamente, como habría hecho en cualquier otra circunstancia, como cualquiera en su lugar habría hecho.

Aprieto la mandíbula y sacudo la mandíbula.

Fue un error, sin duda. Un error fruto del estrés y de la adrenalina, nada más.

Me lo digo con la misma precisión con la que reviso las defensas, con la misma lógica con la que tomo las decisiones que nos mantienen con vida.

La protegí porque era necesario, porque perderla habría sido un problema. Porque es útil. Porque…

Ella levanta la cabeza en ese momento y nuestros ojos se cruzan.

Lo que estoy pensando salta por los aires.

Un segundo después, ya no me mira, ya está de nuevo concentrada en el herido tumbado sobre la camilla.

Lleva la ropa empapada de sangre, la cara tiznada y el pelo revuelto.

Ha intentado recogérselo en una coleta, pero mueve la cabeza con tanta energía que la melena escapa a mechones sin que pueda evitarlo.

Cuando me ha mirado, no he sido capaz de ver nada en su expresión que pueda interpretar con claridad, ni reproche, gratitud o miedo, y quizá eso sea peor, porque no me da nada a lo que agarrarme, nada que pueda usar para reconstruir la versión que me conviene.

Sigo caminando y entro en la enfermería. Echo de menos llevar la bandeja de comida en las manos, pero eso me da una idea de cómo empezar a hablar con ella sin parecer un idiota ni un entrometido.

—¿Has comido algo desde ayer? No has parado —digo, sin mirarla directamente, como si hablara con cualquiera.

—No, ya comeré luego —responde ella, sin detenerse ni cambiar el ritmo, como si mi voz fuera una más entre todas las que llenan la estancia.

Asiento, aunque no me esté mirando, y no insisto.

Salgo antes de que el silencio entre nosotros se vuelva más evidente, antes de que alguien más lo note o de que yo mismo tenga que enfrentarme a él sin la excusa de todo lo que ahora mismo nos permite fingir que no ha pasado nada.

Fuera, el aire es el mismo, seco, pesado, familiar. Pero algo ha cambiado. No solo en el campamento o en las defensas, sino en mí.

Y eso es un problema. Porque puedo resolver los fallos en el perímetro, puedo corregir errores, reforzar, anticipar y responder.

Pero esto… Esto no debería estar pasando.

Intento reducirlo a una variable más, a una anomalía controlable, a algo que pueda manejar con la misma frialdad con la que manejo el resto de las situaciones y de las personas.

Pienso que esta estúpida atracción es fruto de las circunstancias y de la situación, y me repito a mí mismo que seguramente es lo peor que puedo hacer.

Ella es un rehén reclamada por quienes pagaron por tenerla.

Pero verla trabajar entre los heridos, sin distinguir quién es un civil y quién un mercenario, hace que la vea con otros ojos.

Veo su humanidad, la misma que me falta a mí.

Y eso, me guste o no, cambia las reglas del juego, aunque todavía no esté dispuesto a admitir hasta qué punto.