10
Adrien
El campamento nunca está en silencio, pero hay momentos en los que el ruido adquiere un orden reconocible, casi doméstico, como si incluso en mitad del desierto la vida encontrara la manera de organizarse en torno a rutinas mínimas. Este es uno de esos momentos.
Desde la puerta de la enfermería observo cómo Nora se mueve entre las mesas con una precisión que ya no sorprende a nadie, aunque ninguno de mis hombres lo admitiría en voz alta.
Ha transformado ese espacio en algo funcional en cuestión de horas, y lo ha hecho sin imponerse más allá de lo estrictamente necesario.
Clasifica el material con una rapidez metódica, separando lo útil de lo inservible, agrupando vendas, revisando jeringas, descartando lo que no le sirve con un gesto seco de la mano.
No hay vacilación en sus movimientos. Todo responde a una lógica interna que los demás han empezado a aceptar sin discutir.
Tres de mis hombres esperan instrucciones, listos para acompañarla hasta el campamento civil con el material que necesite, aunque les he ordenado que no pongan un pie más allá de la primera tienda.
—Necesito más antibiótico —dice sin mirarme—. Y suero. Todo lo que tengáis. He visto varias infecciones cutáneas bastante graves, cubiertas de polvo y porquería. Y el crío con los ojos cerrados por las legañas necesitará una pomada antibiótica además del suero.
Habla como si lo hiciera consigo misma, recitando una lista de materiales imprescindibles, con la tranquilidad de quien sabe que sus deseos van a ser cumplidos.
Malik, apoyado contra el marco de la puerta, deja escapar una exhalación cargada de escepticismo.
—Esto no es un hospital militar, doctora.
Nora no se gira y le dedica una mirada furiosa.
—Entonces, conviértelo en uno. Ya sabes lo que quiero, así que dámelo.
Hay una pausa breve, casi imperceptible, en la que ninguno de los presentes sabe muy bien si responder o callar. Rafael, al fondo, sonríe divertido.
—Esta tía me pone un montón —murmura.
—Toda tuya —replica Malik—, yo no la tocaría ni con un palo.
Los miro sin decir nada y los dos comprenden en el acto que no deben seguir por ese camino.
Nora sigue trabajando como si ninguno de ellos estuviera allí. De hecho, creo que incluyo ignora que yo estoy ahí.
—También voy a necesitar analgésicos para los niños —continúa como si nada—. Y material limpio. No reutilizado. Limpio. No me fío del instrumental que no sé de dónde procede.
Malik la observa unos segundos más, como si estuviera calibrando hasta qué punto debe tolerar ese tono. Por fin, se aparta y responde con un bufido.
—Traeré lo que haya.
Nora asiente apenas, pero en ningún momento da las gracias.
Levanta la vista entonces y me mira directamente.
—No van a venir aquí, lo sabe, ¿no?
Sé a qué se refiere antes de que termine la frase.
—Lo sé —respondo.
—No confían en vosotros.
—No les faltan motivos —reconozco.
Esa respuesta la descoloca un instante.
—Tengo que ir yo —dice—, espero que no ponga pegas, dadas las circunstancias.
—Ninguna —le aseguro—, aunque no puede desatender a mis hombres.
—No lo haré.
Durante un segundo más me mantiene la mirada, como si esperara una réplica que no termina de llegar, así que vuelve al trabajo.
El sol se filtra por la ventana alta, proyectando una luz dura sobre la mesa. El polvo en suspensión dibuja pequeñas corrientes invisibles en el aire. Afuera, el campamento sigue su curso con la normalidad precaria de siempre.
Hasta que deja de hacerlo.
De la nada surge una ráfaga de disparos de fusil a la que siguen muchas más. Al instante, el campamento estalla en gritos.
Le siguen disparos aislados y nuevas ráfagas cortas que resuenan contra las paredes de adobe y se pierden hacia el interior del campamento.
Mi cuerpo reacciona antes de que la mente formule la orden.
—Entra —le ordeno a la doctora.
Desde el exterior llega el grito de uno de los vigías.
—¡Contacto!
Nora se ha quedado inmóvil junto a la mesa en la que estaba colocando el material.
La miro un instante y sé lo que está haciendo. Su mente analítica busca la forma de aprovechar la situación, está calculando sus posibilidades, porque piensa que, quizá, el ataque tenga como objetivo liberarla. Sus ojos recorren la estancia, evalúan salidas, distancias, posiciones.
—¿Quiénes son? —pregunta.
—Milicianos —respondo, ya en movimiento.
No hay más que decir. Veo la decepción en su cara, pero sigo sin distinguir ni un ápice de miedo.
Salgo al centro de la plaza y comienzo a lanzar las órdenes que todos esperan. Los hombres se mueven de inmediato y corren hacia sus posiciones con las armas en mano mientras localizan al enemigo y buscan referencias conocidas en medio del cambio abrupto de escenario.
La luz me golpea con fuerza, pero ya no la percibo como antes. El sonido de los disparos ha transformado el espacio, lo ha tensado y lo ha reducido a líneas de fuego y zonas de cobertura.
Mis hombres ya están desplegados. Malik grita órdenes desde el flanco izquierdo mientras otro grupo cubre la entrada principal. Hay soldados detrás de uno de los vehículos, utilizando la carrocería como escudo improvisado.
Corro hasta la edificación central y salto al tejado plano desde uno de los bidones colocados junto al muro. Una decena de hombres me siguen de inmediato y se despliegan con las armas apuntando en todas las direcciones.
Localizo movimiento entre las rocas, al otro lado del perímetro. A través de la mira del fusil veo una figura baja, mal cubierta y demasiado expuesta.
Apunto, disparo y lo veo caer.
Al instante, otro surge por la derecha, avanzando más rápido e intentando aprovechar un ángulo muerto. Ajusto la dirección y disparo de nuevo. El impacto lo frena en seco. El precario uniforme caqui que lleva se cubre al instante de sangre.
Como siempre que entro en combate, siento que el tiempo se contrae y las sensaciones se simplifican. Ya no me molesta el calor ni el ruido. No pienso en nada más que en mi arma y en la situación de los objetivos. Y en ejecutarlos.
—¿Cuántos vehículos? —grito hacia el vigía, que en este momento es el más expuesto.
—¡Cinco! —responde. Lo veo lanzarse al suelo para esquivar una ráfaga larga—. Veinte o veinticinco tíos —añade con la cabeza pegada al polvo—. ¡Los tenéis a tiro, joder! Que me van a freír.
Dos hombres suman sus armas a la mía y comenzamos a disparar en dirección al muro sobre el que se oculta el vigía.
Los milicianos que no caen se refugian detrás de los vehículos y mi soldado puede ponerse a salvo.
Lo veo correr hacia la trinchera levantada frente a la entrada principal y comenzar a disparar en cuanto se sitúa detrás del parapeto.
Tres atacantes aparecen bordeando las construcciones. Han conseguido entrar y acercarse más de lo que deberían.
Levanto el arma, apunto y disparo dos veces.
El cuerpo de uno de ellos se desploma hacia adelante, pero no cae del todo. Se sostiene un instante, de rodillas, como si no terminara de aceptar lo que acaba de ocurrir.
Bajo del tejado de un salto y me acerco a él. Sus manos intentan contener la sangre que brota entre sus dedos. Sus ojos buscan algo en mi cara. Piedad, quizá…
No la va a encontrar.
Levanto el arma, apunto a la cabeza y disparo.
El tipo cae al suelo como un saco, con la boca abierta y un ojo mirando al cielo. El otro ha desaparecido por efecto de la bala.
El tiroteo es ahora algo más esporádico, hasta que, de pronto, el rugido de los motores en el exterior me indica que los milicianos se rinden y prefieren la retirada a la derrota.
Chicos listos. Algunos de mis hombres los insultan o lanzan vítores y alaridos excitados mientras los todoterrenos enemigos se alejan.
El silencio vuelve poco a poco, solo roto por algún disparo disperso y las nuevas órdenes que lanza Malik.
—¿Balance? —pregunto cuando mi lugarteniente llega a mi lado.
—He contado cinco milicianos caídos, puede que haya alguno más fuera. Creo que nosotros no tenemos bajas —responde Malik—, aunque hay que hacer recuento.
Asiento y suelto el aire que no sé cuánto tiempo llevo reteniendo en mi interior.
A mi alrededor, el polvo se deposita de nuevo sobre la tierra. El sol sigue en el mismo lugar, imperturbable, como si nada de lo ocurrido tuviera la menor importancia.
Respiro una vez más y me giro hacia la enfermería.
La doctora Vaillant está en la puerta, no ha salido, pero tampoco se ha refugiado en el interior, como le había ordenado. Se ha quedado ahí, mirando.
Sus manos descansan sobre el marco de madera. Su cuerpo permanece inmóvil, pero su expresión ha cambiado.
Nuestros ojos se encuentran y durante un instante, el mundo se reduce a ese intercambio silencioso.
Lo ha visto. Y no me refiero solo el combate, eso no es nuevo para ella. Me ha visto a mí.
Camino hacia ella con calma. El sonido de mis pasos resuena sobre la tierra seca, más presente ahora que el ruido ha cesado. Vaillant se aparta lo justo para dejarme entrar.
No retrocede, pero tampoco se acerca. Se limita a mantener la distancia.
—Ha terminado —digo—. Aquí no parece que haya nadie que precise su atención.
Ella responde; sigue mirándome, aunque no como antes.
Antes veía en mí a un enemigo. Ahora…
—Quiero volver con los civiles —dice al fin, con voz es firme.
—Enseguida, alguien la escoltará.
—Será mejor que no —responde, con los ojos clavados en mí. El verde de sus pupilas se ha oscurecido—. Se asustan de los asesinos.
Luego, se gira hacia la mesa, mete en una de las bolsas lo que todavía no ha guardado, se la carga a la espalda y sale de la enfermería.
La observo mientras se dirige a la zona de los civiles. Camina con pasos rápidos y decididos. Les hago un gesto silencioso a dos de mis hombres para que la escolten desde la distancia. Ellos lo entienden y le permiten alejarse unos metros antes de echar a andar.
Hay momentos que no tienen vuelta atrás, caminos sin retorno, y yo hace mucho que transito por uno de esos. Ahora, ella ya no tiene que imaginar lo que soy.
Lo sabe.