18
Adrien
Todavía no sé cómo ha pasado, pero lo que empezó siendo un hecho puntual, llevar en persona la bandeja con la cena a la doctora para asegurarme de que se alimentaba correctamente y no se dejaba morir, acabó convirtiéndose en pocos días en parte de mi rutina.
De hecho, era la parte de mi rutina que con más ganas esperaba.
No es algo que decidiera ni planificara, más allá de esa primera decisión de aquella tarde, sino una deriva lenta, casi imperceptible, que empezó como una excepción —un gesto puntual, una concesión sin importancia— y termina repitiéndose con la naturalidad de lo inevitable, hasta el punto de que, cuando intento recordar en qué momento exacto dejó de serlo, no encuentro un punto claro, solo una sucesión de días que han ido encajando unos dentro de otros con una naturalidad pasmosa.
Cenar con ella es parte de esa deriva.
A la misma hora aproximada, cuando el calor cede lo justo para que el aire vuelva a ser respirable y el campamento entra en esa fase intermedia entre la actividad y el descanso, recojo la comida en la cocina, ignoro las miradas que muchos hombres ya no se molestan en disimular y cruzo el patio hasta la enfermería con la bandeja en la mano.
Sé que podría mandar a cualquiera. De hecho, debería hacerlo, pero no lo hago.
Cuando entro, ella suele estar trabajando todavía, inclinada sobre el cuaderno, revisando vendajes o reorganizando el material, como si ese orden mínimo fuera la única forma de mantener el control en un lugar donde todo tiende al caos.
No sé si me oye llegar, ve mi sombra recortada contra la puerta o huele el guiso de cabra, pero siempre levanta la vista despacio y me mira sin sonreír.
Luego, deja lo que esté haciendo y se acerca a mí en silencio.
Durante los primeros días, me limitaba a dejar la bandeja y marcharme, hasta la tarde en la que, no sé por qué, decidí poner dos cuencos en la bandeja.
Ahora, cuando llego, nos sentamos y comemos mientras hablamos lo justo.
A veces, ni una palabra. Y, sin embargo, hay algo en esos silencios que no los hacen tensos ni incómodos.
Es cierto que ambos medimos cada palabra, cada pausa, incluso el momento en el que nos llevamos la cuchara a la boca, pero no lo siento forzado, y creo que ella tampoco.
Esta noche no es diferente, o al menos, no lo parece.
El guiso está más espeso de lo habitual, la carne está dura y el pan se ha quedado reseco, pero ninguno nos quejamos.
Nora come con la misma concentración que aplica a todo lo demás, sin prisas, sin distracciones, como si incluso ese gesto estuviera integrado en una cadena de decisiones que no puede permitirse romper.
—Has tenido más pacientes hoy —digo en un momento dado.
—Sí —responde sin más.
—Han venido solos —insisto, porque me parece relevante.
Ella se limita a asentir.
—Algunos. —Se limpia las manos con una tela limpia antes de continuar—. No todos están preparados para cruzar el campamento hasta aquí.
—Pronto lo harán —le aseguro.
—No pensarás traerlos a rastras, ¿verdad?
Me mira muy seria, no sé si lo dice en broma o en serio hasta que un asomo de sonrisa la delata.
—Puedo hacerlo —respondo en el mismo tono.
—No me cabe duda.
Luego, seguimos comiendo en silencio.
Cuando terminamos, recoge los cuencos con un gesto automático y los deja a un lado, alineados.
—Necesito más antibióticos —dice sin mirarme—. Y suero.
—Me ocuparé —le aseguro mientras me levanto y me dirijo a la puerta.
Asiente, pero no me da las gracias. Nunca lo hace y, por supuesto, no lo espero. No puedo olvidar que ella está aquí en contra de su voluntad, y hace lo que hace por culpa de Hipócrates, o gracias a él. Sé que ella tampoco lo olvida ni un solo segundo.
Lo que es más curiosos de todo es que cada noche, cuando salgo de la enfermería, tengo la sensación de que estoy dejando algo atrás.
El aire de la noche es más fresco, pero no lo suficiente como para disipar del todo el calor acumulado en las paredes.
Cruzo el patio sin detenerme, con las bandejas aún en la mano, hasta que la silueta apoyada junto a mi cabaña se recorta con claridad bajo la luz tenue de una bombilla colgada de un cable.
Malik.
Dejo las bandejas sobre la mesa exterior antes de hablar.
—¿Qué pasa? —le pregunto por fin.
Malik se endereza despacio, sin prisas, como si estuviera buscando el momento exacto para empezar a hablar.
—Ha llegado un mensaje. —Me muestra un papel impreso con el correo recibido.
Lo observo.
—¿De quién?
—Sabes de quién.
Sí, lo sé.
—¿Y?
Malik mantiene la mirada fija en mí.
—La quieren —me dice sin más. No necesito más detalles—. La quieren ahora —añade—. Entrega inmediata.
—Lo esperaba —reconozco por fin.
—Hace mucho que pasó el plazo que habíamos pactado. —Malik cruza los brazos—. La secuestramos por un motivo.
—Lo sé, lo sé.
—Y ese motivo no ha cambiado —me recuerda.
—Las circunstancias, sí.
Malik niega despacio.
—Ellos no lo ven así —me dice.
El campamento sigue vivo a nuestro alrededor, con ese murmullo constante que ni siquiera cesa durante la noche, pero en ese momento me da la sensación de que todo ha quedado suspendido.
—Es útil aquí —digo.
—Claro —responde Malik—. Precisamente por eso. —Me aguanta la mirada—. Hicimos una promesa. Y nosotros, siempre cumplimos nuestras promesas.
Asiento lentamente.
—Siempre.
—Entonces, ya sabes lo que toca.
La conversación podría terminar aquí. De hecho, debería, pero no lo hace.
—Podemos conseguirles otro médico —digo entonces—. Estoy seguro de que les servirá cualquiera.
—No creo que se trate de tener un médico, no es tan fácil —me rebate. Sé que tiene razón, pero me mantengo firme.
—Nada aquí lo es.
—Su sitio no es este —continúa—. Lo sabes.
—Ya te he dicho que lo sé.
—Tiene un destino —añade a pesar de mi evidente cabreo—. Y nosotros tenemos un acuerdo.
La palabra «acuerdo» se queda flotando entre nosotros.
—Lo sé —repito.
Malik me observa unos segundos más, como si esperara que añadiera algo, pero no lo hago.
—Entonces —dice—, ¿cuándo?
Es una pregunta directa a la que no puedo contestar con evasivas. Miro hacia la enfermería, aunque no puedo verla a ella desde aquí.
—La entregaré —digo finalmente. Malik no se mueve, pero está pendiente de cada palabra—. Pero no todavía.
Malik achina los ojos y frunce el ceño.
—¿Por qué? —pregunta.
Podría darle una explicación. Hablar de su utilidad, de la enfermería, de los civiles que empiezan a acudir, de lo que perderíamos si dejamos de contar con ella de un día para otro. Sería fácil y lógico. Y también, sería mentira.
Inclino ligeramente la cabeza y respondo mirándole a los ojos.
—Aún no he terminado con ella.
—No lo retrases demasiado —me dice muy serio mientras me entrega el mensaje impreso, que me guardo en el bolsillo del pantalón—, ya sabes con quién nos la estamos jugando.
—La entregaré cuando yo lo decida, no cuando ellos quieran.
Malik asiente, se aparta de la pared y se aleja sin decir nada más, dejando atrás una conversación que, en realidad, los dos sabemos que no ha terminado.
Me quedo solo, y el ruido del campamento vuelve a ocupar su lugar.
Me paso la mano por la nuca y cierro los ojos un segundo.
Sé exactamente lo que significa esa decisión. Y sé que, cuando llegue el momento, no habrá margen para los errores. Ni para las dudas. Ni para nada que no sea hacer lo que toca.
Sé que debería mantener la distancia, con ella, que tendrá que dejar de verla como una persona y pensar en ella como lo que es, una mercancía muy, muy cara.
Debería dejar de ir a cenar a la enfermería, y de preocuparme por ella.
Debería, sí.
Aprieto la mandíbula. Y no me muevo.