14
Adrien
La espera en el desfiladero siempre es lo más parecido a la tranquilidad que existe en este tipo de trabajo, aunque en realidad no lo sea en absoluto, porque todo está en tensión, contenido, literalmente a punto de saltar por los aires en cualquier momento, como si el propio desierto supiera que en cuestión de segundos va a llenarse de ruido, de polvo y de sangre.
Me mantengo agachado tras una formación de rocas bajas, con el fusil apoyado y la vista fija en la carretera estrecha que se abre paso entre las paredes del desfiladero, un punto de paso obligado que reduce cualquier convoy a una fila ordenada y vulnerable, exactamente como necesitamos.
A mi izquierda, Malik controla el flanco con la misma calma concentrada de siempre; al otro lado, Rafael murmura algo por la radio, probablemente una broma que no le hace gracia a nadie, pero que le sirve para soltar la tensión sin romper la disciplina.
Los otros tres hombres están al otro lado del camino, en posiciones similares a las nuestras y listos para detonar la artillería pesada en cuanto sea necesario.
El sonido llega antes de que los veamos, un rumor lejano de motores que crece poco a poco hasta volverse reconocible y la vibración se filtra a través del suelo hasta que podemos sentirla en el estómago, que mantenemos pegado al suelo.
Levanto dos dedos y todos se preparan.
El primer vehículo aparece en la curva con la velocidad contenida de quien sabe que este terreno no permite errores. Detrás va el camión cisterna. Y cerrando la marcha, el segundo vehículo de escolta.
Exactamente como nos dijeron.
Espero a que el convoy se interne lo suficiente, para que el margen de maniobra desaparezca y la distancia entre los vehículos se reduzca lo justo para que no puedan reaccionar sin estorbarse entre ellos.
Entonces, bajo la mano y los dos coches escoltas saltan por los aires.
Las primeras ráfagas golpean el vehículo delantero antes de que puedan entender qué está pasando.
El conductor intenta reaccionar, pero ya es tarde; el coche se cruza en la carretera, bloqueando el paso, y en ese mismo instante el segundo vehículo acelera, gira bruscamente y retrocede a toda velocidad, levantando una nube de polvo que lo cubre en cuestión de segundos.
No lo perseguimos, no es el objetivo.
El camión queda atrapado en medio, sin espacio para maniobrar, con el motor rugiendo en vacío y las ruedas levantando grava sin avanzar más que unos centímetros.
Salgo de la cobertura sin prisa, con el arma levantada, mientras mis hombres rodean el vehículo con movimientos rápidos y coordinados.
—¡Fuera! —grito.
El conductor tarda un segundo en reaccionar, quizá dos, pero no tarda en entender que no tiene ninguna opción. Levanta las manos, abre la puerta despacio y baja con movimientos torpes, los ojos desorbitados y la respiración entrecortada.
—No dispares —dice en francés—. No dispares.
—Al suelo —ordeno.
Obedece sin discutir.
Malik ya está en la cabina, comprobando el estado del vehículo, mientras Rafael asegura la zona y los demás comprueban que la escolta del primer vehículo ha sido neutralizada y el segundo se ha perdido en el desierto.
Los dos escoltas no dudan en tumbarse en el suelo cuando se lo ordenan y no oponen resistencia mientras mis hombres los atan de pies y manos y los arrastran hasta la pared del desfiladero.
Todo ha salido como esperábamos, rápido y limpio. Exactamente como lo había planteado.
—Nos lo llevamos —dice Malik, asomando la cabeza por la ventanilla del camión.
Asiento, subo al camión y me pongo al volante mientras los demás se distribuyen en las posiciones de cobertura. Rafael mueve el vehículo enemigo lo justo para abrir paso y, en cuestión de segundos, estamos en movimiento.
El desfiladero queda atrás. No ha habido complicaciones ni sorpresas, y eso, en este lugar, es lo más cercano a un éxito absoluto.
El campamento aparece en el horizonte envuelto en la luz dura del atardecer, con el polvo suspendido sobre las construcciones y ese ritmo extraño que se ha instalado desde que ella está aquí, más contenido, más ordenado de lo habitual.
Detengo el camión en el centro del patio y salto al suelo mientras los hombres se acercan, algunos con enormes sonrisas en la cara y otros, simplemente asintiendo con esa satisfacción silenciosa que no necesita palabras.
—Buen trabajo —dice Malik.
—Lo mismo digo —respondo.
—Vamos a celebrarlo, ¿vienes?
—Paso, prefiero descansar un rato.
Echo un vistazo a mi alrededor. Las ventanas del hospital y de la enfermería están iluminadas, lo que significa que la capitana Vaillant está donde siempre. No creo que haya puesto un pie en la cabaña que le han habilitado como dormitorio.
Entro en la cocina del campamento y lleno un cuenco con lo que ha preparado el cocinero, una especie de guiso de carne de cabra cubierto por una salsa espesa. Cojo un pedazo de pan y una cantimplora de agua, lo acomodo todo en una bandeja metálica y me dirijo al hospital.
La enorme sala está en silencio cuando entro, pero lo que veo me detiene en seco.
Uno de los hombres está muy cerca de ella. Demasiado.
Su mano está a medio camino entre la mesa y el cuerpo de Nora, probando el límite, como hacen siempre antes de cruzarlo del todo.
Ella tiene la espalda pegada a la pared y los brazos extendidos hacia él para impedirle el avance.
Ha cerrado los puños y está lista para atacar.
Oigo la carcajada de placer que se le escapa a él y veo cómo, con un movimiento rápido, intenta apartar sus brazos para alcanzar el cuerpo de la doctora.
Ella le lanza un puñetazo a la cara, pero él se mueve con rapidez y la coge por los hombros.
Tiro la bandeja al suelo y llego hasta él en dos zancadas. Lo cojo por el cuello de la camisa desde atrás y tiro de él con fuerza. Cuando se da la vuelta para ver qué pasa, mi mano se cierra alrededor de su cuello y lo estampo contra la pared.
El golpe resuena en la habitación.
—Nadie —digo, muy despacio, con los dientes apretados— la toca.
No levanto la voz, no hace falta.
El hombre intenta hablar, pero no le dejo.
Me giro con él todavía agarrado por el cuello y coloco mi cuerpo entre Nora y él.
Luego, lanzo mi puño contra su cara. Él retrocede y yo camino detrás de él, sin soltarlo para evitar que caiga o que eche a correr, y vuelvo a golpearlo una y otra vez hasta que llegamos a la entrada del hospital.
Cuando estamos fuera, lo lanzo al suelo y le pateo es estómago y la espalda. Luego, silbo con fuerza y espero hasta que mis hombres llegan a la carrera.
El tipo respira con fuerza en el suelo y se retuerce de dolor. Tiene la cara cubierta de sangre y gime en voz baja.
Malik me mira con una pregunta en la cara cuando llega.
—Échalo —le digo sin más—, no lo quiero aquí.
—¿Destierro? —me pregunta simplemente.
—Sí, fuera.
Malik espera hasta que dos hombres levantan al herido y lo arrastran entre súplicas y llantos.
—Morirá —susurra entonces.
—Dale agua y una bolsa de provisiones, pero que no vuelva a entrar.
Malik me mira solo un segundo, lo que tarda en comprender que no voy a cambiar de opinión.
—De acuerdo —dice, y se marcha corriendo.
Cuando me giro, Nora me está mirando. Para mi sorpresa, lo que hay en sus ojos no es alivio. Está enfadada, furiosa.
—No necesitabas hacer eso —dice.
—Sí era necesario —respondo.
—Podías haberlo apartado sin…
No termina la frase.
No hace falta.
—No lo entiendes—la corto—. No podía. Si lo hago de otra manera —continúo tras un silencio breve—, mañana habrá otro. Y pasado, otro. Y al final, alguien cruzará la línea del todo y te harán daño. —La observo. Su mirada se ablanda un poco, solo un poco—. Esto no es negociable.
Aprieta la mandíbula.
—Lo sé —admite por fin—, y también sé que lo haces por mí —añade.
—No.
No miento, no del todo. No tiene sentido hacerlo, ella es militar, igual que yo, y entiende el contexto y la situación.
—Lo hago por todos —confirmo.
—¿Por mantener el orden? —pregunta, con un deje de ironía que no llega a ocultar del todo el cansancio.
—Por mantenerlos vivos —corrijo. La frase queda suspendida entre nosotros—. La civilización está muy lejos de aquí —digo después, con menos dureza—. Si no entienden los límites… se los tengo que hacer entender por la seguridad de todos.
Me observa unos segundos y, por primera vez, no replica.
—Sí —admite al final, en voz baja—. Supongo que aquí las cosas funcionan así.
No lo acepta, pero lo comprende, y eso, en este lugar, es lo máximo que se puede esperar.
—Te traía algo de comida, pero se me ha caído.
—No tengo hambre —dice. La misma respuesta de siempre.
—Que tengas hambre o no, no es relevante. Tienes que comer para seguir viva, así que come. Acompáñame a la cocina, allí podrás cenar tranquila.
Sus labios se curvan apenas, como si ya hubiera oído eso antes.
—No me gusta que me den órdenes.
—Acostúmbrate —respondo sin tensión.
Hay un instante de silencio. Luego, relaja los hombros y me mira sin demasiado odio.
—De acuerdo, comeré.
Alargar el brazo para señalarle el camino y en ese gento, noto cómo la piel del costado se abre.
El calor húmedo aparece primero. Después, la presión, y finalmente, la sangre.
Deduzco por su mirada que se ha dado cuenta.
—Estás herido —dice.
—No es nada, en serio.
—Eso lo decidiré yo. Vamos.
Y de pronto, acabo de convertirme en su paciente.