7
Nora
Me despierta el zumbido del generador. No es un sonido constante.
Vibra, carraspea, amenaza con apagarse a cada rato y luego vuelve a arrancar con esa obstinación torpe de las máquinas viejas que se niegan a morir.
Lo escucho incluso antes de abrir los ojos.
Después llega el calor, el aire espeso de la habitación, la textura áspera de la sábana contra mi piel, el olor a adobe, a sudor seco y un leve rastro metálico que me he llevado adherido a las manos y a la ropa desde el hospital improvisado en el que he pasado buena parte de la noche.
Tardo unos segundos en recordar dónde estoy.
No es que lo haya olvidado, eso es imposible.
Lo que ocurre es que, durante un instante, apenas uno, mi cuerpo intenta regalarme la mentira de que esta es una mañana más en el campamento francés y que me espera otra jornada de trabajo agotadora en el hospital de campaña.
Luego la verdad cae sobre mí con el peso de una piedra.
Recuerdo el campamento y a los mercenarios, vuelvo a vivir el ataque, veo los muertos y heridos, el desierto, el hospital improvisado en una cabaña destartalada.
Y recuerdo a Adrien Kader.
Abro los ojos despacio y me incorporo en la cama baja en la que me tumbé después de pasar horas sentada en una silla.
El joven al que operé durante la noche sigue respirando en la camilla colocada junto a la pared opuesta.
Suena débil, pero regular. Ha perdido demasiada sangre, aunque de momento sigue aferrado a la vida con la terquedad de los que todavía no saben cuánto cuesta sobrevivir.
Me paso una mano por la cara y noto la piel tirante, reseca por el polvo.
Afuera se oyen voces en francés, árabe y otra lengua que no identifico. El sonido de uno pasos que se acercan me ponen en estado de alerta de manera inmediata. No he terminado de levantarme cuando oigo la puerta abrirse.
Me levanto lo más rápido que puedo, aunque mis piernas protestan después de pasar la noche en vela, de pie, sentada en una silla incómoda y tumbada en un catre duro como una piedra.
Cojo la cantimplora de la mesa y bebo lo poco que queda.
El agua está tibia, casi caliente, y aun así baja por la garganta como una bendición.
La puerta se abre antes de que pueda dejarla otra vez sobre la mesa.
No es Kader, sino Malik, el segundo al mando, según deduje anoche por la forma en la que el resto lo miraba y le obedecía.
Lleva un arma colgada al hombro y luce unas ojeras marcadas.
Se planta frente a mí con el arma lista y la expresión de quien no se fía de nada ni de nadie.
Especialmente de mí, me atrevería a decir sin temor a equivocarme.
—Buenos días, doctora —me saluda.
—Soy la capitana Vaillant —lo corrijo.
—Como quiera, doctora —dice con media sonrisa burlona en la cara—. Enseguida le traerán comida y agua. Si quiere algo más, es el momento de pedirlo.
—Necesito lavarme las manos con agua limpia y ayuda para revisar al resto de heridos. Me refiero a un traductor —añade.
Malik me observa unos segundos antes de apartarse ligeramente y señalar la puerta con una mano.
—La acompañaré, y después le mostraré el que va a ser su alojamiento.
—Prefiero dormir aquí —protesto.
Ni siquiera se molesta en responder. Sigue con el brazo extendido señalando la salida, así que suspiro y paso junto a él con la cabeza alta.
El patio me recibe con una luz blanca y brutal.
El sol aún no está demasiado alto, pero ya golpea las paredes de barro con una ferocidad que anuncia lo que vendrá después.
Las construcciones del campamento, bajas y cuadradas, se agrupan alrededor de un espacio central cubierto de polvo.
Hay bidones de agua y combustible, cajas de munición, una antena improvisada en un extremo y ropa tendida entre dos muros, como si esto fuera una aldea y no un nido de hombres armados.
Durante un segundo, la contradicción me descoloca.
En efecto, esto es un asentamiento del Sahel.
Veo casas de adobe con techos planos y puertas de madera mal ajustadas.
Es la arquitectura de la necesidad, de la gente que levanta refugios contra el calor y el viento con lo que tiene a mano.
Y dentro de esa normalidad primitiva, veo fusiles, chalecos tácticos, munición, radios…
Es la guerra injertada en la vida diaria.
Creo que soy la única que siente el contraste, porque los hombres de Kader se mueven por el patio con una naturalidad que me repugna.
Malik me conduce hasta una pila de agua instalada junto a una pared.
Me lavo las manos, la cara y los antebrazos.
El agua sale tibia y turbia, pero es suficiente para quitarme el sudor seco y la sangre de debajo de las uñas.
Cuando termino, me seco con un paño que ha conocido tiempos mejores y me dispongo a volver a la construcción donde he pasado la noche.
Dos hombres armados me observan desde la sombra de una pared. No ocultan que me están vigilando, no lo necesitan y supongo que prefieren que lo sepa para que no intente nada.
Veo movimiento en la entrada del hospital.
—¿Más heridos? —le pregunto a Malik.
—Tres —responde él detrás de mí—, pero ninguno de bala. Solo están enfermos —añade.
Me giro.
—¿Pretende que los atienda con lo que tengo y en ese cuchitril? —Malik se limita a encogerse de hombros y yo lo miro sin pestañear—. Necesito un inventario de material para saber con qué cuento, un espacio solo para enfermería y alguien que entienda lo que le digo a los pacientes.
Algo parecido a una sonrisa roza su boca.
—No está en condiciones de exigir nada —replica—. Recuerde que hace solo unas horas tenía las manos atadas, puedo volver a hacerlo, y amordazarla, de paso.
La voz de Kader llega desde mi espalda antes de que pueda responderle a Malik.
—Haz lo que te ha dicho.
No lo había oído acercarse. Me vuelvo lentamente y ahí está, a unos pasos de distancia, con una camisa de manga remangada hasta los codos, las botas cubiertas de polvo y el mismo rostro impasible que anoche parecía tallado en piedra.
No parece haber dormido. Cuando me fijo, adivino un vendaje en el costado que ayer no tenía.
Sus ojos recorren mi cara.
—¿Qué necesita? —pregunta.
La forma en que lo dice me revuelve algo por dentro.
—Un lugar para tratar a los heridos y otro para pasar consulta, no puedo ver a los enfermos junto a los heridos convalecientes.
También necesito agua y sábanas limpias o lo más parecido que tengan.
Una mesa de trabajo, luz estable, papel y un lápiz, un traductor siempre disponible y… ropa limpia —añado.
Durante un segundo, el patio entero parece quedarse quieto y en silencio. Luego, Kader inclina apenas la cabeza.
—¿Algo más?
Creo que está sonriendo, quizá piensa que esto es divertido. Pues a mí no me hace ni un poco de gracia.
—Sí —lanzo, y doy un paso hacia él—. A partir de ahora, nadie entrará armado en la enfermería salvo en caso de emergencia real. Nadie puede tocar el material ni mover a mis pacientes sin consultármelo. Y si uno de sus hombres cree que puede darme órdenes, lo echaré a patadas.
Un silencio denso se extiende a nuestro alrededor. Luego, uno de los hombres que se han colocado junto al muro suelta una risa breve que se apaga en cuanto Kader gira la cabeza hacia él.
—¿Has terminado? —me pregunta.
—De momento.
Sus ojos se clavan en mí con esa calma insoportable que me saca de quicio.
—Bien. Tendrá su espacio. Y sus normas —accede—, pero solo ahí dentro.
Malik se gira hacia él, sorprendido.
—Adrien…
—He dicho que las tendrá —replica sin levantar la voz. No le hace falta.
Malik baja la barbilla en un gesto breve de asentimiento y se aparta.
Yo no. Me quedo donde estoy, mirándolo a la cara.
—No lo hago por usted ni por ninguno de sus hombres —le digo con toda la rabia que soy capaz de imprimir en mi voz—, sino por la gente de esta aldea que tiene que vivir rodeada de asesinos.
Una comisura de su boca se mueve apenas un centímetro.
—No me importa por quién lo haga, capitana, mientras siga haciéndolo.
La forma en que pronuncia el rango, sin burla y sin reverencia, me produce una sensación incómoda, porque acabo de darme cuenta de que he accedido a ayudarlos.
Sé que no me queda más remedio, que estoy obligada a ayudar a los enfermos y heridos incluso si nadie me apunta con un arma.
Es mi profesión, mi vocación, mi vida, pero ellos son el enemigo, y es posible que esté salvando la vida de quienes luego matarán a mis compañeros.
Aparto primero la mirada.
—Enséñame el lugar —exijo.
La enfermería, si es que se le puede llamar así, termina instalada en una de las casas del lateral este, muy cerca de la cabaña que ayer se convirtió en hospital.
Es bastante amplia, con dos habitaciones conectadas por un vano sin puerta, dos ventanas estrechas abiertas en lo alto y un suelo de tierra apisonada cubierto a medias por alfombras viejas, pero limpias.
Hay una mesa baja, tres catres, un aparador de madera combado y una lámpara colgada de una viga.
Es insuficiente, por supuesto, pero es mejor de lo que esperaba.
—Esto no sirve así —digo en cuanto entro.
Malik, apoyado en el marco de la puerta, suspira de forma ostensible.
—Usted dirá…
No sé si pretende provocarme o si simplemente ya se arrepiente de seguir respirando el mismo aire que yo.
Me vuelvo hacia el interior y empiezo a señalar.
—Quiero esa mesa en la habitación del fondo.
Los catres aquí, separados entre sí. Sillas, las que se pueda.
Esa alfombra, fuera. Y hay que barrer el suelo antes de colocar nada.
Necesito cubos con agua hervida y ropa limpia, aunque sea de cama.
Una nevera pequeña. Y alguien que me traiga todo el material que haya en el campamento relacionado con medicina y que no sea necesario en el hospital. Todo.