17
Nora
Hay un momento —no sé exactamente cuándo ocurre, ni podría señalar el día preciso en que empezó— en el que el cuerpo deja de reaccionar como si todo fuera provisional y empieza a comportarse como si aquello, esa suma de adobe, polvo, calor, armas apoyadas contra las paredes y voces mezcladas en tres idiomas, fuera simplemente el mundo en el que me ha tocado vivir, y lo más perturbador no es el cambio en sí, sino descubrirlo cuando ya ha sucedido, cuando una mañana me despierto unos segundos antes de que el generador arranque con su traqueteo habitual y comprendo, con una claridad que me incomoda profundamente, que me he adelantado al sonido porque mi organismo ya conoce el ritmo de este lugar.
Ese descubrimiento me produce una punzada física de angustia.
No porque adaptarse sea extraño —el ser humano está hecho precisamente para eso, para sobrevivir acomodándose a lo intolerable hasta volverlo costumbre—, sino porque hay algo obsceno en la facilidad con la que el cuerpo aprende a habitar incluso aquello que la mente rechaza, y porque esa adaptación lleva implícita una pregunta que no quiero formular: cuánto tiempo hace falta para que un cautiverio deje de sentirse como tal y empiece a parecer simplemente otra forma de rutina.
No me permito pensar demasiado en ello. Además, no tengo tiempo.
A estas alturas, después de tres semanas, las mañanas tienen una estructura casi fija, y eso también me inquieta.
Primero reviso a los heridos del hospital improvisado, que ya no parece improvisado del todo desde que logré imponer un orden mínimo: registros completos, horarios de medicación, separación real entre convalecientes e infecciosos, normas básicas de esterilidad que al principio parecían absurdas para todos y que ahora nadie discute.
Después paso a la enfermería, donde el flujo de pacientes nunca cesa del todo, y más tarde, cuando el calor empieza a hacerse casi sólido y el aire parece quedarse detenido entre los muros, cruzo hasta el campamento civil.
La primera vez que una de las mujeres vino voluntariamente a la enfermería sin esperar a que yo fuera a buscarla, me costó más de lo razonable disimular mi sorpresa.
Era Salma, la intérprete de Amina, con una niña pequeña en brazos y una expresión de incomodidad que intentaba ocultar bajo una dignidad silenciosa.
La niña tenía fiebre y tos, nada grave, pero el hecho de que hubiera cruzado sola desde las tiendas hasta las construcciones de adobe significaba algo mucho más importante que el diagnóstico.
Después, vino otra. Luego, un anciano. Y al cabo de unos días, ya no eran casos aislados. Todavía son pocos y miran a su alrededor al entrar con esa prudencia instintiva de quien pisa territorio ajeno, pero vienen.
Y eso significa que algo ha cambiado, que la frontera entre ambos mundos —el suyo y el de los hombres armados— ha dejado de ser completamente infranqueable.
Malik, por supuesto, sigue pegado a mí como una sombra. No siempre a la misma distancia, ni con el mismo gesto vigilante que los primeros días, pero siempre está.
Al principio me irritaba hasta el agotamiento; ahora, lo que me desconcierta es otra cosa: me he acostumbrado a su presencia lo bastante como para notar cuándo no está.
Esa mañana lo descubro sentado sobre una caja de munición vacía, bajo la sombra estrecha de un toldo, observando cómo vendo el brazo de uno de los obreros heridos, con esa expresión suya entre resignada y divertida que parece decir que nada de lo que ocurre en el mundo consigue sorprenderlo del todo.
—Si sigues mirando así —le digo sin levantar la vista del vendaje—, voy a cobrarte consulta.
—No puedo pagar tus tarifas, doctora —responde con absoluta solemnidad.
—Capitana.
—Peor aún —dice él—. Los oficiales cobran más.
Levanto la cabeza y lo miro.
Está sonriendo.
Y, para mi propia irritación, descubro que yo también.
Es un gesto pequeño, involuntario, casi reflejo, pero no deja de ser una grieta.
Malik la ve y no dice nada. Por suerte.
Terminamos la cura y el hombre se marcha, agradecido, mientras Malik se levanta y me sigue hacia el exterior con la naturalidad de quien ha aceptado que ese papel le corresponde y no piensa discutirlo.
—¿Sabes? —dice mientras cruzamos el patio—. Al principio pensé que durarías tres días.
—¿Solo tres?
—Cinco, siendo optimista.
—Y ahora, ¿qué piensas?
Me mira de reojo.
—Ahora pienso que eres un problema porque eres indestructible.
—Eso ya lo sabía.
Se ríe, una risa breve y baja que desaparece enseguida.
No puedo evitar pensar que, en otras circunstancias, quizá incluso me habría caído bien.
La idea es absurda.
Y, sin embargo, ahí está.
Veo a Kader menos de lo que esperaba. O, mejor dicho, interactúo con él menos.
Sigue moviéndose por el campamento con esa presencia imposible de ignorar, esa forma de entrar en un espacio y alterar inmediatamente su equilibrio sin necesidad de hablar, pero desde hace días, nuestras conversaciones son escasas, reducidas a intercambios breves, casi funcionales, como si ambos hubiéramos aceptado una tregua tácita que ninguno está dispuesto a romper primero.
Y, sin embargo, lo noto.
Siempre.
A veces es solo una intuición antes de comprobarlo: levanto la cabeza mientras reviso una caja de medicamentos, o mientras salgo de la zona civil, o mientras me lavo las manos en la pila exterior, y lo encuentro a distancia, hablando con Malik o supervisando una carga de combustible, o simplemente quieto, observando el movimiento del campamento con esa atención suya que nunca parece distraída.
Y a veces, me está mirando.
No de forma insistente ni con descaro. Tampoco me vigila como un carcelero asegurándose de que su rehén no escape.
Es otra cosa. Se trata de una atención distinta, difícil de definir precisamente porque no es invasiva. Y aunque me disgusta reconocerlo —porque reconocerlo implica aceptar algo que preferiría negar—, hay una parte de mí que encuentra un extraño consuelo en eso.
Por supuesto, no confío en él ni olvido quién es. Lo que ocurre es que sé distinguir entre control y cuidado, y lo que hay en esa mirada no se parece al primero.
La comida se ha convertido también en una rutina.
Kader se presenta cada día con una bandeja de comida, la deja sobre la mesa de la enfermería o el hospital, donde me encuentre, inclina la cabeza y se marcha, aunque no se aleja demasiado hasta que no comprueba que estoy comiendo.
Me he acostumbrado también al sabor de la carne de cabra y de las fuertes especias que el cocinero utiliza sin ningún control.
Hoy, sin embargo, cuando entra en la enfermería al final de la tarde, viene cargado con dos bandejas. O, mejor dicho, una bandeja grande con dos cuencos humeantes, pan recién hecho —recién hecho, algo insólito—, una jarra metálica de agua fresca y dos vasos.
Levanto la vista del registro que estoy completando.
—¿Ha ocurrido algo? —pregunto.
Él deja la bandeja sobre la mesa y, por primera vez en varios días, se permite esa sombra de sonrisa casi imperceptible.
—Sí —dice—. He decidido cenar.
Miro los dos cuencos y luego lo miro a él.
—¿Y necesitas permiso para eso?
—Aquí dentro, sí.
Tardo unos segundos en contestar, sobre todo porque no he detectado la habitual ironía en sus palabras. Porque no la hay, y tampoco intenta provocarme.
Lo que veo es una cortesía básica, inesperadamente genuina.
Me aparto de la mesa y señalo la silla frente a mí.
—Entonces, siéntate.
Kader asiente y toma asiento al otro lado.
Me pasa uno de los cuencos y sirve agua en los vasos.
—Hoy, la cabra está especialmente tierna —dice.
—¡Qué suerte! —bromeo—. Y ya que me traes la cena, hoy yo aportaré el postre. Salma me ha traído un platillo de unos dulces hechos con dátiles y miel que son hipercalóricos y pegajosos, pero deliciosos.
—Los conozco, y me encantan. —Sonríe un poco y luego se pone serio de nuevo—. Ayer te vi cerca de los muros —me dice.
—Estoy buscando la forma de escapar —respondo.
Me mira fijamente, pero no tiene forma de saber si estoy hablando en broma o en serio, y no tengo intención de aclarárselo, por supuesto. Es más divertido así.
—No aguantarías mucho ahí fuera —me dice.
—Eso no lo sabes —le rebato—, creo que me estás subestimando. —Le aguanto la mirada un momento más y sigo comiendo como si nada—. Además —digo después—, estoy segura de que la obligación de todo rehén que se precie es intentar escapar.
Me mira, sonríe ampliamente y sigue comiendo.
Durante un instante, mientras el vapor del guiso asciende entre ambos y la luz del atardecer entra sesgada por la ventana alta, tengo la sensación absurda de que algo acaba de comenzar, aunque todavía no sé darle nombre.
Y precisamente por eso me da miedo.