Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 16
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Adrien

La cocina no es más que una construcción abierta en uno de los laterales del campamento, un espacio improvisado con paredes a medio levantar, un techo de chapa que apenas protege del calor y una mesa larga de madera que ha visto mejores días, si es que alguna vez los tuvo, pero aun así es uno de los pocos lugares donde la actividad no gira en torno a las armas, y eso, en este sitio, ya es bastante.

No le doy opción. No después de haberla visto tambalearse, aunque haya sido solo un instante. De hecho, estaba dispuesto a alimentarla a la fuerza si se hubiera empeñado en seguir sin comer. Por suerte, parece que ha entrado en razón. A ver cuánto dura la tregua…

Camino hacia allí con ella a mi lado. El cocinero levanta la vista cuando entramos, se limpia las manos en un trapo que probablemente debería haber dejado de usarse hace tiempo y saluda con el gesto breve que aquí sustituye a cualquier palabra porque no todos hablamos el mismo idioma.

—¿Qué hay? —pregunto.

—Cabra —responde—. Como siempre.

Asiento. No necesitamos más. El cocinero nos señala un rincón apartado, donde han colocado una mesa pequeña y dos taburetes desiguales.

Nos sentamos en el reducido espacio e intento ignorar que sus rodillas rozan las mías bajo la mesa.

—No sirvo —dice el cocinero desde los fogones.

Lo que me faltaba… Sé que no es un restaurante, pero soy el comandante del campamento…

Suspiro y me levanto. Vuelvo con dos cuencos llenos de un guiso espeso que huele a grasa y a especias, y dos trozos del pan que las mujeres de las tiendas nos traen por la mañana. Lo coloco sobre la mesa y busco un par de cucharas.

—Ahí —dice el cocinero cuando me descubre buscando con la mirada. Cojo los cubiertos y, ahora sí, me siento en el precario taburete.

—Come —digo sin más.

No es una orden, o no del todo.

Ella me mira un segundo, como si estuviera valorando si merece la pena discutir, y luego coge la cuchara.

Bien.

Durante unos segundos, solo se oye el sonido metálico del cubierto contra el cuenco y el murmullo lejano del campamento, una calma relativa y pasajera que sé que todos están disfrutando.

La observo con disimulo. No come con apetito, se limita a meterse el trozo de carne en la boca y masticarlo despacio, dándole vueltas hasta que lo traga.

—Está bueno —dice cuando me descubre mirándola.

—No está mal —reconozco—, pero cuando llevas un mes comiendo prácticamente lo mismo todos los días, te aseguro que terminar por aborrecerlo.

Ella sonríe y se mete otro trozo de carne en la boca. Eso le impide hablar. De hecho, creo que come para no tener que hablar conmigo.

Tal vez debería hacer yo lo mismo, pero no puedo.

—Has vivido en Estados Unidos —digo al cabo de un momento.

No es una pregunta.

Ella levanta la vista.

—Sí.

No añade nada más.

—¿Mucho tiempo? —sigo yo.

Duda apenas un segundo.

—Bastante, sí.

Hay algo en la forma en que responde que deja claro que no va a regalar información sin más, así que no insisto por ese lado.

—No es habitual en un perfil como el tuyo —añado.

Ella apoya la cuchara en el borde del cuenco, pensativa, hasta que por fin la veo relajar los hombros.

—Mis padres eran militares —explica—. Estuvieron muchos años destinados allí. Estaban en la Fuerza aérea —continúa—, pero en Estados Unidos trabajaban en la embajada.

—¿Y tú?

—Yo no quería seguir ese camino —confiesa para mi sorpresa.

Levanto una ceja.

—Y sin embargo, lo hiciste —digo—, aquí estás, capitana Vaillant.

Una leve sombra de algo que podría ser una sonrisa aparece en su boca, pero desaparece antes de consolidarse.

—No exactamente. —Se inclina ligeramente hacia atrás en el taburete, lo justo para no perder el equilibrio—.

Quería estudiar medicina —explica—. Eso era lo único que tenía claro, y el ejército…

—continúa— era la forma más directa de hacerlo.

O la más lógica, según cómo se mire teniendo en cuenta que vivía entre militares y que podía tener que cambiar de ciudad en cualquier momento.

—¿Lógica para quién?

—Para ellos —responde, con un deje de ironía—. Para mí… —se encoge de hombros—. Supongo que también.

Bebe un sorbo de agua antes de seguir.

—¿Y luego? —pregunto.

—Luego, lo de siempre —responde—. Terminé los estudios a la vez que la formación y me metí en la misma rueda que mis padres. Destinos, misiones…

No entra en detalles, no hace falta.

—¿Y cómo has acabado en el Sahel?

Se encoge de hombros.

—Deberías saber que no puedes rechazar una misión. Yo estaba muy bien en la base en la que trabajaba, pero de la noche a la mañana, literalmente, tuve que hacer la maleta y volar hasta este infierno con el resto de mis compañeros.

Mastico la respuesta durante un buen rato. El guiso se ha quedado frío en el cuenco y las cucharas descansan sobre la mesa.

—¿Y ahora? —pregunto por fin

Ella me mira y tarda unos segundos en responder.

—Ahora no importa —dice finalmente—. Estoy aquí, atrapada, prisionera. No soy dueña de mi destino.

No puedo añadir nada, porque tiene razón. Está aquí en contra de su voluntad, porque la necesitamos y porque… Bueno, por todo lo demás.

Luego se levanta y me mira un momento desde su posición dominante.

—Necesito descansar un poco antes de volver al hospital. Ya que me habéis preparado una habitación, creo que voy a utilizarla.

—Bien hecho —le digo—. Descansa un buen rato.

—Bastará con unos minutos, tengo trabajo.

—Lo sé.

Da media vuelta y se marcha sin despedirse ni mirar atrás. La observo unos segundos más de lo necesario.

Luego, vuelvo a quedarme solo.

El ruido del campamento regresa poco a poco, llenando el espacio con esa actividad constante que nunca se detiene del todo, aunque ahora me resulta distante, como si hubiera quedado al margen de algo que no termino de comprender.

Me apoyo contra la pared de mi cabaña, saco un cigarro y lo enciendo sin prisa, dejando que el humo se eleve despacio antes de disiparse en el aire caliente.

No pienso en el convoy, ni en la milicia, ni en la siguiente operación.

Pienso en ella.

En la forma en que se mueve, en cómo controla cada gesto, incluso cuando está al límite. En cómo no pide nada, pero lo cambia todo a su alrededor.

Y en lo evidente.

La deseo.

No hay otra forma de decirlo.

No es una cuestión superficial, ni una reacción inmediata a la proximidad o a la novedad, ni siquiera una respuesta lógica al tiempo que llevo sin estar con una mujer.

Es algo más incómodo que eso, más persistente, como una idea que no debería estar ahí, pero que se repite hasta que es imposible ignorarla.

Doy una calada lenta y exhalo mientras dejo que el pensamiento se desarrolle.

No puedo actuar en consecuencia, sería un error. Y no por ella; sobre todo, por mí. Porque en el momento en que algo deja de ser operativo y pasa a ser personal, se vuelve imprevisible. Y lo imprevisible, en este entorno, no dura.

Apago el cigarro contra la pared y lo dejo caer al suelo.

No voy a cruzar esa línea.

No ahora, no aquí.

Aunque, por primera vez en mucho tiempo, no estoy completamente seguro de poder sostener esta decisión si las condiciones cambian.