15
Nora
No digo nada al principio, no hace falta.
La mancha de sangre se ha abierto paso a través de la tela con una claridad demasiado evidente como para ignorarla, y aunque él no parece darle la menor importancia —ni siquiera mira hacia abajo—, yo sé exactamente lo que significa, lo he visto demasiadas veces como para confundirme: la herida no está cerrada, o al menos no lo suficiente, y el esfuerzo de hoy ha terminado por romper lo que sea que haya hecho para contenerla.
—Si no te importa —digo al fin, señalando el costado—, eso hay que verlo.
Adrien no responde de inmediato. Se limita a sostenerme la mirada durante un segundo más largo de lo normal, como si estuviera evaluando si esto es una orden, una sugerencia o algo que puede simplemente ignorar.
—No es nada —responde al final.
Niego con la cabeza y me armo de paciencia. No tengo ninguna intención de discutir con él.
—Claro que lo es. Si sangra, algo pasa. Pero si quieres morir de una infección, allá tú. Por mí no te cortes.
Sigue un silencio breve.
Luego, sin decir ni una sola palabra, se quita la camisa.
Lo hace con un gesto limpio, sencillo, sin ninguna intención de convertirlo en otra cosa que no sea lo que es, pero aun así el efecto es inevitable, porque el cuerpo que queda al descubierto no es el de un hombre cualquiera, ni siquiera el de un soldado al uso, sino el de alguien que ha pasado demasiado tiempo en lugares donde la violencia no es un hecho aislado, sino una constante.
No es la herida lo que me detiene. Es todo lo demás.
Las cicatrices. No una o dos, unas marcas aisladas que puedan explicarse como incidentes puntuales, sino una acumulación de líneas, cortes antiguos, zonas mal cicatrizadas, rastros de impactos, como si su cuerpo fuera un mapa incompleto de todas las decisiones que ha tomado y de todas las veces que ha salido con vida de situaciones en las que la suerte ha jugado un papel fundamental.
Me acerco sin decir nada y cojo una gasa limpia.
—Siéntate.
Esta vez no discute.
Se deja caer en la silla con un movimiento controlado, como si estuviera acostumbrado a medir cada gesto para no perder energía en lo innecesario, y me deja espacio sin invadir el mío, lo justo para que pueda trabajar sin obstáculos.
Me inclino hacia su costado y estudio lo que tengo delante.
La herida es superficial, pero larga, una rozadura de bala que ha abierto la piel sin penetrar en profundidad, lo suficiente para sangrar y seguramente para doler como un demonio, pero no para incapacitarlo, lo que explica que la haya ignorado hasta ahora.
—Un roce —murmuro, más para mí que para él.
—Sí.
Limpio la zona con cuidado, apartando la sangre seca, y noto cómo el músculo se tensa bajo mis dedos.
—Deberías haberla curado mejor —añado.
—No era prioritario.
Levanto la vista un segundo.
—Claro.
No hay reproche en mi tono, pero tampoco aprobación.
Sigo trabajando en silencio durante unos segundos, básicamente porque no sé qué decir y él parece haber elegido el silencio como escudo.
Mi mirada se desliza inevitablemente hacia una cicatriz que cruza su abdomen en diagonal. Parece antigua y profunda, y curó mal cerrada en uno de los extremos.
—¿Qué pasó ahí? —pregunto, sin pensar demasiado si debería hacerlo.
Kader baja la vista un instante.
—Afganistán —responde sin más, como si la sola mención de ese país lo explicara todo. Y en parte, lo hace. Yo también he estado allí—. Una explosión —añade—. No tenía un médico cerca y mis hombres hicieron lo que pudieron. No quedó bonito, pero estoy vivo.
Asiento. Eso explica la forma y la profundidad que se intuye, además de la forma rugosa e irregular, propia de una cura precaria.
—Y esta —continúo, señalando otra, más limpia y que parece más reciente—. ¿También Afganistán?
Niega.
—Mali.
No dice nada más, pero tampoco hace falta. Mali y sus guerrillas, sus políticos corruptos, sus mercenarios… Mali es un polvorín del que nadie sale ileso.
Sigo limpiando la herida del costado, aplicando antiséptico con movimientos precisos, pero cada vez soy más consciente de la proximidad, de la distancia inexistente entre ambos, del calor que desprende su piel bajo mis manos, de la respiración contenida que no es incómoda, pero tampoco indiferente.
—Te han disparado muchas veces —digo por fin.
—No las suficientes. Sigo vivo.
La respuesta me arranca una exhalación breve que, en otras circunstancias, habría terminado en una carcajada.
—Eres un imbécil —constato.
—Eso dicen.
Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Me está mirando de forma… diferente. Sigue siendo una mirada atenta, pero también más consciente. Me está viendo.
Me muerdo el carrillo por dentro y vuelvo a la herida. No estoy para pensar en tonterías.
—Esto hay que cerrarlo mejor —digo, obligándome a mantener la concentración—. Si sigues moviéndote así, se te va a abrir otra vez, y una herida no se puede coser una y otra vez.
—No tengo intención de parar —responde.
—Lo suponía, así que intentaré fijarlos lo más fuerte que pueda.
Termino de limpiar la zona y preparo el material para cerrar la herida con puntos de aproximación, sin necesidad de sutura profunda, lo justo para asegurar que la piel no vuelva a separarse.
Cuando lo toco de nuevo, esta vez con más presión, noto cómo su respiración cambia apenas, algo que probablemente nadie más detectaría, pero que a mí no se me escapa.
—Esto va a doler —le aviso.
—Te aseguro que he tenido días peores.
—No me cabe duda.
Trabajo con precisión, concentrándome en cada movimiento, en cada milímetro de piel que tengo que recolocar, en cada gesto que me permite no pensar en nada más.
Pero no es suficiente, porque soy demasiado consciente de todo lo demás.
De la cercanía, del silencio, de que no se aparta, cuando antes sí lo hacía.
Ni yo tampoco.
Cuando termino, dejo caer la gasa en la bandeja y me enderezo despacio.
—Ya está —digo.
Kader no se mueve.
—Gracias —responde sin más.
Vaya, es la primera vez que lo dice. Desde luego, no lo dice con énfasis, pero tampoco ha sido una respuesta automática.
Asiento, sin saber muy bien qué hacer con eso.
—Intenta que no vuelva a abrirse —añado.
—Lo intentaré.
No lo hará, los dos lo sabemos.
Hay un segundo de más, un segundo en el que ninguno se mueve, en el que la distancia sigue siendo mínima. En el que bastaría un gesto para cruzar una línea que no debería cruzarse.
Y es precisamente por eso por lo que me aparto primero.
Recojo el material y ordeno la mesa con movimientos innecesarios, demasiado precisos, como si necesitara recuperar el control a través de algo tangible.
—Puedes vestirte —digo, sin mirarlo.
Él lo hace. Cuando vuelve a hablar, su voz ha recuperado ese tono neutro que lo mantiene todo en su sitio.
—Vamos a la cocina —dice—. Tienes que comer. No creas que se me ha olvidado.
Casi sonrío.
—Eres insistente.
—¿Funciona?
Lo miro un segundo.
—Eso está por ver.
Pero aun así, lo sigo al exterior y voy con él a la cocina.
Aunque no se lo voy a decir, acabo de darme cuenta de que tiene razón en algo.
Aquí, las normas no son las mismas, y sobrevivir depende, en gran parte, de aceptar eso antes de que sea demasiado tarde.