12
Adrien
El humo del cigarro se eleva despacio, dibujando una línea irregular que se disuelve antes de alcanzar el techo, y durante unos segundos me descubro siguiéndola con la mirada más de lo que sería razonable, como si en ese gesto inútil hubiera algo que ordenar antes de volver a lo que realmente importa.
La veo a través de la ventana abierta. Frente a la construcción que me sirve de despacho, dormitorio y refugio está el hospital de campaña. Y allí, está ella.
Necesito concentrarme en el mapa que he desplegado sobre la mesa hace un buen rato, en el convoy que esperamos, incluso en el grupo de milicianos que nos ha atacado esta mañana.
Y en lugar de eso, aquí estoy, como un idiota, pensando en una mujer que lo único que ha hecho ha sido lanzarme cuatro preguntas como si fueran dardos.
He respondido con sinceridad. No me arrepiento de haber disparado al soldado caído, volvería a hacerlo, pero no me siento orgulloso de ello, no me gusta y quisiera no tener que hacerlo más, aunque sé que este tipo de deseo no suele cumplirse.
Apago el cigarro contra el borde metálico del cenicero y cierro el portátil sin llegar a mirar la pantalla. No necesito comprobar nada. La imagen de Nora moviéndose por la enfermería con precisión absoluta se ha quedado fijada en mi cabeza con una nitidez que empieza a ser molesta.
No debería, pero lo es.
—Si has terminado de mirar el humo, podemos seguir —dice Malik desde el otro lado de la mesa. Ha apoyado las dos manos sobre el mapa desplegado y me mira con una ceja levantada.
Pestañeo y me concentro en lo que me rodea.
La habitación está llena de gente. Malik frente a mí, Rafael recostado contra la pared con su despreocupación habitual, dos de los hombres del grupo en segundo plano, atentos, y Rasha sentada junto a la ventana con una pierna cruzada y la espalda apoyada en la pared, observando sin intervenir.
—Sigue —le ordeno.
Malik señala con el dedo un punto concreto del mapa.
—El convoy saldrá al anochecer. Transportan combustible, en total, dos vehículos de carga y uno de escolta. Nada especialmente sofisticado, pero no vendrán solos.
—No lo harán —confirmo—, saben a cuánto se paga el combustible últimamente.
—La milicia que nos ha atacado esta mañana no ha sido casualidad —añade—. Han probado nuestras defensas y han medido el tiempo de respuesta. No volverán a cometer el mismo error.
Asiento lentamente.
—Por eso no vamos a esperarles aquí.
Rafael deja escapar una exhalación que podría confundirse con una risa.
—Eso suena a que vamos a complicarnos la vida una vez más —protesta.
—En absoluto —le rebato—. Lo que vamos a hacer es controlarlo todo desde el principio.
Me inclino sobre el mapa y trazo con el dedo una línea que bordea la ruta principal.
—Los interceptaremos aquí —digo—. Antes del desfiladero. Les obligamos a frenar, los separamos y nos quedamos con lo que nos interesa. Rápido y limpio.
—¿Cuántos hombres? —pregunta uno de los otros.
—Seis —respondo—. Solo utilizaremos un vehículo. Eso nos permitirá ir siempre agrupados y desaparecer mucho más deprisa.
Malik levanta la vista.
—¿Y cómo nos llevamos el combustible? —pregunta.
—En el suyo, por supuesto —sonrío.
—Es arriesgado…
—Lo justo, no más.
Durante unos minutos, todos calculamos en silencio las posibilidades de éxito de la operación tal como la he planteado. Sé que cada uno está ajustando la operación en su cabeza, evaluando las distancias y los tiempos y adelantándose a los posibles errores. Por eso jamás fracasamos.
—¿Y si la milicia aparece otra vez? —pregunta Rafael.
—No han tenido tiempo de rehacerse —le recuerdo—. Han sufrido varias bajas y han dejado atrás un vehículo. ¿Cuántos crees que les quedan? No —repito—, no creo que vayan a ser un problema.
No hay más que decir.
Después, la conversación gira en torno a los aspectos técnicos de la operación, afinando detalles que no necesitan ser discutidos, como las rutas de entrada, las posiciones de cobertura y los puntos de retirada.
—¿Y la médica? —pregunta de pronto uno de los hombres. Su tono pretende ser neutro, pero no lo consigue.
—¿Qué pasa con ella? —pregunta Rafael, incorporándose ligeramente.
Me enderezo despacio.
—¿Qué pasa con ella? —repito yo—. Se queda —añado.
La respuesta es clara, pero parece que no lo suficiente.
—Eso ya lo sabemos —dice el mismo hombre—. Lo que queremos saber es hasta cuándo.
—Hasta que deje de ser necesaria.
—O hasta que deje de interesarte —añade Rasha sin moverse de su sitio.
Su voz ha sonado tranquila, pero la conozco lo suficiente como para saber que la presencia de la doctora la altera muchísimo. Pero eso, por supuesto, tampoco es mi problema.
—No confundas las cosas —digo sin más.
—No las confundo —responde, cruzando la otra pierna con un movimiento lento—. Pero sé lo que veo.
Malik interviene antes de que la conversación derive en algo menos útil.
—Los hombres están hablando —dice.
Ahora sí levanto la vista hacia él.
—¿De qué?
No responde de inmediato. Rafael lo hace por él.
—De ella. No es un problema —añade, encogiéndose ligeramente de hombros—. Es lo que pasa cuando metes a una mujer como esa en un sitio como este.
El silencio que sigue es incómodo, denso.
—¿Qué mujer es esa? —pregunto.
Rafael sonríe, esta vez sin ironía.
—La has visto igual que nosotros, tienes ojos en la cara.
Lo observo unos segundos antes de responder.
—Controla a tu gente.
—Lo hago, pero no es fácil…
—Hazlo mejor.
La sonrisa desaparece.
—Nadie ha hecho nada, tranquilo.
—Ni lo hará, ¿entendido?
Malik asiente despacio.
—Está claro.
Uno de los hombres, el más joven, duda antes de hablar.
—Solo decimos que… bueno, que está ahí —suelta por fin—. Y que…
No termina la frase. No necesita hacerlo.
Me levanto de la silla, me separo de la mesa y doy un paso hacia ellos.
—Escuchadme bien —digo con calma—. Nadie la va a tocar. No forma parte de un botín y nadie tiene derecho a hacer lo que quiera con ella. —Espero un momento a que mis palabras se asienten—. Si alguien tiene un problema con eso, que lo diga ahora.
Nadie habla ni se mueve. Eso es suficiente.
—Bien.
Vuelvo a la mesa
La conversación debería terminar ahí, pero no lo hace.
—¿Y tú? —pregunta Rasha.
Ahora sí la miro. Ella sostiene mi mirada sin el menor rastro de duda.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Qué piensas hacer tú con ella?
—Eso no es asunto tuyo.
—Claro que lo es. —Se incorpora despacio, apoyando una mano en el respaldo de la silla—. Porque cuando algo deja de ser operativo y pasa a ser personal, deja de ser solo tu problema.
Nadie dice nada.
Rafael evita mirarnos directamente y Malik se mantiene inmóvil. Chicos listos.
—Aquí no hay nada personal —respondo.
Rasha sonríe, pero sus ojos siguen serios.
—No te lo crees ni tú.
El silencio se instala otra vez, más pesado que antes.
—La necesito —añado—. Todos la necesitamos, es útil. Ayer salvó la vida de tres hombres.
—Muchas cosas son útiles —replica—, pero no todas cambian la forma en la que miras un mapa.
Eso sí es un golpe bajo.
La observo unos segundos antes de apartar la mirada.
—La reunión ha terminado —decido.
Malik es el primero en moverse, y los demás lo siguen en menos de un segundo. Rafael sale sin decir nada, igual que los dos hombres del fondo. Rasha, sin embargo, se queda donde está.
—Ten cuidado —dice cuando la puerta se cierra.
—Siempre lo tengo.
—No me está dando la sensación de que esta vez estés siendo prudente, querido Adrien.
La miro de nuevo. Su expresión ha perdido cualquier rastro de provocación.
—No estás tomando esta decisión como tomas las demás —añade—. A cualquier otra, la habrías…
—Sal —la corto antes de que pueda terminar de hablar.
Rasha no insiste y se dirige despacio a la salida.
Cuando la puerta se cierra por segunda vez, cojo un nuevo cigarro, lo enciendo y lanzo el humo al techo mientras vuelvo a mirar por la ventana. Ya no veo a la doctora en la enfermería.
Me acerco al portátil. Dudo un instante, pero luego lo abro.
La imagen aparece con un leve parpadeo.
Nora está en el hospital, de espaldas, inclinada sobre la mesa mientras revisa el material que ha preparado. Se detiene un segundo, como si pensara en algo, y luego continúa, ajena a todo lo demás.
No creo que haya descubierto la cámara que mis hombres instalaron mientras ella operaba a mis hombres, y si la ha visto, la ignora por completo.
Cierro el portátil. No necesito seguir mirando, porque el problema no es lo que haga ella, la verdadera cuestión son todas las cosas que han cambiado desde que está aquí.
Y eso, a diferencia de un convoy o de una milicia mal organizada, no lo puedo controlar.