9
Nora
El aire cambia antes de que cruce la entrada de la tienda.
No es solo el olor —aunque el olor es lo primero que me golpea—, sino una mezcla densa de humedad, sudor, polvo y enfermedad que se queda pegada en la garganta.
Reconozco el olor, es inconfundible. La temperatura es más baja que fuera, pero también más cargada, como si el aire no circulara y se hubiera quedado atrapado junto a los cuerpos que lo respiran.
Me agacho ligeramente para entrar y tengo que esperar a que mis ojos, cegados por el sol, se adapten a la luz escasa. Una abertura lateral deja pasar un hilo blanco que apenas alcanza el centro del espacio. El resto queda en penumbra.
Hay tres mujeres dentro. Una de ellas está tendida sobre una manta en el suelo, cubierta hasta el pecho con una tela ligera. Su respiración es irregular, demasiado rápida, y la piel tiene ese brillo húmedo de la fiebre alta.
Las otras dos se levantan en cuanto entro, pero no se acercan. Bueno, me basta con que no retrocedan. Se quedan ahí, tensas, observándome.
Detrás de mí, siento la presencia de Kader, inmóvil en la entrada. No entra, no puede invadir un espacio femenino. Tampoco lo hace el hombre que nos ha recibido.
—Hola —saludo en voz baja.
Una de las mujeres responde en un susurro.
—Hola…
Su acento es muy marcado, pero tendrá que bastar para entendernos.
—¿Hablas mi idioma? —le pregunto con una sonrisa
Asiente y me devuelve la sonrisa.
—Un poco.
Me acerco a la mujer enferma y me arrodillo a su lado.
—¿Cómo se llama?
—Amina.
La mujer se ha arrodillado a mi lado y mira a la enferma con una tierna sonrisa en los labios.
Extiendo la mano y apoyo los dedos en el cuello de la mujer. La piel arde y siento el pulso acelerado.
—¿Hace cuánto que está así?
La mujer se lo pregunta en su idioma y se esfuerza por captar la débil respuesta que balbucea la enferma. Luego duda, buscando las palabras.
—Dos días, puede que tres. Ha ido empeorando.
Tres días, eso es mucho tiempo para una infección de este calibre.
Amina abre los ojos con dificultad. Son oscuros, apagados, perdidos entre el dolor y el agotamiento.
— Ana tabiba… ma tkhafish —Le digo en árabe que soy médica, que no debe tener miedo. Mi pronunciación es imperfecta, pero creo que me ha entendido.
Toco su frente, el cuello, y escucho su respiración. Hay una fuerte congestión, el sonido es húmedo, profundo.
—Respira despacio —le digo.
Me vuelvo hacia la mujer que está traduciendo.
—¿Tose?
Ella asiente.
—Sí, mucho.
—¿Sangra cuando tose?
Niega.
Bien.
No es tuberculosis avanzada, al menos de momento.
Levanto la tela que cubre el torso de Amina con cuidado. Las costillas se marcan bajo la piel, demasiado visibles. Desnutrición y deshidratación. El cuerpo lleva días luchando sin recursos.
—Necesita antibióticos —murmuro más para mí que para ellas—. Y agua. Mucha agua.
—¿Va a morir? —me pregunta, angustiada.
—No si puedo evitarlo.
No se lo prometo, no puedo hacerlo y nunca lo hago. Es algo que aprendí pronto.
Me inclino sobre Amina y la ayudo a incorporarse un poco. Su cuerpo apenas responde. La mujer que traduce se acerca más, con cuidado, y la sujeta por los hombros.
—Despacio —le susurra.
Amina tose con fuerza. El sonido es seco, profundo, y no puedo evitar apretar los dientes.
Necesito medicación, suero… y unas condiciones que aquí no existen.
Me incorporo lentamente.
—Voy a traer lo necesario —les digo, y la mujer traduce.
Las otras dos se miran entre sí.
—No se vaya —pide—. Tiene un bebé…
—Volveré pronto, lo prometo. Solo unos minutos.
Asienten, pero me miran con desconfianza. No me extraña. Al fin y al cabo, soy una extranjera a la que no conocen.
Salgo de la tienda y la luz del exterior me golpea con violencia después de permanecer en la penumbra. Parpadeo, adapto la vista y respiro el aire seco.
Lo que veo me paraliza al instante. Hay al menos diez personas apostadas cerca de la tienda, esperando.
No estaban allí cuando he entrado. Hay mujeres, niños y algún hombre.
Veo a un anciano que se mantiene ligeramente apartado.
Todos tienen algo en común: mantienen la mirada clavada en mí.
No en Adrien, a quien tanto parecían temer cuando hemos llegado. En mí.
No hay hostilidad, pero tampoco confianza. Lo que veo es necesidad y miedo.
Siempre miedo.
—¿Quiénes son? —pregunto.
La mujer que ha salido detrás de mí responde.
—Enfermos.
Me acerco a ellos y los examino uno a uno rápidamente. El primer niño tiene los ojos enrojecidos y la piel cubierta de pequeñas erupciones. Le levanto la barbilla con suavidad. Deshidratación y posible infección cutánea.
El segundo está muy delgado, demasiado, y tiene el abdomen ligeramente hinchado. Es posible que tenga parásitos, además de una malnutrición clara.
Las mujeres presentan signos distintos. Una tiene una herida mal curada en el antebrazo, otra tose, y las demás están embarazadas y solo quieren que les asegure que todo está bien.
El anciano no se acerca, pero desde donde estoy puedo ver que tiene la mirada fija en el suelo y respira con dificultad. Todo apunta a un problema pulmonar.
Me paso una mano por la frente.
—Tienen que venir conmigo a la enfermería —digo.
La mujer traduce y las respuestas llegan antes incluso de que termine de hablar.
—No —dicen casi al unísono.
¿No? Niego con la cabeza.
—Allí puedo tratarles mejor —insisto, y la mujer traduce de nuevo.
Ellos niegan otra vez.
—No quieren —me dice la traductora, aunque esta vez he comprendido el mensaje desde el principio.
Miro a Kader, que sigue de pie, a unos pasos, observando en silencio.
—Diles que no les pasará nada —le pido.
—No les pasará nada .
La mujer traduce, pero ellos siguen moviendo la cabeza de un lado a otro, tozudos y atemorizados. Una de las mujeres aprieta al niño contra su pecho.
—No irán —dice la traductora.
Lo entiendo, por supuesto que lo entiendo.
No es una decisión irracional, sino una consecuencia lógica de las circunstancias.
Ese espacio —las casas, los hombres, las armas— es territorio hostil para ellos, más aún para las mujeres, que no ven la enfermería como un refugio, sino como la boca del lobo.
Asiento lentamente.
—De acuerdo —digo, y espero a que la mujer traduzca—. Vendré yo.
Veo algunas sonrisas cuando comprenden lo que acabo de decir. El hombre mayor levanta la vista por primera vez y nuestros ojos se cruzan. Hay algo en esa mirada que reconozco. Es resignación, una sencilla aceptación de lo que venga.
Me giro hacia Kader y me acerco a él deprisa.
—Necesito material, y alguien que me ayude a traerlo.
—De acuerdo, vamos y te ayudaremos a preparar lo que necesites y a volver.
Vuelvo a mirar al grupo y me despido con un gesto de la mano.
Algunos se sientan en el suelo ahí mismo, dispuestos a esperar mientras yo regreso a las construcciones.
El sol cae con más fuerza ahora, me cuesta respirar y siento la piel completamente empapada de sudor, pero no me detengo.
—¿Por qué están aquí? —le pregunto a Kader mientras avanzamos.
—Tuvimos que traerlos, las guerrillas avanzaban directas hacia su poblado, habrían matado a los hombres sin miramientos, esclavizado a las mujeres y convertido en niños soldado a los pequeños. No podíamos dejarlos allí sabiendo lo que sabíamos.
Lo que siento en ese momento no tiene nada que ver con lo que he visto. Lo que me sacude por dentro es lo que acabo de entender.
No son solo hombres armados dispuestos a cualquier cosa por dinero. Hay algo más. Protegen a los indefensos, defienden su territorio, dependen los unos de los otros. Es una red imperfecta, sucia, brutal… pero real.
Y eso lo complica todo para mí, porque es más fácil odiar a los monstruos que a los hombres con algo de ética, aunque ese algo esté construido sobre sangre.
Aprieto el paso. Necesito volver a la enfermería, trabajar… Porque si dejo que ese pensamiento crezca, no sé muy bien qué haré con él.