Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 19
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Nora

Sé dónde estoy, soy consciente de que hay una guerra que se libra a mi alrededor, que existen multitud de facciones diferentes matándose los unos a los otros por los motivos más variados y peregrinos y, aún así, el primer disparo me sorprende, como si hubiera sonado fuera de lugar.

Estoy inclinada sobre una camilla, terminando de vendar el brazo de un niño que no deja de mirarme con unos ojos demasiado grandes para su cara, cuando ese sonido atraviesa la estancia y se queda flotando un segundo, suspendido, irreal, antes de que todo lo demás ocurra a mi alrededor como a cámara lenta.

Gritos.

Carreras.

Otro disparo, esta vez sí, seco y reconocible, seguido de una ráfaga que ya no deja lugar a dudas.

El niño se sobresalta. Yo también. Y durante una fracción de segundo, solo una, mi cuerpo se queda inmóvil, atrapado entre lo que sé y lo que no quiero aceptar.

Otra vez.

No.

No otra vez.

Sé dónde estoy, pero me cuesta aceptarlo.

—Escóndete —le digo—. Métete debajo de la mesa y no salgas pase lo que pase, ¿entendido?

No espero a ver si me obedece.

La enfermería es un caos en cuestión de segundos, gente entrando, otros intentando salir; un anciano que ha tropezado y está tumbado en el suelo, sangrando por la cabeza; una mujer que grita un nombre una y otra vez mientras busca desesperada y corre de un lado a otro.

La veo coger en brazos a una niña que mira a su alrededor paralizada y salir corriendo de allí.

Fuera, el aire se llena de humo y del inconfundible olor a pólvora y a fuego. Lo reconozco. Mi cuerpo lo reconoce.

En ese momento, mi mente entrenada toma el mando y dejo de pensar como la doctora Vaillant para ser solo una soldado.

Agarro lo primero que encuentro que pueda servir como arma —un bisturí y unas tijeras— y avanzo hacia la puerta mientras alguien me grita que vuelva atrás.

No lo hago, porque si vuelvo atrás, sé exactamente lo que va a pasar.

Lo he visto antes, lo he vivido.

Y no pienso volver a ser esa persona.

Si me quedo, seré una rehén.

Cuando llego junto a la puerta, veo un grupo de milicianos correr hacia la enfermería.

Consigo cerrarla antes de que lleguen, pero es un gesto inútil.

Unos segundos después, la madera se astilla hacia dentro con un crujido seco, violento, y el primer hombre entra en tromba, con un arma en la mano y los ojos encendidos.

No tengo tiempo de sentir miedo, solo pienso en la distancia, el ángulo y la velocidad.

Cuando se gira hacia mí, supongo que no espera resistencia. Lo sé por la forma en que tarda medio segundo de más en reaccionar, en cómo su arma no está todavía apuntándome, en cómo su cuerpo invade el espacio como si ya fuera suyo. Al fin y al cabo, solo soy una mujer…

Ese medio segundo es todo lo que tengo.

Y lo uso.

Me lanzo contra él antes de que pueda levantar el brazo, eliminando la distancia y chocando con su pecho con más fuerza de la que creía tener.

Le clavo el bisturí a ciegas una vez, dos, sin saber exactamente dónde, pero consciente de que el dolor que le estoy provocando debería bastar para detenerlo.

Él gruñe, sorprendido, y me golpea con el antebrazo, un impacto brutal que me hace perder el aire y casi el equilibrio, pero no suelto.

No puedo hacerlo. Si lo suelto, estoy muerta.

Nos tambaleamos los dos, tropezando con la mesa, y rodamos por el suelo, que está cubierto de material sanitario, hasta que el bisturí encuentra de nuevo su objetivo y su cuerpo se tensa de golpe.

Sus ojos cambian. Abre la boca e intenta ponerse de pie. Casi lo consigue, pero cae de rodillas.

Durante un segundo absurdo estamos los dos en el suelo, demasiado cerca, su sangre caliente en mis manos, en mi ropa, en mi piel, mientras yo sigo sujetando el bisturí con fuerza, lista para atacar de nuevo.

Lo suelto cuando deja de moverse. No hay tiempo para más.

A mí alrededor, algunos de los enfermos han abandonado sus camas y se enfrentan al resto de los milicianos como pueden y con lo que tienen a mano. Es una pelea desigual, pero el miedo es un poderoso proveedor de adrenalina.

Retrocedo buscando algo, una salida, una pared, cualquier cosa que me dé una mínima ventaja, pero el espacio se reduce, se llena y se convierte en una trampa en cuestión de segundos.

Uno de los que acaban de entrar me ve y levanta el arma. Y sé, con una claridad fría, casi tranquila, que no voy a poder hacer lo mismo otra vez. Que no voy a llegar.

Que esta vez…

El disparo retumba entre las paredes de adobe, pero no ha salido de su arma.

El impacto lo atraviesa antes de que pueda apretar el gatillo y lo lanza hacia adelante como si alguien hubiera tirado de él con violencia. Durante un instante, todo se ralentiza, el tiempo se mueve lo justo para que mi cerebro entienda lo que mis ojos ya están viendo.

Kader.

No lo veo llegar, pero lo siento. De alguna manera, sé que es él y que está aquí. Es como una presencia que desplaza todo lo demás.

Dispara otra vez, y otra, girando sobre sí mismo.

Luego, quizá consciente de la presencia de civiles en un espacio tan reducido, guarda el arma y comienza a moverse.

Y eso es peor. Nunca lo había visto así, ni siquiera la primera vez, cuando atacó mi base.

Se mueve con una precisión letal, dejando que su furia actúe sin freno. Golpea, apuñala y estrangula como si fuera un robot, cada golpe va dirigido no solo a neutralizar, sino a destruir, a borrar, a asegurarse de que nadie vuelva a levantarse.

Uno de los hombres intenta rodearlo y sorprenderlo por detrás, pero no lo consigue. Kader lo intercepta con una velocidad brutal, lo desarma en un movimiento seco y lo golpea con una violencia que hace que incluso yo tenga que apartar la mirada un segundo.

No hay humanidad en ese instante, solo una decisión clara y ejecutada hasta el final.

Uno de los asaltantes se abalanza sobre mí. No lo veo venir hasta que está encima y su mano se cierra sobre mi brazo, tirando de mí hacia atrás, y entonces sí, entonces el miedo regresa, afilado, inmediato, clavándose en el pecho con una fuerza que me deja sin aire.

Lo golpeo para intentar zafarme, pero fallo.

Él levanta el brazo por encima de su cabeza y lanza su puño cerrado contra mi cara. Me muevo a un lado lo justo para evitar el impacto directo, pero aún así, el golpe me sacude la cabeza y un pitido estridente invade mis oídos.

Con la otra mano me agarra por el cuello y me acerca a él. Puedo ver la furia en sus ojos y la saliva reseca en la comisura de sus labios.

Cierra la presa con la otra mano y aprieta con decisión. Le lanzo una patada que esquiva por poco y alarga los brazos para mantenerse a distancia. Me cuesta respirar…

En ese momento, Kader lo coge de los hombros desde atrás y lo arranca de mí.

Literalmente.

Sus manos se cierran sobre él y lo separa con una violencia implacable, lo lanza contra la pared y se agacha sobre él mientras pone sus manos alrededor del cuello del asaltante. El sonido que sigue basta para entender que ya no es una amenaza.

No queda nadie en pie dentro de la enfermería. Los civiles han huido, y los milicianos o están muertos, o se baten en retirada. En el exterior continúa el eco de los disparos, pero allí dentro se ha instalado una especie de paz falsa solo rota por mi respiración y la suya.

—No te muevas —me pide en un susurro.

Me mira un instante y luego sale corriendo de allí.

Poco a poco vuelvo a ser consciente del caos que se ha desatado a mi alrededor.

Los hombres de Kader defienden la posición con uñas y dientes, y veo pasar a varios civiles armados que se han unido a la lucha.

Me siento en el suelo y miro hacia la puerta esperando el final.

No sé qué final, pero sé que esto tiene que terminar.

Todas las batallas terminan. Las pequeñas, las grandes…

Alguien vence y alguien pierde, y nunca se sabe en qué bando vas a estar hasta que, en efecto, la pelea termina.

Unos minutos después escucho gritos y vítores en el patio central.

Estamos a salvo. Me pongo de pie y me apoyo en la pared. Kader tarda solo unos segundos en volver.

Estoy temblando. No me había dado cuenta hasta ahora.

No sé en qué momento ha pasado, en qué segundo exacto mi cuerpo ha decidido reaccionar a todo lo que acabo de hacer, a todo lo que acabo de ver y de vivir.

Intento dar un paso, pero no puedo.

Y entonces, él está ahí. Más cerca de lo que ha estado nunca.

Siento sus manos en mis brazos primero, firmes, comprobando, buscando, asegurándose de que no estoy herida, de que no hay sangre que no sea de otros, de que sigo entera.

Y luego me acerca a él. Sin brusquedad esta vez. Sin violencia.

Como si ese mismo cuerpo que hace un momento destruía todo lo que tocaba, ahora no supiera muy bien cómo sostener algo sin romperlo.

Apoyo la frente contra su pecho sin darme cuenta de que lo estoy haciendo. De que lo necesito. De que no me aparto cuando lo siento cerca.

Su respiración sigue acelerada. La mía, también.

Siento que hay algo que empieza a cambiar. Muy despacio, sí, y muy dentro.

Es como si se agrietara el hielo, como si una compuerta que lleva mucho tiempo cerrada, por fin cediera.

No debería, lo sé. Después de todo, de quién es. Después de lo que ha hecho.

Pero mientras me sostiene, mientras siento su mano en mi espalda, firme, presente, cálida…

Ya no lo odio.

Y eso, más que el ataque, más que la sangre, más que todo lo demás…

Es lo que de verdad me asusta.