13
Nora
El cansancio no llega como un golpe, ni como una caída clara que me obligue a detenerme, sino como algo más sutil y persistente, una especie de desgaste continuo que se instala en el cuerpo sin hacer ruido hasta que cada gesto empieza a costar un poco más de lo que debería, hasta que mantener la espalda recta, sostener la mirada o simplemente pensar con claridad requiere un esfuerzo que no soy capaz de hacer.
Apoyo las manos sobre la mesa de la enfermería y dejo caer el peso de mi cuerpo hacia delante apenas unos centímetros, lo justo para que los hombros descansen sin que nadie pueda interpretar ese gesto como debilidad, mientras el aire caliente, cargado de polvo y de ese olor constante a desinfectante barato, entra y sale de mis pulmones sin llegar a aliviar la sensación de opresión que llevo arrastrando desde hace horas, o quizá desde hace días, porque en este lugar el tiempo ha dejado de tener una forma clara y todo se mezcla en una sucesión continua de tareas, decisiones y cuerpos que dependen de mí.
Cierro los ojos solo un instante, con la intención de ordenar la respiración, de recuperar ese control automático que siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado, pero en cuanto el exterior desaparece, aunque sea durante un segundo, todo vuelve.
El hospital de la base.
El ruido seco de los disparos.
El polvo levantándose entre las tiendas.
Y los cuerpos. Siempre los cuerpos. Mis compañeros caídos, muertos…
No debería pensar en eso ahora, no sirve de nada, lo sé perfectamente, pero aun así, la imagen se abre paso con una claridad dolorosa, porque no es confusa ni fragmentada, sino nítida, demasiado nítida, como si mi cabeza hubiera decidido conservar cada detalle con una precisión cruel.
Ferrer cayendo.
El soldado al que acababa de vendar.
Mis manos manchadas de sangre.
Abro los ojos despacio y me obligo a volver, a anclarme en lo que tengo delante, porque lo otro no tiene solución y esto sí.
—Capitana…
La voz es débil, pero me llega clara.
Me giro hacia la camilla y veo que el chico está despierto y me mira como si necesitara comprobar que sigo aquí, como si mi presencia fuera lo único que todavía encaja dentro de algo que para él ha dejado de tener sentido.
Me acerco sin prisa, manteniendo ese ritmo controlado que ya es casi una segunda piel.
—No intentes moverte —le digo mientras reviso el vendaje con cuidado—. No es buena idea, te dolerá.
Asiente ligeramente, sin apartar los ojos de mí.
—Duele —murmura en un francés torpe, arrastrando las palabras como si aún no terminara de dominarlas.
Consulto el cuaderno de reojo. Aún es pronto, bastante hace con permanecer consciente y orientado.
—Lo sé —respondo—. Aguanta un poco más. Voy a ponerte algo que te aliviará, ¿de acuerdo?
Él vuelve a asentir y cierra los ojos un momento. Cuando vuelve a abrirlos, le brillan como si estuviera a punto de echarse a llorar.
—Tú… —empieza, dudando—. Tú… salvaste.
Niego con la cabeza antes de que termine.
—Tú has hecho la parte dura, has luchado por seguir vivo —le digo—. Yo solo hice mi trabajo.
No es falsa modestia, sino una forma de mantener las cosas en su sitio, incluido mi ego, porque si empiezo a atribuirme méritos sin parar, no habrá quien me aguante.
Él esboza una sonrisa leve, cansada.
—En mi pueblo… —continúa—, dicen que cuando alguien vuelve… ya no es el mismo.
Levanto la vista y lo observo un segundo más de lo necesario.
—Cuando vuelve, ¿de dónde?
—De la muerte —me dice en un susurro.
Técnicamente, él no estuvo muerto en ningún momento, pero no se lo voy a explicar, no merece la pena. Además, es cierto que estuvo muy cerca de morir, así que le vale como excusa.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Sigues siendo el mismo?
Tarda en responder.
—No lo sé —confiesa por fin.
Asiento despacio, termino de ajustar el vendaje y me apoyo ligeramente en la barandilla de la camilla, sintiendo el peso en las piernas de una forma más clara ahora que me he detenido.
—¿Tienes familia? —le sigo preguntando, sin pensar demasiado en por qué lo hago.
—Mi madre —dice—. Tiene cabras… y casa pequeña. —Hace una pausa y cierra los ojos un momento—. Yo quería… ser fuerte.
Lo miro.
—Lo has sido.
Niega despacio.
—No como él.
No necesito que lo nombre.
—¿Te refieres a Kader?
Asiente.
—Él no tiene miedo.
Dejo escapar el aire por la nariz, casi sin darme cuenta.
—Todo el mundo tiene miedo —respondo—. Otra cosa es lo que haga con él.
El chico me observa como si intentara encajar esa idea con lo que ha visto.
—No… —insiste—. Él decide y actúa. No miedo.
Sus palabras se quedan flotando entre nosotros, cargadas de más cosas de las que ninguno menciona.
Me dejo caer en la silla junto a la camilla. No aguanto ni un minuto más de pie. Apoyo la espalda con cuidado para intentar que no se note lo agotada que estoy.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto—. Con ellos.
Se queda en silencio unos segundos.
—Mi hermano estaba con él.
Estaba. Es decir, que ya no está, con todo lo que eso implica en esta región.
—¿Y tú? —insisto—. ¿Estás donde quieres estar?
No responde de inmediato, y ese silencio es más claro que cualquier respuesta.
—Tú te irás —dice al final.
Lo dice como un hecho, no como una pregunta. Y durante un segundo no sé qué contestar. Porque sé cómo funcionan estas cosas, sé cuánto tiempo me buscarán, y en qué momento dejarán de buscarme y me darán por muerta. Y sé lo fácil que es que alguien desaparezca en un lugar como este.
—Eso espero —digo finalmente, aunque noto que la frase no tiene el peso que debería.
El chico me observa con más atención ahora.
—Te buscarán.
Sonrío apenas, sin ganas.
—Seguro que sí.
Pero no añado nada más, porque no estoy segura de poder sostener esa afirmación si la desarrollo.
Porque, en cuanto lo pienso con frialdad, sin adornos, la conclusión es evidente: durante un tiempo, sí, me buscarán, pero ese tiempo no es infinito, y cuando se agote, lo que quede será un informe, una hipótesis y una ausencia.
Y nada más.
El chico alarga la mano con cuidado y apoya los dedos sobre mi muñeca.
—Tú no estás muerta.
La frase es tan simple que asusta.
Trago saliva.
—No —respondo—. No lo estoy.
Pero por primera vez desde que estoy aquí, la idea de desaparecer deja de ser abstracta y pasa a convertirse en una posibilidad real.
—¿Y él? —pregunto entonces, antes de pensar si quiero hacerlo—. ¿Quién es Kader?
El muchacho sonríe y está a punto de sonreír cuando alguien lo interrumpe.
—Si quieres saber algo de mí…
La voz llega desde la puerta, tranquila, sin tensión, como si llevara ahí el tiempo suficiente para haber escuchado lo necesario.
No me giro de inmediato y lo descubro apoyado en el marco, observándonos con esa calma suya que ya no sé si es real o simplemente una forma de controlar todo lo que ocurre a su alrededor.
—…puedes preguntármelo directamente.
Lo miro sin levantarme.
—No estaba hablando contigo.
No cambia la expresión.
—Ya.
Y, sin embargo, no se va.
Vuelvo la atención al chico.
—Descansa —le digo, más seca de lo que pretendía.
Me levanto demasiado rápido, y el mareo llega sin aviso, obligándome a apoyar la mano sobre la mesa durante una fracción de segundo que, aunque breve, es suficiente para que yo misma lo note con claridad.
Aprieto los dientes y me incorporo del todo. Kader está a mi lado, listo para sujetarme si es necesario, pero sin tocarme de momento.
—Estoy bien —digo, sin que nadie lo haya cuestionado.
Me mira con atención, pero no dice nada. Tampoco se va.
Se queda ahí, entre el joven herido y yo, con el pelo oscuro revuelto, la sombra de la barba oscureciéndole el semblante, respirando despacio, con los brazos a los lados del cuerpo y las manos abiertas, relajadas. Y sus ojos, oscuros, brillantes y vivos, clavados en los míos.
Mientras lo miro, tengo que obligarme a recordar que Adrien Kader es un mercenario.
Un asesino.