Territorio enemigo (Saga Blackbird 5) 11
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Nora

Inspiro, expiro; inspiro, expiro, y así una y otra vez, con la mente concentrada únicamente en mi respiración para intentar olvidar lo que acaba de suceder.

Aunque no sé por qué me sorprendo. Kader es un mercenario, un asesino, así que el hecho de ver cómo dispara a sangre fría a un hombre herido no debería impresionarme.

Pero lo ha hecho. No sé qué ha pasado, pero no me lo esperaba. Controlo mi respiración mientras camino bajo el sol, pero no es fácil. Mi mente vuelve una y otra vez a Kader actuando como un robot sin alma.

Quizá he bajado la guardia porque me está tratando relativamente bien, si dejamos a un lado el hecho de que soy su prisionera, porque sus hombres lo respetan y porque ha acogido bajo su protección a un buen número de civiles, por los que al parecer se preocupa.

En un descuido me he ablandado, pero lo que acabo de presenciar ha vuelto a colocar las cosas en su sitio.

Respiro una vez más y entro en la tienda en la que descansa Amina.

El calor es distinto aquí dentro. No tiene la agresividad directa del sol del desierto, pero es mucho más pegajoso, más persistente, como si se hubiera quedado atrapado entre las telas y los cuerpos durante días. Huele a enfermedad y a leche agria.

La mujer que me hace de intérprete me da la bienvenida con una enorme sonrisa. Es posible que pensara que no iba a volver, pero aquí estoy, cargada con dos bolsas de material y lista para cumplir con mi palabra.

Me arrodillo junto a Amina y la examino en silencio. La ausculto y compruebo el pulso. Sigue acelerada y respira con dificultad. Percibo con claridad los ruidos en sus bronquios y el esfuerzo que hace por llenar los pulmones de aire. Al menos, no ha empeorado.

—Agua —pido, señalando el recipiente que hay junto a la pared.

La intérprete asiente enseguida y se acerca con cuidado. Sostiene la cabeza de Amina mientras le acerco el agua a los labios.

—Despacio —murmuro—. Poco a poco.

Amina bebe lo justo antes de apartarse, agotada. Su cuerpo apenas tiene energía ni para sostener la cabeza.

—Bien —digo después en voz baja, más para mí que para ellas.

Abro una de las bolsas, saco lo que necesito y preparo la medicación con movimientos automáticos. Tengo que ajustar la dosis de antibiótico a lo poco que tengo. No hay margen para el error en un lugar así.

Cuando termino, me limpio las manos en una toalla y me levanto. Preparo en una bolsa de plástico los medicamentos necesarios para los próximos días y se lo entrego a la traductora. He incluido antibióticos y un inhalador de cortisona, le vendrá bien para abrir las vías respiratorias.

—Debe tomar una pastilla de estas cada doce horas, ¿de acuerdo? —La mujer asiente y mira el reloj que lleva en la muñeca.

—Doce horas —repite.

—Eso es. Y si siente que le falta el aire, métele esto en la boca y aprieta aquí con fuerza, es sencillo.

—Sencillo, sí —afirma y sonríe.

Le devuelvo la sonrisa y la miro un instante.

—Necesito que me acompañes fuera para atender al resto de los enfermos, ¿puedes hacerlo?

La veo dudar un momento, pero por fin sonríe y sacude la cabeza arriba y abajo.

—Salma cuidará de mis hijos hoy, yo iré contigo.

El grupo que vi por la mañana no estaba cuando he vuelto. Es evidente que se habrán refugiado durante el tiroteo, pero ahora han regresado y nos esperan de pie en las escasas sombras que proporcionan las tiendas y los toldos extendidos.

Me acerco sin prisa, dejando que me vean venir, sin gestos bruscos. El hombre mayor levanta la cabeza al acercarme. Ya no está separado del resto, sino que se ha unido al grupo y espera paciente su turno. Sus ojos apagados me observan con una mezcla de cansancio y resignación.

Empiezo por el niño más pequeño. Le cojo la barbilla con suavidad y examino la piel irritada. Es una infección cutánea, probablemente agravada por la falta de higiene y el calor constante. Nada grave… si se trata a tiempo.

Le limpio la cara y el cuello con una gasa empapada en suero y luego saco el antiséptico.

—Esto va a picar —le digo, aunque sé que no entiende.

La mujer traduce en voz baja, pero el niño no aparta la mirada de mí. Me observa con unos ojos oscuros magnéticos y confiados. Sonrío y le acaricio un momento la mejilla antes de comenzar a aplicar el tratamiento con cuidado.

El chiquillo cierra los ojos con fuerza y aprieta los dientes, pero no llora. Cuando he desinfectado bien toda la zona, le aplico una generosa capa de pomada que lo calma al instante.

—¿Quién es su madre? —pregunto. Una mujer se coloca ante el niño cuando la intérprete traduce—.

Tiene que ponerle esta crema tres veces al día, por la misma zona que yo se la he puesto, ¿de acuerdo?

No menos de una semana, hasta que esté bien del todo.

Y si le salen heridas o le duele, tienen que venir a verme, ¿entendido?

La mujer asiente con energía y se lleva al pecho la mano en la que guarda el tubo de pomada como si fuera un tesoro. Luego dice algo y la intérprete me mira.

—Quiere pagarte —me dice.

Yo niego con la cabeza.

—Ellos me pagarán —respondo, señalando con la cabeza hacia el campamento de los mercenarios.

Me río de mi propia ocurrencia. Supongo que el hecho de que mantengan con vida es suficiente pago para ellos, visto lo visto.

Paso al siguiente, también un niño. Tiene el abdomen hinchado, la piel macilenta y el gesto triste de los niños que se han rendido.

La desnutrición es evidente, necesita más de lo que puedo darle aquí.

No tengo raciones de supervivencia en la mochila, así que anoto mentalmente que tengo que hablar de esto con Kader.

El solo recuerdo de su nombre hace que me recorra un escalofrío, pero este niño, y otros como él, necesitan algo más que arroz y maíz para sobrevivir, y seguro que ellos tienen o, al menos, pueden conseguirlo.

Atiendo a una mujer con una herida infectada e inflamada en el brazo.

Dice que se la hizo hace tres días, el riesgo de sepsis es grande.

Limpio la herida con alcohol a chorro, pero ella apenas reacciona.

Está acostumbrada al dolor. Preparo una inyección de penicilina y se la aplico con cuidado.

Tampoco ahora se queja. Le explico que debe mantener la herida limpia y que volveré al día siguiente para ponerle otra inyección.

Ella asiente, da media vuelta y se pierde entre las tiendas.

Sigo trabajando en silencio. No necesito hablar y ellos tampoco, apenas unas pocas preguntas que mi acompañante traduce y ellos responden con rapidez y en voz baja.

La mayor parte del tiempo, el único sonido es el roce de las telas sacudidas por el viento, la respiración de los niños y el polvo que corre entre las tiendas.

Estoy con ellos más de tres horas. Cuando termino, estoy agotada y sedienta.

Bebo con ansia el agua caliente de mi cantimplora antes de recoger y disponerme a regresar.

La idea de quedarme con ellos es tentadora, me bastaría con un rincón en una de las tiendas, pero sé que Kader vendría a buscarme y me llevaría de vuelta a rastras.

Recordarlo hace que la imagen vuelva a mi cabeza.

El disparo no era necesario, ese hombre ya no suponía un peligro. Disparar no tenía que ver con defenderse. Disparó… porque quería hacerlo, simplemente.

Sacudo ligeramente la cabeza y respiro hondo antes de girarme hacia la traductora.

—Gracias —me dice.

—Volveré mañana —le aseguro—, pero diles que pueden venir a la enfermería cuando lo necesiten.

Ella repite mis palabras en árabe y ellos asientes y sonríen cansados.

Me giro para marcharme y entonces lo veo. Kader está en el límite invisible entre las tiendas y el resto del campamento. No se ha acercado, en ningún momento ha invadido ese espacio, pero ahí está. ¿Me vigila?

Adrien Kader me espera apoyado contra una de las estructuras de madera, medio en sombra, medio bajo la luz implacable del sol. Tiene los brazos cruzados y el cuerpo en una postura relajada, como si el ataque de hace apenas un rato no hubiera sido más que un contratiempo menor.

Camino hacia él con calma, y sigo adelante sin detenerme cuando llego a su altura. Él me mira con atención cuando paso delante y camina a mi lado.

—Ha tardado —dice sin más. Cuando no está ladrando órdenes, secuestrando gente ni matando milicianos a sangre fría, su voz suena suave.

—Había trabajo —replico.

Él asiente y me coge del brazo para que me detenga. Me paro, pero sacudo el brazo para liberarme de su contacto.

—Ven —me ordena, tuteándome sin permiso.

—No.

Sus ojos se estrechan hasta convertirse en una línea fina.

—No es una invitación.

—Lo sé, pero tampoco es una orden que tenga intención de obedecer.

Durante un segundo, el silencio se vuelve más denso. Luego, con una calma que empieza a resultarme insoportable, echa a andar de nuevo.

—No has comido —dice.

—No tengo hambre.

—No es relevante.

Eso me arranca una risa breve, seca.

—Claro que no.

Da un paso hacia mí y vuelve a cogerme del brazo. Me detengo y me libero con más fuerza que antes, pero no retrocedo.

—Vas a comer —afirma, esta vez con el tono duro que le conozco.

—¿Y si no?

Su mirada no cambia.

—Entonces, te obligaré. Sabes que puedo.

Lo miro fijamente y levanto la barbilla lentamente.

—Inténtalo.

El aire entre nosotros se tensa. No hay nadie más cerca. Sus hombres están lejos, ocupados, y los civiles se han refugiado en el interior de su campamento.

—Ya has visto lo que hay ahí dentro —dice finalmente, señalando con la cabeza hacia las tiendas que dejamos atrás—. Si desfalleces, no hay nadie más que pueda hacer tu trabajo.

—No me importa —le aseguro.

—A mí sí.

—¿A ti? Vamos, hombre —me burlo—. No eres más que un asesino. Si todos esos se mueren solos, te ahorras las balas.

—Eres un asesino.

Él no se inmuta, no se defiende ni lo niega, al contrario.

—Sí, lo soy.

La respuesta me desconcierta más que cualquier excusa.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—Es suficiente. Y además, nada de lo que diga te convencerá de lo contrario.

Doy un paso hacia él.

—He visto lo que haces —escupo a un palmo de su cara. Él no se inmuta, ni pestañea—. No era necesario —añado.

—No lo era para ti —responde. Noto cómo está controlado su voz.

—Para nadie, no era necesario para nadie. Estaba herido y desarmado.

Su mirada se endurece.

—Si lo dejo con vida, tarde o temprano volverá con los suyos y regresará con más armas y más hombres. Podría describir el campamento, nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades, y no cometería el error de entrar, nos masacrarían desde fuera.

—Estaba herido —insisto.

—Estaba vivo.

Niega con la cabeza.

—No ha sido un acto de guerra, ha sido una ejecución.

—Pura supervivencia —lanza mientras se encoge de hombros.

Habla sin ninguna emoción, solo una lógica fría, perfectamente ensamblada y que él se cree a pie juntillas, al parecer.

—¿Y ellos? —señalo hacia las tiendas—. ¿También son «los tuyos», o los sacrificarás cuando te estorben?

Sigue mi gesto con la mirada.

—Ellos están a salvo aquí, me he comprometido a ello y yo siempre cumplo lo que prometo.

—¿Aunque para eso tengas que ejecutar a personas a sangre fría?

—Así es.

Como si fuera tan simple…

—No tienes derecho… —empiezo.

—Nadie lo tiene.

—Entonces, no lo hagas.

Por primera vez, una sombra de algo —no sabría decir si es cansancio o impaciencia— cruza su cara.

—Son ellos o nosotros, no hay opción —me dice.

—Siempre la hay.

—No aquí.

No hay mucho más que decir. Caminamos de nuevo hacia la enfermería y el hospital en medio de un silencio incómodo.

Cuando llegamos, lo miro de nuevo. Lo que veo no me gusta, porque no hay duda en él, y tampoco un conflicto interno que le lleve a preguntarse si lo que ha hecho está bien o mal. Volvería a hacerlo si fuera necesario.

—No quiero seguir aquí, dime qué tengo que hacer para que me devolváis a mi base antes de que el ejército francés ataque esta posición y haga bajas civiles, además de las vuestras.

—Todo en su momento, pero por ahora, te quedas.

—¿Vas a matarme? —le pregunto.

—No. Puedes confiar en mí.

—Es una broma, ¿no? No confío en ti en absoluto.

—De acuerdo, no lo hagas.

—Eres peligroso… añado.

—Eso es lo único en lo que estamos completamente de acuerdo —responde con una sonrisa burlona.

Respiro hondo y miro a mi alrededor. Los hombres están llenando los depósitos de los coches con combustible mientras otro preparan las armas o hacen ejercicio. Huele a comida, carne asada, quizá.

—Los civiles necesitan alimentos —le digo entonces—, y hay un niño desnutrido, le vendrían bien unas dosis extra de hidratos y proteínas.

—Me ocuparé de todo —promete en el acto.

Doy dos pasos antes de detenerme de nuevo.

—No sé cómo puedes acostumbrarte a esto —digo al final.

—¿Quién ha dicho que me haya acostumbrado? —replica, y se marcha. Cuando se ha alejado unos metros, se detiene y se vuelve para mirarme—. Rafael te acompañará a tu habitación. Está cerca del hospital, tienes una cama, un retrete y comida. Ve y descansa.

—¿Es una orden? —le grito a su espalda.

Él no contesta, sigue alejándose sin mirar atrás.

Si pudiera, apuñalaría en ese mismo instante esa espalda enorme, trabaría sus piernas como columnas, lo tiraría al suelo y le patearía hasta caer agotada.

Cierro los ojos un instante y veo sus ojos grises clavados en mí. No le temo, y si cree que me voy a quedar ahí de brazos cruzados, es que todavía no conoce a Nora Vaillant.